(En la primera mitad de la década de los 90 me contrataron en la revista GEO para escribir un reportaje de viajes. Este es el texto que les entregué. Tengo que descubrir en qué año exacto lo escribí, para intentar repetir el viaje 30 años después. Por si se aburren y les apetece leer.)

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La región occidental de la provincia de Lérida queda dividida de Norte a Sur por un río, el Noguera Pallaresa. Sus aguas de origen pirenaico fluyen por una tierra ingrata, dispuesta sólo a regalar la soberbia de su belleza.

El martes es día de mercado en Sort, pero Teresa no podrá comprar melocotones en el puesto que Isidre ha colocado aprovechando los últimos trancos de la escalera que sube a la plaza. Melocotones baratos, y manzanas, que tirará o regalará si no puede vender. Murmura, mientras enseña las piezas gordas, que quizá no debía haber recogido. Como hicieron otros payeses de la huerta del Segre, que dejaron las manzanas en los árboles. «Pero me da pena ver el campo tan descuidado» dice, casi disculpándose.

A veces, cuando se queda sola en la montaña, Teresa también pasa miedo. Cuida de sus catorce vacas en Sant Romà de Tavèrnoles, un pueblo abandonado, según consta en algunos mapas, donde vive desde siempre con sus padres. Media docena de casas medio derruidas, a 1.300 metros de altura y con las calles pavimentadas por excremento de vaca.

Desde el pequeño balcón de la única casa en buen estado, y con antena para radio y televisión, se contempla el Noguera Pallaresa, al fondo del valle que ya se va estrechando. Claro que desde allí no se oyen los gritos de los que hacen rafting, diminutos como cangrejos, ni el rebote del agua contra las piedras, ni el quejido de los camiones apurando sus marchas más cortas cuando se dirigen renqueantes hacia la cabecera del valle. Una carretera, aunque sea tan estrecha como se ve desde Sant Romà, es la que esperan Teresa y su familia para su pueblo.

Hoy Teresa está sola con sus vacas y uno de los dos perros que las guardan. Su madre lleva días en el Hospital de Tremp y su padre ha ido a verla. «Le sentó mal el desayuno y se puso muy mala, en la borda de abajo, al lado de la carretera. La llevaron al hospital y, cuando la bañaban con agua fría para bajarle la fiebre, le dio un infarto». La madre de Teresa no es mayor, 60 años, y saldrá de ésta. Pero necesita un tiempo de reposo antes de poder volver a subir andando los 500 metros de desnivel a plomo que separan la carretera y el pueblo, que a un caminante reposado le llevan más de hora y media por el camino en zig-zag.

Su marido se levantó esta mañana a las cuatro para coger el autobús de las seis y media, de la única compañía que presta servicio en el Valle. Bajó aún de noche por el empinado camino engastado por escalones naturales de pizarra, acompañado del otro perro de la familia, que le esperará todo el día al borde de la carretera. De vuelta al atardecer, en casa, podrá ver la televisión, que es para lo que dan las placas solares de electricidad que les acercaron en helicóptero hace unos tres años. Pero el agua, deberá calentarla en el fuego de leña.

Por el angosto camino que va hasta la carretera, suben y bajan todas las vacas dos veces al año. Un trecho penoso y lento de bajada en otoño y de vuelta a casa en primavera. «En invierno, arriba, sólo nos quedamos nosotros. Las vacas no pueden ni beber ni comer, porque nieva y se congela el agua.

En el Pallars Sobirá se producen millones y millones de kilovatioshora que, como la carretera, no llegan a Sant Romà de Tavèrnoles. Está el aire cosido por cables que se llevan la energía del agua a la velocidad de la luz, pero que crean poca riqueza en la zona. Durante la construcción de los saltos, en la década de los cincuenta, había trabajo para los pallareses y para gentes de toda la península ibérica. Las compañías eléctricas remozaron las carreteras y permitieron la llegada de la economía de mercado a los Pallars, que hasta entonces vivía del autoabastecimiento y del trueque. En ese momento de esplendor económico, se promovió el cambio de la vaca pirenaica por la vaca lechera holandesa. Una vaca demasiado delicada para la vida del Pirineo, que ha llevado la ruina a un buen número de familias ganaderas, fuente de riqueza tradicional de la economía pallaresa. Pero nadie culpa a la vaca holandesa, sino a una central lechera que dejó sin pagar las entregas de leche de muchos meses y a las restricciones de la Comunidad Europea.

«Esto se acaba – dice Jaume Comas, presidente de la Associació Fallaires d’Isil y uno de los cincuenta habitantes del pueblo -. En dos años, se acaban las vacas y con ellas la labor de los ganaderos, que siegan los pastos para forraje. Los pastos crecerán y se secarán. Y cualquier loco que pase y tire una cerilla los hará arder. El Pirineo es bonito porque está cuidado, pero con hierbajos altos, no le gustará a nadie».

Isil es el segundo pueblo habitado por el que pasa el Noguera Pallaresa, unos treinta kilómetros después de su nacimiento en el Pla de Beret, en la parte alta de La Vall d’Aran. En sus primeros pasos, el río avanza indeciso, girando como una serpentina oscura sobre el manto verde de Beret. Nace rozando la vertiente atlántica y en algún momento parece inclinarse por ella. Pero una vez decidido, se lanza majestuoso por las praderas cubiertas de pasto del ancho valle de Montgarri, rodea por el norte en amplia curva los bosques del macizo granítico de Marimanya y ya sólo se deja remansar por las presas de las hidroeléctricas.

Cuando Jaume Comas habla de fuego en las montañas, sabe lo que dice. En la noche de San Juan, en Isil, lanzan fallas encendidas (antorchas fabricadas con troncos de pino dejados secar durante un mes), rodando y trompicando, montaña abajo con la seguridad de que el monte no arderá. Lo tienen cuidado. Otras fallas son bajadas del cielo por cincuenta prometeos en la noche de Isil. Su serpentear de más de una hora por la montaña negra convoca a gentes de todos los pueblos para contemplar el milagro del fuego. Y al llegar a las primeras casas, por el camino de piedra contra el que chocan los pies acostumbrados a tantear a oscuras terreno blando, se realiza un íntimo ritual de recibimiento y se celebra en la plaza con danzas locales rescatadas de la memoria. «Más vale matar a un gabacho que perder una tradición», dice Josep, un payés ya jubilado que había bajado las fallas en su juventud. Esa determinación ha permitido a los habitantes de Isil recuperar su fiesta, abandonada durante años.

La falda de la montaña por donde bajan las fallas, es típica de esta parte del Alt Pallars. Los valles fueron modelados por los glaciares de la era cuaternaria, en un período que comenzó 100.000 años atrás. Algo más al sur de Isil, en Esterri d’Aneu, el espesor vertical del hielo glaciar llegó a los novecientos metros, con una lengua que se estiraba por lo menos hasta LLavorsí. Glaciares que erosionaron los valles, pero también las afloraciones de granito, dejando como secuela las zonas lacustres del lago de Sant Maurici y del macizo de Marimanya en las que abundan los estancamientos de agua con umbrales morrénicos o rocosos.

A la zona del Parc Nacional d’aigüestortes i estany Sant Maurici, se llega desde el Noguera Pallaresa por la carretera que va hasta Espot, un pueblo ya reconvertido al turismo. En la entrada al parque, obsequian al visitante con una bolsa para depositar las basuras y un folleto de instrucciones y normas de obligado cumplimiento durante su estancia en la zona protegida. Ver cabras montesas, corzos, zorros o quebrantahuesos puede ser un privilegio especial para los pacientes. «También marmotas, que fueron introducidas por los franceses y que ahora presentan problemas porque se reproducen mucho y carecen de depredadores. El águila dorada no parece suficiente para mantener el equilibrio de este roedor. Otro mamífero que también se multiplica sin control es el jabalí. Come de todo y no cuenta, desde que desaparecieron los lobos, con depredador de ninguna clase».

Jaume Comas, que trabaja en el Servicio de Información del Parque, desgrana en el altillo de su casa su sabiduría sobre la tierra. A intervalos, mira de reojo por la ventana hacia el puente románico, donde conversan, como cada atardecer, los jubilados del pueblo, sobre las aguas que pasan lamiendo los pilares del arco de medio punto. En Escaló, Esterri, Llessuí, Gerrí de la Sal, Talarn o Cellers, estarán los mismos hombres, a las mismas horas, también de tertulia en la plaza, frente a la iglesia románica o asomados al río, viendo pasar también las mismas aguas y repitiendo los mismos recuerdos una y mil veces contados. Como el de aquella riada de 1937, que se llevó por delante puentes, casas e iglesias, convirtiendo la cubeta glaciar de Esterri en un enorme lago de agua, troncos y enseres.

Al Parc Nacional d’aigüestortes se llega también desde el Sur, recorriendo la Vallfosca. El Flamicell ha rebañado la roca hasta hundirse más de 1000 metros entre dos paredes blancas que amenazan caer sobre él. En la cabecera, una pared vertical de granito de más de 400 metros apuntala los lagos. Trepa por ella un funicular que montaron las empresas hidroeléctricas cuando construyeron los saltos de agua. La cabina sube despacio, como si llevara siempre a cuestas las 25 toneladas de carga para las que fue diseñada. Y arriba, la casa del ingeniero suizo encargado de realizar las obras sirve ahora de refugio al pie del estany Colomina.

La carretera que lleva hasta el pie del funicular y que bordea el embalse de Sallent es estrecha pero de buen firme. Así sucede con todas las carreteras pallaresas, que en los últimos cinco años han recibido nuevo firme y trazado. Hasta entonces, las vías de comunicación de acceso al Pallars eran una invitación para no acercarse. El río fue durante siglos casi el único camino para salir de los valles pirenaicos y se utilizaba para transportar mercancías, que se llevaban a los mercados del sur, en Tortosa o en el delta del Ebro. La madera era bajada por el río uniendo varios troncos hasta formar embarcaciones (los rais) gobernada por dos tripulantes (los raiers) que disponían de un remo anterior y otro posterior para orientarla. Los pormenores de las últimas expediciones de los raiers forman parte de la mitología del Pallars. Cómo barranqueaban los troncos o los arrastraban por senderos desde los puntos más alejados de las montañas o cómo gobernaban los rais por la corriente es todavía una historia viva. Y la fama de los raiers crecía cuando, varios meses después de desaparecer corriente abajo sobre los inestables troncos, volvían como mercaderes ricos con mulas cargadas de artículos desconocidos en el valle.

Con la construcción de la primera presa en el Noguera Pallaresa, cerca de Talarn en 1.912, se puso también la primera piedra infranqueable para los raiers. Aunque se previó la realización de pasos laterales para las embarcaciones, la falta de corriente en los embalses dificultaba la navegación y los rais se quebraban al pasar por los canales construidos en los costados de las presas. Ahora, cada año, la Diada dels Raiers conmemora en la Pobla de Segur esta forma de transporte fluvial que superaba las barreras geográficas de Collegats y Terradets, los dos angostos desfiladeros del sur del Pallars, a donde no llegaron los glaciares con sus anchas palas.

El rafting, modalidad de descenso del río en barcas de goma, es un sucedáneo de los rais. Los alborotados navegantes bajan entre Llavorsí y Sort sumidos en gritos, intentando controlar la embarcación por entre las piedras. En el puente de madera que cruza el río para coger el camino que lleva a casa de Teresa, Francisco vigila el paso de botes de la empresa para la que trabaja. «Ahora, con la sequía, el río está difícil. Hay un acuerdo con las compañías eléctricas para que dejen correr más agua y podamos hacer rafting. Pero está difícil y los monitores eventuales van chocando contra todas las rocas».
La sequía de la que se queja Francisco, es un clamor en los pirineos. La tierra que roza el lecho del río es una tira verde, en la franja central de una bandera ondulada de inquietante color amarillo. Y el calor torrencial de los primeros días de agosto parece que no vaya a acabar nunca.

Francisco habla castellano. Hay más como él en los pueblos clavados en la faja verde, emigrantes que no hablan catalán o que lo chapurran. Pero en la aldeas zurcidas sobre el lienzo ocre, gran parte de la población adulta, la única que queda, es incapaz de hablar castellano. En las casas de esas aldeas, donde alquilan habitaciones a forasteros para intentar salir del pozo donde se metieron con las vacas holandesas y la leche, el castellano no existe. Los hijos crecidos y bilingües vuelven sólo en verano, para dormir de nuevo en colchones de lana, vareada en la era por el colchonero, y comer los alimentos de las pequeñas huertas y corrales de cada casa.

Teresa es una de las pocas excepciones. Transita su juventud junto a las vacas, con las uñas pintadas, zarcillos y pulsera de oro en la montaña desierta. Estuvo internada en el colegio de monjas de la Pobla de Segur y habla correctamente el castellano. Lee las revistas del corazón y ese primer martes de agosto, de mercado en Sort, nos anuncia la boda de Chabeli para el próximo septiembre. Pero no quiere la carretera para marcharse de Sant Romà de Tavèrnoles e imitar a las protagonistas de las revistas. Sólo la quiere para poderse quedar

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