Ni me va, ni me viene

Un blog de km77.com

Ze Carrión en La Neomudéjar

Es difícil aburrirse en una casa antigua. Por mucho que uno crea conocerla siempre queda algún rincón que no conocemos tan bien como creíamos, o se nos olvida ese último estante en un armario donde a saber qué habíamos colocado. A diferencia de los apartamentos pulcros y diáfanos, las casas antiguas esconden tesoros extraordinarios; en sus habitaciones y recovecos parece que hayan sucedido historias apasionadas o quizá anodinas, pero todas dignas de ser contadas.

La Neomudéjar es un Centro de Artes que ha aprovechado una nave de ferroviarios de finales del s. XIX para sus instalaciones. El edificio está al lado de la estación de tren de Atocha y en su día fue un taller de aprendizaje de los trabajadores del ferrocarril. La Neomudéjar es un lugar desordenado, sucio, antiguo, maravilloso. Junto a las obras de arte expuestas se han conservado los enseres de los antiguos ocupantes del edificio, de esta manera el espacio se ha adecuado a su nuevo uso pero mantiene todavía parte del mobiliario anterior y sobre este podemos encontrar algún vestigio (un recorte de papel pegado, un escrito) de sus antiguos moradores.

Actualmente se exhibe el trabajo de Ze Carrión, al que conozco por sus obras de arte urbano, y que más de una vez ha aparecido en el blog. Este artista ha trabajado como “artista en residencia” durante los últimos meses, utilizando los talleres de La Neomudéjar para realizar su proyecto.

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La hermosa fotografía de un niño ahogado

Durante días no podía dejar de pensar en la imagen del del niño sirio ahogado en la costa de Turquía. Aunque no era la primera fotografía que veía de un niño herido o muerto en algún conflicto bélico, y aun sabiendo que en Siria han muerto miles de niños desde que comenzó la guerra, esa foto me conmovió —a mí y a muchos otros de una manera especial y tuvo una repercusión que otras imágenes más crudas o violentas no habían conseguido.

No he leído ni he querido ver mucho más sobre esta noticia porque no entiendo el revuelo ante una situación que todos, desde hacía tiempo, conocíamos. Pero me he seguido preguntando las razones por las que esa foto y no otra nos ha impactado de una manera inusual. Pensando estos días en ello he recordado otra imagen, que no fotografía, que vi hace ya varios años y que también me perturbó. Estaba pasando unos días en Extremadura, en un pequeño pueblo del Valle del Jerte. Era primavera y esa mañana, tras una noche de lluvia, despuntó fresca y brillante. Como todos los días antes de comer, mi padre y yo salimos a dar un paseo, que siempre era el mismo, pero que a nosotros nos entusiasmaba como si fuese una novedad. La mayor parte del tiempo caminábamos en silencio, disfrutando de nuestra compañía, pero no dejábamos de advertir al otro si descubríamos de pasada una planta curiosa o si un pájaro se posaba a poca distancia, o si descifrábamos el olor —a hierbabuena, a manzanilla, a romero— que en cierto instante habíamos percibido. Leer la Entrada completa »


Este verano he pasado unos días en el sur de Francia, en La Provenza. A pesar del tremendo calor que ha hecho (creo que hasta las cigarras estaban sofocadas) he disfrutado muchísimo viendo los preciosos y cuidados pueblos y el increíble paisaje que los rodea. Una de las excursiones que hicimos fue a Pont du Gard, uno de los acueductos romanos mejor conservados del mundo. Esta obra, construida en torno al año 50, abasteció de agua durante cinco siglos a la ciudad de Nimes, que por aquel entonces contaba con 20.000 habitantes y se llamaba Nemausus. Hoy en día el acueducto se ha convertido en una atracción turística, en parte por el propio monumento y también por el enclave natural en el que se encuentra.

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Este lunes 27 de julio se anunció, por sorpresa, el cierre del Café Comercial de Madrid. Sus propietarios lo hicieron mediante un escueto mensaje en la cuenta de facebook que dejó anonadados a quienes lo leímos. ¿Cómo era posible que un café tan mítico, tan bonito, tan antiguo, pudiese cerrar así, de sopetón? ¿Qué había ocurrido para que no existiese una solución al cierre de un lugar tan emblemático como ese?

Lo primero que pensé, indignada, fue que el negocio tendría un alquiler de renta antigua y que no había podido adaptarse a la subida. Me imaginé el aspecto que tendría en la Glorieta de Bilbao, en la esquina que ocupa el Café Comercial, la terraza de una franquicia cualquiera, que se instalaría allí en los próximos meses, aprovechando la situación. Visualicé a los turistas sorbiendo cafés con pajitas en vasos de plástico, ajenos al precioso local que había existido en ese mismo lugar. Leí después que el alquiler no había tenido que ver con la decisión del cierre, que el negocio no iba mal (según palabras de uno de sus empleados) y que parecía que los propietarios habían decidido cerrar por motivos personales.

El mismo lunes, ratificando el mensaje de facebook que por virtual algunos podrían pensar que no era del todo real, un letrero pegado en la cristalera del Café anunciaba a los que se acercaron que estaba cerrado. Era un durísimo golpe para los amantes de Madrid, que veían cómo se cerraba de un portazo un local en el que Machado o Jardiel Poncela, entre otros, habían participado en sus tertulias y que descubrían que no podían ni siquiera echar un último vistazo a ese salón, elegante y decadente, ya que sus cristales estaban totalmente empapeladas con pliegos de papel marrón. Me imagino la pena de los asiduos y de los vecinos, que se encontraron, sin ninguna explicación, con el cierre echado. Y supongo que fueron sentimientos de aflicción y de impotencia los que llevaron a uno de ellos a pegar en esas cristaleras una cuartilla escrita a mano en la que se despedía de ese café de toda la vida. Tres días más tarde, el escaparate está repleto de carteles y de post-it con forma de corazón en el que se leen agradecimientos, mensajes de despedida, mensajes de súplica y algunos reproches al cierre del Café. Estas son las imágenes, son muchas, pero es que muchos han sido los mensajes.

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No sé quién decía que para viajar lejos nada mejor que abrir un buen libro. Durante un tiempo estuve de acuerdo esa frase, y me creí una viajera experta, con cientos de anécdotas y con recuerdos de países —¡incluso de otras épocas!— en los que nunca había estado. Mas cuanto más viajaba, me iba dando cuenta que los relatos que había leído o las películas costumbristas, que siembre escuchaba en versión original, me proporcionaban una información muy valiosa sobre las diferentes culturas y países del mundo, pero ni por asomo suplían la experiencia de un viaje. Los viajes, fui aprendiendo, no sólo consistían en acumular visiones de monumentos conocidos, que a la larga puede que sea lo que menos importe de un viaje. Lo interesante de visitar otros lugares, o lo que a mí más me enriquece, es descubrir la manera de vida de las personas que los habitan. Me gusta saber cómo pueden ser sus días de diario, la manera de llegar al trabajo, cómo pasan los fines de semana, qué les gusta comer, qué aspectos de la vida valoran. No puedo evitar compararlo con lo que yo conozco y pienso en la suerte que tienen o en lo desgraciados que son, según me guste o no el descubrimiento. Huyo de los viajes organizados, esos en los que subes en un autobús y en cinco días conoces medio continente. Son tan cómodos que no me aportan nada. Prefiero perderme en una ciudad, pelearme con el plano del metro, quedarme sin comer porque no he tenido en cuenta el horario, descubrir rincones por casualidad y pasar en ellos el tiempo que me apetezca.

Mi pareja y yo fantaseamos en dar la vuelta al mundo cuando tengamos tiempo y dinero. Mientras, no dejamos de leer libros y de apuntar lugares que nos gustaría visitar. Y algo nos ayuda la extensión, para Chrome, Earth View from Google Maps. Una vez instalada, cada vez que abrimos una nueva pestaña del navegador nos muestra una fotografía, en una vista de satélite, de un lugar del mundo.

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En Madrid ha sucedido algo bonito.

Decía Manuela Carmena, en la comparecencia tras el recuento de los votos, que su campaña había sido (cito de memoria) “la de la imaginación y la alegría”, refiriéndose al movimiento que ha llevado a un grupo de diseñadores, fotógrafos, artistas y demás voluntarios a realizar, de manera desinteresada, imágenes, gifs animados o carteles en apoyo a su candidatura.

El “Movimiento de Liberación Gráfica de Madrid” y “Madrid con Manuela“, las plataformas que han organizado este proyecto, han estado muy activas en las redes sociales donde estas semanas atrás hemos podido ver decenas de imágenes en las que Manuela Carmena era la protagonista.

Pero no ha quedado todo en el mundo virtual ya que también en la calle se han visto diferentes iniciativas. Una de estas ha sido la que convocó La Galería de Magdalena, que el viernes pasado, unas pocas horas antes de que comenzase la jornada de reflexión, utilizó su ya conocido muro de la calle del Príncipe para regalar a todo el que pasase tarjetas y chapas con los diseños en apoyo a Manuela.

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La teta móvil

Otro de los factores que ahora tengo que tener en cuenta al salir de casa con Martina es el tiempo que voy a estar en la calle. La ventaja de amamantar un bebé es que llevas siempre a mano (o a teta) su alimento; el inconveniente es que no siempre encuentras un lugar tranquilo y acogedor para darle de comer, y es que cuando a estos mamoncetes les entra el hambre no entienden precisamente de ambientes ni esperan un minuto para exigir a berridos su comida.

Ahora que empieza el buen tiempo no tengo problema en sentarme en un banco en la calle, o en un parque, y dar ahí el pecho, pero en invierno esto era inviable y no me quedaba más remedio que entrar en alguna cafetería para poder darle de comer. Hasta ahora no he tenido ningún problema al dar el pecho en un lugar público pero alguna amiga sí me ha comentado que a veces ha recibido alguna mirada reprochadora, como si lo que estuviese haciendo fuese un nefasto acto de exhibicionismo.

En Pittsburgh las madres lo tienen más fácil y es que allí cuentan con la ayuda de La Furgoneta de la Leche (The milk truck), un antiguo camión de helados transformado en una sala de lactancia ambulante. Si en algún momento necesitas amamantar a tu niño no tienes más que contactar con este servicio, via facebook o twitter, y La Furgo de la Leche se desplazará hacia el lugar donde lo necesites. En su interior, decorado en un color rosa chicle, podrás gozar de la intimidad necesaria para alimentar al bebé. Eso sí, no hay que contar con pasar desapercibida, porque la furgoneta está decorada en el techo con una teta gigante, que parece una bola de helado de fresa adornada con una guinda.

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Desde que soy mamá me muevo por la ciudad de una manera diferente: empujando un carrito con ruedas. Esto, que visto desde fuera —hace meses— me parecía trivial, me ha llevado a clasificar los lugares por los que paso en dos tipos de categorías: “accesibles” y “no accesibles”. El primer problema con el que me he encontrado es el transporte público (como sabéis, no conduzco, así que el metro y los autobuses son mi manera habitual de moverme). El metro era hasta ahora mi primera opción, pero el centro de Madrid es prácticamente inaccesible en este transporte. Buscando por internet he encontrado un plano (planometromadrid.org) en el que están señaladas las estaciones accesibles y, con una calavera, marcadas las “estaciones pesadilla”. Con tan solo un vistazo rápido (en la web podéis ver la imagen a tamaño completo) os podéis hacer una idea de lo complicado que es moverse con carrito (o silla de ruedas o transportando una maleta) por el centro de la ciudad.

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Max

Hace unos años conocí a un chico con el que, desde el primer momento, hice buenas migas. Los dos teníamos aficiones y hábitos similares: nos gustaba ir al cine, leer cómics, comer y cocinar, dar paseos sin rumbo fijo para descubrir tiendas curiosas. Nos gustaba viajar, los dos escribíamos con tinta de color verde y a ambos nos había llamado la atención el arte urbano: su interés comenzó al descubrir el yarn bombing, el mío lo desarrollé al escribir este blog. También éramos aficionados a la fotografía y ambos teníamos una galería de imágenes similar  —en flickr o en facebook— en la que capturábamos los dibujos hechos en paredes que representan rostros humanos. Tantas cosas teníamos en común y tan bien nos lo pasábamos, que terminamos haciéndonos novios y nos fuimos a vivir juntos.

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Este año los Reyes Magos se han adelantado unos días, y han delegado sus funciones a La Galería de Magdalena, que ha llenado la estación del metro de Lavapiés de regalos para ofrecerlos a los viajeros.

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Ya os he hablado en varias ocasiones de Las Magdalenas; estas chicas —Isa y Raquel— realizan proyectos en los que dan regalos a los ciudadanos, que los acogen siempre con cara de sorpresa: no es común que unos desconocidos nos ofrezcan algo de manera altruista. También organizan exposiciones personalizadas (como la que me regalaron mis amigos el año pasado) en las que las paredes de su particular galería no son otras que los muros de la ciudad. Por lo general, sus intervenciones son un vínculo entre los ciudadanos y sus propias localidades, e intentan implicar a los viandantes con su ciudad y con el resto de sus vecinos.

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