Sábado 21 de marzo. Voy con el Golf por la carretera que une Barcelona con la Cerdaña. Primero una autovía preciosa y luego una carretera con tramos espléndidos, pero no tan sorprendentes como la autovía, que yo desconocía.

Llego al túnel del Cadí, lo cruzo y al salir, antes del peaje, detengo el coche a la derecha, para hacer una llamada de teléfono. Voy con manos libres en el coche, pero ante lo que preveo una conversación larga, me detengo para llamar. No paro en un sitio bueno, porque el carril del telepeaje es el de la derecha del todo. Aun así, bien pegado a la derecha, me parece que se trata de un lugar seguro. (Me parece mal, no era un sitio adecuado)

Cuando acabo la llamada, cruzo el peaje y me paran los Mossos de tráfico (Policía encargada del tráfico en Cataluña) que están al otro lado de las cabinas de pago. Aunque hablo catalán, me expreso mejor en castellano, por lo que arranco yo en español:

—Buenos días.
—Buenos días. Documentación por favor. Los papeles del coche. Bueno, su permiso de conducir. Con eso basta.
—¿He hecho algo?
—Eso le pregunto yo.
—…
—¿Por qué se ha detenido en un sitio tan peligroso?
—Me he parado para hacer una llamada de teléfono. Me parecía un sitio seguro.
—Pues le parece a usted muy mal…
(Tiene razón)
—¿No sería que venía usted hablando y al vernos se ha parado?
—Le puedo enseñar la hora de la llamada para que vea…
—No me tiene que enseñar nada.
—Lo he hecho lo mejor que he sabido, se lo aseguro.
(Era el mejor sitio para parar en el entorno del peaje, eso sí era cierto)
—Ha parado en un sitio muy peligroso.
—Hombre, es un peaje. Los coches tienen que pasar muy despacio.
—Eso lo dirá usted. Hay algunos coches que pasan por el peaje a 150 km/h.
—…
—Aquí, donde lo he parado yo, también es un sitio peligroso (el sitio bueno estaba ocupado por el coche policial). Pero aquí no hay problema. Yo le doy seguridad.

Yo llevaba un buen rato sufriendo por el buen hombre. Como de verdad pasara alguien a 150 km/h no lo salvaba ni su uniforme ni su juventud. Me parecía mucho más seguro estar dentro del coche que fuera. Estuve a punto de decirle que subiera y que se sentara a mi lado. Un chaval tan joven. ¿De verdad pensaba que su sola presencia daba seguridad mientras hablaba conmigo? ¿Le daba seguridad a él mismo? ¿No pensaba en que pudieran atropellarlo a él? ¿Por qué no se lo decía? ¿Le sentaría mal y no me libraría de la multa ni por asomo?

Su compañero, en lugar de desviar o de frenar el tráfico, daba vueltas alrededor del Golf. Debió de reconocer que se trataba de la última versión y lo miraba con todo detalle. Yo lo veía por el rabillo del ojo, igual que a los coches que venían por atrás, por el retrovisor, para avisar al Mosso si había peligro.

Me devolvió el carné. Me dejó ir. “Otra vez vaya con más cuidado”.

Lo intentaré. Se lo aseguro. Usted también, por favor.

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Esta no es la entrada al Túnel del Cadí (Gracias Vilithejou). Está en esa carretera, no sé si antes o después.

Túnel del Cadí

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