Ni me va, ni me viene

Un blog de km77.com

Intercambio de libros a la orilla del mar

Cuando todavía iba al colegio y podía disfrutar de mis casi tres meses de vacaciones, alguno de estos lo pasaba en Alicante, en la Playa de San Juan, en un apartamento que tenían mis abuelos y que ahora han heredado mis tías. Durante esos días nuestra rutina consistía en pasar la mañana en la playa y la tarde-noche en el cine de verano; solo en algunas ocasiones especiales cambiábamos la playa por unas calas de piedras que estaban al lado de un faro, en una zona mucho más alejada del núcleo urbano y que por aquel entonces se podía considerar hasta “salvaje”. Al faro se llegaba por un camino de tierra, flanqueado por unos pinos, que a mí se me hacía larguísimo, aunque a paso de un adulto no debería llevar más de unos veinticinco minutos. Mientras caminábamos íbamos escuchando el ruido de las cigarras y atravesábamos pequeñas laderas en las que abundaban las plantas de la pita, con sus flores de larguísimos tallos. Ya en las calas, mi hermano pequeño y yo disfrutábamos viendo los peces que nadaban cerca de las rocas, nos cuidábamos de no pincharnos con los erizos e imaginábamos que los cangrejos ermitaños que cogíamos eran poco menos que monstruos marinos salidos de una novela de Julio Verne.

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El toro de fuego de sam3

Ya os he hablado en el blog, años ha, de mi opinión sobre la tauromaquia. Por un lado, es algo que me fascina y comprendo, por esto, a sus defensores. Mi sentido común me dice, por el contrario, que un espectáculo en el que se maltrata a un animal no tiene cabida en esta sociedad, ni debería existir en ninguna otra, por mucha tradición que arrastre y por muchos beneficios económicos que deje a algunos cuantos.

Os conté también en ese momento la intervención que realizó el artista sam3, en la que utilizó como lienzo para su pintura uno de los Toros de Osborne, de los que todavía quedan en las carreteras. Hoy también os voy a hablar de sam3 y de su nueva intervención sobre otra de esas grandes y solemnes figuras que a mí me encanta descubrir cuando viajo en coche. Pero esta vez la obra es mucho más agresiva, ya que lo que ha utilizado es el fuego.

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El Taxi Tortuga

Hace unos años hice un viaje con unos amigos a Turquía, que resultó ser uno de los viajes más bonitos y divertidos que he realizado. Uno de estos amigos ­—en ese momento yo no lo sabía— tenía un poco de miedo a volar en avión; sufría en especial en el despegue y en el aterrizaje, así que durante los minutos en los que el avión dejaba Madrid, y, unas horas más tarde, mientras aterrizaba en Estambul, la expresión de susto su cara no dejaba dudas de lo que estaba pensando y además, agarraba con fuerza la mano de quien tuviese a su lado, como si el espachurrar a sus amigos le fuese a salvar de un posible accidente.

Cuando abandonamos el aeropuerto, todos los demás nos reímos un poco (bueno, un poco no; bastante) de él, que para eso están los amigos, y lo siguiente que hicimos fue buscar un taxi para que nos llevase al hotel. Todavía no sabíamos cómo conducían los taxistas en Estambul así que cuando aceleró por las calles congestionadas y empinadas de la ciudad, en lo que parecía una conducción propia de una película de persecuciones, además de mirarnos con cara de susto, todos nos cogimos entre sí de las manos, como si el espachurrarnos entre nosotros nos fuese a salvar de ese taxista temerario.

En situaciones como esta me hubiese gustado tener la opción de los Taxis Tortuga, un nuevo servicio de taxis en Japón, que aboga por una conducción no tan temeraria y más respetuosa con el medio ambiente. Los Taxis Tortuga tienen un botón, colocado enfrente del asiento del pasajero, por el que se hace saber al conductor que se desea una conducción más calmada.

Turtle-Taxi

 

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Bordados sobre muebles abandonados

Faltan pocos días para que acabe agosto y con él, este confortable sopor de estos meses de verano. Estas últimas semanas parecía que, en cierto modo, la ciudad se había detenido, o más bien, había decelerado su ritmo: el tráfico era poco fluido, hasta los vagones del metro espaciaban el tiempo entre un tren y el próximo. En los comercios, pequeños carteles escritos a mano anunciaban que estaban cerrados por vacaciones. Y muchos, parecían estar escritos sin demasiado empeño, como si el autor hubiese improvisado en cualquier hoja que tuviese a mano, en los breves minutos antes de echar el cierre estival. Los muros en las redes sociales poco se actualizaban, a no ser con alguna foto de una playa que parecía muy lejana, donde tampoco ocurría ninguna noticia importante.

Este tiempo detenido me ha venido a la mente al ver la intervención que Molly Evans ha realizado sobre muebles abandonados, unos objetos sobre los que los días pasan parsimoniosamente y cuyo destino solo cambiará el día en el que los recojan los servicios de limpieza.

arte-urbano-muebles-abandonadosFotografía: Molly Evans

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Este verano, cuando estaba en La Coruña, me encontré con un coche aparcado cuyo exterior estaba decorado de una manera muy particular. Sobre el capó se veía lo que a primera vista me pareció el dibujo de una costa (pensé que sería una zona del litoral gallego) y escrito sobre la chapa estaba indicado el límite que alcanzó la corrupción en diferentes años. Pensé que podía tener que ver —imaginando de nuevo la costa gallega— con el chapapote y los límites que alcanzó, pero los años no concuerdan con la catástrofe del Prestige y, de hecho, el dibujo que se veía, una vez observado con más calma, parecía que se había producido al azar  por los desconchones que el tiempo había ido dejando sobre el capó.

corrupcion-006

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¡Mucha, mucha, policía…!

El pasado mes de julio se aprobó el proyecto de Ley de Seguridad Ciudadana, más conocido como Ley Mordaza, a pesar de toda la polémica que ha levantado desde que se conoció su contenido. Las protestas más oídas han sido las que hacen referencia al derecho de reunión y manifestación de los ciudadanos, que vaticinan una merma en dichos derechos.

El colectivo Luz Interruptus ha querido expresar su indignación ante esta ley mediante una intervención pública en la que la luz —como es habitual en sus actuaciones— ha sido la principal protagonista. Para llevarla a cabo “disfrazaron” cerca del Congreso de los Diputados, en Madrid, 30 coches para que su apariencia fuese similar a la de los coches de policía. La manera no pudo ser más sencilla: sobre el techo de los vehículos colocaron unos envases de plástico, con unos leds de colores en su interior, cuya forma y colocación imitaba las luces de los verdaderos coches patrulla.

coches-policia-intervencion-publicaImagen: Luz Interruptus

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Hace unos meses que comenzó en Madrid el servicio municipal de alquiler de bicicletas eléctricas. La idea (digo yo) es que la ciudad no sea un territorio exclusivo de vehículos motorizados y que los ciudadanos puedan utilizar este transporte, menos contaminante y más sano (no viene mal dar unas cuantas pedaladas al día), para realizar trayectos cortos, como puede ser el ir de una estación de metro al trabajo.

Como ya habréis oído en las noticias, el arranque del servicio no ha sido fácil: el día de la inauguración el sistema informático que gestiona el servicio de alquiler se colapsó, impidiendo que los usuarios se pudieran dar de alta en él. Días después, el sistema fue hackeado, y en las pantallas de algunas estaciones se veía un vídeo pornográfico. Por otro lado, la Asociación de Marcas y Bicicletas de España (AMBE) ha presentado una denuncia ante la Comisión Nacional de la Competencia contra la adjudicación del servicio.

Hay quien piensa, además, que el servicio que ofrece el Ayuntamiento no es tan accesible, económicamente hablando, como en otras ciudades. DosJotas, un artista madrileño, lo comprueba con unos sencillos cálculos:

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Un lugar sin wi-fi

Como os dije la semana pasada —perdonadme los que estáis ahora trabajando— me encuentro de vacaciones. Durante dos semanas me estoy dedicando a la buena vida, al placer de no hacer nada. Algunos días he ejercido de turista y me he pateado ciudades que no conozco, pero otros los he reservado para descansar, leer, para dejar que mi mente vaguee e imagine lo que le apetezca en ese momento. Durante estos días me conectaré poco, o nada, a internet. En parte, porque me cuesta poquísimo desconectar de la red y disfrutar de otras maneras, y por otro lado porque en algunos lugares en los que me encuentro, no solo no tengo red sino que apenas tengo cobertura en el móvil.

Pero hay a quien le cuesta dejar de lado sus dispositivos, siquiera unos minutos, y pensando en estas personas la marca Kit Kat creó, en la ciudad de Amsterdam, unas áreas de descanso en las que existía un inhibidor de frecuencia que bloqueaba todas las señales de los móviles en un área de cinco metros.

Kit-Kat-No-Wi-Fi-Zone

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Gamberradas para los turistas

Esta semana soy una de ellos. Una turista más. Una pobre persona que pretende recorrer todos los lugares interesantes de una ciudad en un par de días, organizando su agenda para visitar, desde primera hora de la mañana hasta la hora del cierre, los monumentos más atractivos de la urbe. Alguien que en cuestión de minutos tiene que dilucidar la manera más eficiente para moverse de un lugar a otro y así poder aprovechar los horarios de apertura de la ciudad. Provoco, a los habitantes del lugar, sentimientos contradictorios que se encuentran entre la envidia y la lástima; envidia porque estoy disfrutando de unas vacaciones, pero a la vez pena por el esfuerzo —incomprendido por algunos— de emplear mi tiempo en conocer una ciudad nueva.

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Alguna vez os he comentado lo injusto que me parece que, en los parques infantiles, no dejen montarse a los adultos en las atracciones. A mí me encantaría subirme a los columpios alguna vez, o trepar por las construcciones, o tirarme por el tobogán para echarme unas risas después del trabajo. Pero, por alguna razón, a partir de una edad tenemos vetados estos lugares y solo podemos contemplar, a distancia, cómo los niños disfrutan de ellos. Lo que no estoy segura es si yo podría contenerme de subir a los maravillosos parques que la artista japonesa Toshiko Horiuchi MacAdam crea con la técnica del ganchillo.

Toshiko-Horiuchi-crotchet-niñosImagen:Freshlandmag

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