No entiendo qué ocurre con el idioma español que nos empeñamos en quitarle el sentido a las palabras, a trastocarlo y a hacerlas inútiles. No soy capaz de repetir las frases que tan bien dibujaba Lázaro Carreter una y otra vez cuando se quejaba de la falta de filo del lenguaje con el que pretendemos expresar pensamientos, ideas y figuras.

Hoy traigo dos palabras cuyo uso cotidiano me exaspera. La que más de todas es “escuchar“.

No sé a qué se debe pero, al menos en Madrid, ya nadie utiliza el verbo oír. Todo quisque utiliza “escuchar” como sinónimo de oír y no son sinónimos. Ni siquiera tienen un significado parecido.

Es habitual oír por la calle

“Qué alto se escucha el ruido de este motor”

En la oficina:

“No te escucho” mientras otra persona le habla.

Y leer en km77:

“El ruido aerodinámico y causado por la rodadura que llega al interior se escucha a un volumen que, sin llegar a ser muy molesto, es más elevado que el que se percibe en muchos coches similares”

Grrr.

Escuchar significa en su primera acepción, según el diccionario de la Real Academia, “Prestar atención a lo que se oye.” En ninguno de los siguientes significados descritos por el diccionario de la RAE aparece nada semejante a oír. Utilizado en la forma reflexiva como en la frase que he copiado de km77 significa: “Hablar o recitar con pausas afectadas.” Es decir, según nuestra frase, el ruido aerodinámico se debe de escuchar y por tanto oír a sí mismo con pausas afectadas.

La diferencia entre escuchar y oír es primordial. Escuchar implica voluntad, poner atención. Los ruidos aerodinámicos y de rodadura se oyen sin querer, involuntariamente. Y si el conductor los escucha intencionadamente para poder escribir luego si se oyen o si suenan o si se perciben mucho o poco o nada, debiera contar cómo se perciben, oyen o suenan y no si los escucha intencionadamente o no que a nadie le interesa.

Oir, en primera acepción, significa “percibir con el oído los sonidos“. La definición de la RAE implica que sólo oyen los animales. Las máquinas que perciben sonidos y los graban no oyen. Bien.

La diferencia entre prestar atención para algo y que algo ocurra involuntariamente es enorme. Uno puede escuchar y no oír nada. Puede escuchar, poner mucha atención, pero ser incapaz de percibir los sonidos de la persona que habla, porque habla demasiado bajo, o demasiado lejos. Si te estoy hablando y no me escuchas puede que estés aburrido de mí, que tengas trabajo y no tengas tiempo para dedicarme o que ni te hayas enterado de que te estoy hablando aunque esté a tu lado. Si no me oyes, probablemente, es que tengas los cascos puestos.

La diferencia entre aire y viento no está tan clara. El diccionario de la RAE pone que aire es sinónimo de viento. Si ha sido así siempre, no tiene mucho sentido, porque para mí el aire no es sinónimo de viento y no es bueno que lo sea. Al menos yo no lo aprendí así. Hay una diferencia sustancial entre aire y viento. Si utilizamos la palabra aire con los dos significados, perdemos filo en aquello que queremos expresar. Confundimos y perdemos precisión.

De niño, cuando un compañero de clase te hacía rabiar, te tapabas los oídos con las manos para dejar patente que no lo escuchabas, que no querías escucharlo y que no lo oías. Es posible no escuchar y oír. Es posible escuchar y no oir. Y es posible escuchar y oír. Lo que no es posible es decir “no te escucho” cuando pones la mano por detrás de la oreja y estiras el cuello a todo lo que da para intentar oír.

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