Acbo de descubrir que el mes que viene, en Colonia los días 27 y 28 de junio, hay una conferencia que se titula “Future Tire Conference“. No traduzco el título de la conferencia porque no sé hacerlo sin empobrecer la expresión en inglés.

Me ha sorprendido porque llevo tiempo pensando que de toda la industria relacionada con los automóviles y los componentes, probablemente los menos afectados para los cambios que se nos avecinan son los fabricantes de neumáticos. Los coches eléctricos llevan neumáticos, los autónomos, los conectados, los de pila de hidrógeno, los solares… seguramente hasta los coches voladores, que tan de moda están útimamente. Pero los coches voladores, aunque no llevaran neumáticos, siguen siendo carísimos y no parece que vayan a ser un problema para los fabricantes de los neumáticos.

Al leer el título de la conferencia me he asustado. ¿Puede ser que afecte de forma crucial el coche autónomo, el coche eléctrico, el solar a la industria del neumático? Leo el programa y me da la impresión de que no. El temario de esta conferencia podría haber sido exactamente el mismo o parecido hace 10 años. Hablan sí, del neumático conectado y de Big Data, pero de pasada.

Los neumáticos son los privilegiados de la industria del automóvil actual. Tienen que competir, está claro, pero no van a sufrir una revolución de la magnitud que pueden sufrir, por ejemplo, los fabricantes de bombillas de freno, que quizá en unos años sean completamente inútiles.

Llevo unas semanas pensando en los neumáticos. No es casualidad que me haya encontrado con esta conferencia. Llevo toda la vida alrededor de los neumáticos, tocándolos, midiéndoles la profundidad al dibujo, cambiándolos y poniéndoles la presión correcta.

Sin embargo, últimamente, y no sé por qué, los neumáticos me despiertan mucha curiosidad. Nunca me había ocurrido antes.

Una pregunta me ronda la cabeza. ¿Cómo es posible que los neumáticos agarren tanto y duren tanto?

No hablo de los neumáticos de ahora. Hablo de los neumáticos de siempre. Los neumáticos de hace 40 años, cuando yo empezaba a conducir, ya agarraban un disparate.

No hablo de pasos por curva a velocidades escandalosas con neumáticos de calle, que también. Hablo de inercias enormes de masas de una tonelada que sin aparente dificultad al girar el volante cambian de dirección una y otra vez durante miles de kilómetros con unos neumáticos que cuando los tocas son muy duros, se calientan poco y que, si no fuera porque estamos acostumbrados a vivirlo, con solo mirarlos y tocarlos no parece que vayan a ser capaces de frenar como frenan, de girar un coche con tanta precisión y consistencia como lo hacen y de agarrar tanto en curva y de forma tan progresiva como lo hacen cuando las fuerzas de rozamiento empiezan a verse superadas por las fuerzas normales y sus antagonistas.

Las gomas son duras y aguantan un quintal. Y encima lo que les da consistencia es aire a presión que queda casi perfectamente estanco entre una llanta metálica, con una válvula y una especie de carcasa de goma. Si te lo cuentan antes de verlo, no te crees que eso pueda funcionar.

Sé, por experiencia, que los neumáticos funcionan. Incluso los peores, esos que dicen que no agarran nada y que se deforman ante el más mínimo apoyo, me parecen obras de ingeniería espectaculares. Si me pusieran a hacer un neumático no sabría ni por dónde empezar.

Quizá sean la parte del coche (no electrónica) más enigmática para mí. Y mira tú por donde. Se libran de la revolución que se avecina (O me lo parece a mí). Para ellos cambia poco. En principio, los coches seguiran rodando sobre ruedas, sean como sean. Curioso.

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