El caso es que llegamos a Tromso el sábado 20 de diciembre de 2014 y antes incluso de llegar las llamadas auroras boreales salieron a nuestro encuentro. Me pareció irreal. Yo no tenía ganas de verlas. De hecho, miré poco hacia donde me decían. No, las auroras boreales no existen. Las auroras boreales están en nuestras cabezas. Las que están al natural, las visibles, pierden. Están sobrevaloradas, como todo lo que se toca.

La verdad verdadera se sitúa en un punto indefinido entre el corazón y la mano, en un punto que no se puede apresar ni medir. Mirar hacia las auroras boreales es una obscenidad, como la fuerza de la gravedad.

La segunda noche en Tromso, es decir, el segundo día porque el día es noche durante el solsticio de invierno,  Víctor y yo ni siquiera fuimos a ver las auroras boreales. Les dejamos el trabajo sucio a los fotógrafos, a esos seres fatuos e insensibles que se creen capaces de apresar la verdad verdadera entre cuatro esquinas para mostrarla al mundo. Como si eso fuera posible.

No. Error. Piiií.

La verdad verdadera no se puede digitalizar, ni analogizar. Ni se puede mostrar al mundo. La verdad verdadera se sitúa en un punto indeterminado de nuestro cuerpo, entre el corazón y la punta de los dedos, lugar al que no sabemos acceder y para el que no tenemos herramientas de extracción.

Las auroras boreales no existen y mucho menos en fotografía. Las auroras boreales están en algún lugar entre el cuerpo de Víctor y el mío cuando estamos en Tromso, en nuestro cuerpo que es uno y trino, y no necesitamos salir a pasar frío para intuirlas o apresarlas.

En mi cuerpo, uno y uno, la incertidumbre es aurora boreal. Planificar aniquila la sorpresa, la única verdad verdadera. Lo que mata, la única razón de existir, es ir a buscar las auroras boreales, el viaje, la incógnita. Despejarla, ponerle nombre y foto, resuelve el problema y te deja inerte.

Sí, sí. Ya sé que las auroras vienen y se desvanecen a toda velocidad. Esa es su magia, el deseo que generan. Por eso las perseguimos. No tendría ninguna gracia alcanzarlas. Y menos, con tanta facilidad. Después de sólo 5000 kilómetros sin un solo contratiempo. No. No me mientan. Las auroras boreales son imposibles de conseguir. Hace falta toda una vida para soñar la posibilidad remota de acariciarlas con el envés de la mano.

Si crees que la has visto o crees que la has apresado entre cuatro esquinas, olvídalo. No es una aurora boreal. Imposible. No has aprendido nada.

(Esto que ven aquí no son auroras boreales. Las fotos no son parte de la realidad. No son la verdad verdadera. Son una manipulación. Sin Photoshop ni programas informáticos, pero con una cámara y un tiempo de exposición. Milongas.)

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