Me despierto pensando en no sé qué idea de una página en internet. Siempre tengo más ideas que posibilidades de desarrollo. Todas me parecen estupendas, pero nunca sirven para nada. Hay que ponerlas en marcha y ése es el trabajo difícil. En la ducha la olvido por arte de magia (o no) y decido ir a comprar un roscón de reyes para desayunar.

En la calle no hace frío y el paseo hasta el Horno de San Onofre es agradable, con la calle Mayor vacía. Dudo de si estará abierto tan temprano. A mi juicio son los mejores roscones de reyes de Madrid y vale la pena el paseo. Cuando ya estoy cerca veo luces encendidas en lo que adivino la puerta de la pastelería. Será mi primer roscón de este año. Cuando entro no hay ni un roscón en los mostradores.

— ¿Todavía no tienen roscones?

— No me salen hasta las diez y media.

En los estantes hay muchos pasteles ricos, pero yo quería un roscón de San Onofre. Volveré después.

Recorro de vuelta la calle Mayor hasta San Ginés. Cambio el roscón por un chocolate con churros. Llego antes de las nueve, todavía está cerrado. Me acerco hasta la Puerta del Sol a comprar un periódico y regreso. El chocolate y los churros ya son para mí, en una mesa tranquila y con el periódico.

He decidido que este año tiene que ser maravilloso.

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