Ni me va, ni me viene

Un blog de km77.com

Este lunes 27 de julio se anunció, por sorpresa, el cierre del Café Comercial de Madrid. Sus propietarios lo hicieron mediante un escueto mensaje en la cuenta de facebook que dejó anonadados a quienes lo leímos. ¿Cómo era posible que un café tan mítico, tan bonito, tan antiguo, pudiese cerrar así, de sopetón? ¿Qué había ocurrido para que no existiese una solución al cierre de un lugar tan emblemático como ese?

Lo primero que pensé, indignada, fue que el negocio tendría un alquiler de renta antigua y que no había podido adaptarse a la subida. Me imaginé el aspecto que tendría en la Glorieta de Bilbao, en la esquina que ocupa el Café Comercial, la terraza de una franquicia cualquiera, que se instalaría allí en los próximos meses, aprovechando la situación. Visualicé a los turistas sorbiendo cafés con pajitas en vasos de plástico, ajenos al precioso local que había existido en ese mismo lugar. Leí después que el alquiler no había tenido que ver con la decisión del cierre, que el negocio no iba mal (según palabras de uno de sus empleados) y que parecía que los propietarios habían decidido cerrar por motivos personales.

El mismo lunes, ratificando el mensaje de facebook que por virtual algunos podrían pensar que no era del todo real, un letrero pegado en la cristalera del Café anunciaba a los que se acercaron que estaba cerrado. Era un durísimo golpe para los amantes de Madrid, que veían cómo se cerraba de un portazo un local en el que Machado o Jardiel Poncela, entre otros, habían participado en sus tertulias y que descubrían que no podían ni siquiera echar un último vistazo a ese salón, elegante y decadente, ya que sus cristales estaban totalmente empapeladas con pliegos de papel marrón. Me imagino la pena de los asiduos y de los vecinos, que se encontraron, sin ninguna explicación, con el cierre echado. Y supongo que fueron sentimientos de aflicción y de impotencia los que llevaron a uno de ellos a pegar en esas cristaleras una cuartilla escrita a mano en la que se despedía de ese café de toda la vida. Tres días más tarde, el escaparate está repleto de carteles y de post-it con forma de corazón en el que se leen agradecimientos, mensajes de despedida, mensajes de súplica y algunos reproches al cierre del Café. Estas son las imágenes, son muchas, pero es que muchos han sido los mensajes.

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No sé quién decía que para viajar lejos nada mejor que abrir un buen libro. Durante un tiempo estuve de acuerdo esa frase, y me creí una viajera experta, con cientos de anécdotas y con recuerdos de países —¡incluso de otras épocas!— en los que nunca había estado. Mas cuanto más viajaba, me iba dando cuenta que los relatos que había leído o las películas costumbristas, que siembre escuchaba en versión original, me proporcionaban una información muy valiosa sobre las diferentes culturas y países del mundo, pero ni por asomo suplían la experiencia de un viaje. Los viajes, fui aprendiendo, no sólo consistían en acumular visiones de monumentos conocidos, que a la larga puede que sea lo que menos importe de un viaje. Lo interesante de visitar otros lugares, o lo que a mí más me enriquece, es descubrir la manera de vida de las personas que los habitan. Me gusta saber cómo pueden ser sus días de diario, la manera de llegar al trabajo, cómo pasan los fines de semana, qué les gusta comer, qué aspectos de la vida valoran. No puedo evitar compararlo con lo que yo conozco y pienso en la suerte que tienen o en lo desgraciados que son, según me guste o no el descubrimiento. Huyo de los viajes organizados, esos en los que subes en un autobús y en cinco días conoces medio continente. Son tan cómodos que no me aportan nada. Prefiero perderme en una ciudad, pelearme con el plano del metro, quedarme sin comer porque no he tenido en cuenta el horario, descubrir rincones por casualidad y pasar en ellos el tiempo que me apetezca.

Mi pareja y yo fantaseamos en dar la vuelta al mundo cuando tengamos tiempo y dinero. Mientras, no dejamos de leer libros y de apuntar lugares que nos gustaría visitar. Y algo nos ayuda la extensión, para Chrome, Earth View from Google Maps. Una vez instalada, cada vez que abrimos una nueva pestaña del navegador nos muestra una fotografía, en una vista de satélite, de un lugar del mundo.

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En Madrid ha sucedido algo bonito.

Decía Manuela Carmena, en la comparecencia tras el recuento de los votos, que su campaña había sido (cito de memoria) “la de la imaginación y la alegría”, refiriéndose al movimiento que ha llevado a un grupo de diseñadores, fotógrafos, artistas y demás voluntarios a realizar, de manera desinteresada, imágenes, gifs animados o carteles en apoyo a su candidatura.

El “Movimiento de Liberación Gráfica de Madrid” y “Madrid con Manuela“, las plataformas que han organizado este proyecto, han estado muy activas en las redes sociales donde estas semanas atrás hemos podido ver decenas de imágenes en las que Manuela Carmena era la protagonista.

Pero no ha quedado todo en el mundo virtual ya que también en la calle se han visto diferentes iniciativas. Una de estas ha sido la que convocó La Galería de Magdalena, que el viernes pasado, unas pocas horas antes de que comenzase la jornada de reflexión, utilizó su ya conocido muro de la calle del Príncipe para regalar a todo el que pasase tarjetas y chapas con los diseños en apoyo a Manuela.

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La teta móvil

Otro de los factores que ahora tengo que tener en cuenta al salir de casa con Martina es el tiempo que voy a estar en la calle. La ventaja de amamantar un bebé es que llevas siempre a mano (o a teta) su alimento; el inconveniente es que no siempre encuentras un lugar tranquilo y acogedor para darle de comer, y es que cuando a estos mamoncetes les entra el hambre no entienden precisamente de ambientes ni esperan un minuto para exigir a berridos su comida.

Ahora que empieza el buen tiempo no tengo problema en sentarme en un banco en la calle, o en un parque, y dar ahí el pecho, pero en invierno esto era inviable y no me quedaba más remedio que entrar en alguna cafetería para poder darle de comer. Hasta ahora no he tenido ningún problema al dar el pecho en un lugar público pero alguna amiga sí me ha comentado que a veces ha recibido alguna mirada reprochadora, como si lo que estuviese haciendo fuese un nefasto acto de exhibicionismo.

En Pittsburgh las madres lo tienen más fácil y es que allí cuentan con la ayuda de La Furgoneta de la Leche (The milk truck), un antiguo camión de helados transformado en una sala de lactancia ambulante. Si en algún momento necesitas amamantar a tu niño no tienes más que contactar con este servicio, via facebook o twitter, y La Furgo de la Leche se desplazará hacia el lugar donde lo necesites. En su interior, decorado en un color rosa chicle, podrás gozar de la intimidad necesaria para alimentar al bebé. Eso sí, no hay que contar con pasar desapercibida, porque la furgoneta está decorada en el techo con una teta gigante, que parece una bola de helado de fresa adornada con una guinda.

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Desde que soy mamá me muevo por la ciudad de una manera diferente: empujando un carrito con ruedas. Esto, que visto desde fuera —hace meses— me parecía trivial, me ha llevado a clasificar los lugares por los que paso en dos tipos de categorías: “accesibles” y “no accesibles”. El primer problema con el que me he encontrado es el transporte público (como sabéis, no conduzco, así que el metro y los autobuses son mi manera habitual de moverme). El metro era hasta ahora mi primera opción, pero el centro de Madrid es prácticamente inaccesible en este transporte. Buscando por internet he encontrado un plano (planometromadrid.org) en el que están señaladas las estaciones accesibles y, con una calavera, marcadas las “estaciones pesadilla”. Con tan solo un vistazo rápido (en la web podéis ver la imagen a tamaño completo) os podéis hacer una idea de lo complicado que es moverse con carrito (o silla de ruedas o transportando una maleta) por el centro de la ciudad.

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Max

Hace unos años conocí a un chico con el que, desde el primer momento, hice buenas migas. Los dos teníamos aficiones y hábitos similares: nos gustaba ir al cine, leer cómics, comer y cocinar, dar paseos sin rumbo fijo para descubrir tiendas curiosas. Nos gustaba viajar, los dos escribíamos con tinta de color verde y a ambos nos había llamado la atención el arte urbano: su interés comenzó al descubrir el yarn bombing, el mío lo desarrollé al escribir este blog. También éramos aficionados a la fotografía y ambos teníamos una galería de imágenes similar  —en flickr o en facebook— en la que capturábamos los dibujos hechos en paredes que representan rostros humanos. Tantas cosas teníamos en común y tan bien nos lo pasábamos, que terminamos haciéndonos novios y nos fuimos a vivir juntos.

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Este año los Reyes Magos se han adelantado unos días, y han delegado sus funciones a La Galería de Magdalena, que ha llenado la estación del metro de Lavapiés de regalos para ofrecerlos a los viajeros.

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Ya os he hablado en varias ocasiones de Las Magdalenas; estas chicas —Isa y Raquel— realizan proyectos en los que dan regalos a los ciudadanos, que los acogen siempre con cara de sorpresa: no es común que unos desconocidos nos ofrezcan algo de manera altruista. También organizan exposiciones personalizadas (como la que me regalaron mis amigos el año pasado) en las que las paredes de su particular galería no son otras que los muros de la ciudad. Por lo general, sus intervenciones son un vínculo entre los ciudadanos y sus propias localidades, e intentan implicar a los viandantes con su ciudad y con el resto de sus vecinos.

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¿Qué autobús para aquí?

Cuando era adolescente, miope y coqueta (menuda mezcla) tendía a quitarme las gafas siempre que no me resultasen imprescindibles. Cuando recorría los pasillos de la universidad o cuando caminaba por la calle las llevaba en un bolsillo. De esa manera me sentía mucho más sexy pero como no veía tres en un burro, si me cruzaba con alguien conocido al no distinguirle no le saludaba, por lo que ahora pienso que a más de uno le debí parecer una petarda. Y más de un problema tuve para moverme por la ciudad y coger el autobús indicado, porque por mucho que achinase los ojos para enfocar correctamente, a veces era incapaz de distinguir el número de la línea que tienen en la parte superior y no me quedaba otra que preguntar a quien estuviese a mi lado.

En Brasil la miopía no es el problema para atinar con el autobús adecuado porque el inconveniente que tienen muchas ciudades es que las paradas no tienen un cartel donde se indique qué autobús es el que se detiene en ese lugar. Supongo que este método fomentará la comunicación entre los viandantes o bien el ejercicio físico, porque me imagino las carreras que se pueden dar —vecinos o turistas— tras los autobuses, hasta dar con la parada adecuada. Hartos los ciudadanos de esta situación se les ocurrió la sencilla idea de colocar, en los postes de las paradas, unas pegatinas para que los propios vecinos de cada zona anotasen en ellas el autobús que sabían que se detenía en ese lugar.

 

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Yarn bombing en Lavapiés

Ha llegado el frío a Madrid y con él, el ya tradicional yarn bombing que Teje la Araña lleva a cabo en los bolardos de la calle de Lavapiés.

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Moscú. Octubre de 2014

— Oye Vladimir, que nos han encargado hacer un anuncio que llame la atención de todos los conductores

— Vale Nikolay. Pues ponemos un cartel muy grande pegado a un camión

— Eso, eso, que sea muy grande

— Y ¿qué ponemos para que se fijen en él?

— Pfff… yo qué se… un par de tetas

— ¿Estás de coña Nikolay?

Pues no, iba muy en serio. Para demostrar la eficacia de un nuevo soporte publicitario la empresa AdvTruck.ru ideó la estrambótica idea de mostrar, en unos enormes carteles adosados en los laterales de varios camiones, la imagen de los pechos de una mujer, ocultos tras una leyenda en la que leía “Atraen”.

 

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El resultado de la acción fue el de provocar, en un sólo día, más de 500 accidentes de tráfico en Moscú producidos por la distracción de los conductores ante semejante imagen, la intervención de la policía para que los camiones dejasen de circular y la promesa del anunciante de correr con los gastos de los accidentados.

El hecho es tan rocambolesco que haría gracia si no fuese por los pobres conductores que se pegaron la piña por perder la concentración. Pero al margen del humor negro que puede despertar esta noticia a mí lo que verdaderamente me sorprende es pensar en cómo se ha llegado a idear una acción así. En este momento se me ocurre que solo una mente como la de Homer Simpson puede pensar que semejante anuncio puede tener éxito, aunque quizá sea yo la que me equivoque y lo que realmente se haya buscado con esta iniciativa es que se hable de la empresa, por el dicho de que “mejor que hablen de uno, aunque sea mal”.

Personalmente aborrezco esta manera de actuar, pero parece que es algo común en política o a nivel empresarial. Eso, o más de uno tiene un cociente intelectual como el del bendito Homer.

 

Lo vi en La criatura creativa


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