A una de mis compañeras de la redacción le encantan los días de lluvia. A los demás, en general, no nos gustan demasiado, así que, cuando en un día lluvioso (como hoy en Madrid) llegamos por la mañana a la oficina, los Buenos Días que le dirigimos a ella tienen un tinte irónico, como si ella fuese responsable de los fenómenos meteorológicos. Menos mal que es muy simpática y en lugar de mandarnos a todos a la porra, nos mira con ojillos sonrientes y nos intenta convencer de lo bonitos que son esos días.
Precisamente esos bonitos días han sido necesarios para que se muestre la campaña de publicidad de los neumáticos Continental, ya que sus anuncios, pintados sobre el asfalto, sólo son visibles cuando llueve. La idea es de la agencia Misterwilson que ha denominado raincampaign a este formato publicitario. Cuando termina de llover y el suelo se seca, el anuncio desaparece de nuevo. Y así puede continuar, apareciendo y desapareciendo en función de si llueve o no, durante aproximadamente ocho semanas.
Este anuncio es idóneo para raincampaign ya que su eslogan “Pare más rápidamente con los neumáticos de invierno Continental” también está relacionado con el clima. La campaña se llevó a cabo en Holanda y el mensaje apareció en quinientas localizaciones situadas en plazas muy transitadas o en lugares cercanos a aparcamientos.
Si yo viese una campaña como esta, seguro que también me gustaría que lloviese.
Las fotografías son de la página web de raincampaign y yo lo vi aqui.
Estamos en los años veinte, en el sur de los Estados Unidos. Un hombre negro se dispone a subir al autobús que acaba de detenerse en la parada. Antes de poner el pie en el primer escalón, el conductor le mira y le hace un gesto con la mano para que se detenga.
— ¡Alto! — le grita. Y señalando con la mano la puerta de atrás del autobús, le dice — Los blancos, por la puerta de alante; los negros, por la puerta de atrás.
El hombre negro, harto de esta situación, eleva los ojos al cielo y clama a gritos a Dios.
— Señor, ¿por qué nos hiciste diferentes? ¿Por qué unos blancos y otros negros? ¿Por qué no nos haces a todos del mismo color? Señor, haz que todos los hombres seamos de color verde.
Durante unos minutos no sucede nada extraordinario y el silencio, tras el ruego que ha implorado el hombre negro, parece mayor. Mas de forma súbita, el cielo se ilumina y un haz de luz celestial cae sobre la tierra. El milagro se ha realizado.
El hombre, ya de color verde, se dispone, de forma dichosa, a subir de nuevo al autobús, pero el conductor repite el gesto de detenerle con la mano.
— ¡Alto! — le grita, y señalando de nuevo la parte trasera del autobús, le dice — Los verde clarito, por la puerta de alante; los verde oscuro, por la puerta de atrás.
Siempre me ha gustado este chiste triste, porque creo que de forma muy sencilla ilustra lo proclives que somos los hombres a establecer diferencias entre nosotros y lo fácil que resulta encontrarlas cuando se buscan.
De una manera también sencilla, el artista Helmut Smits ideó una obra de arte conceptual, que pone de manifiesto la estupidez del racismo. En el año 2006, en un aparcamiento de Bélgica, reservó un espacio en el que sólo podían aparcar coches de color blanco. Un cartel advertía que esas plazas, las mejores del aparcamiento, estaban reservadas para los coches de ese color.
El nombre de la instalación es Parking For White Cars Only (Aparcamiento sólo para coches blancos) y lo que a mí me fascina de esta obra es cómo ha sabido concretar una idea tan abstracta con coches, a los que difícilmente asociaríamos con el racismo.
Las fotografías son de la página de Helmut Smits, del que ya os he hablado en el blog. Lo vi, hace tiempo, aquí.
Algunos artistas sueñan con ver su obra expuesta en una galería de arte o en un museo. Además del prestigio que les pueda reportar, se asegurarían de que un mayor número de personas la admire. Otros artistas, los artistas urbanos, huyen de las exigencias de los galeristas y utilizan los soportes que les proporciona la ciudad para crear sus piezas. Aunque saben que su arte es efímero también anhelan que sea contemplado por el mayor número de transeúntes. Lo que no creo es que ningún artista, a priori, haya pensado en exponer sus piezas sobre el techo de un vehículo mientras éste circula, como si nada, por las calles de una ciudad.
Quizá a partir de ahora los artistas tengan que tener en cuenta esta posibilidad porque este mes de enero, sobre los techos de unos quinientos taxis de Nueva York, en lugar de anuncios publicitarios se ha podido ver la obra de tres artistas afincados en dicha ciudad: Shirin Neshat, Alex Katz y Yoko Ono.
Aproximadamente la mitad de las marquesinas que están colocadas sobre los taxis neoyorkinos son propiedad de la empresa Show Media. John Amato, uno de sus propietarios y amante del arte, decidió durante el mes de enero (un mes no muy bueno para las ventas de publicidad de sus soportes) ceder esos espacios publicitarios para difundir la obra de los artistas seleccionados. La elección de éstos corrió a cargo de Art Production Fund, una organización sin ánimo de lucro que promueve el arte en la ciudad de Nueva York.
La idea me parece buena, pero se me ocurre una manera diferente de llevarla a cabo. Creo que al durar sólo un mes la iniciativa pasará un poco desapercibida. Si se desarrollase durante, por ejemplo, todo un año y participasen en ella un número más elevado de artistas, los ciudadanos tendrían más tiempo para implicarse en ella. A diario, podrían buscar con su mirada, entre la publicidad que ven sobre los techos de los taxis amarillos, estas pequeñas obras de arte. La empresa propietaria de las marquesinas tendría que ceder más espacios publicitarios pero la iniciativa podría contribuir a que los ciudadanos se fijasen más en éstos.
Bob Dylan cuenta en la canción Like a Rolling Stone la historia de una mujer rica y arrogante que, debido a esos cambios que a veces da la vida, termina viviendo en la calle con los vagabundos a los que antes despreciaba.
— ¿Qué se siente al no tener un hogar? — Dice uno de los versos — ¿Qué se siente al ser como una piedra llevada por la corriente?
Like a Rolling Stone es también el título del tema de Cornelius, un músico japonés para el que Koichiro Tsujikawa ha realizado este hipnótico corto. Sus personajes (piedras, personas, coches, casas o animales) situados en lo que parece la plaza de una extraña ciudad, giran en torno a sí mismos o se mueven en bucles sin fin. A diferencia de la canción de Dylan, en este escenario no parece que haya sucedido ningún acontecimiento fuera de lo habitual, cada elemento ocupa su lugar en esta representación de una sociedad pero, de igual manera, todos se mueven mecánicamente.
No sé si Tsujikawa se habrá inspirado en la obra de El Bosco, pero a al mirar el vídeo me ha venido a la mente una obra del pintor holandés: El jardín de las delicias. En el panel central El Bosco se imaginó un Paraíso en un espacio opresivo, en el que las personas circulan alrededor de un estanque o se distribuyen por grupos, algunos junto a animales desproporcionados, ignorando al grupo de al lado. Tsujikawa (aunque de forma menos dramática) refleja el dinamismo de una sociedad en la que sus integrantes, absortos en sí mismos, actúan, aparentemente se relacionan entre sí, pero en realidad se mueven mecidos por fuerzas a las que son ajenos, como piedras llevadas por una corriente.
Existe un juego, al que yo jugaba de pequeña en los campamentos, en el que una persona tiene que descubrir la identidad de otra persona del grupo con preguntas tipo “Si fuese una película ¿qué película sería?”, “Si fuese una ciudad ¿qué ciudad sería?”, “Si fuese un animal ¿qué animal sería?”. Curiosamente el resto del grupo solíamos coincidir en relacionar a esa persona con un animal. Si nuestro amigo era alguien serio, distante, se nos ocurría que se parecía a un halcón. Los rasgos de lealtad los asociábamos a los perros. Alguien juguetón era un mono y si además era entrañable era una foca. En ciertos animales: buitres, cuervos, hienas, veíamos cualidades negativas y no se nos ocurría asociar a nadie con ellos.
Se dice que los animales de compañía acaban pareciéndose a sus dueños. No sé si hay algún fundamento en esta creencia; quizá al vivir juntos un animal y una persona adopten rasgos de comportamientos similares y esta afirmación sea cierta. O quizá intentemos ver en los animales, para acercarnos de alguna manera a ellos, una semejanza con nosotros que realmente no exista.
Los humanos tenemos una relación discorde con los animales. Nos gusta mirarlos en los parques zoológicos, ver documentales sobre sus hábitos de vida y películas de dibujos animados donde los protagonistas son animales con las preocupaciones propias de seres humanos, los adoptamos como mascotas, los cuidamos y apreciamos el cariño que ellos nos profesan. Por otro lado los tratamos como un producto más que manufacturamos en granjas, utilizamos su carne y su piel para nuestro beneficio, y permitimos su exhibición y tortura para la diversión de unos cuantos.
Esta relación entre el hombre y los animales es el eje de la obra de Roa, un artista que vive en la ciudad de Ghent, Bélgica, y cuyas obras se pueden ver, además de en esa ciudad, en Londres, Varsovia, Berlín o Bruselas. Sobre los muros de las ciudades, a veces dentro de edificios abandonados, Roa plasma sus enormes animales. La mayoría de ellos están estrechamente relacionados con el hombre o sus ciudades: cerdos, vacas, conejos, ratas, pájaros; pero en alguna ocasión se ha fijado también en los animales salvajes.
Los animales de Roa (realizados a veces con los permisos correspondientes y en ocasiones de forma ilegal) aparecen en ocasiones superpuestos o junto al dibujo de su esqueleto u órganos internos. En un muro de Londres aprovechó los resaltes de la pared para combinar estas dos formas de interpretar al animal. Dependiendo del punto de vista del espectador, éste podía ver el dibujo de un conejo o su silueta (en la que unos trazos de color rojo parecen aludir a los órganos internos del animal).
Otra manera de ver los animales de Roa es en el vídeo Urban Jungle que realizó KrieBel sobre su obra. En él, el autor se mueve por un edificio abandonado y mediante varios planos secuencia, realizados con la cámara en mano y con movimientos rápidos, que dan sensación de ansiedad, nos muestra los animales que ahora pueblan el lugar; algunos colgados como si se encontrasen en un matadero, otros apaciblemente durmiendo, otros dibujados junto a su esqueleto.
Me ha resultado difícil escoger las fotografías para esta entrada, me encantan estos animales que aun siendo enormes parecen desamparados.
El título lo he copiado del artículo de John Berger, que aparece en el libro “Mirar”. Ed. Gusavo Gili, SL, Barcelona, 2001, y del que también he sacado alguna idea. Lo he visto aquí y las fotografías las he sacado de la página web de Roa. Merece la pena echar un vistazo a todas.
Confesad: ¿cuánto habéis gastado estas Navidades? Entre los langostinos para la cena de Noche Buena, las comidas con los amigos para celebrar las fiestas, los absurdos juegos tipo “amigo invisible” que se hacen en algunas empresas, los regalos a los parientes y ahora las tentadoras rebajas, seguro que en estas fechas la cuenta de vuestros gastos ha subido considerablemente.
Mas, incluso fuera de este periodo navideño, habitualmente gastamos mucho dinero en artículos que realmente no necesitamos. Yo soy la primera que tengo que frenarme para no comprar otro par de botas, similar a los tres que ya tengo, y tengo que contenerme en las tiendas de diseño industrial porque me llevaría la mitad de los productos. Hablando hace tiempo con una pareja que se trasladó de Madrid para vivir en un pequeño pueblo me comentaron lo poco que gastaban en comparación con el despilfarro que les suponía vivir en la ciudad.
— Aquí se vive con menos. — Me dijeron — En el pueblo necesitamos muchas menos cosas.
Esa frase me dio que pensar. ¿Se necesitan menos cosas en un pueblo o en la ciudad creemos que necesitamos más y gastamos de forma innecesaria? Supongo que algo tendrá que ver la cantidad de anuncios que abarrotan las ciudades y que de forma continua incitan a comprar productos. En la ciudad es difícil mirar y no encontrar un anuncio en las fachadas de los edificios o en alguna marquesina, o en las papeleras, o en las cabinas telefónicas, o en los autobuses que circulan, o en las bolsas de los transeúntes. Mires donde mires hay una cantidad ingente de reclamos visuales cuyo mensaje es el mismo: Compra. Compra. Compra. Compra.
En contra de este mensaje, Javier Abarca ideó una intervención en la que, de forma casi subliminal, incitaba a lo contrario. En cientos de papeles muy pequeños, que colocó por la ciudad de Madrid, imprimió su misiva: No compres. No compres. No compres.
Me gusta como ha planteado Abarca este proyecto. Es una intervención que pasa completamente desapercibida; pero si nos encontrásemos uno de esos papeles por la ciudad quizá nos hiciese pensar en cómo influye nuestro entorno, la ciudad, en nuestros hábitos consumistas.
Las fotografías son de la página de Javier Abarca del que ya os he hablado en el blog. Yo he seleccionado éstas, pero os daréis cuenta de la proporción de la intervención al ver la cantidad de fotografías que hay. Lo vi aquí.
¿Se acerca el fin de la prensa escrita? Sobre este tema he leído y oído diferentes opiniones; hay quien opina que no sobrevivirá a la era digital y prevé su completa desaparición. Otros en cambio creen que coexistirán la prensa escrita y la digital pero piensan que el futuro del periodismo deparará grandes cambios.
Mientras, lo que vemos es cómo están echando el cierre muchas revistas, o al menos su edición impresa, con la pérdida de puestos de trabajo que esto conlleva. Los artistas Posterchild y Jason Eppink dan una vuelta de tuerca a esta situación triste y preocupante y apuestan por el humor al transformar cajas de venta de periódicos vacías de Nueva York en unas peculiares pistas de baile.
Y como lamentarse no sirve de nada, ante una situación agobiante no me parece una mala idea montar una fiesta. Nada mejorará pero por lo menos te echas unas risas.
La intervención de arte urbano Print After Party la realizaron este verano en Nueva York. Las fotografías son de la página de Posterchild. Yo lo vi aquí.
De nuevo, y como todos los años, me he perdido los tradicionales saltos de sky. Sinceramente es algo que no me llama mucho la atención pero, al igual que el discurso del rey, o las campanadas de nochevieja retransmitidas desde la Puerta del Sol, me cuesta imaginarme una navidad sin estas tradiciones televisivas.
En lugar de los saltos de sky hoy voy a compartir con vosotros otros saltos, los que han realizado varios skaters por las calles de San Francisco. El vídeo está realizado por Freebord, una marca de skates, para promocionar sus productos, y en él, los participantes, mientras descienden por las calles empinadas de la ciudad, simulan el juego del Tetris con unas piezas luminosas que llevan en la cabeza.
Creo que el vídeo podría haber dado para más. A mí me sabe a poco; pero me gusta que en publicidad se vea algo que, sin la intención comercial, podría ser una especie de performance en un espacio público.
Hay que ver lo bien que sienta a veces un piropo. Que un amigo te diga lo guapo que estás o lo bien que te sienta el corte de pelo o lo que le gustan tus zapatos te puede animar el día, o por lo menos provocar una sonrisa. Y en el fondo, lo que menos importa es si estás guapo o no; lo importante es que otra persona se ha fijado en ti y te ha dicho algo bonito.
You are beautiful es un colectivo de Chicago que piropea a todo el que pase por la calle, pero de una manera peculiar: ellos lo escriben en las paredes de la ciudad con unas letras enormes que parece que nos gritan lo guapos que somos.
Las instalaciones están realizadas en varias ciudades (Chicago, Nueva York, Los Ángeles). Algunas las han realizado pidiendo los permisos necesarios, otras son ilegales.
En la página web hay fotografías tanto de las instalaciones como del proceso de fabricación de las letras, diferentes para cada mural. En 2007 colaboraron con un colegio de Chicago para decorar una de las paredes exteriores. En este caso realizaron las letras con plantillas en las que plasmaron las caras de los estudiantes e hicieron otra versión en castellano de la frase. En la traducción optaron, no sé por qué, por piropear a las damas, así que, lo siento chicos, esta vez las guapas somos nosotras.
Además realizar estos murales tan grandes, You are beautiful lleva a cabo un proyecto en el que invitan a todo el que quiera a decorar las ciudades con su mensaje y a mandarles una fotografía del lugar donde lo han realizado. La forma de hacerlo puede ser con unas pegatinas que ellos remiten de forma gratuita (sólo hay que mandarles el sobre y los sellos) o con cualquier material que se nos ocurra.
A menudo se nos olvida lo guapos que somos. Menos mal que hay personas que nos lo recuerdan de una manera tan sencilla. ¿Os animáis vosotros a piropear hoy a alguien?
Ayer me tocó la lotería. El primer premio. Así que hoy estoy escribiendo el blog en una isla del Caribe, tumbada en una hamaca, tostándome bajo el sol. De vez en cuando alargo el brazo para beber un sorbo de mi Coco-Loco.
En fin, de sueños también se vive. No me ha tocado ni el reintegro y me temo que tendré que esperar otro año si quiero trasladar mi residencia al Caribe ya que, quitando la lotería de Navidad, pocas veces apuesto en juegos de azar. Alguna vez he jugado a la Primitiva, he rellenado dos o tres quinielas en toda mi vida y sólo una vez he entrado en un Casino, el de Madrid, al que no fui para jugar sino para satisfacer mi curiosidad. Hasta ese momento yo me figuraba que los Casinos eran lugares sofisticados y glamourosos en los que mujeres espectaculares tipo Sharon Stone se pavonearían andando entre las mesas de la ruleta, deseando suerte a tipos vestidos como James Bond. En lugar de este escenario de película, la indumentaria que vi en el local fue similar a la que veo cada día cuando hago la compra en el supermercado, y no encontré nada fascinante en ver a muchas personas solitarias que echaban y echaban monedas en las máquinas tragaperras. Recuerdo también a un chico asiático que, jugando a la ruleta, perdió en quince minutos y sin inmutarse una cantidad ingente de dinero.
No comparto la pasión por el juego. Al margen del dinero que se pierde me parece un entretenimiento bastante aburrido. En cambio, me ha parecido muy ocurrente la campaña que ha realizado la agencia Bungalow25 para promocionar al Casino Gran Madrid. Sobre la barandilla de un puente, que cruza por encima de una carretera, colocaron un panel que simulaba ser el frontal de una máquina tragaperras. En dicho panel recortaron tres aperturas por las que se veían los tres carriles de la carretera. Si coincidían tres coches del mismo color los transeúntes podían ganar hasta 80.000 euros si mandaban una fotografía capturándolo.
No sé qué es lo que lleva a las personas a apostar en los juegos. ¿Es el placer de ganar, o es al contrario la incertidumbre ante la posible pérdida? Y si no hay dinero en juego ¿vale la pena jugar?