He tenido dos profesores en mi vida: Constantino Bértolo y Alejandro Gándara. Constantino Bértolo me enseñó a leer. Alejandro Gándara intentó que aprendiera a escribir. Constantino lo consiguió, porque yo lo valía. Alejandro lo intentó, porque era demasiado bueno.

Constantino es mi padre. El padre de mi vida. El hombre que me hizo salvaje, quien me devolvió al origen, quien me hizo intransigente. Alejandro es mi ídolo, el poder inalcanzable. El hombre que me hizo abandonar la escritura. Para qué, si ya escribe él.

He tenido otros profesores. No sabían plantear un problema nuevo. Sólo sabían resolver los que ya existían. 

A los treinta años me topé con Alejandro y Constantino. Lo suyo era todo lo contrario. Sólo sabían plantear problemas. ¿A quién le interesa resolverlos de forma universal? Sus problemas sólo se pueden resolver con un emisor y un receptor, de forma inyectiva. Cada emisor y receptor es diferente. Cada aplicación es única. Cada problema otro.

Las clases de Constantino y Alejandro no servían de nada al día siguiente. ¿Para qué?

La escritura desastrada que utilizo desde hace demasiado tiempo es  producto de la certeza derivada de sus clases.

No sé qué esperamos de un profesor, pero seguro que no sirve nada de lo que nos enseñan que sea inmutable. Lo inmutable se puede consultar en cualquier tabla, se le puede preguntar a cualquiera que se lo sepa. Lo inmutable es un lugar común. La dificultad está en aprender lo mutable, lo inasible, lo que no se puede tabular. Lo que nadie puede enseñar.

Constantino y Alejandro me enseñaron a aprenderlo. Nunca más he vuelto a hablar con ellos. Dios, que hoy existe, los tenga en su gloria.

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