Por Lorenzo Serrano.

Todo viaje de placer tiene un principio y, desgraciadamente, un final. Tras ver en directo las 24 horas de Le Mans, objetivo prioritario del nuestro, tocaba emprender la vuelta a casa. Como comenté en la tercera entrega, decidimos salir a la mañana siguiente, una buena idea si no hay prisa por volver. Más vale esperar que verse involucrado como parte activa de una de las inmensas caravanas que había a la salida del circuito.

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Viajamos primero a las afueras de París, lugar escogido por mi compañero de viaje para abandonarme. Restan poco más de 1700 km hasta Madrid, divididos nuevamente en dos etapas (ver itinerario).

La primera parte del viaje es hasta Santander, me toca justo el atardecer, momento en el que conducir el Clio se convirtió en una auténtica pesadilla. Bueno, no seré tan drástico, en un infierno. El problema además del gran aburrimiento —que sufrí por culpa de las largas rectas de la autovía de peaje— eran los reflejos. Ya habíamos comentado en anteriores entradas del blog que los cromados del cuadro de instrumentos molestaban. Pero estos reflejos no son nada si los comparamos con los que hace la pantalla multimedia de 7″. Unos reflejos que me hicieron en momentos puntuales tener que poner la mano para poder mirar la carretera con garantía. En estas condiciones es imposible gestionar la música —excepto subir o bajar el volumen y cambiar de canción/emisora que se realiza utilizando el mando que hay detrás del volante (imagen)—, el navegador o los ajustes de la radio.

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Hemos viajado durante muchísimos kilómetros con el control de velocidad conectado porque mantener el pie en el acelerador sin pisarlo a fondo es una tarea incómoda —por la posición del pedal—. Su funcionamiento ha sido satisfactorio.

Atravesar la frontera supuso hacer una parada para repostar. Iba realizando un cálculo aproximado de los kilómetros que restaban de combustible porque el ordenador del Clio no se moja a partir de una autonomía inferior a 60 km. Recorrimos 534 km, con el control de velocidad en 132 km/h durante aproximadamente la mitad del trayecto. Según los datos del ordenador de viaje, la velocidad media fue de 115,8 km/h y el consumo medio 6,8 l/100 km.

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Entrar en España también fue motivo para volver a conectar el navegador. No hacía falta, pero yo lo conecto. La voz de las instrucciones es muy agradable, me hace compañía. Eché en falta que no sea posible dar órdenes por voz, si se viaja solo y no se desean perder puntos del carnet de conducir, hay que parar para introducir una dirección. En mi opinión, no resulta fácil encontrar el botón que permite parar las indicaciones del navegador, sobre todo si el conductor va conduciendo, aunque esta apreciación no la comparten otros miembros de la redacción.

Aprovechando estas líneas, debo confesar que la conducta al volante de los franceses es ejemplar —siempre hay excepciones—. En autovía con tres o más carriles circulan siempre por el de la derecha, rara vez he tenido que utilizar el izquierdo en estas zonas para adelantar. La entrada en España fue aproximadamente a media noche, circulaban pocos coches, los suficientes para darme cuenta que eso no va con el conductor español —siempre hay excepciones—.

La segunda parte del viaje de vuelta a casa comienza con un hallazgo, las salidas de ventilación centrales no se pueden regular hacia abajo, ¡comienzo a pasar calor!

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Este último trayecto me permitió realizar una conducción un poco más deportiva por la red de carreteras secundarias —con aproximadamente 150 kg menos que en la ida—. Es aquí dónde me doy cuenta que el tacto de la dirección eléctrica —con asistencia en función de la velocidad— no me gusta. Es cierto que las hay mucho peores, pero no termina de ser todo lo precisa que debería, o por lo menos, eso me parece. Sin embargo no tengo esa sensación en autovía.

Aunque prefiero un vehículo con una suspensión más deportiva, la del Clio permite tener un paso por curva elevado sin sacrificar el confort de los ocupantes ni poner en apuros al conductor, con reacciones muy limpias y sin sobresaltos. Incluso si el conductor entra en una curva un “poco pasado”, el Clio se comporta de una manera muy noble, sin brusquedades.

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Personalmente, si pensara adquirir un Renault Clio y tuviera pensado realizar viajes con él, tengo claro que el motor 0.9 TCe no sería el elegido. En autopista es cierto que se puede mantener un ritmo legal —120/130 km/h— sin demasiadas complicaciones, es decir, siempre que circulemos por zonas llanas porque, en el momento que el terreno presente pendientes de cierto calibre, el Clio se viene abajo y deberemos recurrir a bajar una o dos velocidades.

Tampoco sería el elegido si frecuentara carreteras de doble sentido. Para realizar un adelantamiento hay que planificarlo con mucho tiempo si se desea hacer de una manera muy segura. En el trayecto de Santander a Burgos por el Puerto del Escudo, nos encontramos con un conductor que aceleraba en las zonas donde se podía adelantar hasta ponerse al límite de la velocidad legal, fue muy complicado poder adelantarle.

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El último paso fue realizar una limpieza general. En el exterior, nos sorprendió lo difícil que es despegar los mosquitos, incluso con el agua caliente. En el interior, será imposible para el usuario mantener la zona central del salpicadero limpia durante unas horas, es un auténtico atrapapolvo.

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Llegamos a Madrid con 10 914 km. Es hora de entregar el #cliokm77 en la redacción con la satisfacción de haber cumplido todos nuestros objetivos. El verano que viene, si no hemos alcanzado el objetivo de los 120 000 km, nos inventaremos un nuevo viaje. Un saludo.

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