Las 24Horas Ford son un fin de semana único en mi vida cada año. Una competición deliciosa. 24 horas de emociones intensas. Voy invitado por Ford, que tiene el detalle de convocarme año tras año. Y año tras año peleo por que la ONG a la que represento obtenga la mayor cantidad de dinero posible. Es decir, me dejo la piel para que mi equipo gane. En el coche y fuera de él.

Este año, como casi todos, el monitor de mi equipo ha sido excepcional. Miguel Martín. Un placer infinito trabajar con él. Ocurrió lo mismo el año pasado y el anterior. Y el otro y el otro. El equipo de monitores tiene un nivel impagable. Este año, además, el nivel medio de conducción de los componentes de mi equipo era excelente. Cuando empiezas nunca sabes cuánto de buenos son, pero a medida que pasan las horas ves que tienes posibilidades y que vas a luchar por ganar si nada se tuerce. No sé cuántas veces he participado, muchas. Creo que una diez. He quedado segundo en seis ocasiones si las cuentas no me fallan. Este fin de semana he vuelto a hacerlo. Tenía un equipo buenísimo y no hemos ganado por culpa de los detalles, como siempre. Y, también, porque teníamos unos rivales aún mejores que nosotros, que han conducido maravillosamente bien, que han calculado los consumos con el mismo rigor y mimo que nosotros y que han cometido menos errores.

Se avecina una crónica larga, la veo agolpada en mi cerebelo a punto de salir hacia los dedos.

Son las cuatro de la mañana, no han pasado doce horas desde que acabó la prueba y todavía siento la pena de que BP nos haya robado un final que hubiera sido precioso. Estoy seguro de que el resultado hubiera sido idéntico al que ha sido. El equipo “AFEM-Love/Coches/Altagama” ha sido el merecido ganador. Han corrido excepcionalmente bien. Nada que objetar. Pero me hubiera gustado luchar contra ellos en la pista, me hubiera gustado apretarles al final, ver si su cálculo por el consumo era tan bueno como el nuestro, ver si aguantaban bajar los tiempos de vuelta en cinco segundos durante media hora. Ellos tenían un problema con el último repostaje. Se quedaban con dos litros menos de combustible y estaban obligados a hacer otra parada para conseguirlos. Seguramente hubieran ganado igual. Pero en una de esas paradas quizá hubieran tenido que esperar detrás de otro coche y perder dos o tres minutos como nos pasó a nosotros en el primer repostaje, que tuvimos que esperar, mordiéndonos las uñas, a que llenaran los dos coches de delante. Tiempo que ya nunca pudimos recuperar.

En definitiva, luchar en la pista y no hacer el ridículo todos frente un único surtidor estropeado, sustituido por garrafas que ni siquiera era posible llenar porque no salía combustible del surtidor. Ridículo espantoso de BP, que se suma al ridículo del año pasado, en el que sí hubiera ganado mi equipo si los surtidores hubieran funcionado con un mínimo de precisión.

Primero nuestros errores.

Nuestro primer error fue desgastar mucho los neumáticos durante las primeras horas. Fue un desgaste grande, difícilmente explicable. Después me he enterado, a punto de acabar las 24Horas, de que durante las tandas previas de entrenamientos, con el coche cargado de participantes, el más descerebrado de nuestro equipo (Grrr), dio una o dos vueltas al Jaramaa tope de power“, con fuertes apoyos en las curvas, con muchísimo calor y el coche cargado con cuatro personas. Detalles como estos, que nadie se plantea antes de empezar la carrera, pueden hacer que al final pierdas varias posiciones. Las 24Horas se ganan por segundos. Cada detalle cuenta. Desgastar unos neumáticos antes de empezar sólo por hacer el gilipollas en la pista puede suponerle a tu ONG 10.000 €. No es grave, porque si no se la lleva tu ONG se lo llevará otra, pero el juego consiste en luchar para que se lo lleve la tuya.

Otro posible error es que cuando sustituimos el neumático gastado no cambiamos los dos de delante, sino sólo el más desgastado (Una y otra solución tenían ventajas e inconvenientes, claro). Ese posible error nos obligó a hacer un segundo cambio preceptivo cuando los neumáticos podrían haber aguantado quizá un par de relevos más. Ninguna de estas suposiciones es segura. Quizá si hubiéramos cambiado los dos nuemáticos nos hubiéramos encontrado con otro problema. Pero lo que sí está clarísimo ahora es que ayer, para ganar, había que arriesgar, porque nuestros competidores eran muy buenos.

Otro error fue esperar detrás de otros coches para realizar el primer repostaje. Teníamos que haber seguido, cambiar de conductor y entrar más tarde a repostar. Perder dos o tres minutos por culpa de disponer de un único surtidor fue un error que no fuimos capaces de prever. No nos volvió a ocurrir, pero esa penalización absurda e innecesaria nos hizo ir toda la carrera a contrapelo. ¿De verdad se puede hacer una carrera así con un único surtidor para 12 coches? Sí, se puede, siempre que no se estropee, claro.

Cometimos otro error en la operación de cambio de neumáticos. Los cambios de neumáticos que realizamos a las siete de la mañana, todos los años, suponen un calvario (Salvo en 2015, año en el que los voluntarios de Aviación sin Fronteras no se despegaron del box ni un segundo. No me olvido). A esa hora, todos los componentes del equipo y de las ONGs están descansando y hay que reclutar a personas de otros equipos. Este año hemos hecho los cambios de neumáticos con mucha lentitud.

Aparte de estos errores, me gustaría conocer consumo real y media real de tiempo en la pista entre el equipo ganador y nosotros. Todos los conductores de mi equipo lo han hecho maravillosamente bien. Todos. Algunos un poco mejor que otros, pero teníamos muchos muy buenos (Alejandro Pendás, Borja Jáuregui y Samuel Saco que venían todos como representantes de El Mundo, el patrocinador de nuestro equipo, han sido un hallazgo). También lo ha hecho excepcionalmente bien Santiago Acosta, embajador de la Fundación Madrina en nuestro equipo. (Que el embajador de tu equipo diga que se compró su coche gracias a km77.com, que te felicite por la información que damos y que esté muy satisfecho de la compra te congracia con el mundo).

Estoy seguro de que los componentes del equipo ganador también lo han hecho excepecionalmente bien. Es posible, incluso, que lo hayan hecho en la pista un poco mejor que nosotros. Pero estoy seguro de que poco. Entre otras cosas, porque estoy convencido de que las diferencias importantes entre los mejores de cada equipo son infinitamente menores que las diferencias entre los peores. Un mal conductor arruina el trabajo de todo un equipo de alto nivel. Se trata de conseguir el mejor rendimiento de todos, pero quienes marcan las diferencias relevantes suelen ser los que peor resultado obtienen en cada equipo.

A causa de todas estas visicitudes, llegamos a falta de cinco horas con tres coches en la lucha por la victoria. A nosotros, o a mí al menos, sólo nos preocupaba uno de los otros dos competidores, los que finalmente ganaron. El que quedó tercero, el equipo de la Fundación Pablo Horstmann – La Razón, no me preocupaba porque sabía que estaban cortos de combustible. Estaban arriba en la clasificación, pero sabía que tendrían que levantar. Si haces bien los cálculos, y uno puede ver exactamente lo que reposta cada otro equipo y a qué hora lo hace, la dificultad para saber quién tiene posibilidades y quién no es mínima.

Estos tres equipos nos hemos pasado 20 de las 24 horas en las tres primeras posiciones, marcando siempre tiempos razonables. Con un poquito de experiencia ya ves quién lo está haciendo bien y quién no. Este año además el cáculo era muy fácil. Cada equipo tenía asignados 240 litros de combustible, lo que significa 10 litros a la hora.

El relevo en la hora 19 me tocaba a mí. Cuando salí a pista iba en segunda posición, a casi dos vueltas de los primeros. Por mis cálculos, sabía que en esa hora ellos iban a tener que parar a repostar, porque les quedaban por echar 49,9 litros. Lo cierto es que lo habían hecho perfectamente bien, porque en el depósito, en teoría, caben 48 litros, pero si lo apuras mucho quizá lleguen a caber 50. El riesgo estriba en que si lo apuras mucho quizá te quedes sin combustible en mitad de la pista.

Ruedo a mi ritmo habitual, con mi consumo habitual, tiempos razonables, consumo razonable, nada excepcional ni por bueno ni por malo y de pronto me dice Miguel, nuestro coordinador, por teléfono: “¡¡Qué has hecho. Vas primero!!”

Miro mis manos, miro el coche, me miro a mí. “¿Qué he hecho? Cielos. No he hecho nada. Ni siquiera soy consciente de haberlos adelantado”. Inmediatamente caigo en la cuenta. “¡Miguel, les tocaba repostar. Deben de haber encontrado atasco en el repostaje y como no tenían ni una gota en el depósito no les queda más remedio que esperar. Lo mismo que nos pasó a nosotros en el primer repostaje les está pasando a ellos ahora. ¡Cojonudo. Vamos a por ellos!”

Pero no. No era sólo que tuvieran que esperar como esperamos nosotros un par o tres de minutos a que acabaran los coches que teníamos por delante, sino que mientras yo daba vueltas y más vueltas, ellos estaban parados porque la bomba del único surtidor se había estropeado. Acabo el relevo con una ventaja de cuatro vueltas sobre ellos. Hemos recuperado de golpe 5,5 vueltas aproximadamente. La cuestión es cuántas hubiéramos recuperado si no hubiera habido problemas con el surtidor.

Devuelvo el coche en primera posición y me voy a la ducha. Sé que esto no puede terminar así. Habrá reclamaciones y compensaciones. Somos falsos primeros.

El problema es que dos horas más tarde nosotros también tenemos que repostar. Va Alejandro Pendás al volante (menudo fichaje enorme). Y aquí lo bordamos, perdemos mucho tiempo, pero lo bordamos. Quizá lo hicimos mal. Si no lo hubiéramos bordado, si no hubiéramos gestionado tan bien la situación, quizá la organización nos hubiera dado una compensación. Pero a buenas horas. Miguel Martín, nuestro coordinador y monitor (vaya otro fichaje enorme), estaba en la zona de repostaje. BP, para solucionar el problema del surtidor estropeado, había llevado garrafas de diez y cinco litros. No hice fotos de las garrafas por misericordia. Ahora me arrepiento. Un montaje que ni sé cuántos cientos de miles de euros puede costar y que los coches se repostan con garrafas de a tres pesetas. En fin.

La cuestión es que Miguel estaba en la zona de repostaje, permanentemente conectado conmigo por teléfono y yo, desde la recta de meta (el teléfono del coche también se había estropeado), permanentemente conectado con Alejandro mediante walkie talkie. Miguel me iba comentando la situación del surtidor y del repostaje y yo le iba comentando a Alejandro qué tenía que hacer:

—Aquí hay dos coches parados por delante de nosotros. Están repostando el primero, con garrafas. No sé para cuánto tenemos pero todavía falta mucho.

—Estoy con autonomía cero— me dice Alejandro por el walkie.

—Vete despacio, Alejandro. No sé cuánto tiempo falta para que se despeje la zona de repostaje. Te quedan varias vueltas.

A través del teléfono, oigo a Miguel preguntar “De vosotros, ¿Quién está esperando coche?” No oigo la respuesta. Oigo a Miguel discutir “El que entre primero va primero, eso está claro”

El tiempo pasa. Vamos a ritmo penoso. Perdemos 20 segundos por vuelta. En seis vueltas hemos perdido casi una vuelta completa y seguimos sin poder entrar a repostar.

—¿Qué pasa Miguel, no sale ningún coche?

—Sí, ahora sale el primero y están intentando llenar las garrafas para repostar el que va delante de nosotros, pero el surtidor no funciona y no pueden llenar las garrafas.

—Llevo cuatro vueltas con autonomía cero.

—Alejandro, vas de puta madre. Sigue. No te preocupes que te queda combustible por lo menos para tres vueltas— le decía yo convencido de la posibilidad de que se quedara tirado en cualquier curva, pero para ganar hay que arriesgar.

—Miguel, ¿cómo va eso? Nos vamos a quedar tirados.

—Controlad que no se pase la hora del piloto— me dice Miguel —A ver si encima nos van a penalizar porque nos pasamos de la hora.

(El máximo de tiempo por relevo es de 60 minutos)

—Nos quedan siete minutos todavía. Tenemos tiempo para dos vueltas.

—Pues dile que entre y que se espere aquí, al menos que no nos penalicen. Si está aquí parado esperando para el repostaje no nos penalizarán.

—Alejandro, entra en la próxima— le digo por el walkie justo cuando pasa por delante de mí en la meta.

—Recibido.

—Ya están acabando con el segundo coche. ¡Dile que entre ya!

—Ha pasado por meta hace medio minuto. Llegará más o menos en dos minutos.

—Perfecto.

—¿Por dónde va vuestro coche?— oigo a Miguel que pregunta a los otros. No oigo la respuesta.

Tengo miedo de que entren ellos primeros y que tengamos que esperar de nuevo. Ahora sí que no tenemos más remedio que esperar. Ni siquiera podemos arriesgar y cambiar de piloto para seguir girando. No tenemos más combustible. Aparece un coche por la curva de entrada a recta. No entra a boxes. Alivio. Otro coche por la curva. No entra. Alivio. Otro más. No. Otro. Entra. Mierda. Entra, entra. Los coches tienen que pasar despacio y entra despacio. Nooooooooo. Buf. Pasa de largo por la zona de repostaje. Entra a boxes pero sólo para cambiar de piloto. Buff. Alejandro tarda en llegar, va muy despacio. Sufro porque se haya quedado tirado en cualquier lugar y estoy atento a cualquier sonido del walkie talkie.

Finalmente aparece renqueante por la curva de meta, arriba de todo, creo que viene ya con el motor apagado (o semiapagado) de despacio que viene. ¿Cuánto tiempo hemos perdido nosotros en todas estas vueltas tan despacio? Ni idea, pero muchísimo. ¿Lo tendrán en cuenta en las compensaciones?

—De pronto oigo a Miguel. Esto está reparado. Vamos a repostar con el surtidor directamente.

No me lo puedo creer. Grrr. Más miedo. ¿Funcionará bien ese surtidor ahora?

El repostaje sale bien y Miguel sale eufórico del repostaje. “¡Si esto no es estrategia, no sé qué será estrategia!”. Vamos los dos corriendo hacia el box. Seguimos primeros con cuatro vueltas de ventaja. Tenemos suficiente combustible en el coche como para llegar hasta la meta a buen ritmo y los neumáticos en buen estado. No podemos hacer más. No ganaremos. Compensarán al equipo que se ha visto más perjudicado por el fallo del surtidor, pero nosotros vamos a hacer nuestra carrera lo mejor posible hasta el final.

Voy a comer y pienso que ganar así no me gusta. No quiero ganar por culpa de un surtidor que falla y de una empresa como BP, que año tras año se toma las 24Horas Ford como el pito del sereno. Una empresa que año tras año trae a las 24Horas Ford un material de desecho. Impresentable. Una empresa cuya imagen le importa un comino y que hace el ridículo en cada edición, desde hace ya por lo menos cuatro o cinco años, con errores, imprecisiones y material obsoleto. De vergüenza.

A falta de dos relevos para el final, Miguel, nuestro coordinador nos reúne a los conductores que estamos en el box. “Tomarán una decisión. La que sea. Sea la decisión que sea, será mala. Esto no hay forma de solucionarlo bien. Lo harán lo mejor posible. Pero nosotros no vamos a apelar. No vamos a quejarnos. Gane quien gane, lo tendrá merecido. ¿De acuerdo?”

Estamos todos de acuerdo. Gane quien gane, ganará una ONG y esperamos que utilicen muy bien ese dinero. Pero… qué tristeza.

Subo al coche para el penúltimo relevo y a esa hora se conoce la decisión del organizador. Como hemos solucionado una vez más los problemas con el teléfono, Miguel me lo cuenta mientras conduzco.

—Al Grupo V le descuentan cuatro vueltas y le conceden 15 litros de combustible para la última hora.

—¿Quince litros? ¿Para qué quieren 15 litros? No tienen forma de gastárselos en una hora— Lo digo por decir, por despecho. Sé que hemos quedado segundos. Probablemente la posición que nos hubiera correspondido de todas formas, pero sin posibilidad de jugar. Estoy triste. No estoy cabreado. Sí, segundo es un magnífico resultado para nuestra fundación Madrina, que ha llenado nuestro box de niñas, de mujeres-niñas, de mujeres-niñas embarazadas, de bebés y de un griterío que en ocasiones apenas nos deja trabajar. Ellas y ellos se lo merecen, pero me he quedado con pocas ganas de celebrarlo.

Grrr.

Por suerte, sin saber muy bien por qué, acabo con Jesús en los brazos. Su madre, Analía, le cambia el pañal mientras yo lo sujeto en el aire y ya me lo quedo. Subo a recoger el premio con él. Él, su futuro, toda la incierta vida que le queda por delante, me hacen olvidar y darme cuenta de lo privilegiado que soy.

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