Bajo de casa y estoy en el centro de Madrid, repleto de personas detenidas en la acera de cualquier cruce de calles, con un mapa en las manos, el cuerpo y la mirada en diagonal.

Pregunto: May I help you? o Vi posso aiutare? Alguna vez también en español.

Las reacciones son bonitas. La sorpresa inicial se da siempre.

La duda, el análisis de la situación se resuelve con rapidez. Desconfían siempre y contestan con rapidez. El “no, gracias” es tajante, casi inmediato. El sí, más elaborado.

Cuando van en grupo, el sí suele ser la respuesta, incluso precedido antes de algún no. Nunca es sí. Es buscamos esto, o dónde estamos.

No soy capaz de hacer un análisis por sexo. Sí que sé que es normalmente frecuente que me encuentre con grupos de mujeres, de cualquier edad, y es poco frecuente hombres que viajen en grupo, salvo si son chicos jóvenes.

La gran mayoría se deja ayudar. Me gusta hacerlo. A continuación, cuando se relajan, en ocasiones me preguntan por sitios para comer bien. No sé responderles porque requiere más tiempo. Nunca sé sus presupuestos ni qué buscan. A veces me demoro e intento aconsejar.

No me resulta violento preguntar. Estoy acostumbrado. Me parece divertido. A algunas personas les molesta que les pregunte. No tengo duda. Me meto donde no me llaman. Algunas lo agradecen enormemente, porque están desorientadas y no se atreven a preguntar por el motivo que sea.

Me gustaría saber cómo se van a sentir antes de interrumpir. Mi impresión, después de indicarles el camino y de irme tranquilamente, es que no se creían que alguien les preguntara para ayudarles sin más, que no era para pedirles una propina o para robarles la cartera.

El otro día me respondieron “No”.

Respuesta errónea. Sí le podía ayudar.

(Escribo esto a cuento de nada. Por el mismo motivo que pregunto en la calle. Esta vez, en lugar de un mapa he encontrado esto.)

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