Déjenme que les cuente una historia.

Puede que tenga un punto triste, porque al final el juego es así: naces en un lugar que no puedes decidir, rodeado de gente que no conoces de nada, y al final te mueres.

Lo sé, es un resumen muy sucinto. Pero es indiscutible que hay un buen número de elementos que no puedes controlar y he ahí un matiz hijoputesco que nadie puede esquivar. Ojo, odio eterno al determinismo, nadie puede decirme que mi destino está escrito. Pero al menos, si estuviera escrito, me ahorraría todos estos vaivenes.

También les digo que si no hubiera vaivenes me quejaría de que no los hay.

Llevo un año sin atender todos los asuntos de este blog y aunque no les voy a contar mis desgracias (si quieren divertirse, vayan a los autos de choque, cabrones), voy a darles el titular.

He tenido un problema grave de finanzas con el ministerio de hacienda que parecía irresoluble por motivos que no vienen a cuento. El día que por fin logro solucionarlo (después de un año de pelea), mi novia me deja. Por correo electrónico. El mismo día. El mismo puto día.

No me digan que no es gracioso. Porque lo es.

Como la vida te da sopapos monumentales, con indiferencia. Como aquel mariachi que tocaba el guitarrón mexicano con una sola mano y sin darse importancia.

Así ha sido amigos y amigas. Como un huracán desarbolándote el palo mayor, solo para acabar llegando a una isla maravillosa. Pero al revés.

Hasta aquí el drama, porque ya tendrán ustedes el suyo propio y aquí se viene con el drama zanjado de casa.

Les he echado de menos, y por eso vuelvo. Esta ha sido mi colaboración más duradera con algo en mi vida; mi relación más longeva y delicada. En este blog he hablado casi en tiempo real de la muerte de mis padres y de cuando me mudé cuatro veces en un año (me cagoen mi puta calavera), aquí he escrito de películas que me han enamorado y de otras que hubiera quemado (envolviendo previamente a sus creadores con el negativo). Pero –sobre todo- me ha servido de cuaderno de notas: desde que empecé a escribir, aún creyendo que todo iría bien, hasta ahora, ya desprovisto de cualquier nota optimista, preparado para que entren en casa unos albano-kosovares, me torturen con un soplete y después se disculpen porque se han equivocado de piso.

En este año que ha pasado he perdido amigas queridas y ganado otras nuevas. Invisibilizado a amigos que creía importantes y visibilizado a otros que parecían irrelevantes. Prueba irrefutable de que aquello de ‘nunca se cambia’ es una memez. El problema es que cambiamos demasiado rápido y así no hay quien entienda una mierda.

Pero a lo que me he dedicado es a ver más películas y series que nunca. Y no comentarlas con ustedes/as me ha jodido un poco. Así que aquí arrancamos nueva etapa, con el visto bueno de mi querido amigo el señor Moltó, que es uno de los tipos más generosos que conozco y que me ha dejado volver con la condición que me hiciera un análisis de sangre y de pasar el detector de mentiras. Luego me ha hecho cortarme el meñique de la mano izquierda y ya ha estado.

Vuelvo, amigos y amigas.

Gracias por esperarme. Gracias por seguir leyendo(me).

Y aprovecho para decirle a la vida que si tuviera una oficina de quejas, me presentaría allí con un bidón de gasolina y ya no tendría oficina de quejas.

Abrazos/as,

T.G.

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