Señores y señoras,

¿Qué tal están ustedes/as?

Espero que estén bien y que, si tienen niños/as, puedan ya darles un merecido paseo. Recuerden hervirlos en lejía en cuanto vuelvan a casa, no vaya a ser.

Yo es que he sido incapaz de procesar los protocolos de desinfección y por eso creo que lo mejor es cortar por lo sano y ahorrarnos un disgusto.

Pasemos a lo nuestro: el cine y las series.

Hay tres cosas que ver hoy en las distintas plataformas de streaming.

Empecemos por la más prescindible de las tres, pero aun así una buena opción para pasar un buen rato desenchufados del mundo: Tyler Rake.

Con Chris Hemsworth (nuestro querido Thor, esta vez sin panza cervecera) y un buen montón de actores de segunda o tercera fila, reminiscencias de Comando, Rambo y John Wick, hostias como panes y cosas que explotan todo el puto rato. A visionar con volumen alto, cerveza en la mano, un bol de palomitas de dos toneladas y sin más expectativas que las que se conceden a un subproducto audiovisual pensado para consumir a toda mecha y olvidar aún más rápido.

En Netflix.

Para seguir con Wind river.

Esto sí que es un peliculón. Dirigida por Taylor Sheridan, guionista de Comanchería y Sicario (ahí es nada). Además, fue su opera prima.

Explica la historia de una agente del FBI (maravillosa Elisabeth Olsen; la bruja escarlata) que acude a una inhóspita reserva india para investigar un terrible asesinato. Allí encontrará la complicidad de un agente de policía local (acojonante Jeremy Renner; ojo de halcón) y descubrirá un asunto muy turbio.

Una película brutal, con un final brutal y una fuerza brutal.

En España no se estrenó ni en cines, y ahora se puede ver en Filmin.

Créanme, no la olvidarán en unos días. Y con razón.

Repito: en Filmin.

Y para acabar, After life.

No puedo evitarlo, pocas cosas me gustan tanto como esta serie de Ricky Gervais.

Un show sobre un tipo atrapado en una vida jodida después de que muriese su mujer. Tal es el golpe que se lleva que intenta quitarse la vida. Así arrancaba la primera temporada de una serie que rompía el tono de todo lo que había hecho Gervais en ese momento: un show despojado de cinismo, que hasta cuando transita por el sarcasmo lo hace con una ternura desarmante. Un show a prueba de escépticos y descreídos que cuesta encajar en la carrera de un humorista que siempre ha destacado por dar caña sin piedad a derecha e izquierda.

Me chifla After life porque es desconcertante hasta extremos insospechados. Porque cuando uno lleva media vida siguiéndole la pista a Gervais cuesta verle en los zapatos de un viudo de provincias, periodista en un medio local, que ya no quiere seguir adelante. Y si la primera temporada ya era magnífica, la segunda retoma el asunto con una excelencia aún mayor.

Si les digo que es mi serie favorita en lo que va de año porque solo tiene seis episodios, es profunda, y sencilla, y bonita y además acaba en lo más alto, allí donde las otras series deciden seguir porque poderoso caballero es don dinero.

After life. Dos temporadas en Netflix.

Buen provecho.

Besos, cuídense, cuiden a los suyos. Y mucha salud.

T.G.

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