25 de febrero, siete y veinte de la tarde. Conduzco el Tesla Model 3 por Madrid, camino a casa desde la redacción de km77. Voy cansado y distraído. Pensando en el coronavirus y el Salón del Automóvil de Ginebra. ¿Iré o no iré? Al dÍa siguiente, por la mañana, escribo esto en Twitter:

Salón de Ginebra

En ese ensimismamiento entre el Salón de Ginebra y el trabajo me paro en un semáforo detrás de dos motos. Las veo pero no las miro. Al conducir me ocurre con frecuencia. Veo las cosas, pero no las miro. Miro a lo lejos, a veces hasta en los semáforos. Tanto es así que en alguna ocasión he arrancado cuando he visto el verde. Y resulta que es el verde de los peatones. En general, me parece beneficioso conducir sin mirar a nada, sólo a lo lejos para ver el conjunto y no los detalles, pero también es cierto que es imprescindible fijarse en las señales. Sé que a veces lo hago mal. La visión global me da mucha seguridad, pero en ocasiones tendría que bajar la vista. Lo sé.

En esta ocasión, parado en el semáforo, distraído, de pronto algo me sobresalta. Recurro automáticamente hacia el teléfono para hacer una foto, pero como estoy pensando en Ginebra y en el coronavirus ni siquiera sé muy bien por qué hago la foto. Fotografío lo que tengo delante, en conjunto, las últimas luces de un atardecer hermoso, como tantas veces se ven en Madrid. Aún se distinguen las nubes en el cielo, pero las luces de los edificiios y de las farolas pueden mucho más.

Poco a poco me voy centrando. ¿Ya hemos llegado a la V en las matrículas? ¿Pero esta matrícula tiene una vocal? ¿Esto qué es?

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