Buenas tardes amigos y amigas,

 

He salido hoy a callejear por Madrid pero he vuelto a casa a toda prisa: entre la multitud y esta calor, aquí no hay quien viva. Así que he corrido a mi pequeña guarida con el rabo entre las piernas.

 

Madrid me mata, pero moderadamente.

 

Vamos al tema que me trae hoy a esta bonita página en blanco: ver películas en verano.

 

Normalmente, y debido a la poca oferta veraniega (no me entiendan mal, se siguen estrenando películas pero a un ritmo mucho menor y con mucha nadería que solo encuentra hueco en estas fechas) estos días aprovecho para ponerme al día con producciones pequeñas o que no se han estrenado o que se me han escapado. A ello contribuye que con la llegada de HBO, Netflix y Amazon, la cosa se ha multiplicado por diez, así que selecciono cuidadosamente lo que veo y tengo poca paciencia. Si en 25 minutos no le veo nada especial, paso. Es lo que tiene ver 500 pelis al año.

 

Esta semana me enviaron un par de cosas que pensé que serían interesantes.

 

Una de ellas se llamaba Pacient zero. Salían Stanley Tucci (uno de mis actores favoritos) y Natalie Dormer (Juego de tronos), así que pensé que estaría bien. Como mínimo.

Además, la premisa era interesante: en un mundo en el que la rabia se ha extendido como una plaga y el grueso de la población se ha convertido en zombis, un tipo (un soldado) que ha sido mordido pero no se ha transformado, descubre que tiene la habilidad para comunicarse con los zombis y la aprovecha para intentar descubrir quién es el paciente cero y encontrar así el antídodo.

 

Qué puto desastre.

 

Todos/as parecen estar en la película porque vieron luz y entraron a ver qué pasaba. El guión lo ha escrito un ornitorrinco hasta las cejas de lsd, la dirección es paupérrima (hay una escena de sexo que hubiera rodado mejor mi perro) y toda ella es de un cutre que espanta.

Mal inicio.

 

Patient zero. Evítenla como la peste. A menos que les gusten las malas películas de terror que acaban pareciéndose a comedias. Entonces sí: véanla.

 

 

Ya había perdido una hora y media de mi tiempo, así que más le valía a la segunda del día (hoy) ser buena. Y sí, señores y señoras, era buena. Muy buena. O notablemente buena.

 

Se llama Adrift. Leo por ahí que en España se llamó a La deriva y se estrenó en junio de este año. Se me pasó a mí, es probable que se les pasara a ustedes. Si les es posible, recupérenla.

 

La película cuenta el viaje de una pareja que se enamora y decide dar la vuelta al mundo en un velero, solo para encontrarse en el camino con uno de los mayores huracanes de la historia.

 

Está rodada de maravilla por un señor al que he ido cogiendo aprecio con los años, Baltasar Kormákur.

 

Me impresionó Everest. Tenía sus fallos, cositas de reparto y quizás era demasiado larga pero creo que era la primera película sobre el alpinismo que explicaba de forma veraz cómo es la montaña más alta del mundo, tanto desde un punto de vista figurativo como desde un punto de vista literal.

 

En esta repite el enfoque, dando a la naturaleza un papel primordial en la trama. La película arranca de forma poderosísima, y sigue combinando con bastante acierto la tragedia que les golpea con la naturaleza de su relación (la de los protagonistas), en un equilibrio de belleza insólita, con un buen trabajo de guión y uno precioso de montaje. Pero –sobre todo- una actriz alucinante, que es capaz de ponerse la película sobre sus espaldas y avanzar como una locomotora: Shailene Woodley.

 

Qué pedazo de mujer y qué pedazo de intérprete.

 

Si les apetece ver una peli pequeña pero muy potente, y altamente satisfactoria, ya saben.

 

Abrazos/as,

T.G.

 

 

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