Ni me va, ni me viene

Un blog de km77.com

Hace tiempo, los mercados eran lugares de referencia donde conocer y palpar el ambiente del barrio. En ellos se coincidía con los demás vecinos, se charlaba un poco con el carnicero, se le echaba en cara el frutero que el último melón no había salido tan bueno y se discutía, con las personas que estaban esperando turno en la pescadería, la mejor manera para cocer el pulpo.
Pero actualmente los mercados están en franca decadencia. Debido en parte a las facilidades de los grandes centros comerciales y por otro lado a los diferentes hábitos de consumo de los ciudadanos, muchos de ellos han cerrado sus puertas y otros parecen agonizar, mientras no termina de aparecer una verdadera solución para revitalizarlos.

El Mercado de la Cebada de Madrid es uno de estos lugares, en el que una mañana cualquiera se ven tantos puestos en uso como otros muchos que han echado el cierre. Sin embargo, durante tres días de este mes de mayo, este emblemático mercado ha recobrado la vida que debía de tener antaño, aunque en sus mostradores se hayan dispensado unos productos muy diferentes a los habituales. El proyecto Se Alquila Mercado, con el objetivo de dar un nuevo uso al espacio comercial, ha convertido el Mercado de la Cebada en un efímero centro cultural, en el que, junto a los puestos ordinarios de alimentación, más de 150 creadores han exhibido sus obras artísticas, las cuales reflexionaban sobre el concepto del mercado.

El sábado por la mañana me acerqué para conocer esta iniciativa y me encantó ver cómo, durante esa mañana, lo mismo podías echarte a la bolsa de la compra un lenguado que una obra de arte.

se alquila mercado
Instalación de Laparesse

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La primavera en Madrid es muy traicionera: lo mismo pasas un día un calor de muerte que al siguiente tienes que rescatar el abrigo más gordo del fondo del armario. Este sábado pasado hizo un día buenísimo pero parece que los árboles de Malasaña no se fiaron y prefirieron recibir la mañana abrigando sus troncos y ramas con lana de colores.

tejiendo malasaña

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Buen rollito en la carretera

Charlando hace poco con una amiga me comentaba el asombro que le producía la actitud de su novio al volante. —Es subirse a un coche— me decía —y se vuelve violento, insulta a los demás conductores, hasta le cambia su cara de angelito—. A pesar de que ni por asomo consigo ver la cara de un angelito en el barbudo rostro del novio de mi amiga (el amor nos vuelve ciegos), imagino lo que quiere decir cuando habla de esa transformación porque yo también me he encontrado con algún espécimen al volante que deja la historia del Dr. Yekyll y Mr. Hyde a la altura de las películas de Disney.

Como no conduzco, no puedo saber la razón de esta conducta que —por otro lado y perdón por generalizar— he contemplado en hombres más a menudo que en mujeres; a mí no me se me ocurriría gritar a nadie a la mínima de cambio, de la misma manera que, como peatón, no me dedico a insultar a otra persona si por equivocación se tropieza conmigo o si me obstaculiza el paso. Me parece más agradable, y más sano, tener una actitud amable y divertida. Y en ocasiones, estos gestos insignificantes de algún desconocido son los que, para bien o para mal, pueden influir en mi estado de ánimo, alegrándome o dejándome un mal cuerpo durante algún tiempo.

La iniciativa que desde hace cuatro años se puede ver en la nacional norte de Tenerife es de las que seguramente a más de un conductor le ha animado el día, aunque se trate de algo tan inocente como escribir una frase sobre un cartel colocado en la ladera de una montaña, visible desde la carretera. Este proyecto tiene como protagonista a un tal Anoniman, alguien que desde hace cinco años y de manera anónima, idea unos mensajes que va cambiando, aproximadamente, de cinco a ocho veces al mes.

anoniman-tenerife

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Hace tanto frío estos días que antes de salir por la puerta a la calle no puedo dejar de pensar en el teletransporte, esa técnica que tan bien dominaban en Star Trek, con la que, en cuestión de segundos, aparecían en otra galaxia. Si hoy me pudiese teletransportar no saldría de casa; me subiría en la máquina en cuestión y me trasladaría directamente a la oficina. Bien pensado, si hoy me pudiese teletransportar, desayunaría en una cala desierta en Ibiza, después de trabajar me iría a leer el periódico a una terraza de Estambul y no estoy segura de si cenaría en Nueva York o en Berlín, que este último no lo conozco.

Sería formidable poder desplazarse largas distancias y aparecer en el otro lado del mundo sin perder un solo segundo, idea que aprovechó la compañía Fastweb (una compañía de telecomunicaciones) para promocionar sus servicios de ADSL. La forma en que lo llevó a cabo fue camuflando, durante una jornada, una estación de metro de Milán como si se tratase de una estación de Tokio para que los viajeros tuviesen la sensación de haber cambiado de continente en apenas unos minutos.

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El dos de mayo, en apenas una semana, comienzan las fiestas en La Comunidad de Madrid. Durante esos días, como todos los años, se celebrarán festejos en los barrios, que serán más o menos entretenidos dependiendo de la organización y, en gran medida, del carácter del propio barrio. Yo ya sé de uno que no me voy a perder, aunque no se lleve a cabo en mi vecindario, sino en Malasaña, y es la iniciativa para forrar de lana de Plaza del Dos de Mayo.

La manera en la que llevarán a cabo este Tejiendo Malasaña será creando grandes mantas, confeccionadas a partir de diferentes labores cuadradas —tejidas a punto o a ganchillo—  y cosidas entre sí, con las que abrigarán los elementos verticales de la plaza (árboles y farolas). Además, este abrigo multicolor pretende implicar a los vecinos del barrio, ya que cualquiera puede tejer cuadrados de 20×20 centímetros y entregarlos antes del 6 de mayo en los diferentes comercios que forman parte de esta iniciativa.

La instalación se llevará a cabo la mañana del sábado 11 de mayo, una semana después de las fiestas; como explican en su facebook, lo retrasaron debido al megapuente del día dos, que seguramente implicaría una afluencia de personas menor.

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Por las mañanas, cuando vengo hacia la oficina, me cruzo en el camino con varios indigentes. Algunos están todavía dormidos y sus cuerpos se adivinan bajos los cartones y mantas donde han pasado la noche. Otros aprovechan las primeras horas de la mañana para comenzar su jornada que transcurrirá, para la mayoría, sobre unos cartones sobre los que permanecerán sentados o recostados. Uno de ellos, una mujer mayor que pide limosna al lado de la entrada de una sucursal bancaria, veo que pasa los días leyendo. Sin embargo, la mayoría —con la excepción de los músicos que tocan algún instrumento — no realizan otra actividad que no sea la de mirar, con desgana, a los transeúntes que pasan por delante de ellos.

Hace unos meses veía todas las mañanas a un hombre —al que en ocasiones encontré hablando con la mujer que pasa los días leyendo— que pedía limosna descalzo. Las primeras veces que me crucé con él me indignó que no llevase zapatos, ya que no me creí que fuese descalzo por necesidad sino por despertar un sentimiento de lástima entre los viandantes; ese hombre, que además vestía con una ropa informe, raída y demasiado holgada para resultar cómoda, me parecía que iba disfrazado de pobre. Empero, y pensando sobre él más detenidamente, no encontré una buena razón por la que esa persona no pudiese utilizar la vestimenta que le diese en gana si con ello pensase en obtener mejores beneficios.

La idea que tuvieron Marcos Urroz y Mario Lumbreras parte de una base parecida: si los ciudadanos pasan de largo delante de muchos de estos inmigrantes sin darles una moneda, quizá necesiten un estímulo que les incite, en una mayor medida, a soltar su dinero. La ropa no fue, en este caso, su objetivo, sino que pensaron en un elemento que cuenta con muchos, muchísimos adeptos: las fuentes de los deseos. Desde la Fontana de Trevi hasta el charco más inhóspito con el que nos podamos encontrar, parece que a ciertas personas les motiva de una manera asombrosa arrojar monedas al agua, pensando que de esa manera singular sus sueños se harán realidad. Así que confeccionaron una pequeña fuente (totalmente kitsch, tengo que decir que me encanta) y la colocaron junto a una mujer que pedía limosna.

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Las manos de la ciudad

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Me comentaba un amigo que no reside en Madrid lo mucho que le sorprende encontrarse con tantas manifestaciones cuando viene a la capital. — ¿Algún día no cortan las calles de tu ciudad? — me preguntaba. Y tiene toda la razón. Durante estos últimos meses no ha sido raro encontrarse, sobre todo en el centro, con protestas en contra de ya sabéis cuántos asuntos, algo a lo que estamos acostumbrados los que vivimos en Madrid, pero que puede chocar a quien venga de fuera.

Esto que comentó mi amigo sobre la ciudad y el efecto que en ella provoca la situación actual me dio que pensar acerca de si en las calles se advertiría, de alguna otra manera, la crisis que estamos viviendo. Para alguien que no supiese nada acerca de España, ¿sería notoria la realidad en la que vivimos si tan sólo pasease por las calles de la ciudad? En algunos barrios se pueden ver pintadas en contra de los gobernantes, pero no suelen estar en calles concurridas. Quizá podamos sospechar algo si al levantar la vista percibimos, en las fachadas de los edificios, la gran cantidad de inmuebles a la venta, tan numerosos como los negocios de compra-venta de oro que han surgido en muchísimos de nuestros barrios. No estoy segura de que en la ciudad se perciba realmente el estado de crispación sus ciudadanos.

Sin embargo, esto es algo que pueden solventar iniciativas como las que llevaron a cabo Mateu Targa, Octavi Serra, Targa, Daniel Llugany y Pau García en la ciudad de Barcelona, en la que las esculturas de unas manos que parecen salir de la propia ciudad, mendigan, buscan monedas en las cabinas telefónicas o apuntan, imitando a una pistola, a los propios ciudadanos.

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Hace unas semanas, coincidiendo con el día mundial de la poesía, un amigo mío —poeta él— expresó en su muro de facebook lo extraño de ese día, que parecía poner a la poesía al mismo nivel mediático que otras onomásticas tan sui géneris como el día de la madre. Proponía mi amigo que lo que deberíamos hacer, al contrario, era ignorar a la poesía en los calendarios festivos, para no traicionar el carácter intimista que conlleva la experiencia poética (estas últimas palabras se las he copiado a él).

Pocas veces leo poesía. Quizá por ello no me pronuncié a favor o en contra de que se dedicase un día al año a promover su difusión —puede que desconozca algún aspecto por el que esta disciplina merezca permanecer en un ambiente más recluido—, sin embargo nunca me han gustado los ámbitos exclusivos. No entiendo que exponer algo a un gran número de personas implique su devaluación y me gustaría, por el contrario, que más personas compartiesen mis gustos sobre música o libros, o cine (así durarían más tiempo en cartelera las películas que escojo ir a ver).

Durante esos mismos días leí, no recuerdo si de nuevo en facebook o en algún blog, una referencia al poeta Neorrabioso. Puede que el artículo me llamase la atención por tener en mente la poesía, pero lo que verdaderamente me asombró es que se refiriesen a Neorrabioso como poeta. Os cuento. Hasta ese día, lo único que yo conocía sobre esa persona de nombre tan enojado, era su faceta de grafitero. Había visto por internet sus pintadas, hechas con una caligrafía horrorosa, algo que me llamó más la atención que sus mensajes, muchos de ellos de carácter social y reivindicativo.

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El nuevo pavimento de Madrid

¡Sí que me la hecho buena 3ttman con su nuevo proyecto! No contento con pintar o crear murales de cemento sobre las fachadas, ahora se ha fijado en los suelos de Madrid, en concreto en los pequeños socavones que se crean cuando algunas baldosas se desprenden. Sobre estos, cubriéndolos, ha extendido unas capas de cemento —en las que ha grabado sus motivos caraterísticos— poniendo con ello remedio a las sibilinas trampas que se encuentran diseminadas por nuestras calles. Así que ahora, mientras camino por Madrid, no solo voy mirando a las fachadas, o a los cierres de las tiendas, o a las señales de tráfico o a las farolas, por si encuentro obras de arte urbano, sino que además voy atisbando los suelos, para ver si localizo una de sus piezas. ¡Voy a acabar pareciendo un búho de tanto girar a todos lados la cabeza!

Todavía no he tenido éxito en mis pesquisas y no me he encontrado con ninguna de sus obras, así que pondré las fotos que ha realizado su autor para ilustrar esta sutil y, a mi gusto, preciosa intervención.

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No atropelléis a los niños

No termino de comprender por qué en las informaciones sobre una noticia trágica se destaca, en el caso de que hubiese víctimas, cuántas de estas son niños. ¿No sería más lógico, por mucha ternura que estos nos inspiren, que si se hablase de la edad de los afectados se informara también del número de jóvenes, de adultos, de ancianos que han resultado dañados? Me parece que esto sería una información más completa que resaltar sólo esa franja de edad, algo que creo tiene más que ver con el sensacionalismo que produce escuchar sobre las desgracias que les han sucedido a unos niños (a los que invariablemente consideramos como las víctimas más inocentes de una desgracia).

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