Ni me va, ni me viene

Un blog de km77.com

Hoy he visto un tiburón

Siempre me han parecido interesantes las confusiones que pueden provocar las palabras. Hace unos años, en un viaje que hice en coche con un amigo, no recuerdo ahora a dónde, en uno de esos momentos en los que de motu propio no se conversa durante un buen rato y cada uno se abstrae en sus pensamientos, él súbitamente llamó mi atención.

— ¡Mira, un murciélago! — me dijo

Yo me incorporé en el asiento, en el que estaba medio amodorrada, y miré hacia el cielo, y mientras continuaba buscando con la vista al mencionado animal, un Lamborghini Murciélago nos adelantó y se perdió en el horizonte, sin que me diese tiempo ni siquiera a atisbarlo. Lo que más rabia me dio fue que, aunque mis conocimientos sobre coches no son precisamente amplios, sabía que existía ese modelo, pero en ese momento lo primero que me vino a la mente no fue el pensamiento de un automóvil sino el del animalillo alado.

Hoy he visto un tiburón, pero como sabía lo que me iba a encontrar, en lugar de aletas y gafas de bucear he venido armada con mi camarita, porque el bicho al que he fotografiado no estaba en el mar, sino en la exposición 20 iconos del diseño francés, que se exhibe estos días en Matadero Madrid, y no es otro que el Citroën DS23, conocido también como Tiburón.

citroen_ds23-tiburon_matadero

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La casa comestible

Una de estas mañanas del puente de mayo la he pasado remediando el planticidio que este invierno provoqué en mi balcón, debido al cual, cada vez que me asomaba a él y miraba alrededor, pensaba en una especie de escenario creado con plantas zombies, ideal para una película de Tim Burton, pero tremendamente deprimente para mi casa. Ahora, después de plantar unas cuantas hierbas aromáticas, un montón de petunias de colores rosa y rojo y un precioso girasol, vuelve a ser estimulante su visión. Sin embargo, con los tiempos que corren, no estoy segura de haber hecho bien en plantar tantas flores ornamentales en lugar de algo práctico, como unas buenas lechugas o patatas, algo que no me resulta para nada disparatado después de conocer el proyecto Eathouse, que consiste en una estructura creada con un andamiaje en forma de casa, cubierta en su totalidad por módulos pensados para el cultivo de vegetales.

eathouse01

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El hombre del tutú rosa

hombre en tutu rosa

He escuchado a muchas personas que han viajado a Londres lo que les sorprende la poca atención que despiertan entre los viandantes las personas que visten por la ciudad de manera estrafalaria. Igualito que en España, vamos, donde no puedes salirte de los cánones que en este aspecto impone la sociedad si no quieres ir despertando la mofa de todo aquel con el que te cruzas.

Me contó hace poco una amiga que un viernes por la noche, ya en casa y con el pijama puesto, se dio cuenta de que no tenía absolutamente nada para cenar. Con unas poquísimas ganas de vestirse para ir a un chino pero con un hambre tremenda, pensó que podría convertir su tediosa incursión a la tienda de la esquina en algo divertido, así que no sólo no se quitó el pijama sino que se puso encima una bata y buscó las zapatillas de andar por casa más llamativas que tenía: unas azulonas con forma de perro o de oso, o de alce (no me acuerdo muy bien que animal). No satisfecha con su aspecto, antes de salir se aplicó una mascarilla en la cara, y miró sin éxito en la nevera buscando un pepino para hacerlo rodajas y añadirlo a su máscara facial. Como os podéis imaginar, durante el recorrido de mi amiga a la tienda, la gente que se cruzaba con ella no podía dar crédito a lo que veía, y supongo que la miraban con una expresión tan atónita como la que a mí se me quedó cuando me lo contó. Con lo tímida que yo soy y lo que me cuesta hacer algo si con ello llamo la atención, la hazaña de mi amiga me resultó genial.

Con el mismo planteamiento de provocar la risa por ir vestido de forma inapropiada, el fotógrafo Bob Carey lleva a cabo una serie de autorretratos, la mayoría en lugares públicos, en los que aparece vestido únicamente con un tutú de color rosa. Carey comenzó a tomar las primeras fotografías en 2003, como un divertimento, pero unos años más tarde diagnosticaron a su mujer cáncer de mama y decidió dar un giro a esta idea para transformarla en el Proyecto tutú, cuyo fin es recaudar fondos para la lucha contra esta enfermedad. A través de la página web del proyecto se pueden comprar las fotografías, además de camisetas, y este otoño Carey editará Bailarina, un libro recopilatorio de las imágenes en el que relatará anécdotas relacionadas con ellas.

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Pulsar para que comience el drama

En un pequeño pueblo de Bélgica, en una plaza donde nunca suele pasar nada, alguien colocó un botón con la indicación de que pulsándolo se podía crear un drama… y esperó a ver qué sucedía.

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Te quiero desde mi balcón

Este fin de semana, cuando salía de casa el domingo por la tarde, me topé, junto al tronco de un árbol, con un montón de pequeñas ramas que parecían haber sido podadas —pensé— porque estaban a punto de caerse o porque el árbol pudiese tener alguna enfermedad. Más adelante me encontré con una pila similar y me di cuenta de que las ramas que se encontraban en el suelo no eran de los árboles de la calle, sino de olivos, y caí en la cuenta de que estábamos en Semana Santa y que esa mañana seguramente algunas personas las habrían estado vendiendo a los viandantes para que las colocasen en los balcones, junto a las también tradicionales palmas.

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Cuando iba al instituto, en aquel tiempo en el que nos pasábamos horas decorando las carpetas, cuadernos y, en general, todo el material que utilizábamos con fotos y pegatinas que nos parecían interesantes, me fijé un día en una frase que uno de mis compañeros había escrito con mucho esmero en la cubierta de uno de sus libros: La prisa mata. Cuando le pregunté por su significado, me explicó que esa frase era un dicho árabe, algo que ni creí ni deje de creer, porque más que el origen de las palabras, lo que me interesó y gustó fue la sencillez y el dramatismo que encerraban. La prisa mata. Ni más ni menos.

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Esta mañana mi mejor amiga me ha dejado un mensaje en el móvil: “Tienes en Manuel Becerra los bolardos abrigaditos, con su puntilla y todo”. Y ahí he ido después del trabajo, muy contenta por encontrarme una intervención de arte urbano cerca de donde yo vivo.

Intervencion de arte urbano con ganchillo

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Círculos sobre la nieve

Hace tres o cuatro años cayó en Madrid una nevada tremenda; la más grande, que yo recuerde, en la capital. La redacción de km77 estaba entonces en la calle Cavanilles y mientras trabajábamos veíamos con asombro por las ventanas cómo nevaba sin cesar y la ciudad iba gradualmente transformándose en un paisaje homogéneo en el que coches, bancos, árboles o carreteras se desdibujaban bajo la capa de nieve. Este año, a muy pocos días de que termine el invierno, no sólo no ha nevado en Madrid sino que prácticamente no ha caído una gota de agua. El ambiente está tan seco y es tanta la contaminación que los que aquí vivimos, aquejados de eternos catarros, soñamos con ver llover, nevar o incluso granizar… lo que sea que caiga del cielo.

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Comencé hablando en el anterior post de la Cibeles, la fuente ornamental de Madrid más conocida, en parte, supongo, por ser lugar de celebraciones futbolísticas. También hoy hablaré de fuentes, pero en este caso me referiré a aquellas más funcionales, las que en lugar de chorritos epilépticos (sigo sin olvidarme de Pepe Isbert) tienen caños sencillos y agua potable y se utilizan para paliar la sed o el calor cuando nos encontramos circulando por la ciudad.

La pena es que, según el colectivo de artistas Luzinterruptus, en menos de treinta años se han perdido más del 50% de las fuentes públicas de Madrid, que hoy se encuentran deterioradas o en desuso. Para devolver la vida a estas fuentes, aunque de forma simbólica y efímera, este colectivo (que ya ha aparecido varias veces en el blog) colocó durante una noche del pasado mes de enero unas esculturas de luz creadas con unos pequeños frascos de cristal (frascos de un suplemento vitamínico para bebés, recopilados por un amigo durante cuatro meses), que simulaban ser regueros de agua, procedentes de los grifos de las fuentes.

luz_arte_urbano

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Pepe Isbert soñaba, en Bienvenido Mr. Marshall, con colocar una fuente con chorrito en la plaza de su Villar del Río, para que así el pueblo, embellecido y modernizado, fuese digno de los americanos, que tanto dinero iban a invertir en él. En Madrid, mi pueblo, contamos con bastantes fuentes y seguramente la más conocida sea la que tiene, además de varios chorritos, la escultura de la diosa Cibeles, sentada en un carro tirado por leones. Dado el gran número de plazas de Madrid no estoy segura de que la plaza donde se encuentra sea la principal del municipio, pero si tengo en cuenta que el gran edificio que domina la glorieta es la sede del ayuntamiento, no creo que sea muy erróneo pensar en este lugar como la plaza del pueblo. Y si bien este grandioso edificio no cuenta con un balcón, como el que utilizó Pepe Isbert para colmar de explicaciones a sus habitantes, atesora, en su interior, un nuevo centro cultural que yo no conocía, hasta que el fin de semana pasado, junto con unas amigas, lo visité.

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