Hola amigos y amigas,

Qué tal vamos?

Me hallo escribiendo este bonito post mientras vuelo desde Osaka hasta Amsterdam y de allí a Barcelona.

Una auténtica jodienda.

Cuarenta horas de aviones para hacer una entrevista y volverme.

A mis años eso no se me hace, pero me consuela que era una entrevista que me apetecía mucho y mi dolor físico y mental queda atenuado por el placer de un trabajo que a veces te hace sentir privilegiado. Luego ya te llegan los IVAs, el recibo de autónomos y que te paguen 50 pavos por una página entera en un periódico nacional, y se te pasa.

En fin, que me quedan casi seis horas para aterrizar en Holanda (y llevo otras seis en esta chatarra volante) y he decidido matar el tiempo en esta relación virtual con ustedes/as.

Ya había estado en Japón, pero hace un lustro de la última vez y también te he vuelto más raro: ahora me interesan más los bolis y las libretas que los dvds y los blurays. Así que busqué una papelería y me hinche a comprar cosas de esas. Los japoneses hacen unos bolígrafos alucinantes, por si alguien está interesado en saberlo; lo de las libretas ya es otro mundo, porque aquí lo de escribir a mano sigue estando de moda. Si te interesa el tema, es un jodido paraíso.

Luego es un país que tiene una tienda de muñecos de Star wars en un aeropuerto. Y a mí con eso se me gana. Y claro, me he tenido que comprar uno. Hijos de puta.

Antes de irme pude ver Puñales por la espalda, que les recomiendo con locura.

Puñales por la espalda es una de esas películas que le hubieran gustado a Agatha Christie, pero también a Groucho Marx: una combinación de comedia, thriller y epopeya detectivesca que funciona como un reloj en todos los géneros.

Todo empieza con la muerte de un tipo. La muerte parece bastante sospechosa y un detective se propone resolverlo. El detective es un increíble Daniel Craig, que tiene una acojonante vis cómica y encabeza un reparto alucinante.

En realidad, Puñales por la espalda es como Diez Negritos o Cluedo, un juego en el que el espectador va siempre por delante de los protagonistas. Con ese recurso, Johnson indaga en los mecanismos de un género sobadísimo y consigue sacarle petróleo.

No quiero ser específico porque –como acostumbra a suceder con el séptimo arte- cuanto menos sepan de una película antes de verla, mucho mejor.

A Ryan Johnson se le ve cómodo en la tesitura de volver al tajo después de la polémica con su último filme: Star wars xxxx. ¿Lo recuerdan? Cuando un montón de freaks se ofendió muchísimo con su manera de ver una saga. ‘Ha frivolizado Star wars’, decían a voz en cuello.

‘Deberían quitarla del canon’ gritaban. ‘Quitarla del canón’, hay que ser gilipollas. ¿Qué es esto? ¿El Vaticano?

Hasta recogieron firmas, como si la única visión correcta del universo de Star wars fuera la suya y montaron uno de esos pollos clásicos de la era de internet, en la que cuatro mamarrachos pueden convertir cualquier soplapollez en un nuevo Watergate.

Johnson, cineasta de muchos quilates (solo hay que ver Looper o Brick para darse cuenta), vuelve aquí a congraciarse consigo mismo, porque con los cinéfilos normales nunca tuvo ningún problema.

Y en cuanto aterrice repaso Historia de un matrimonio’ en Netflix y les hago un resumen.

No tengo la costumbre de ver dramas. Es más, los evito como la peste. El que quiera drama que venga a casa y pique al telefonillo.

Pero a veces con este trabajo, no tengo más remedio que asomarme a películas que no me apetecen una mierda. Así que, oigan, en un par de días les cuento.

Ya les adelanto que a mí el señor que ha dirigido esto (Noah Baumbach) me parece una turra de persona, así que mis expectativas son nulas.

Igual es mejor así, quién sabe.

Lo dicho, cuelgo esto en cuanto aterrice y en un par de días más de lo mismo.

Besos para ustedes y ustedas,

T.G.

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