Amigos y amigas,

Buenos días.

Mi perro me levanta cada día sobre las cinco. Cuando él no lo hace, ya lo hago yo. Por mí mismo. Porque tengo insomnio y porque soy gilipollas. A partes iguales.

Somos la pareja perfecta. Así que sobre las diez ya he desayunado tres veces, mirado el correo, escrito dos artículos, duchado y pensado (varias veces) en volver a la cama.

No se crean, hacía esta hora empiezan a pesarme los ojos y ya no hay manera de remontar. Y la cosa se convierte en tragedia si no puedo echarme la siesta.

Ahora, con esto de currar (aun más) en casa, siempre me queda la excusa de la cobertura y demás. No hay mal que por bien no venga, o algo así.

Esta mañana me he dado una sesión doble, que podría ser triple, porque el día es aún joven.

He arrancado con La invasión de los ultracuerpos. La versión de Don Siegel.

Siegel dirigiría más tarde Harry El sucio, pero aquí estaba ya en plan jefe, contando la historia de los marcianos que nos imitan. Hubo más versiones, casi todas buenas (exceptuando aquella de Daniel Craig y Nicole Kidman, en la que te pasabas la película deseando que los marcianos dieran con ellos de una vez y hasta esa tenía algunas cosas cojonudas), pero esta era la buena de verdad. Vale, la de Donald Sutherland era maravillosa, pero déjenme en paz.

Luego he visto Los pájaros.

Debería haber visto varias cosas que tengo pendientes (y créanme, son muchas), pero -coño- si ni siquiera un domingo puedo permitirme estas mierdas.

Así que me he puesto Los pájaros. Una de mis películas favoritas de Alfred Hitchcock, en vertiginosa competición con Vértigo y un pelín separada de Con la muerte en los talones, que siempre será mi favorita. Ahí no hay discusión: Con la muerte en los talones me parece la mejor película de Hitchcock.

Nunca me había fijado lo mucho que se parece La niebla (el peliculón de Frank Darabont) a Los pájaros. Hasta hay una escena en la que a Tippi Hedren la increpa una fanática religiosa.

Los pájaros es una película de terror disfrazada de drama costumbrista, ejecutada a la perfección, con todos los clásicos del cine del maestro, incluido esa relación tirante entre madres-cuñadas-suegras y un montón de señoras rubias.

Ya sé que se dice mucho que no se hace cine igual. Pero es la verdad.

Yo ni siquiera entro en que sea mejor o peor (vale, es mejor), pero es cierto que parece que nos dedicamos a repetir fórmulas, una y otra vez, como el hámster que corre en la noria.

Por eso siempre volvemos a los clásicos, supongo. Porque son un sitio seguro.

(Las dos pelis están en Filmin)

Por cierto, antes de ayer les hablaba de Clouds, la película de Disney (se puede ver en Disney +).

Es la historia de este chaval que antes de morir de cáncer quiso grabar un disco. Y miren, yo no soy muy amante de lo lacrimógeno, pero tengo que reconocer que esta película está muy bien hecha. Por supuesto, hace concesiones, faltaría más. Pero nunca olvida de qué está hablando y lo hace con valentía y respeto.

Yo la miraría con mis hijos o con mi familia (si los/la tuviera), porque es una buena peli. Pensaba que iba a ser uno de esos melodramas de Antena3, pero hace un ejercicio de contención sorprendente.

Y además: un grupo de buenos actores.

Clouds. Échenle un ojo.

Abrazos/as,

T.G.

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