Casi 40.000 kilómetros después de montarlos, he podido probar los Michelin CrossClimate del Volkswagen Passat con el que Javier Moltó tiraba del remolque cuando viajaba por Europa para competir en el FIA Electric and New Energies Championship. Cuando digo probarlos, me refiero a hacerlo sobre nieve.

El viernes me acosté viendo caer unos pequeños copitos de nieve y el sábado me desperté con una imagen inédita. Nieve como nunca había visto en esta zona. Pensaba esperar para salir a dar una vuelta más tarde, pero la ilusión de rodar el primero por las calles de blanco impoluto me pudo: me vestí convenientemente, cogí una manta, unos guantes, gorro y las llaves de dos coches, un Honda CR-V de 2013 y un Passat 2.5 TDI de 2003. El primero de tracción total y neumáticos de verano (Michelin Latitude Sport); el segundo, con tracción delantera y neumáticos para todo el año: los CrossClimate de Michelin.

Tracción total y neumáticos de verano (Michelin Latitude Sport)

Primero salí con el Honda. Mi cerebro pensó que como la nieve estaba sin pisar, habría menos problemas de adherencia. Más tarde, ya prensada y congelada, supuse que se complicaría lo de conducir. Abrí con el mando a distancia la puerta del garaje. Poco a poco, como quien corre una cortina, se abrió y me dejó ver la rampa. Esta es de hormigón y tiene una pendiente normal comparada con lo que suele ser habitual en los garajes (es de 18 metros de largo y salva un desnivel de unos cuatro metros). Había unos pocos centímetros de nieve sobre ella y unas huellas de neumático durante una distancia de un metro y medio, lugar donde dibujaban una V invertida. Eran malas noticias: alguien no había podido salir; llegó hasta ahí y tuvo que retroceder. El CR-V es automático y eso facilita avanzar sin brusquedades. Afronté la rampa a puntita de gas y ascendió sin problema. Ninguna rueda patinó ni el coche se desvió ni un centímetro del sitio por el que yo le dirigía.

Disfruté «estrenando» las calles, calles que nunca había visto así. Un espectáculo. Como no tuve ningún problema en el asfalto me fui a donde no lo había: un camino por el que he ido muchas veces en coche, en buggy e incluso, las menos, en bicicleta. En cuatro kilómetros se ascienden 300 metros. El primer tramo comienza con unas curvas que van abrazando la ladera de la montaña y una pendiente del 10%, pero sólo recorrí unos 500 metros, distancia suficiente para darme cuenta de que lo sensato era darse la vuelta. Subir es fácil (mientras el coche tracciona, tú avanzas), pero bajar siempre es más complicado (si las ruedas no agarran, no frenas). No quería sustos a las nueve de la mañana, que quedaba mucho día y mucha nieve por delante. Volví a casa y cambié de coche.

Tracción delantera y neumáticos de invierno (Michelin CrossClimate)

Ya en el garaje, me encontré a un vecino que intentaba salir con su coche (tracción delantera y ruedas de invierno). Cuando llegaba al punto de inflexión superior de la pendiente, patinaba y no avanzaba. Me dejó probar a mí: enfilé el Passat y comencé a subir tranquilo, como con el Honda. Me pasó lo mismo: cuando casi coronaba, me quedaba sin tracción. En ese momento sentí una profunda decepción con los neumáticos. No podía ser que esa rampa que el Honda había subido hacía una hora como si estuviera seca fuese ahora un obstáculo insalvable con unos neumáticos de invierno. Volví a intentarlo, esta vez con un poco más de inercia, y conseguí salir del garaje.

Los primeros kilómetros, con la nieve muy blandita, no fueron distintos a los del Honda. Diría que ni siquiera mejores. El CR-V circulaba por encima del nivel de la nieve, justito, pero por encima, y el Passat la apartaba. Hacía de quitanieves. Ninguno patinó, si bien es cierto que conduje con suavidad y más bien despacio.

Según la mañana avanzaba y la nieve estaba más pisada, empecé a encontrarme en Zaragoza con coches que resbalaban en los semáforos si la calzada tenía la más mínima pendiente o que sus ruedas giraban sin avanzar al arrancar. Yo, en cambio, circulaba sin problemas, con prudencia, pero tranquilo. Si pisaba fuerte el freno las ruedas deslizaban, pero lo hacían menos de lo que había experimentado probando con el Honda. Podía ser cosa de los neumáticos o del ABS; no sé asegurarlo.

Conduje por ciudad y por autovía. Incluso metí el coche en un aparcamiento de tierra de superficie irregular con mucha nieve. En ningún momento el Passat se quedó atascado, pero le costó avanzar más que al Honda.

Animado por el resultado de estos neumáticos (cuyas virtudes ya conocía de su presentación) enfilé la carretera dirección Teruel tras repostar. En algunas zonas había roderas y en otras no. El coche circulaba sin problemas en todas. Me desvié por una carretera comarcal, de esas que no tienen arcén, dirección a Fuendetodos, donde está la casa natal del autor del cuadro La nevada: Goya. Por esa carretera ya había circulado alguien, pero hacía rato porque las pocas roderas existentes ya estaban medio cubiertas otra vez por la nieve.

La carretera comienza con una subida y luego transcurre unos pocos kilómetros por un tramo más o menos llano hasta que se llega a una zona de curvas en pendiente ascendente. En el «llano», la altura de la nieve empezaba a ser demasiada para circular con un turismo con tan poca altura libre al suelo como la de este Passat (que, por lo que sea, va además unos dos centímetros más bajo que otros Passat que veo por la calle).  Así que, para evitar males mayores, comencé a buscar un lugar donde dar la vuelta. La carretera debe medir unos cinco o seis metros de anchura y, cuando no hay nieve, a ambos lados hay desnivel. La nieve es tan bonita como traicionera. Es el maquillaje del campo. Tapa las irregularidades, incluso las grandes.

Antes de esa subida, que hace de escalinata automovilística para entrar en Jaulín, hay un camino asfaltado que da acceso a una urbanización. Es el único sitio con un poco más de anchura si se aprovecha el camino, pero tiene el inconveniente de que se une con la carretera, diagonal, formando un desnivel de un metro aproximadamente. Asíque decido aprovechar dar la vuelta ahí, utilizando solo la anchura de la carretera, pero con la tranquilidad de que si me salgo, es por un camino y no por un agujero o una zanja. Comienzo la maniobra con cuidado, soltando el embrague con tiento para que el coche avance o retroceda con suavidad. Tras varios movimientos ya tengo hecho medio giro y el Passat está perpendicular a la vía. Giro el volante otra vez a izquierdas y acelero suavecito. Las ruedas patinan. Pruebo con el control de tracción puesto y quitado. No hay manera, no avanzo, ni para delante ni para detrás

Justo cuando había empezado el cambio de sentido, un Nissan Terrano II había aparecido por la carreterilla procedente de la urbanización y se había incorporado a la carretera. En el cruce paró a mi lado para ver si todo iba bien, yo le indiqué con el pulgar que sí. Aún no me había quedado atascado, en ese instante todo iba bien y no parecía que se fuese a complicar la situación. Afortunadamente, él debió pensar (con razón) «qué hace aquí este gilipollas con un Passat» y se detuvo, ya en la carretera, a unos 50 metros de mí, esperando a que diese la vuelta del todo.

Y ahí estaba yo, atascado, intentando mover el coche. Cuando te quedas atrapado en nieve o barro, acunando el coche hacia delante y atrás, a veces consigues sacarlo. Con el Passat era complicadísimo ese movimiento de vaivén porque no hay forma humana de pasar de primera a marcha atrás y viceversa con rapidez suficiente que acompase al movimiento de la carrocería. Y cuando conseguía mover el coche, era a peor, porque el morro empezaba a irse hacia abajo, siguiendo la pendiente de la carretera hacia el camino.

Cuando empezaban los sudores fríos, vi por mi ventanilla como la luz de marcha atrás del Terrano se iluminaba. Al llegar a mi altura, el conductor se bajó y fue directamente a empujar mi coche desde delante, para ayudarme a retroceder y volver al centro del asfalto. No había manera. El siguiente plan fue colocar su coche detrás del mío y tirar hacia atrás. Con moverlo uno o dos metros sería suficiente para «desempanzarlo» y encararlo hacia la carretera. Se metió en el Terrano (que había aparcado paralelo al Passat a unos tres metros a la izquierda), engranó marcha atrás y…y nada, que el Terrano tampoco se movía del sitio. No miré el modelo de las ruedas, pero si el dibujo, y no eran unos neumáticos de asfalto, tenían unos tacos bien visibles. Fue el momento más crítico.

Al final, él al volante y yo empujando desde fuera y, conseguimos que el Nissan se moviese. Lo colocó detrás del Passat. Enganchamos una cadena, por un extremo, a la argolla delantera del Terrano y, por el otro, a la bola de remolque del Volkswagen. Parecía que lo que quedaba estaba chupado, pero no fue así. El Nissan no conseguía traccionar lo suficiente y la nieve acumulada debajo del Passat hacía fuerza como garras para que no se moviese. Tras varios tirones y balanceos, el Passat se quedó a unos 20 grados del ángulo necesario.

En ese momento cambiamos de posición el Terrano: ahora se ponía delante para tirar del morro del Passat. La teoría pintaba bien, pero entre tanta nieve no fuimos capaces de encontrar dónde sujetar la cadena en el Passat. Quizás sea de los que hay que colocar una argolla enroscándola, no lo sé. Tras pasar un poco de frío en las manos quitando nieve de delante y detrás de las ruedas, y ya no sé si con o sin nervios, conseguí situar el coche sobre las roderas de la carretera.

No sé cuánto tardamos en salir del atolladero, quizás unos 15 minutos. En ese rato solo pasó otro coche por la carretera (casualmente otro Terrano, que´, por cierto, ni siquiera preguntó si necesitábamos ayuda). Si no hubiera aparecido ahí mi ángel de la guarda esa tarde, no sé cuánto rato me habría tirado hasta conseguir ayuda porque, justo en esa zona, no hay cobertura de teléfono. Mi ángel, de nombre desconocido, se esperó en su coche hasta que vio que yo avanzaba. Todo lo hizo a cambio de nada, porque no me dejó ni invitarle ni a un café calentito. Solo puedo volverte a dar las gracias por aquí.

La vuelta fue como la ida, sin incidentes. Entre que había oscurecido y que ya no tenía ganas de más aventuras ni de pruebas, una vez alcancé la carretera nacional me volví a casa, a pasar lo que quedaba de sábado viendo Suits debajo de una manta. Sin peligros.

Al día siguiente madrugué. La previsión era que siguiese nevando toda la noche, pero erraron con los cálculos y no hubo más copos, así que me encontré las calles como el día anterior. Con el asfalto ya visible en algunos trozos y otros, en los que aún no había pasado ningún coche, en los que seguía habiendo unos 15 centímetros de nieve. Pude circular con el Passat sin problemas por todas las calles. Incluso me metí en algunas por las que quizás no era buena idea hacerlo. El momento más delicado (además de la calle que aparece en la foto de abajo, que tenía mucha profundidad de nieve en el tramo final) fue, otra vez, salir del garaje. En esta ocasión no me pilló desprevenido y, además, desconecté previamente el control de tracción. Cuando el coche llegó al punto donde la pendiente termina, las ruedas perdieron casi toda adherencia. Yo seguí acelerando, con cuidado, aprovechando ese «casi» hasta que avanzó lo suficiente para volver a tener la tracción adecuada.

Conclusiones

Tras dos días horas probando a fondo estos neumáticos, yo recomendaría estos Michelin CrossClimate a quien vaya a circular por nieve de manera muy ocasional o quiera pagar por la tranquilidad y seguridad que da poder seguir conduciendo si le sorprende una nevada inesperada sin el engorro que supone tener que montar unas cadenas. Pero si yo fuese a utilizar el coche por zonas en las que nieva más de dos veces al año, seguramente optaría por unos específicos de invierno y no por los CrossClimate. Por lo que he probado en otras ocasiones, un neumático específico de invierno da más adherencia, sobre todo lateral. También puede ser una alternativa para quien necesite un neumático de invierno y no pueda permitirse, por el motivo que sea, tener un juego de neumáticos de verano y otro de invierno.

Los CrossClimate son un neumático de todo tiempo. O se podría decir que son un neumático de verano (el que lleva la mayoría de vehículos en España), homologado como neumático de invierno. Conclusión: los CrossClimate sirven para que una Filomena no te deje tirado en medio de la M-40, para poder subir una calle en pendiente y para poder frenar al llegar a una curva. Respecto a unos específicos de invierno, tienen la grandísima ventaja de que el resto del año funcionan como uno de verano. No se degradan con las temperaturas por encima de 7 grados ni dan una adherencia pobre con calor. Con estos neumáticos no se puede ir sobre nieve como con unos convencionales sobre asfalto seco, pero permiten traccionar y frenar de una forma que unos de verano son incapaces de lograr. Desconozco si alguien puede tener esta duda, pero lo comento por si fuera el caso.

Estos neumáticos los montamos cuando el cuentakilómetros del Passat marcaba 245.767 kilómetros. Filomena le ha pillado con 284 429. Son casi 40.000 kilómetros y aún les quedan entre 3,5 y 4 mm de profundidad, según la rueda. A mí me parece una duración excelente.

Ante la duda de tracción total o neumáticos de invierno, yo elegiría lo segundo. La tracción total duplica las posibilidades de impulsar el coche, pero esas dos ruedas adicionales transmitiendo el par del motor sirven de poco a la hora de frenar o de sujetar el coche en una curva.

De estos neumáticos con marcado de invierno (sustituyen legalmente a unas cadenas cuando estas son obligatorias), Javier Moltó contó sus impresiones en enero de 2019 . En otra entrada hay información sobre la compra y el montaje de los Michelin CrossClimate.  También escribí yo sobre ellos en 2015, cuando los presentó Michelin.

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