Las llaves pesan y abultan. Es un despilfarro energético y un trastorno continuo cargar con ellas todo el día para utilizarlas a dos centímetros del lugar en el que la has utilizado por la mañana.

Es como si fuéramos todo el día con la sartén a cuestas, ensartada en un sartenero, para utilizarla por la noche en el fuego de al lado del que hemos utilizado por la mañana para preparar los huevos revueltos.

Lo racional, lo lógico, lo que a todo el mundo debiera ocurrírsele debería ser dejar colgada la llave por fuera, al lado de la puerta, nada más salir de casa, para recogerla de su clavo, al llegar por la noche, para abrir la puerta.

Las llaves y su modo de utilización son un síntoma de la falta de inteligencia del ser humano. Cargar con ellas todos los días en el mejor de los casos y perderlas, en el peor, son consecuencia del anacronismo conceptual intrínseco de la llave.

Las alternativas a la llave que conozco son todas peores. Un motor eléctrico para abrir una puerta es un despilfarro sideral. Pilas, corriente eléctrica, fabricación, consumo, para una operación que ni siquiera requiere un clic.

Las llaves son un síntoma de nuestra imbecilidad. ¿Cómo es posible que todavía existan? ¿No hay nadie capaz de encontrar una solución decorosa para que no lo noten los marcianos cuando nos invadan?

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