Queridos amigos y amigas,

He visto Cats.

Tenía que haberme quedado en casa, haber hecho caso de mis amigos. Pero no, he tenido que ser como siempre: tozudo.

Venía yo de ver la cosa esa de The watcher (no me obliguen a hablar de ella) y luego me fui a contemplar la terrible derrota de Star wars. Después ya busqué refugio en casa, en las cosas que amo: en mis libros, en mis comics, en mis blurays.

Pero un amigo me llamó: ‘oye, ¿vamos a ver Cats?’.

Y había oído tales barbaridades, tan gordas, que no pude resistirme. ¿Quién hubiera podido?

Así que un domingo por la tarde, porque sí, me fui con el hijo de puta de mi amigo a ver Cats. Porque hay que ser hijo de puta para llamarme un domingo por la tarde para ir a ver Cats. Eso no es un amigo ni es nada, pero tampoco puedo ponerme a mi edad a hacer purgas con mi entorno: lo que tengo me lo he ganado.

Cualquier improperio o exabrupto que pueda soltarles, me sonará a poco. Y una vez que la hayan visto (algo que desaconsejo fervientemente) a ustedes también. Les sonará a poco, quiero decir.

Ya saben que la película es la adaptación de una obra de Broadway, probablemente la más mítica de todas, que transcurre una noche cualquiera en un callejón repleto de gatos. No hay más: las canciones son bonitas, el guión es mínimo, la escenografía (de la obra) era un espectáculo. En cine no funciona absolutamente nada. Todo lo que en Broadway era fresco y original, aquí parece diseñado por Martes y 13.

Lo bueno de la peli es que cuando uno cree que lo ha visto todo, llegan estos y te demuestran que no, que no lo has visto todo. Que ni de coña lo has visto todo.

Hablamos de algunos de los mejores actores del planeta (Ian McKellen, Judy Dench o Ray Winstone) haciendo el ridículo de un modo que me cuesta definir. Actuando todo el rato como si se hubieran tragado una bola de pelo, caminando a cuatro patas mientras tratan de convencernos de que estamos viendo a una pandilla de gatos.

Si a eso le sumamos que el director, Tom Hooper, es un auténtico inútil, pues ya lo tenemos todo. Tan inútil es que en Los miserables rodó sin claquetas (por aquello de ser moderno) y el montador tuvo que hacer encaje de bolillos para arreglar el desastre.

Lo que parece absolutamente inexplicable es que alguien haya puesto tal cantidad de pasta para algo así. Porque –óiganme bien- se han gastado más de 90 millones de euros. Lo voy a repetir: se han gastado 90 millones de euros. No se lo cree nadie.

Estamos hablando de que la productora va a palmar, sin exagerar, sesenta o setenta milloncejos. No me extrañaría que rodaran cabezas.

La parte buena es que la película es tan mala, que en Estados Unidos hay grupos de amigos que se van al cine a verla y hacer karaoke. Así que no sería extraño que se convirtiera en una de esas obras de culto que la gente se pone en casa para echarse unas risas. Así que ya lo saben, si están tristes no dejen de ir al cine a ver Cats: verán que hay gente que está mucho peor que ustedes.

En fin, al menos nos queda Watchmen, se ha acabado eso de La materia oscura, ya nadie se acuerda de Foodie love (la peor serie de la década) y con un poco de suerte no habrá segunda temporada de The watcher. Tampoco vamos a quejarnos a estas alturas.

En nada nos metemos en 2020, cuando los coches deberían volar y tal, y aquí estamos, igual que siempre, pero peor.

Háganme el favor de cuidarse.

Feliz navidad, gentes de bien.

T.G.

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