Pues ya está, ha ganado Parásitos.

Nadie lo vio venir, no importa lo que lean por ahí. Todo el mundo soltaba predicciones locas que ni ellos mismos se creían, pero nadie dio crédito a esos rumores delirantes que afirmaban que Parásitos iba a arrasar. ¿En Hollywood? ¿Cómo coño va a arrasar una película surcoreana en la meca del cine estadounidense?

Pues toma. Te jodes.

Lo curioso del caso, más allá de que la película fuera la primera en la historia capaz de llevarse el Oscar a mejor película de habla no inglesa y el de mejor película, es que ha dejado por el camino a tres peliculones (Historia de un matrimonio, El irlandés y 1917) y destrozado cualquier prejuicio.

Desde mi humilde tribuna puedo asegurar que ahora me piden artículos sobre cine coreano, cuál podría ser la próxima Parásitos y joyas del cine no-anglosajón, que es algo que no me había pasado en la vida. Y oye, me parece cojonudo.

Ahora bien, me recuerda un poco cuando gano El viaje de Chihiro en Berlín y todo el mundo me preguntaba si eso iba a significar un cambió en el canon, en los roles, y en no-sé-cuántas cosas más. Pues oiga, no. No significó nada, más allá de confirmar que las excepciones existen.

Para mi gusto, el verdadero debate radica en saber si el hecho de que las dos grandes favoritas, las mencionadas Historia de un matrimonio y El irlandés, se hayan quedado con las migas (16 nominaciones entre las dos; un premio) podría ser culpa de que fueran producciones de Netflix. Para mí, esa es la cuestión, más allá de la anomalía que representa que una película surcoreana se lo llevé todo, que –sin profundizar demasiado- me parece algo excepcional, pero finalmente anecdótico. Es decir, que creo que es puramente coyuntural, no sistémico.

Como lo de David contra Goliath, pero si los dos fueran Goliath y en lugar de ir con las manos desnudas, se dedicaran a darse hachazos. Un poco como lo de Cannes rechazando películas de Netflix hasta que tiene que dejar de rechazarlas. Es una guerra absurda, perdida de antemano, porque el enemigo es poderoso y tiene pinta de no rendirse, pero que va a dirimirse igualmente en los sofás de nuestras casas y en nuestras salas de cine.

Si me preguntan a mí, con mi opinión irrelevante, creo que las experiencias de Netflix y la del cine convencional no tienen que ser excluyentes. Yo mismo (repito, soy irrelevante) frecuento las salas y pago religiosamente por las plataformas de streaming. El problema para el cine que se estrena de un modo convencional es convencer al público joven que vale la pena ir allí al mismo tiempo que se paga una cuota mensual. Francamente, creo que muchas salas cuidan cero al espectador: uno paga por cines de medio pelo, con proyecciones de mierda, sin personal cualificado (el de las palomitas es también el maquinista) y con precios que parecen sacados de un restaurante parisino. Obvia decir que en estas condiciones jamás le ganaremos al sofá de casa.

Otro día hablamos de la dictadura de los móviles en estos espacios, que es un asunto que un día va a provocar un baño de sangre.

En cualquier caso, y dejando claro que Parásitos me parece un peliculón, estos Oscar me han parecido raros. Y no soy yo de creer en teorías conspiranoicas, pero me ha parecido todo un poquito sospechoso.

A partir de aquí, que cada uno/a que saque las conclusiones que desee y que Dios nos bendiga a todos/as.

Abrazos/as,

T.G.

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