¿Qué tal amigos y amigas?

Bueno, aquí estamos. Seguimos en la batalla. Odio el lenguaje de guerra que nos han estado vendiendo toda la pandemia y aquí me tienen, usándolo yo. Soy un Dios de las contradicciones.

Ahora mismo no sé si agarrarme al pesimismo o al optimismo. O al escepticismo, que parece un lugar más seguro. No leo periódicos, no veo las noticias, no dejo que nadie me mande links de nada. Mi problema es que no tengo ni puta idea de pandemias, ni de virus. Soy un caso único en este país, donde todo el mundo lo sabía todo y todo el mundo lo hubiera hecho mejor.

Yo soy bobo. Lo reconozco.

También me cuesta ver cosas que me gusten, leer cosas que me distraigan o comer manjares que me produzcan satisfacción alguna. Creo que mientras todos pasan de fase, yo he decidido volver a la fase 0. Cuando más fácil es salir de casa, más difícil me resulta a mí.

Vaya estampa.

Hoy he visto Alerta máxima y El fugitivo. La primera porque es la mejor película de Steven Seagal y me divierte muchísimo, con ese malo interpretado por Tommy Lee Jones, completamente enloquecido; la segunda porque es un impresionante peliculón. Esta vez sale Tommy Lee Jones haciendo de bueno. Las dos las dirige Andrew Davis. Luego no hizo nada más de provecho, pero esas dos le salieron muy bien.

Esta noche miraré Tombstone, que es un western cojonudo.

Solo repito cosas. Me refugio en el pasado, que debe ser algo muy freudiano.

Pero esta tarde he tenido que ver algo por trabajo y me ha parecido dignísimo; en ocasiones notable.

Ha aparecido en Netflix sin hacer ningún ruido, no se ha promocionado en absoluto, no hay lonas gigantes en ningún sitio y hasta dudo que vayan a ver un maldito banner.

Se llama Lenox hill. Explica la historia de un hospital de Nueva York y de la gente que trabaja allí. Es una docuserie, así que no hay nada de ficción.

Es una serie jodida, a veces bastante jodida. Porque habla de la vida misma, de lo que cuesta mantenerse en el lado bueno de las cosas. Y como está rodado el año pasado, nadie puede acusarles de oportunistas.

Los protagonistas son los médicos, pero se da espacio a los pacientes y se bucea en las motivaciones de todos esos tipos, que por un sueldo normalito que no les da para vivir en la mayoría de barrios neoyorquinos, se dejan la piel día tras día, mes tras mes.

Este tipo de productos acostumbran a buscar un enfoque casi heroico y acaban desvirtuando lo que intentan destacar. En Lenox hill el enfoque es naturalista, y eso es lo más bonito de la serie. Hay pacientes que viven, otros no lo consiguen; médicos que solo quieren ser buenos médicos y médicos que quieren estar en otro sitio. Pero no hay ni un miligramo de moralina en este show. Aunque no sé si puede llamarse show. Nadie es juzgado: dejan que el espectador decida por sí mismo.

En un panorama en que la ficción tiene que ser trepidante y dinámica o dramática, oscura y críptica, se agradece una serie que es orgánicamente humana y con la que es fácil que todos se identifiquen en algún momento.

No soy aficionado a los hospitales: las últimas tres veces que he estado en uno he entrado con alguien y he salido solo.

Pero Lenox hill me ha parecido un buen recordatorio: la cantidad de currantes que se dejan el alma para que todo salga bien.

En los tiempos que corren, no me parece poco.

Pórtense bien; mantengan las distancias.

Abrazos/as,

T.G.

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