Amigos y amigas,

El covid19 sigue aquí (con el verano se irá, decían aquellos expertos de tertulia matinal que igual hablan del consumo de drogas, que de la maratón de Nueva York, que de una pandemia mundial), pero el monarca se ha largado con viento fresco. A la República Dominicana nada menos. No se le puede acusar de tener mal gusto, eso lo tenemos todos claro.

Creo.

Pero bueno, oigan, como dice aquel personaje de El tirador: “El mundo siempre se ha dividido entre los que tienen y los que no”. Sabias palabras.

Yo estoy aquí para hablarles de algo que no es nuevo. De hecho, tiene ya unos cuantos años, pero no hay manera de que envejezca. Es absolutamente imposible.

Se llama El ala oeste de la Casa Blanca (en inglés, simplemente, The west wing)

La serie se estrenó en 1999 y enseguida fue obvio que aquello era otra cosa: diálogos brillantes, un reparto impresionante de tipos de los que nadie había oído hablar (dejaremos a Martin Sheen aparte, porque el hombre ya era un puto mito: había hecho -entre otras cosas- Apocalypse now) y un guion tan sumamente complejo, tan bien hilado, tan preciso, que costaba encontrar algún referente. Porque, como quedó claro luego, no lo había.

El ala oeste era cosa de un guionista que ya estaba dando mucho que hablar en Hollywood, llamado Aaron Sorkin. Sorkin era un chiflado. Llevaba en la mochila un clásico de la tele llamado Sports night. Estaba llamado a grandes cosas, pero tenía un problema: la cocaína.

No era ningún secreto: años después el propio Sorkin admitiría que el maldito polvo blanco le traía por el camino de la amargura, entre otras cosas porque se había convertido en un adicto funcional: seguía escribiendo mientras consumía. El problema no era para Sorkin (al menos en su percepción en aquel momento en el tiempo), sino para los que tenían que trabajar con él.

El tipo era absolutamente insoportable, irascible, impracticable.

Pero su obra era brutal, aunque acabara escribiendo más solo que la una.

Su obra era absolutamente brutal.

Y uno se da cuenta de ello cuando la vuelve a ver hoy (gracias a los chavales de Amazon Prime), porque no ha perdido ni un ápice de su astucia, su pericia, su habilidad, su profundidad, su capacidad para la reflexión y su jodida condición de obra maestra.

No es solo por los actores, el guionista o la voluntad de explicar cómo funciona la política en Estados Unidos.

Es por su discurso sobre el precio de la libertad, el racismo, la dificultad de vivir en un mundo en el que la justicia pasa por ser un concepto esquivo o la imposibilidad de gobernar aún siendo el hombre más poderoso del mundo.

En la esencia de El ala oeste reside la convicción de que un mundo mejor es posible, pero de que el camino hasta allí es un camino en el que los idealistas se rompen la cabeza y los justos se despeñan.

En ese universo de tipos sabios que piensan rápido y hablan más rápido de lo que piensan, el espectador se siente arropado al saber que -quizás- hay sitio en la política para gente mejor, seres humanos preocupados por el sufrimiento ajeno y no advenedizos cuyo único objetivo es el poder y el mercadeo que conlleva.

Por eso, más de veinte años después, la serie sigue siendo una auténtica obra maestra, aunque ahora ya sepamos que -desgraciadamente- el mundo que persigue es un espejismo.

Lamentablemente, no se puede tener todo.

Cuídense mucho, pórtense bien.

T.G.

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