Desconozco el motivo, pero se me ocurren mucho titulares para este artículo. “¡Condúceme!” “El límite del miedo”. “El miedo asintótico”. “Circuito en las ruedas”. “El miedo no agarra”. “El límite del agarre”. “El acelerador del límite”. “El agarre del miedo”. (*)

No sé cómo resumir y destacar tantas sensaciones, tan intensas, que pasan tan rápido, tan difíciles de contar. “El suspiro del agarre”. Nunca hasta hoy había conducido un Porsche GT3. Tiene 475 caballos, la misma distancia entre ejes que un Porsche 911 Turbo, tracción posterior y dirección en el eje trasero. Nunca lo había conducido y, en un circuito ratonero, estrecho, he ido todo lo rápido que soy capaz. ¿Cuál es la principal dificultad? Todas. Pasar rápido por las curvas, acelerar la cantidad justa, llevarlo a ritmo constante, sin grandes frenadas y acelerones. La dificultad es pilotar. Llevar el volante, el acelerador y el freno con precisión. Mirar al punto adecuado y no rendirse nunca. Siempre se puede pasar más rápido, siempre se puede conseguir una mejora de una milésima, de dos, de cien. No es un problema de límite. “El límite es infinito”. Cambia, se extiende, se agranda, se estira cuando conduces mejor. El problema no está en encontrar el límite, sino en manejarse por él. Situarse en el límite, permanecer en él y no salirse.

En un circuito ratonero, he tenido muchos problemas para llevar rápido el 911 GT3. Hablo de miedo en los titulares imaginados. No es miedo físico. No es el miedo que te obliga a levantar el pie del acelerador al legar a una curva porque no te atreves, por falta de valor. No, en este circuito estrecho y sinuoso el único miedo es a romper el coche, a perder la cinta del límite, a pisar la hierba y destrozar la armonía. Llevar un coche rápido, un 911 GT3 en concreto, es una cuestión de armonía. Llevarlo con elegancia, sin grandes frenazos ni acelerones. Deslizar lo justo, acelerar con precisión de metrónomo, perfilar como orfebre las frenadas con el coche apoyado. Yo no fui capaz de nada de eso a pesar de mis intentos y de ahí el miedo. El miedo a desaprovechar la ocasión, a no extraer del GT3 su capacidad felina y perder la oportunidad de contarlo. Me esforcé. Les aseguro que me esforcé.

Mis mejores vueltas las di detrás del instructor. Del instructor que antes me había reñido porque en la última pasada por el slalom, apuré mucho con el acelerador, para cruzar ligeramente el coche con cada cono, no para ir muy cruzado, sino para ir muy rápido. Me pasé. Aborté el último cono. Decidí saltármelo para no correr el riesgo de llevármelo puesto. Y me riñó. Pero yo tenía que hacerlo. La oportunidad de llevar un GT3 entre conos es única en la vida. Desde la primera pasada fui rápido e intenté encontrar ese límite, que mide en torno a un milímetro de infinitud, pero que yo lo pasé por encima. En el último cono, tratar de meter el coche, me obligaba a cruzarlo demasiado, hubiera provocado una derrapada demasiado larga, me hubiera llevado el cono con la barriga del coche… y no tenía sentido.

Doy las vueltas detrás del instructor, intentando seguir su trazada. El botón Sport Plus conectado. No consigo que el coche entre de morro a la misma velocidad que él con su 911 Turbo. Al salir más despacio de la curva lenta, y con el coche peor colocado, es decir, menos girado, toda la aceleración siguiente en apoyo es peor y también la frenada para entrar en la siguiente curva. Luego viene una doble curva salvaje en la que se frena recto sobre el vértice de la primera curva que se hace prácticamente recta para tomar la segunda, en la que vuelvo a tener problemas para que el morro entre con rapidez. Otra vez lo mismo. Todo el apoyo siguiente de la curva parabólica larga es complicado, hasta que al final se cierra y ya con el coche mejor colocado se puede solventar con una ligera cruzada en la que se roza (o se pisa groseramente) la hierba. Todos esos apoyos largos en leve aceleración son un suplicio de límite, porque es el morro el que se va hacia afuera si quieres correr demasiado. En la curva posterior a derechas, en ligera subida, el instructor no frena. Yo sí. No sé cuánto levanta él. Yo freno porque de lo contrario no me quedo bien colocado para la primera curva lenta del recorrido. Y vuelta a empezar.

Al bajarme del coche recuerdo mis recorridos con el 911 Turbo tanto en carretera como en circuito. Recuerdo esa sensación de que el límite del coche está muy por encima de mi capacidad de ir rápido. En carretera las curvas pasan por debajo del coche como si lo agarraran con un imán. En circuito, a pesar de mi desconocimiento de la pista, el coche me perdona los fallos y me deja ir a velocidades astrofísicas. Aquí, en cambio, en el circuito ratonero, a baja velocidad, sin riesgo físico, el coche me muestra límites que yo no había conocido y tengo que intentar conducirlo bien para no despegarme del instructor. Buf. Importa cada milímetro de más o de menos en giro del volante, cada milímetro de aceleración y de frenada. Precisión de orfebre. Sudo. Intento mantenerme en ese milímetro infinito del límite, ese milimetro en el que los maestros juegan a la comba con el coche, pero no lo consigo. Sé que queda mucho por mejorar, pero ya me tengo que bajar del coche. Snif.

Mi cámara habitual de vídeo se rompió antes de esta prueba. La puse a cargar en el hotel la noche anterior para tenerla lista por la mañana y no cargó. Cuando me levanté de madrugada, antes de ir pronto a desayunar, vi que la luz de carga seguía prendida y que la cámara estaba muy caliente. Mal síntoma. Dejé enfriara y volví a intentarlo pero la luz de carga ya no se encendió más.

Mi otra cámara, la GoPro, si funcionaba, pero como graba mal el sonido, decidí ponerla por fuera del coche, lo que en aquel momento me pareció una buena idea. No lo fue. Las imágenes dicen poco y el sonido del viento impide oir el motor, que era mi principal intención.

La tenía que haber puesto dentro del coche, porque incluso con mal sonido, hubieran visto la velocidad con la que sube la aguja del cuentavueltas hasta las 9000 rpm y como el cambio automático cambia a toda velocidad. Es una pena no tener imágenes interiores mientras conduzco este coche. Les pido disculpas.

Porsche le da la bienvenida

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Porsche 911 GT3. Recién arrancado. Mi primer contacto.
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Porsche 911 GT3. ¡Condúceme!
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Porsche 911 GT3. Rueda posterior. 305/30 20

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Porsche 911 GT3. Rueda delantera. 245/35 20
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Porsche 911 GT3. Insignia, umbral de la puerta

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Porsche 911 GT3. Asientos.

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Porsche 911 GT3. Detalle. Reposcabezas.
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Porsche 911 GT3. Una llamada.

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9000 rpm
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Porsche 911 GT3. Consola y cambio automático

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Porsche 911 GT3. Sin asientos posteriores

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Porsche 911 GT3. Ficha técnica.

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Porsche 911 GT3. Alerón posterior fijo

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Porsche 911 GT3. Alerón, logotipo, escapes

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Porsche 911 GT3. El espejo de la adivinanza

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Porsche 911 GT3. El logo del deseo.

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Porsche 911 GT3. Inofensivo
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Porsche 911 GT3. Instructor: Constantin Dressler
Nuestro instructor

* Escribí este artículo hace tres años. No lo publiqué porque me faltaba poner los pies de foto. Hoy, tres años depsués, he decidido publicarlo sin pies de foto. Salvo el último.

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