Me violaron de pequeño. Un cura se metió en mi cama durante una estancia a la que acudí en un colegio británico para aprender inglés. Me quedé petrificado. El cura no ejerció ninguna violencia. No me forzó de ninguna manera. Manoseó todo mi cuerpo y restregó su barba contra todo mi cuerpo. Tocó todo lo tocable con detenimiento y chupó todo lo chupable. Lengua y pelos de su barba se confundían con mi piel por todas partes. Yo, petrificado.

Me quedé paralizado. Ponía mi mano en su cuerpo, en todas las partes de su cuerpo. Yo, inmóvil, la dejaba donde él la ponía. La mano izquierda, la que él tenía cerca. La derecha estaba tan inmóvil como el resto, pegada a mi costado. Estaba paralizado, pero no podía dejar de sentir el roce. Ni de oler.

El cura era español y mis padres lo denunciaron en España. Según me contó mi padre, le cayeron seis años de cárcel y supuestamente a los tres estaría en la calle. A mí, con aquellos años, la pena de seis años de cárcel me sorprendió. Pedí a mi padre que se la quitaran. Me dijo que no se podía.

¿Seis años son muchos o son pocos? No soy capaz de decirlo. ¿Los nueve años que les han impuesto a los integrantes de “La Manada” son muchos o pocos? No tengo ni idea. ¿Quién es capaz de establecer equivalencias entre el dolor infligido y la pena de cárcel? ¿Quién es capaz de establecer equivalencias entre la pena de cárcel y la posibilidad de reinserción?

No quiero que a los integrantes de “La Manada” les pongan más años de cárcel. Ni menos. Ni nada. ¿De qué le sirven a la chica violada los años de cárcel de estos energúmenos? ¿De qué me hubiera servido a mí que aquel cura estuviera seis, diez o cincuenta años en la cárcel?

Lo que sí sé es que yo era una persona indefensa. Sé que esta chica era una persona indefensa. Quizá los chicos no sintieran que ejercían violencia, quizá el cura pensaba que como yo no me quejaba, que como no me movía, estaba tan a gusto. Quizá el juez y la jueza no aprecien violencia, quizá la ley y la jurisprudencia no hayan definido correctamente qué significa violencia.

Lo que sí sé bien es que no se puede recibir más violencia. Ese olor indeseado, esa barba y esa lengua indeseadas que recorrieron todo mi cuerpo indefenso y paralizado no pudieron hacerme más daño. No existe mayor posibilidad de violencia. Si me hubiera pegado o forzado, si me hubiera herido con un cuchillo, si me hubiera matado, no me hubiera hecho más daño.

Lo que duele de la sentencia, lo que me duele de esta sentencia, no son los años de cárcel que les puedan caer. No hay años de cárcel que compensen el dolor ni el daño. No hay motivo para la venganza. La cárcel sólo debe servir para evitar daños a otros y para la reinserción. Las penas se aplican sobre cuerpos diferentes, sobre seres diferentes. No se compensan. Los años de cárcel sólo sirven, si sirven para algo, si les permite aprender algo. Sirven si evitan que cometan actos parecidos en el futuro. Sirven por el resultado que se obtenga de ellos, no por la pena, no por el castigo.

Lo que duele de la sentencia, lo que me duele, es que no considere violencia una agresión tan salvaje. Que una falta de consideración tan evidente para con otro ser humano, que una agresión tan brutal como no tener en cuenta el deseo del otro, no sea obviamente violencia para todo el mundo, para todos los jueces, para todos los ciudadanos, para todos los seres humanos.

Quizá los “acosadores” puedan ejercer más violencia para convertirse en “agresores”. Lo que es imposible que inflijan es un daño mayor.

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