Recuerdo discusiones en clase sobre quién tenía en su casa el coche más chulo (lo de «molar» no se usaba por entonces). El argumento más utilizado era hasta dónde llegaba la escala del velocímetro. Daba igual que el coche no pasase de 180 km/h. Si el marcador tenía guarismos hasta 240 km/h, esa era la cifra para defender ante tus amigos de 3º de EGB que el coche de papá era el mejor.  Según crecías ese criterio se sustituía por otros un poco más ¿razonables? Cilindrada, potencia… aunque conozco algún caso que, ya con el carné de conducir en su poder, seguía convencido de que el coche alcanzaba siempre la velocidad máxima impresa en el marcador.

En el siglo XXI el criterio ha dejado de ser mecánico. Ahora lo que importa es quién la tiene más grande. La pantalla, claro. O las pantallas, según el caso.

La irrupción de estos elementos en el automóvil no es reciente. En los 80, quien tenía un Opel Kadett GSi podía presumir de motor y de pantalla; lo de cómo entraba en las curvas era mejor omitirlo. No eran pantallas como las de ahora (habitualmente era una mezcla de paneles LCD y ledes), pero era lo más parecido a tener el coche fantástico.

El Kadett no era el único. Coches más modestos, como el Fiat Uno, también podían tener un cuadro sin agujas (por cierto, qué tiempos en los que los coches italianos tenían una instrumentación que era la envidia de todo aficionado a los coches, con mil y un indicadores). Y por supuesto la, por entonces, aún sorprendente Citroën, con su BX Digit o unos años más tarde, Renault con el 21 TXE. Aston Martin, Austin, Buick, Pontiac, Subaru, Toyota… la lista de marcas que probaron esa solución no fue pequeña.

De izquierda a derecha y de arriba abajo: Kadett GSI, Uno Turbo i.e., CItroën BX Digit y Renault 21 TXE.

De entonces a hoy, el automóvil ha mejorado una barbaridad. Han sido cuatro décadas de evolución constante en confort, dinámica, seguridad y eficiencia. Pero hay dos tendencias que, para mí, suponen un paso atrás. Al menos tal y como están concebidas. Sí, una es la dichosa pantalla. Pantalla que parece haber iniciado una batalla entre las marcas para ver no sólo quién la tiene más grande, sino quién pone más. Hemos pasado de utilizar una para el sistema multimedia a tener dos, tres, cuatro o incluso cinco. Hay coches, como algunos Audi, con pantallas que sirven para manejar otras pantallas.

Varios modelos de Audi tienen tres pantallas.

Dicen que generalizar no es bueno. En este caso tampoco. Hay pantallas que están bien pensadas, que se ven muy bien siempre e, incluso, que se manejan con cierta sencillez. Pero hay otras con zonas de presión (¿botones? nunca he sabido cómo nombrarlas) pequeñas en las que no hay quien atine mientras conduce; menús complicados que requieren casi de un máster; o procesadores lentos que logran una mala experiencia de uso. Además, al principio las pantallas se manejaban desde mandos (como los rotatorios de Audi, BMW y Mercedes-Benz y que ya prácticamente solo conserva la del medio); la mano encontraba el susodicho sin tener que desviar la vista y los baches o el simple movimiento del coche no complicaban el manejo. Con la aparición de las táctiles, en muchos casos los mandos han desaparecido, aumentando la dificultad para manejarlas porque atinar con el dedo en un punto concreto con el brazo extendido o semiextendido no es siempre tarea fácil.

Para mí el problema no está sólo en manejar las pantallas, sino también en el uso que se les da a esas pantallas. Hay coches en los que para subir la temperatura requieren efectuar hasta tres pulsaciones distintas. Eso supone que durante unos instantes el conductor deja de atender la conducción. Años invirtiendo para aumentar la seguridad de los coches para que ahora, por un tema marketiniano y de diseño, la pongamos en peligro con estas «tonterías». No sé hasta qué punto el aspecto económico tiene que ver con su propagación: la misma pantalla se instala en varios modelos de coche y reemplaza a un montón de elementos (mandos de climatización, del equipo de sonido, etc). Quizás en los inicios una pantalla era considerablemente más cara, pero con esta generalización y la instalación en masa es posible que sus costes se hayan reducido mucho.

Hay casos extremos de uso de las pantallas: el Tesla Model 3, en este caso por defecto. No es el único coche con una única pantalla, pero sí es el único en el que se maneja todo desde esa pantalla. El Model 3 solo tiene botones para ajustar el asiento, los elevalunas y activar la luces de emergencia. Todo lo demás, incluso la posición del volante o la apertura de la guantera, se maneja desde ahí. En su defensa hay que decir que es una de las mejores pantallas por cómo se ve y cómo funciona; también porque Tesla ha estructurado los menús y las funciones de una manera muy acertada.

Arriba, Tesla Model 3; abajo, Ford Mustang Match-E

¿Qué inconveniente le encuentro? Al estar ubicada en el centro del coche, hay que desviar la vista constantemente para consultar hasta la velocidad. Si hubiera una pequeña pantalla tras el volante o un sistema de proyección de información en el parabrisas que mostrase lo necesario, Tesla habría hecho la mejor integración de una pantalla en el automóvil. Yo no he debido ser el único que lo ha pensado así: el interior del nuevo Mustang Match-E parece una réplica del Model 3, pero mejorada: tras el volante hay una pantallita adicional con datos básicos.

Aunque claro, también es posible utilizar una única pantalla y no tener que desviar la vista. Basta con que sea como la del Byton M-byte, una pantalla curva de 48 pulgadas que abarca todo el ancho del salpicadero.

Interior del Byton M-byte con pantalla de 48″ de diagonal.

Estoy en contra del uso indiscriminado de pantallas no sólo cuando suponen una distracción, sino también cuando nadie le ha dado un tirón de orejas al departamento de diseño por anteponer su criterio al principal: que la información se lea de forma clara. Como ejemplo estrella están los cuadros de instrumentos del Grupo PSA. BMW tampoco se está quedando atrás, y parece que ha copiado de Peugeot la progresión contrahoraria del indicador de revoluciones, además de un grafismo un tanto confuso por saturación.

Arriba, Peugeot 3008; abajo, BMW Serie 1. Las agujas de los indicadores de la derecha progresan en sentido contrario al habitual.
Arriba, cuadro de instrumentos de un BMW en 2004. Abajo, el de un modelo reciente.

Las pantallas son necesarias, no estoy en contra de su uso. Hoy en día, con tantos dispositivos en el automóvil, son la única manera de gestionar el uso de los mismos sin que el habitáculo parezca la cabina de un Airbus. Además, con un diseño adecuado permiten visualizar mucha información de manera adecuada.

Tampoco es motivo de discusión dudar de si los fabricantes de automóviles son conscientes de todo lo que cuento, para empezar porque en sus departamentos hay gente mucho más inteligente y preparada que yo. De hecho, alguna marca ha reculado parcialmente (Mazda) y ha eliminando la función táctil en sus pantallas (por cierto, esta marca es una de las que presenta toda la información importante de la conducción de manera más legible demostrando que lo sencillo es, en ocasiones, mejor que lo complejo).

En una entrada futura hablaré de los retrovisores mediante cámara. Un sistema que poco a poco se va a generalizar y que tiene sus pros y sus contras.

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