Buenas noches, señores y señoras,

¿Cómo va todo?

¿Han empezado bien el año?

Más les vale, si no quieren que les persiga.

Yo he empezado regulero, por culpa de Netflix. Ojo, no digo que no haya cosas estupendas ahí, pero debe ser que no tengo criterio o algo. Seguro que es eso, vaya.

Empecé el año viendo una cosa llamada Drácula porque por algún motivo (no tengo criterio), me convencí a mí mismo de que estaría muy bien, de que me lo iba a pasar pipa. Por empezar el año con actitud positiva y eso.

El resultado ha sido que tengo ganas de romper la tele a cabezazos. No la he roto porque es cara y no me puedo permitir otra, pero les juro que el deseo sigue ahí.

Déjenme explicarles:

Drácula es una nueva versión de la legendaria historia de Bram Stoker. La gracia –al parecer- es que esta nueva adaptación de tres episodios la firmaba Steven Moffat. Moffat es el nuevo niño prodigio (niño es un decir, que el tipo tiene 58 años) desde que se sacara de la manga Sherlock, que tiene un importante paralelismo con Drácula: a medida que avanza se desmorona como un castillo de arena ante un huracán de categoría 5.

Drácula arranca con el clásico abuelo en el castillo que recibe al pobre hombre que viene a traerle un mensaje y se ve recluido allí para que la diabólica criatura pueda alimentarse de su juventud. Hasta aquí todo bien. Dudé un poco del acento del señor Drácula (que para mi gusto oscilaba demasiado desde el inglés británico al inglés de Rumania) pero seguí viendo, porque algunos amigos que yo consideraba fiables, me decían que sí. ‘Adelante, adelante, que es estupendo’.

Hijos de perra.

Los dos primeros episodios son simplemente soportables, sin más.

Charleta de ascensor, mucho efectismo, fotografía supuestamente atmosférica, diseño de producción que se hacía el doble de bien con la mitad de presupuesto en tiempos de la Hammer. Pero bueno, era ligeramente entretenido. Y como albergaba en mi interior la llama de la esperanza, cometí el error de asomarme al tercer capítulo. Hay que ser gilipollas.

Yo supongo que Steven ya había cobrado los cheques de Netflix y decidido que para el final de la serie y como él tenía mucho trabajo jugando al golf, pues que lo escribiera su sobrino, el de 47 años que vive en el sótano y solo come patatas sabor jamón.

Un desastre épico, de niveles kafkianos.

Les reto a que lo vean, para que yo no me sienta tan solo. A lo mejor hasta les gusta, llego a la conclusión de que soy un exagerado y puedo volver a dormir sin sentirme culpable por estas tres horas perdidas que podía haber utilizado autolesionándome o insultando a los vecinos desde el balcón.

Por suerte, me queda Sucesor designado, que es como El ala oeste de la casa blanca de Hacendado. No es el original, pero coño, como alimenta. Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien con una serie absurda. Kiefer Sutherland de presidente serio pero con rollito punk, agentes secretos macarras y tipos de bofetada con gafas de pasta: no puedo pensar en una combinación mujer.

Hay terroristas, bombas sucias, presidentes pérfidos, tíos buenas, tías buenas, viajes al Oriente medio (que podría ser el Oriente medio o Murcia y que además me da igual) y en un momento dado sale Michael J Fox haciendo de abogado hijoputesco con bastón de plata y barba postiza.

Yo digo no a Drácula y sí a Sucesor designado.

Les aconsejo hacer lo mismo: les alargará la vida.

Ahora les dejo, están a punto de descubrir quién es el hacker que ha querido cargarse la Casa blanca.

Abrazos/as,

T.G.

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