Ayer fui al cine a ver la recomendación de T.G. en su blog de cine aquí al lado. The fighter. Me salí de la sala transcurrida media hora de película.

Me salí porque me dolía. No me gusta ser espectador cuando algo me duele. Si algo me duele, o puedo hacer algo por intentar solucionarlo o dejo de mirarlo. No me fustigo.

La película es facilona. Pone al espectador ante una situación desequilibrada, en la que una persona, por el motivo que sea, cede ante un chantaje emocional. Para el espectador, la solución es fácil. “¡¡No cedas ante el chantaje, no cedas ante el chantaje!!” grita el espectador con todas sus fuerzas. Pero en la peli no te hacen ni caso.

Las historias buenas no son facilonas. Son aquellas en la que los personajes harían lo mismo que hubieras hecho tú y aun así se meten en líos. Son aquellas en las que las decisiones son difíciles. Cuando son fáciles y los protagonistas no las toman, el espectador se convierte en espectador gratuito. Mejor largarse si te hace sufrir. A mí, ayer, la película me hacía sufrir mucho, porque la violencia física me resulta insoportable.

Un ejemplo de película facilona es “Los pájaros” de Hitchcock. La tensión y el drama se resuelve si se cierra la puerta. ¿Por qué la mantiene abierta durante unos segundos mientras le picotean los dedos? Cuando la tensión se termina con una acción tan fácil, mejor dedicarle el tiempo a otra cosa.

Mandar al espectador a la butaca de espectador de una peli de intriga es un recurso facilón.

En The fighter el ambiente está bien elaborado para introducir al espectador en esa atmósfera en la que le duele el chantaje emocional. Pero una vez dentro, lo aniquila y lo manda de nuevo a su butaca. A mí, sufrir sentado en una sala de cine me horroriza. Sufro sólo si puedo aprender algo y para aprender tengo que participar de las decisiones de los personajes de la peli.

(No soy crítico de cine. No puedo hacer un análisis. Sólo puedo hablar en primera persona. Mi punto de vista no es extrapolable de forma indiscriminada)

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