Esta noche ha tocado la West-Eastern Divan Orchestra, dirigida por Daniel Barenboim, en la Plaza Mayor de Madrid. Escuchar el Acto I de la Walkyria, de Richard Wagner, ha sido un placer, incluso con el ruido de las latas por el suelo, las conversaciones de los vecinos de plaza, los gritos de los paseantes bajo los soportales y la sirena de los bomberos. Todo daba igual. Barenboim, la orquesta y las voces han podido con todo.

El año que viene es el décimo aniversario de la Orquesta, que pretende contribuir a la paz entre palestinos e israelíes “luchando contra la ignorancia de quienes pretenden negar la legitimidad del otro“.

Barenboim es el último genio vivo que yo distingo. Me basta con escucharle tocar el piano.

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