No tengo datos estadísticos, pero tengo la impresión de que no hay ninguna otra cuestión que enfrente tanto a los españoles como la discusión sobre el derecho de las mujeres a abortar.

Las posturas parecen irreconciliables. Los antiabortistas consideran que el feto (“nasciturus”) es un ser humano y que como tal debe ser protegido y amparado por la ley como el resto de ser humanos. Igual que no se puede matar al vecino (por más ganas que tengas), tampoco se puede matar al feto de tu vientre.
Los defensores del derecho de las mujeres a abortar tienen, por resumir, dos argumentos. Uno, que el feto no es un ser humano, sino un conjunto de células en crecimiento en cuyo proceso hay que fijar una fecha para considerar a ese conjunto de células un ser humano. La concepción no convierte al cigoto en sujeto jurídico. El segundo, que independientemente de la valoración jurídica del feto, el feto depende del cuerpo de la mujer y que por tanto la mujer tiene que ser libre para disponer de su cuerpo para incubar o no incubar al feto.
Son dos posturas irreconciliables. Los antiabortistas, algunos al menos, consideran que también los espermatozoides y los óvulos son “bienes jurídicos” que deben protegerse y por ese motivo reniegan de la utilización de métodos anticonceptivos. Para ellos, el feto no es humano al ser engendrado, podría decirse que cada espermatozoide y cada óvulo engendrados ya eran humanos antes de juntarse y por tanto hay que defenderlos.

Los defensores del derecho de las mujeres a abortar consideran que es la sociedad (o la comunidad científica) la que debe fijar la fecha en la que ese conjunto de células pueda ser sujeto del derecho. Pero, independientemente de lo anterior, a la vez o por separado, también opinan que el derecho de las mujeres a decidir es inalienable, porque es su cuerpo es que contiene al feto y que nadie debe estar por encima de ellas en la forma de utilizar su cuerpo.

Yo pertenezco al grupo de personas que defiende el derecho de las mujeres a decidir cómo utilizar su cuerpo. Entiendo bien los argumentos de los abortistas. No estoy de acuerdo con ellos, pero para lo que quiero contar hoy eso es irrelevante.

Sobre lo que quiero hacer hincapié es sobre otro asunto. La diferencia que supone para la libertad de cada mujer una postura y otra.

Los antiabortistas, al prohibir el derecho al aborto con respaldo de la mayoría, consideran que tienen legitimidad para determinar cómo debe utilizar cada mujer su cuerpo.

Yo me pregunto. ¿Consideran los antiabortistas que la mayoría tiene legitimidad para decidir por bien del interés general que no deben tener hijos? ¿La mayoría tiene legitimidad para imponer la castración química de todos los hombres?

Ya que hablamos de bienes jurídicos. ¿Tiene la mayoría legitimidad para imponernos a alguien a que donemos un riñón para salvar la vida a otro ciudadano? ¿Tiene la mayoría legitimadad para imponernos que demos cobijo en casa a una persona que puede morir de frío en la calle?

Los antiabortistas se consideran con legitimidad, porque son mayoría, para promulgar mediante ley que el cuerpo de la mujer debe ser utilizado como una vasija. Esta anteproyecto de ley del aborto convierte el cuerpo de la mujer en una vasija, con la legitimidad que da la mayoría. Las mujeres no pueden decidir sobre su cuerpo, es la mayoría la que lo hace, para proteger al feto que esa vasija lleva en su interior.

Menuda forma de proteger al feto, me digo yo. Primero convertimos a la mujer en un frasco y luego queremos que ese feto, sea hombre o mujer cuando nazca, le tenga respeto a esa mujer y saque partido de todo el potencial de su madre como persona. ¿Cómo vamos a lograrlo si primero la convertimos por ley en una vasija?

No hay ninguna ley, ninguna, que nos trate así a los hombres (Cuando escribí esto me equivoqué. La prohibición de la eutanasia nos trata a hombres y mujeres del mismo modo que la ley que prohibe el aborto). Si yo fuera mujer me subiría por las paredes. Y siendo hombre también me subo. El respeto a la capacidad de las mujeres para decidir qué hacer con su cuerpo, la necesidad de tratarlas como iguales, como lo que son, para disfrutar y aprender más de ellas, para tener una vida mucho mejor, para sacar más partido de ellas, para exprimirlas y para que me expriman es vital en mi vida. Cualquier trato vejatorio a las mujeres lo siento como si fuera a mí.

En una sociedad civilizada, debiéramos aprender que la fuerza de la mayoría, la fuerza de los votos de la mayoría, tiene unos límites. Los límites de respeto y dignidad del individuo. Del mismo modo que una mayoría no debiera poderme obligar a donar mis órganos para salvar la vida de otra persona, tampoco debiera poder obligar a la mujer a dar vida a un feto que depende totalmente de su cuerpo.

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