El aire acondicionado no existía en los coches cuando yo era pequeño. No sé decir a partir de qué año empezó a ser frecuente que se vendieran coches con aire acondicionado. Calculo que fue a mediados de la década de los 80. Supongo que cuando Alfonso Guerra dijo aquello de que a “este país no lo iba a conocer ni la madre que lo parió” se refería a eso, a que poco a poco todos íbamos a tener aire acondicionado en los coches, íbamos a viajar con las ventanillas cerradas y no íbamos a tener accidentes estúpidos por culpa de las avispas que se colaban continuamente en el interior del coche, que todos nos peleábamos por sacar lo antes posible, conductor, volantazos y bandazos incluidos. Varias generaciones de españoles no han viajado nunca con las ventanillas abiertas. Algunas tampoco han ido sin cinturón de seguridad y sin reposacabezas. Eso es un cambio verdadero.

El otro día fui por la autovía durante tres kilómetros a 110 con las ventanillas abiertas. El ruido era ensordecedor. Era imposible oír nada más que el ruido del aire y de las ruedas. Ni la radio, ni música ni a nadie que hablara dentro del coche. Cuando viajábamos de pequeños ya podíamos gritar, llorar o patalear, que no se debía de oír nada.

Cuando entonces, cruzábamos la península de punta a punta en esas condiciones. Seis personas en el coche y una perra. Todos sin cinturón, sin sillitas para niños y sin reposacabezas. Como nunca tuvimos un accidente, lo de la seguridad no nos afectó. Lo curioso es que lo de las ventanillas abiertas tampoco nos afectaba. Si las cerrábamos era porque nos molestaba el aire. Nunca pensé en cerrarla por lo molesto del ruido. El otro día, cuando hice la prueba, me di cuenta de que el ruido era insoportable

Una de mis costumbres cuando no había cumplido todavía los diez años era sacar la mano por la ventanilla para oponer resistencia al aire. Sin yo saberlo, hacía sesudos estudios aerodinámicos. Si abría la mano y la oponía frontalmente al viento, no tenía fuerza para mantenerla. Tenía que cerrarla o cambiar la palma de orientación.

Nuestra perra también hacía estudios aerodinámicos. Ponía dos patas sobre el marco de la puerta trasera sacaba toda la cabeza, miraba hacia delante con determinación y las orejas le revoloteaban hacia atrás. No sé cómo no se quedaba sorda. Nada. Le encantaba. Se veía en su cara de felicidad.

Un día, debía de tener yo siete u ocho años,  íbamos mi padre y yo en el coche, en los asientos delanteros, por supuesto, y la perra en el asiento de atrás, con sus experimentos aerodinámicos habituales, hasta que llegó una curva a derechas y desapareció. No íbamos muy rápido. Nos dimos cuenta enseguida, mi padre detuvo el coche y yo me bajé corriendo. Con sus orejas saltando, ya venía galopando hacia nosotros. Creo que hasta estaba contenta de la pirueta. Le abrí la puerta y subió como una exhalación. Todavía no habíamos arrancado y ya tenía de nuevo la cabeza por fuera de la ventanilla.

A muchos perros les hace feliz sacar la cabeza por la ventana de los coches, con lo que molesta el aire en los ojos. Las nuevas generaciones de perros, sin embargo, no conocerán nunca la sensación, porque sus dueños ya no viajan nunca con las ventanillas abiertas. El progreso no es siempre a gusto de todos.

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