Viví la semifinal contra la selección portuguesa en Alemania con una camiseta de la española encima de mi camisa y una bufanda de la portuguesa alrededor de mi cuello. El disfraz español era obligado por motivos profesionales. La bufanda portuguesa porque necesitaba un poco de equilibrio interior. La intercambié con un periodista luso que estaba en el mismo comedor que nosotros. Él vio el partido con una bufanda española. Sufrió más que yo.

Si el deporte fuera un acontecimiento civilizado, tendríamos que buscar reglas que hicieran que se rigiera por la razón.

Si utilizáramos la razón, lo que convendría siempre es que ganaran los equipos con mayor número de seguidores, pero dándole emoción hasta el último segundo. De esta forma estaríamos expectantes, que tiene su gracia, y la mayoría sería feliz. Un sistema de recuento secreto del deseo de los ciudadanos debiera determinar a qué equipo corresponde la victoria.

En un principio, parece preferible que la selección italiana gane a la española. En Italia son más que en España y por tanto habría un mayor número de personas saltando de felicidad en las calles, con la camiseta de su selección. Pero esa es una visión cortometrista. Para hacer las cosas bien, de forma razonada, la felicidad tiene que ser mundial. ¿Cuántos ciudadanos del mundo preferían que ganara la selección española y cuántos la italiana? Claro que para hacerlo completamente bien habría que medir también la intensidad de ese deseo.

El deporte desata mucha más pasión y emoción que la política. Incluso en momentos convulsos como el actual un país se paraliza por el deporte, salta a la calle enrojecido y le da la espalda al fuego diario. Quizá nos hayamos equivocado. Quizá no sea sensato ese prejuicio que pretende determinar que es preferible la fuerza de la razón que la razón de la fuerza.

Quizá estemos haciendo algo mal.

¡Viva el fútbol!

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