Ayer, en la Plaza de Cibeles, centro de Madrid, me acercaba a una de las isletas donde paran los autobuses. Antes de subir el bordillo, me detuve sobre los adoquines del suelo porque la acera estaba ocupada por dos chicos jóvenes, alrededor de quince años, que caminaban hacia otra de las isletas. Uno de ellos bajó del bordillo con dificultad y se apoyaba intermitentemente, como a puñetazos, en el otro que le precedía más o menos en diagonal, justo a la distancia de un brazo.

El que iba por delante era delgado y esbelto. Me fijé en el que caminaba con dificultad, que buscaba la ayuda de su compañero sólo cuando era imprescindible. Al bajar del bordillo, le golpeó en varios instantes, cuando se desequilibraba. Luego cruzó sobre los adoquines sin ayuda, con esfuerzo, zarandeando las piernas en semicírculos, sin doblar las rodillas, en un movimiento acompasado con el equilibrio del tronco. Al llegar al siguiente bordillo, una mano sutil surgió del cuerpo del amigo, un punto de apoyo, que podía ser utilizado o no. El contacto fue breve, invisible. Un instante para subir el escalón.

Mientras esperaban la llegada del autobús, pude ver la sonrisa amplia en la cara del chico con dificultad para caminar. Se movía constantemente para guardar el equilibrio con ligeros golpes de cadera. Su amigo, con una cara seria y cercana a la vez, le miraba sosegado. Pensé que irían al cine.

Llegó el autobús y subieron a él en el orden habitual. No subió nadie más y el autobús arrancó cuando los dos todavía caminaban hacia el interior. Apareció de nuevo fugaz un brazo, a la distancia exacta. Un apoyo imperceptible y sólido.

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