Después de la lacrimógena prueba PCR de rigor, del café con pastas, de las presentaciones y los reencuentros con compañeros de profesión, llega el momento de centrarme en el coche. 

Vamos un periodista por cada coche, a diferencia de lo que ocurría en la «época de normalidad» donde lo habitual era compartir la jornada de pruebas con algún compañero. Ir solo ayuda a concentrarse en los detalles.

Monto en el asiento del conductor y cierro la puerta. Subo la ventanilla una vez que uno de los empleados de la organización del evento me cuenta los pormenores de la ruta propuesta y los horarios que debo cumplir. Decido hacer una ruta libre ya que conozco bien la zona y el tiempo es suficiente para alejarme de la ciudad en dirección a una de mis carreteras de referencia (no de mis favoritas, que están aún más lejos) y regresar a tiempo a la rueda de prensa.

Lo primero que noto al montar es un asiento cuya espuma es blanda, tanto en el centro como en los soportes laterales. Lo coloco a mi gusto y mi primera impresión es que voy bien. Lo siguiente que ajusto es el volante (no es redondo como me gustaría, pero no me supone un problema). Luego regulo los espejos retrovisores mientras aprecio que son amplios y dejan ver bien lo que hay por detrás y en los laterales del coche.

Llega el momento de poner el ordenador de viaje a 0 para comprobar el consumo de carburante al final de la jornada. La instrumentación es una pantalla, pero es una pantalla mala, con gráficos pobres e información escasa. Nada que ver con las que llevan algunos coches bastante más costosos. Los menús se seleccionan pulsando un botón que hay en el extremo de la palanca de intermitentes. El tiempo entre que presiono el botón y finalmente veo el siguiente menú es largo, casi se puede contar en segundos.

El coche está subido a un bordillo. Engrano la primera velocidad y bajo al nivel del asfalto con cuidado pero sin demasiada lentitud, pues no hay riesgo de dañar los bajos de la carrocería. La suspensión delantera se hunde claramente y parece que tarda en recuperar su posición original (me recuerda vagamente a las pelis americanas hasta los años 80, donde el coche se queda «botando» un rato después de pegar un frenazo o maniobrar bruscamente). Esta pista sí que es definitiva, ya tengo algo interesante que contar a los lectores de km77, pienso. 

Antes de salir a la calle principal, una vía urbana de dos carriles por sentido limitada a 50 km/h, tengo que maniobrar y cambiar de sentido en una calle muy estrecha. La dirección también es blanda y mis primeras sensaciones son que estoy a los mandos de un coche muy bien aislado. Otra cosa más que contar.

Salgo a la vía principal de dos carriles por sentido y mis impresiones se confirman: voy en una especie de alfombra que va a unos centímetros del suelo. Cuando supero un badén largo (de esos que abundan en zonas residenciales para obligar a los conductores a ir despacio) noto que la suspensión vuelve a trabajar en un recorrido muy amplio. Aunque es muy blanda, se le atragantan un poco las juntas de dilatación o cambios bruscos de asfalto (de esos que «sacuden» las ruedas). El silencio de marcha es notable al menos a velocidades moderadas.

A la salida de un semáforo acelero con intensidad. El motor de gasolina (que a punta de gas parece que no existía) ahora tiene un sonido y produce unas vibraciones suaves que me resultan familiares. Vuelvo a cambiar el menú de la pantalla, pues ahora quiero ver ahí las indicaciones del navegador. Nuevamente, obtengo lo que quiero después de un rato. Me desespera esa lentitud.

Podría confundir el soniquete del motor con otros de tres cilindros que utilizan unas cuantas marcas en diversos coches. Ahora bien, ninguno de esos fabricantes hacen coches con suspensiones así de suaves y, a la vez, con pantallas tan lentas. Ya no tengo dudas; todo lo que he sentido en los primeros kilómetros me indican que el C4 que conduzco es inconfundiblemente un Citroën.

Creo que aún hay marcas conservan una determinada personalidad, por decirlo de alguna manera. Muy posiblemente nunca contemplaría un Citroën a la hora de comprar un coche nuevo, pero —de alguna forma— celebro que arriesguen con determinadas soluciones o que sean fieles a una tradición y a una forma de hacer las cosas

Me gusta pensar que los coches actuales no son todos iguales o, por lo menos, sigue habiendo algunas marcas que apuestan por diferenciarse por sus soluciones técnicas, su diseño o por lo que quieren hacer sentir a sus conductores o pasajeros (Citroën, por ejemplo, quiere que sus ocupantes viajen en un ambiente relajado y sinceramente creo que lo consigue).

Hace unos días probamos en km77.com un BMW Serie 5 y un Mercedes-Benz Clase E. Tanto a Carlos Fernández como a mi, nos parecieron coches muy distintos, aunque a simple vista no lo parezca. Os contaremos más en las pruebas y el vídeo que estamos preparando.

Que todavía se puedan apreciar diferencias (más que de matiz) entre los coches son buenas noticias para los que escribimos de estos asuntos.

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