Odio tener razón.

Bueno, cuando es para algo bueno me encanta, pero cuando son vaticinios terribles me odio a mí mismo. Por aquello que decía Sartre de que quien pensaba continuamente en el infierno podía estar obligado a vivirlo dos veces.

Pues ya dije que me olía que lo de Barcelona iba a acabar mal, y si antes lo digo.

Miren, yo de ciencia ni puta idea. Pero, ¿tanto cuesta ponerse una mascarilla? Pues en mi barrio no hay manera de que la gente se conciencie. Hasta en mi propio edificio, peña que pilla el ascensor sin la puta mascarilla, o que quiere subirse contigo.

El maldito ascensor medirá dos metros cuadrados. Pues ahí que entran.

Hay que ser memo.

Estoy enfadado.

La otra son todos esos personajes y personajas de paguita que se llenaron la boca con lo de ‘qué bien que lo hubiéramos gestionado nosotros, mira lo mal que lo gestionan desde Madrid, qué vergüenza todo’. A la que ha llegado una mini-crisis han escondido la cabeza debajo de las piedras, lo están gestionando todo como el culo y no saben nada, no dicen nada, no mandan nada. Como catalán, siento muchísima vergüenza. Esa autoridad moral que desprenden muchos compatriotas míos, que en realidad es un lamentable sentimiento de superioridad. Todo para acabar haciendo el ridículo, exactamente igual que ‘el enemigo’.

A tomar por culo, hombre.

Pero bueno, no he venido aquí a hablar de política, sino de una serie extraordinaria que ya les adelanté el otro día: El colapso.

La pueden ver en Filmin.

A mí me cuesta mucho decir cosas como ‘la serie del año’.

Me cuesta incluso cuando ha acabado el año, porque odio las malditas listas.

Dicho esto, me cuesta mucho pensar que El colapso no entre en la lista de lo mejor del año o que directamente encabece esa lista. Porque esta serie francesa es una puta barbaridad.

Son ocho episodios de unos 20 minutos de duración, autoconclusivos, rodados en inmersivo plano secuencia.

Todo en la serie es jodidamente brillante, desde el diseño de producción hasta los guiones, pasando por un reparto trufado de desconocidos. Todo es perfecto.

La cosa arranca en un supermercado donde ya empieza a faltar de todo. Los cajeros no funcionan, hay cortes de luz constantes, nadie se explica qué cojones pasa. No lo explicarán. Solo asistiremos al fallecimiento del moderno sistema socio-financiero que rige en occidente, sin mayores detalles. Veremos cómo todo se va a tomar viento y nunca nos contarán por qué. Este detalle hace que todo sea incluso peor.

El colapso es como un fin del mundo a plazos, a cámara lenta, sin cosas que caen del cielo, sin tsunamis. Un fin del mundo made in human que no tiene nada de sobrenatural. El colapso de la civilización industrial y su incidencia en la vida de los que no tienen ni mucho, ni poco. Aunque también aparezca por ahí un millonario despistado.

Debo advertir que la serie te da una hostia gorda. Precisamente porque todo resulta muy familiar, demasiado familiar.

A mí me ha dado un miedo atroz. Porque si me dijeran que es real, no tendría dudas.

Por eso recomiendo consumirla con prevención. Con cuidado.

Es una puta obra maestra. Pero ojo con ella.

Abrazos/as,

T.G.

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