—¿A dónde vais?

— A hacer dunas.

No concibo mejor saludo cuando el sol todavía no ha asomado, pero el cielo ya empieza a clarear. Miento. Concibo otro igual o mejor.

— ¿A dónde vais?

— A esquiar.

Me gusta acostarme pronto para madrugar de vacaciones. Madrugar para esquiar, cuando todavía no hay nadie en las pistas, con la nieve polvo, con mi amigo Paco sentado en el asiento de al lado en el telesilla. Los dos en silencio, todavía dormitando, hasta que nos bajamos de la silla y empezamos a calentar, con derrapadas suaves, armónicas, la piel de gallina.

Hacer dunas no es tan delicioso como esquiar un día en el que todo sale redondo: la nieve, el tiempo y la compañía. Pero casi. No sé por qué se dice hacer dunas. Ni siquiera sé si alguien lo dice. Pero a mí me suena que se debe decir así. “Hacer dunas”, aunque las dunas ya estén hechas. ¿Quién las hará?

Decir “hacer dunas” tiene sentido, porque el que las “hace” con el coche, las construye de alguna forma, les da forma. Sin la forma de la duna en la cabeza, sin conceptualizarla, es imposible pasarla. Hacer dunas significa pensar, ejecutar, trabajar duro en ocasiones y a la vez disfrutar. Hacer dunas no es como esquiar, pero se le parece. Uno está en contacto con la naturaleza, el paisaje es sobrecogedor y bello, tienes que estar muy atento, corres algún riesgo de voltereta y es necesario desarrollar habilidades que al aplicarlas te hacen sentir bien.

Una última coincidencia es que con las dunas y con el esquí, al igual que con otros aspectos de la vida, el placer de contar las batallitas y hazañas es tan elevado como el placer de vivirlas. Yo lo cuento por eso, por nada más. Vivir para contarlo. No sé a qué me suena.

Ir a Marruecos, a Merzouga, a la zona de dunas situadas en el patio del hotel Tombuctú implica sufrir. Madrugar seguramente, cavar en la arena para desatascar el coche, aguantar la satisfacción que se adivina en la cara del otro cuando te quedas atascado. Lo sé bien. La satisfacción no es porque el otro se haya quedado atascado y tú no. La satisfacción es porque el otro se ha quedado atascado y mientras ayudas a desatascar su coche sabes que tú no corres el riesgo de quedar atascado. Es una bendición para el cerebro que sea otro el que se queda primero. Porque quedarse, antes o después, se queda todo el mundo.

Conducir por dunas es una suerte de felicidad. Da felicidad hasta trabajar para desatascar el coche. Analizar la situación, decidir cuál es el mejor ángulo para ponerlo en movimiento y tocar la arena con las manos. Tocar esa arena, cuando no quema, es un acto voluptuoso. Una arena fina, de tacto deleitoso, mucho más voluble que la arena de playa a la que estamos acostumbrados. Pisarla descalzo es un placer sensual y también acariciarla con las manos.

El mayor satisfacción, con todo, para quienes nos gusta conducir, es pasarla en coche sin quedarse atascado. La percepción del riesgo a quedarse hundido es permanente. El puntazo de solventar las dificultades, de llevar el coche a donde uno quiere y de llevarlo con elegancia, cuando uno es capaz, no tiene precio.

Este año he podido hacer pocas dunas, pero ese rato lo he disfrutado mucho. Están al lado del hotel, situación que facilita la posibilidad de aprovecharlas.

Marruecos. Desierto. Palmera

Dunas. Coches

En esta ocasión he aprendido la importancia de llevar presiones adecuadas para hacer dunas. El primer día entré con unas presiones de 1,6 y el coche traccionaba muy bien y se movía con relativa solvencia a pesar de las dos toneladas de peso del Amarok. Me sorprendió lo bien que iba un vehículo tan grande por las dunas. Con la reductora puesta y en segunda, tercera y cuarta, conseguí no quedarme atascado ni una sola vez. No estoy seguro de si fui el único, pero es posible.

Marruecos. Dunas

Por la tarde, con una presión de 1,9, a pesar de que llovió durante el día y que la arena estaba menos blanda, el coche iba mucho peor. No pensé que tres décimas fueran a suponer tantísima diferencia cuando la arena estaba menos blanda. Grave error.

Además de la presión de los neumáticos y de tener un coche con buena tracción total y bloqueo de los diferenciales, es imprescindible utilizar bien el acelerador. No hay que acelerar ni mucho ni demasiado poco, anticipar y ganar velocidad con condiciones favorables y administrarla bien en las subidas, saber aprovechar las pendientes cuando las cosas se ponen difíciles para cambiar de dirección, detener siempre el coche con suavidad para que no se hunda y en pendiente para salir sin necesidad de tener que transmitir mucha fuerza al suelo para poner la masa del coche en movimiento.

El último elemento esencial para superar las dunas es llevar la dirección con mimo. No girar el volante más que lo imprescindible y a la vez con decisión cuando es necesario buscar una escapatoria. Para llevar la dirección se requiere una sensibilidad parecida a la necesaria con el acelerador. La suavidad es fundamental, pero en ocasiones hay que actuar suavemente con agresividad.

Mitsubishi Montero en Marruecos

Mitsubishi Montero atrapado en la arena

Pongo fotos de los coches atascados. No para regodearme de que los atascados sean los otros (¡qué bien miento!), sino porque no tengo fotos de los coches en movimiento en las dunas.

Aunque yo no las hice, esas fotos existen. Voy a ver si me las prestan y se las puedo mostrar otro día. También me comprometo a que el “campeón del mundo” u otro cualquiera de sus amiguetes (el “Campeón del Dakar” o “La Avanzadilla”) nos cuenten de verdad cómo hay que hacerlo para conducir en las dunas. A mí no me tomen en serio, que yo sólo lo he hecho dos veces. Lo que sucede es que me gusta contarlo.

El Toyota Hilux remolcando al Hyundai

“La Avanzadilla” eslinga (el verbo eslingar es parte del argot) él solito con su cuerpo serrano el coche hundido.

Atrapados en la arena del desierto

Remolcando a los vehículos

A muchos de ustedes les gusta conducir. Lo sé aunque no me lo hayan dicho. Prueben a conducir por dunas cuando tengan oportunidad o busquen la oportunidad. Si puedo, les acompaño.

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