Tengo demasiadas cosas guardadas en este ordenador y de rebote en mi cabeza. Quería ponerlas todas en este blog antes de las campanadas, para empezar 2010 desde cero. No va a ser. Traspaso la línea de una año a otro con el ordenador cargado y la cabeza de bote en bote.

Para no interferir tan tarde, he decidido acabar el año con un artículo de otro, neutral, o paralelo, a mi ordenador y especialmente a mi cabeza.

Es un artículo de Alejandro Gándara, ese escritor, por llamarle algo, que siempre me gusta, incluso cuando no. ¿Qué es la inteligencia para mí? Una tontería. Y sé bien que las tonterías me ponen muy nervioso.

http://www.elmundo.es/elmundo/2009/12/28/escorpion/1262003131.html

Alejandro Gándara

28 de diciembre de 2009.- Hans Magnus Enzensberger realiza en ‘El laberinto de la inteligencia’ (Anagrama) un recorrido por la historia de la cuantificación de la inteligencia y los famosos test con sus cocientes y coeficientes, llegando a la conclusión (bastante extendida, por otra parte) de que esas pruebas no miden nada o por lo menos no lo que dicen medir.

La idea de cuantificar la inteligencia apareció en un momento de proliferación de los sistemas métricos, hacia 1912, y en vísperas de la Gran Guerra, como respuesta a la incapacidad para identificarla y definirla: hay tantas acepciones que puede decirse que llamamos inteligencia a cualquier cosa y a ninguna. Lo más aproximado sigue siendo aquello de san Agustín de que si nadie me lo pregunta, lo sé, pero si me piden que lo explique, ni idea.

En realidad, la inteligencia no es una habilidad, ni una capacidad, sino un sistema complejo de aprehensión y simbolización del medio, muy refractario a ser comprimido en magnitudes lineales. A lo que hay que añadir, en consecuencia, que su denominación e identificación es variable según las culturas. A un inuit nosotros le parecemos lo contrario de inteligentes, créanme.

El caso es que casi siempre que algo se escapa de la comprensión de nuestro modelo psicótico y científico (y sin psicosis no hay ciencia de la nuestra) surge alguien experimentando con artefactos de cuantificación. ‘Como no lo entiendo, lo mido’ es la divisa de esta enfermedad impotente para describir el comportamiento de un átomo, pero sobrada para construir bombas atómicas.

Cuando el psicofisiólogo Alfred Binet diseñó y llevó a efecto los primeros ejercicios para puntuar la inteligencia en niños llegó a la conclusión de que “la escala no da ninguna medida de la inteligencia, ya que las cualidades no son aditivas y, por tanto, no se pueden medir como superficies lineales.”. A pesar de que el padre del asunto concluyó de esta manera los esfuerzos que, por otro lado, le dieron fama, sus sucesores se pasaron la evidencia por el forro del portafolios. Así William Stern, quien bautizó al ‘coeficiente de inteligencia’ en 1912, o el más conocido y reciente Hans Jürgen Eysenck (cuyo test se aplica hoy en día a millones de personas en todo el mundo), se dedicaron a propagar una fe que nadie tenía, cosa muy frecuente entre los apóstoles.

Por resumir lo tonto del negocio, un ‘test de inteligencia’ presupone conocimientos previos, a menudo de tipo escolar o social; no admite más de una respuesta (cosa que en el mundo real no pasa); ofrece toda la información para resolver el problema (cuando reunir información en la vida forma parte de la solución); y carece por completo de dimensión temporal, ya que el test ignora que cada decisión que tomamos trae consecuencias en el futuro.

En fin, no alardeen de su coeficiente (o cociente) no vaya a ser que los tomen por bobos. Y, por supuesto, no se preocupen por el de los niños (excepto si es muy alto).

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No sean bobos. Pásenlo bien.

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