Cuando tenía catorce años llevaba en la carpeta que utilizaba para ir a clase un adhesivo en el que ponía: ¿Nuclear? No gracias. Era un adhesivo amarillo, circular, con un sol dibujado en el centro. En la parte superior del círculo llevaba la pregunta. En la zona inferior, la respuesta.

Yo era un joven que opinaba. Hablaba de residuos radiactivos, de fisión nuclear, de rayos gama. Empollaba las cuestiones técnicas y opinaba que la energía nuclear era insegura y perniciosa e inconveniente para el ser humano.

Quienes querían convencerme de lo contrario (mi padre, básicamente) me decía que no. Que las centrales nucleares eran seguras y que había diferentes sistemas de almacenaje de los residuos radioactivos que minimizaban los efectos secundarios.

Hoy, varias décadas después, mi conocimiento técnico del asunto está completamente olvidado. Los argumentos a favor y en contra de las centrales han cambiado poco. Las centrales son más seguras dicen los técnicos, pero los problemas con los residuos siguen arrastrándose.

Mi enfoque, la forma de plantear el problema, ha cambiado. Analizo el asunto bajo la misma perspectiva que los muertos por tráfico. Es muy malo que haya muertos por accidentes de tráfico. La alternativa sería peor.

Para los hombres, para su libertad y bienestar, sería mucho peor que no hubiera muertos por accidentes de tráfico o que no hubiera accidentes de aviones.

La electricidad producida por las centrales nucleares se consigue a un precio económico razonable y gracias a esa forma de producir electricidad la energía llega a muchos hogares a un precio asumible. Si no hubiera energía nuclear, en muchos países las personas con menos capacidad adquisitiva vivirían peor, porque la energía sería más costosa.

El terremoto de Japón y el tsunami posterior han originado accidentes serios. Después de los accidentes, se elevan voces en contra de la tecnología nuclear.

Varias décadas después de mi reivindicación de adolescente, las centrales nucleares siguen sin gustarme. Me gustaría que consiguiéramos toda la energía que necesitamos de fuentes nada peligrosas y nada contaminantes.

Pero varias décadas después también sé que el bienestar que proporciona la electricidad conseguida mediante centrales nucleares puede compensar los riesgos actuales y futuros, si bien es cierto que me parece una ecuación muy difícil de resolver. Yo no tengo una opinión clara, porque no tengo conocimiento suficiente. Lo único que me gustaría es que la sociedad no votara o decidiera sobre este asunto con la imagen de los accidentes en la cabeza y no con la imagen del bienestar asociado a esos riesgos.

Una energía a precio asequible beneficia fundamentalmente a las personas más necesitadas económicamente durante cada uno de los días de su vida. Corremos el riesgo de perjudicar a parte de  la población, a cambio de un menor riesgo de accidentes, de una mayor tranquilidad de conciencia general. La ganancia, incluso la de quienes posteriormente salgan perjudicados por un accidente, puede compensar los perjuicios.

Las nuevas formas de energía pueden resultar contaminantes y provocar accidentes, pero, a la vez, en los cientos de miles de años de historia del ser humano, nunca había conseguido el grado de bienestar del que hemos disfrutado desde que conocemos las modernas fuentes de energía que contaminan. Aunque contaminen y causen muertos, el petróleo y la energía nuclear han traído bienestar, libertad y riqueza en niveles desconocidos para el ser humano. Cualquier ciudadano de occidente vive ahora con más riqueza de la que tuvo nunca Carlos V.

Los accidentes de Chernóbil, las radiaciones de los residuos, el accidente ocurrido en Japón. Todos tienen consecuencias negativas para la salud de una cantidad enorme de personas. La cuestión que debemos plantearnos es si la ausencia de centrales no hubiera devenido en menor bienestar para todos, en menor salud y en menor esperanza de vida media. También la medicina ha avanzado y avanza mucho gracias a la riqueza de la humanidad.

Las centrales nucleares tienen ventajas e inconvenientes. Las catástrofes, como la ocurrida en Japón, son muy llamativas y despiertan un sentimiento prohibicionista instintivo. Sin embargo, no debemos olvidar, por ejemplo, que gracias a la riqueza del país, que también es consecuencia de la utilización de energía eléctrica nuclear, Japón tiene dinero desde hace muchas décadas para construir edificios que resisten bien lo movimientos telúricos. En otros países, sin energía nuclear, un terremoto y un tsumani como el japonés podría haber causado más de 100.000 muertos.

El denominado progreso tiene inconvenientes claros y ventajas difusas. Los inconvenientes son muy llamativos y nos hacen pensar inmediatamente en medidas para evitarlos. Decidir en función de los accidentes y las excepciones no es un método acertado para tomar decisiones beneficiosas para el conjunto.

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