Amigos y amigas,

Ya se acaba este mes, que ha durado como tres años. Creo que ha sido el mes de enero más largo de mi vida y mira que he tenido meses de enero largos (y febreros, marzos, etc). También puede ser que me esté haciendo viejo y el tiempo pase cada vez más lento.

No descartemos nada.

Este fin de semana se estrenan dos películas que han llamado mi atención:

Hablaré primero de la que no he visto, pero me muero de ganas de ver.

Se llama Underwater y ya he leído infinidad de maldades sobre la película: empezando con que es una mala copia de Alien, o de Deep blue sea, o de cualquier otra producción que tenga que ver con gente atrapada en algún lugar remoto, ya sea el fondo del mar o una nave especial.

Obviamente, esto solo provoca que me apetezca muchísimo verla. Dame una buena película de serie B, con un buen monstruo y unos cuantos lelos asustados y te la compro de inmediato. Así de simple he sido siempre.

Ah, no lo he contado. La película se centra en la historia de unos pobres desgraciados que trabajan en un laboratorio subacuático y que, tras un terremoto, se ven obligados a buscar refugio para tratar de sobrevivir hasta que llegue la misión de rescate. Lamentablemente, el terremoto ha despertado algo en el fondo del océano.

No me digan que no dan ganas de verla.

La otra, la que he visto, me provoca sentimientos encontrados: se llama Diamantes en bruto y se estrena el viernes en Netflix.

Cuenta la historia de un tipo que se dedica a negociar con diamantes, lo que podría proporcionarle una vida bastante cómoda, pero –por desgracia para él- sufre una terrible adicción al juego que hace que deba mucho dinero a gente poco recomendable.

Un gigantesco trato con piedras preciosas de Etiopia, podría darle el golpe de suerte que necesita. No hace falta que añada que el asunto va a complicarse un poco, ¿por qué si no se complicara qué coño de película iba a hacer?

Aquí viene mi problema: la película no tiene ninguna clase de ritmo y eso es un problema grave para algo que dura dos horas y cuarto.

Y lo que me provoca sensaciones contrapuestas: la inmensa actuación de Adam Sandler.

Como me hipnotiza el trabajo de un actor que nunca me ha seducido (excepto en su último stand-up y en Punch drunk love), me olvido de todo lo demás, incluido el hecho de que todo el andamiaje construido en torno a él es francamente endeble.

No ayuda que el reparto esté lleno de desconocidos que tratan de hacer el mejor trabajo posible, pero que no son lo que uno llamaría ‘actores de primera clase’.

Así que no sé si recomendarles la película o pedirles que la olviden: necesito deliberar conmigo mismo. La buena noticia es que la tienen disponible en casa, sin necesidad de moverse, desde este mismo viernes.

No hay mucho más a lo que agarrarse, audiovisualmente hablando.

He visto un millón de series últimamente y todas me han parecido una ruina absoluta, con mención especial para El embarcadero, de los mismos creadores de La casa de papel, que tampoco es que sea decir mucho.

Mi único consejo es que se alejen de ella.

Todo lo lejos posible. Corriendo si es necesario, y sin mirar atrás.

Dicho esto, les dejo solos/as para que recapaciten.

Sean buenos y buenas y aguanten un par de días más: casi llegamos a febrero.

Abrazos/as,

T.G.

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