Cuando voy a coger la bandeja que sale por el escáner me dice el de al lado.

— No, no, esta es mía.
— Perdón disculpe

“Ahí va, es Serrat”

Recoge sus cosas a mi lado.

“¿Le digo que me gustaría hacerle de chófer? No, no, no seas pesado. Pobrecillo, Todo el mundo le debe dar el coñazo. No le digo nada. ¿No será grosero no decirle nada? No, yo creo que lo agradecerá. Sí, sí, seguro que lo agradece. Pero es Serrat. Apetece darle las gracias. No, no, ni se te ocurra.”

Serrat termina de recuperar sus cosas y yo le sigo como un autómata en la distancia. Estos escáner de los aeropuertos no sirven para nada. Ni siquiera he podido robarle a Serrat un poquito de su música, de su oído o de su manera de cantar para meterla en mi cerebro.

No le he dado el coñazo, pero él ni se ha enterado. Se lo tenía que haber dicho: “¡Oiga, Serrat, que no le he dado el coñazo. Y podía haberlo hecho!”

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