Amigos y amigas, amigas y amigos,

¿Qué tal están?

¿Comentamos la rueda de prensa del presidente y de la presidenta?

Sí, estamos de acuerdo: mejor no.

A partir de ahora, espero que cuando busque la palabra ‘delirio’ en google, aparezca el audio de esta reunión. No puedo ser más fan. Porque ya puestos a perder la razón, hagámoslo a tope.

En fin, vamos a lo nuestro.

Ayer se otorgaron los Emmy.

La gran ganadora Schitt’s Creek no me entusiasma nada, pero en América gusta muchísimo. ¿Y quién soy para discutir nada de lo que crean en la gloriosa patria del glorioso presidente Trump? Una comedieta. Sin más. Puede verse en Movistar+.

Las otras dos ganadoras en términos absolutos son Succesion y Watchmen.

No he hablado mucho aquí de la primera; de la segunda sí.

Succesion es una serie cojonuda sobre una familia de ricos, que hacen lo que hacen todas las familias de ricos: matarse por el dinero. Bueno, debería decir lo que hacen todas las familias (en genérico), pero es que cuanto más dinero, peor. Obviamente.

Los actores son estupendos y el show se lee como si Wall Street (la película de Oliver Stone) y Falcon Crest (la serie de Angela Channing) hubieran tenido un hijo. Cáustica, seca, perversa y -en el fondo- con alma de culebrón.

Watchmen es una obra maestra. Su piloto es una obra maestra. Su guion es una obra maestra. Nadie podía sospechar que una serie podía divergir tanto del material original y, paradójicamente, seguir siendo fiel al espíritu del mismo. Pero coño, vaya hijo de puta el tal Damon Lindeloff. Hasta le perdonamos el final de Perdidos.

Y lo otro es que esta mañana me ha dado un parraque (me encanta esa palabra) y me he puesto a ver Amanecer rojo.

Era una de mis películas favoritas de niño y no puedo dejar de amarla, aunque sea una fábula anti-comunista tan salvaje que ahora mismo dé un poco de rubor mirarla.

Me hace gracia ese argumento en el que una combinación de militares de Cuba y Rusia decide invadir Estados Unidos porque sí, porque se puede. Y como unos chavales de un pueblo (los Wolverines) deciden hacerles frente rollo guerrilla. Esta claro que la cosa no tiene ni pies, ni cabeza. Pero también está claro que nos da totalmente igual.

Salen Patrick Swayze, y Charlie Sheen y Thomas C.Dillon y cualquiera que fuera alguien entre los chavales jóvenes que despuntaban en aquella época. Y yo me lo paso pipa con tanto bombazo, tanto disparo, tanta emboscada y tanto ‘viva América’.

El responsable de la cosa era John Millius, aquel genio fascista que escribió Harry El Sucio o el monólogo del Indianapolis en Tiburón o dirigio aquella obra maestra llamada Conan el Bárbaro.

Lo mejor del caso es que no hace muchos años, Hollywood decidió hacer un remake. Aunque esta vez los malos eran los norcoreanos. Claro que sí: con dos cojones.

Y por supuesto, el remake era infumable; mucho más infumable que el original.

Está en Filmin.

Sean valientes y échenle un ojo, aunque sea por las risas. Unas buenas risas.

Y luego, hagan el favor de izar la bandera estadounidense en el comedor.

Abrazos/as,

T.G.

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