Ni me va, ni me viene

Un blog de km77.com

No suelo leer los carteles que ponen los mendigos en la calle, para ayudarse con ellos a pedir limosna. No soy partidaria de dar dinero de esta manera, así que suelo pasar de largo sin fijarme en los mensajes que escriben, en los que la mayoría narra brevemente su situación con el ánimo, supongo, de despertar la compasión de los transeúntes. Recuerdo, eso sí, uno que me llamó la atención: lo vi hace ya varios años, cuando comenzamos a darnos cuenta de lo devastadora que estaba siendo esta crisis y del alcance que estaba teniendo en unas clases sociales que hasta ese momento creíamos de por vida acomodadas. El mensaje no hacía alusión a la situación de la persona que lo escribió, no contaba acerca de los hijos que tenía o las razones por las que estaba en la calle. El mensaje era mucho más directo: sólo pedía ayuda económica o un puesto de trabajo. También me fijé en el hombre que estaba junto al cartel. Tenía el aspecto de cualquiera de nosotros (si es que así se puede describir a una persona); parecía que hubiese salido de la oficina unos minutos antes de colocarse tras su cartel. Vi a esta persona durante unos meses, siempre en el mismo lugar, hasta que dejó de acudir a él, y pensé en lo afortunado que sería si hubiese encontrado por fin el trabajo que demandaba.

Ayer leí sobre una iniciativa para ayudar a las personas que no tienen hogar, y que está relacionada con esos carteles que escriben, en concreto con la propia caligrafía de sus autores. La fundación Arrels en colaboración con la agencia de publicidad The Cyranos McCann, ha llevado a cabo el proyecto Homelessfonts, una iniciativa para crear unas tipografías comerciales a partir de la escritura de varias personas sin hogar. En la página web de Homelessfonts, tanto empresas como particulares, se pueden descargar estas tipografías para utilizarlas en diferentes ámbitos.

homelessfonts-tipografiaImagen: Homelessfonts

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Te comería a versos

Os contaba hace dos post lo aburrido que puede ser para un peatón esperar, en el paso de cebra, a que el semáforo se ponga en verde. Estos días en Madrid resulta en cambio de lo más entretenido, ya que en más de veinte lugares del centro de la ciudad se pueden leer unas frases, pintadas mediante plantillas sobre el asfalto.

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Un paseo por el Mercado de Motores

En el monopoly (versión de Madrid) una de las cuatro estaciones de tren, necesarias para hacerse con el juego, era la de Delicias. Nunca había estado yo en esa estación, ya que en el 69 dejó de prestar servicios y sinceramente nunca mostré interés en saber ni dónde se encontraba. Actualmente esta estación alberga el Museo del Ferrocarril y una vez al mes, además, el Mercado de Motores, un mercadillo de artesanos y de venta de objetos de segunda mano que se exhibe en los propios andenes de la estación, junto a las máquinas de tren, ya inservibles, de otros tiempos.

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No hay nada más aburrido para un peatón que esperar en la acera a que el semáforo se ponga en verde para cruzar la calle. Yo la mitad de las veces me comporto de manera totalmente incívica y cruzo cuando no debo, a pesar de que el firme hombre rojo del semáforo me advierte, con su postura, de que me debería de quedar tan quieta como él. Pero ¿y si el problema de que muchos peatones crucemos de manera incorrecta se deba precisamente a la inmovilidad de esa señal? ¿Serviría de algo que fuese más animada, quizá más divertida?

Ese es el planteamiento que ha llevado a la marca smart a realizar una acción en la que la figura del hombre del semáforo no permanece inmóvil sino que comienza a bailar. Además, para hacerlo más interactivo, el baile lo realizaban los mismos transeúntes: por medio de unas cámaras que captaban su movimiento, éste se reflejaba, en tiempo real, en el semáforo.

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La Dríade del Mercado de Tetuán

En la mitología griega, las ninfas eran las deidades de las aguas, bosques, selvas, que, por las representaciones que se han hecho de ellas, parece que dedicaban sus días a corretear desnudas por la Madre Naturaleza (no me parece mal plan). Las dríades eran los espíritus o ninfas de los árboles y éstas se vinculaban a un árbol concreto desde el día en el que nacían.

Uno de estos seres arbóreos ha aparecido en el Mercado de Tetuán, en Madrid; una mujer con manos y piernas en forma de ramas, que se extienden a lo largo de toda la fachada del edificio, cuya intención no sé si será la de proteger a los viandantes o bien la de asustar a aquellos con los que no haga buenas migas.

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Intercambio de libros a la orilla del mar

Cuando todavía iba al colegio y podía disfrutar de mis casi tres meses de vacaciones, alguno de estos lo pasaba en Alicante, en la Playa de San Juan, en un apartamento que tenían mis abuelos y que ahora han heredado mis tías. Durante esos días nuestra rutina consistía en pasar la mañana en la playa y la tarde-noche en el cine de verano; solo en algunas ocasiones especiales cambiábamos la playa por unas calas de piedras que estaban al lado de un faro, en una zona mucho más alejada del núcleo urbano y que por aquel entonces se podía considerar hasta “salvaje”. Al faro se llegaba por un camino de tierra, flanqueado por unos pinos, que a mí se me hacía larguísimo, aunque a paso de un adulto no debería llevar más de unos veinticinco minutos. Mientras caminábamos íbamos escuchando el ruido de las cigarras y atravesábamos pequeñas laderas en las que abundaban las plantas de la pita, con sus flores de larguísimos tallos. Ya en las calas, mi hermano pequeño y yo disfrutábamos viendo los peces que nadaban cerca de las rocas, nos cuidábamos de no pincharnos con los erizos e imaginábamos que los cangrejos ermitaños que cogíamos eran poco menos que monstruos marinos salidos de una novela de Julio Verne.

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El toro de fuego de sam3

Ya os he hablado en el blog, años ha, de mi opinión sobre la tauromaquia. Por un lado, es algo que me fascina y comprendo, por esto, a sus defensores. Mi sentido común me dice, por el contrario, que un espectáculo en el que se maltrata a un animal no tiene cabida en esta sociedad, ni debería existir en ninguna otra, por mucha tradición que arrastre y por muchos beneficios económicos que deje a algunos cuantos.

Os conté también en ese momento la intervención que realizó el artista sam3, en la que utilizó como lienzo para su pintura uno de los Toros de Osborne, de los que todavía quedan en las carreteras. Hoy también os voy a hablar de sam3 y de su nueva intervención sobre otra de esas grandes y solemnes figuras que a mí me encanta descubrir cuando viajo en coche. Pero esta vez la obra es mucho más agresiva, ya que lo que ha utilizado es el fuego.

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El Taxi Tortuga

Hace unos años hice un viaje con unos amigos a Turquía, que resultó ser uno de los viajes más bonitos y divertidos que he realizado. Uno de estos amigos ­—en ese momento yo no lo sabía— tenía un poco de miedo a volar en avión; sufría en especial en el despegue y en el aterrizaje, así que durante los minutos en los que el avión dejaba Madrid, y, unas horas más tarde, mientras aterrizaba en Estambul, la expresión de susto su cara no dejaba dudas de lo que estaba pensando y además, agarraba con fuerza la mano de quien tuviese a su lado, como si el espachurrar a sus amigos le fuese a salvar de un posible accidente.

Cuando abandonamos el aeropuerto, todos los demás nos reímos un poco (bueno, un poco no; bastante) de él, que para eso están los amigos, y lo siguiente que hicimos fue buscar un taxi para que nos llevase al hotel. Todavía no sabíamos cómo conducían los taxistas en Estambul así que cuando aceleró por las calles congestionadas y empinadas de la ciudad, en lo que parecía una conducción propia de una película de persecuciones, además de mirarnos con cara de susto, todos nos cogimos entre sí de las manos, como si el espachurrarnos entre nosotros nos fuese a salvar de ese taxista temerario.

En situaciones como esta me hubiese gustado tener la opción de los Taxis Tortuga, un nuevo servicio de taxis en Japón, que aboga por una conducción no tan temeraria y más respetuosa con el medio ambiente. Los Taxis Tortuga tienen un botón, colocado enfrente del asiento del pasajero, por el que se hace saber al conductor que se desea una conducción más calmada.

Turtle-Taxi

 

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Bordados sobre muebles abandonados

Faltan pocos días para que acabe agosto y con él, este confortable sopor de estos meses de verano. Estas últimas semanas parecía que, en cierto modo, la ciudad se había detenido, o más bien, había decelerado su ritmo: el tráfico era poco fluido, hasta los vagones del metro espaciaban el tiempo entre un tren y el próximo. En los comercios, pequeños carteles escritos a mano anunciaban que estaban cerrados por vacaciones. Y muchos, parecían estar escritos sin demasiado empeño, como si el autor hubiese improvisado en cualquier hoja que tuviese a mano, en los breves minutos antes de echar el cierre estival. Los muros en las redes sociales poco se actualizaban, a no ser con alguna foto de una playa que parecía muy lejana, donde tampoco ocurría ninguna noticia importante.

Este tiempo detenido me ha venido a la mente al ver la intervención que Molly Evans ha realizado sobre muebles abandonados, unos objetos sobre los que los días pasan parsimoniosamente y cuyo destino solo cambiará el día en el que los recojan los servicios de limpieza.

arte-urbano-muebles-abandonadosFotografía: Molly Evans

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Este verano, cuando estaba en La Coruña, me encontré con un coche aparcado cuyo exterior estaba decorado de una manera muy particular. Sobre el capó se veía lo que a primera vista me pareció el dibujo de una costa (pensé que sería una zona del litoral gallego) y escrito sobre la chapa estaba indicado el límite que alcanzó la corrupción en diferentes años. Pensé que podía tener que ver —imaginando de nuevo la costa gallega— con el chapapote y los límites que alcanzó, pero los años no concuerdan con la catástrofe del Prestige y, de hecho, el dibujo que se veía, una vez observado con más calma, parecía que se había producido al azar  por los desconchones que el tiempo había ido dejando sobre el capó.

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