Buenas noches amigos y amigas,

¿Qué tal están?

Por razones laborales he tenido que ver una cosa en Netflix llamada Love is blind.

Yo no miraría estas cosas (un reality de mierda) y me gustaría mucho decirles que lo he hecho por ustedes/as, para que no tuvieran que verlo. Pero no, no es verdad. No lo he hecho por eso. Lo he hecho porque me pagan. Poco, es verdad, pero me pagan.

-Oye niño, escríbenos una pieza de Love is blind

-Vale, lo hago

Como ven, no he opuesto ninguna resistencia. Porque soy un pobre de mierda y porque si no lo hago yo, lo hará cualquier otro idiota. Probablemente, un idiota con más dinero que yo.

Así que me puse a ello, a ver Love is blind. No sé si saben de qué va, pero me propongo contárselo de inmediato: son veinte idiotas (diez hombres y diez mujeres, paridad absoluta) que se reúnen en una casa de no-sé-dónde para comprometerse a ciegas. Es decir, que sin verse, van quedando en habitaciones (separadas por una mampara) y deciden quién les gusta. Lo sé, es terrible, pero no lo he inventado yo.

Tienen unos días para decidir con quién cojones se van a casar, así que van al grano. Al final, se comprometen cinco o seis parejas. No sabría decir, he perdido la cuenta.

Entonces se los llevan a un paraíso a que se conozcan mejor y ahí claro, se matan.

No saben la turra, amigos y amigas. Una turra constante, lineal, sin momentos para la diversión.

Pero una vez que empiezas (ojo), no puedes parar. Es como cocaína con dulce de leche.

Love is blind.

Si les gusta guarrear, no van a salir decepcionados. Se lo juro.

La buena noticia de este fin de semana ha sido el taquillazo de El hombre invisible en todo el mundo. Después del desastre épico que representó La momia (perdieron hasta el sombrero), esta es una oportunidad para revitalizar los clásicos monstruos de la Universal. ¿Y por qué ha funcionado El hombre invisible? Pues porque le ha dado el toque de modernidad a un cuento que parecía agotado desde el punto de vista fílmico, dándole el protagonismo a la víctima en lugar de al malo. Ojo, que a mí la versión de Paul Verhoeven (el hombre sin sombra) me pareció cojonuda, pero esta tiene la visión de un francotirador: acierta de lleno en la diana.

También hay que tener en cuenta que detrás de la peli estaba Jason Blum, el señor de Blumhouse, responsable de la saga de The purge o Paranorma activity o Feliz día de tu muerte o Déjame salir. Películas hechas con cuatro pavos (El hombre invisible tuvo un presupuesto de siete millones de dólares) que arrasaron en taquilla. El señor tiene ojo para las pelis de género, sabe cómo venderlas, supervisa todos los aspectos de la producción y las estrena en el momento justo. Un cabronazo muy listo el tal Blum.

Tanto es así que se ha equivocado muy poquitas veces y ahora todos los estudios quieren ficharle al precio que sea necesario, a lo que él siempre contesta que va por libre.

Ayuda lo suyo que esta película tenga una actriz como Elisabeth Moss encabezando el reparto, porque es capaz de hacer creíble cualquier papel. Ya sea en Mad men, o en El cuento de la criada, o en cualquier otra cosa.

En resumen, que una de cal (El hombre invisible) y doce de arena (Love is blind).

Vayan a ver una cosa, eviten la otra, vean las dos.

Todo me parece bien.

Y luego vengan aquí a cascarlo.

Besos,

T.G.

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