Hola amigos y amigas,

Ya vuelve a ser domingo. Y mañana vuelve a ser lunes.

En este 2020, que es como un día de la marmota versión Premium, todo parece repetirse una y otra vez. Si fuera una película, sería una de esas realmente malas. Una de las que no da ni para ponerla una tarde de domingo (un domingo cualquiera) en Antena3.

Hoy estoy viendo (de nuevo) la cojonudísima Wind river en Amazon Prime. Una película más seca que la mojama sobre un asesinato en una reserva india. Tremenda.

Del guionista de Comanchería y Sicario, que aquí también ejercía de director.

No deberían perdérsela, si no la han visto ya.

Pero no hemos venido a hablar de esto. Hemos venido a hablar del loco Gibson, antes conocido como Mel Gibson.

El loco Gibson perdió toda su tracción en Hollywood el día que le pillaron conduciendo borracho y decidió que era el momento de sacar a colación toda su artillería antijudía. Aquel día se fue a tomar por culo el actor que lo había sido todo en Hollywood y apareció un freak desencadenado al que parecía que la vida ya le daba absolutamente igual.

Por supuesto, también aparecieron todos los que de repente quisieron gritar a los cuatro vientos que aquel señor era un mal actor y un mal director.

Pero no, amigos y amigas.  Porque el loco Gibson puede ser muchas cosas (y también un imbécil antisemita) pero es un actor estupendo y un director maravilloso.

El hombre sin rostro, Braveheart, La pasión de Cristo, Apocalyto: todas cojonudas.

Desde el punto de vista de la dirección, diría que son todas absolutamente espléndidas.

Hay una escena en La pasión de Cristo (la peli a la que podríamos encontrarle más pegas, sin duda alguna) en la que Jesús de Nazareth tropieza llevando la cruz y su madre, viendo la escena, le recuerda cuando era solo un niño. Esa escena tiene más cine, más talento y más sensibilidad, que filmografías enteras de directores respetables.

Por supuesto, aquí podríamos empezar una de esas disquisiciones sobre la distinción que siempre debería regir entre obra y creador. Pero tampoco hemos venido a eso.

Hemos venido a hablar de la última locura del loco Gibson: una cosa llamada Fatman.

En ella, el buen Mel interpreta a un Santa Claus que ve como su empresa dedicada a perpetuar la navidad, se enfrenta a una terrible crisis. Para intentar arreglar la situación y no tener que despedir a un montón de elfos, Santa decide aceptar un contrato con el ejercito. Por otro lado, un niño que no recibe los regalos que cree que merece, decide contratar a un sicario para que elimine a Santa Claus.

Ah, me olvidaba: y Santa Claus está algo desquiciado y está loco por las armas de fuego.

Yo qué sé. ¿De verdad tengo que explicarles nada más para que se la pongan ahora mismo? Es que no deberían ni acabar de leer esta preciosa entrada de este precioso blog.

Me lo he pasado pipa viéndola. Lo del Santa Claus chiflado me ha robado el corazón.

Y ojo, porque hay otra de Gibson, de las que también les hablaré pronto. Se llama Boss level. Y me dispongo a verla ahora mismo. Porque es domingo. Y porque -después de sobrevivir a esta semana- me lo merezco.

Un abrazo grande, amigas y amigos.

T.G.

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