Queridos amigos y amigas,

Día no-sé-cuantos de confinamiento: hasta los huevos.

Ganas de llegar a alguna fase en la que no me dé miedo salir de casa, o no me den ganas de bombardear a los dos niñatos que se pasan un porro delante de mi casa, o de cortarles las manos a las señoras que manosean todos los tomates del supermercado. Estoy desarrollando un instinto asesino que no sabía que tenía. Es decir, sabía que lo tenía, pero creo que ahora mismo podría disparar a alguien cuando saco a pasear al perro. O a varios.

En fin, espero que no use esta declaración en mi contra en un tribunal, pero –por si acaso-: era una broma, señoría.

Estos días he visto muchas cosas. Un millón de cosas. Mierdas y más mierdas. Sé que me perdonan por mi vocabulario.

Pero también he visto un par de cosas interesantes.

La primera es una película que se llama Border. No sé si está disponible en ningún sitio, porque a mí estas cosas me las envían las distribuidoras y no me entero de cuándo se estrenan o si se estrenan. Así que les dejo que se busquen la vida, y yo haré la vista gorda.

Border es una película extremadamente inquietante, sobre una mujer de físico peculiar (de perfil animal, por decirlo de algún modo. Si miran la peli ya verán a que me refiero). La citada mujer trabaja en el aeropuerto, en control de aduanas en Estocolmo. Hablo de memoria e igual es Helsinki. Dejémoslo en que es un país nórdico.

Allí está muy bien considerada y es adorada por sus compañeros por algo muy especial: puede olfatear el miedo. Literalmente.

Cuando alguien sospechoso aparece por la puerta, ella es capaz de otearlo a mil kilómetros de distancia. Eso convierte el aeropuerto en un lugar inexpugnable y a su equipo en una bestia impenetrable… hasta que un día pasa algo. No voy a decir qué, porque entonces estaría entrando en el terreno de los spoilers.

Border es una de esas pelis que se mete en la epidermis muy lentamente, hasta que te das cuenta de que es imposible sacártela de encima y que te produce un picor que es imposible rascarse. Diría que es inquietante, pero eso sería quedarse muy corto. Es un filme morboso, casi perverso, pero excelente. Lo que me dejó más perplejo es la manera en la que es capaz de construir una atmósfera más tensa que la piel de un tambor con tan pocos elementos. Y sobre todo esa agilidad sobrenatural para que te creas una premisa tan marciana.

Olé por ellos.

La otra cosa que me ha gustado bastante se llama The head.

Es una coproducción española sobre un equipo científico con base en la Antártida. En los meses de invierno, ese equipo se reduce a la mitad. El problema surge cuando en primavera vuelven los que se fueron durante medio año y se encuentran con que algo realmente terrible ha sucedido en la base: y sí, hay una cabeza de por medio. Con ecos de La cosa, un escenario cojonudo (los responsables de la serie erigieron una estación de trabajo en Tenerife, lo que le da al show un look maravilloso y muy creíble) y un reparto sin rostros conocidos, excepto por el de Álvaro Morte, El profesor de La casa de papel, la serie consigue transmitir la tensión de encontrarse a miles de kilómetros de cualquier lugar y saber que estás bien jodido.

Son solo seis capítulos (yo he visto el piloto) y la verdad es que la sensación de que se ha hecho algo muy sólido y abrumadoramente entretenido te asalta desde el minuto uno.

Esta se estrena el 16 de junio. En principio en Orange TV.

Recuerden, The head.

Besos y abrazos/as,

T.G.

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