Ni me va, ni me viene

Un blog de km77.com

Disfrutamos de poca fauna salvaje en las ciudades. De camino a la oficina apenas veo algún pobre perro al que le sacan a pasear, unas cuantas palomas que ululan mientras picotean en el asfalto y como mucho, algún gorrión que se cruza en mi camino dando sus peculiares saltitos. Ayer me sorprendió ver, en el cielo, a las primeras golondrinas que esta primavera han emigrado a nuestra ciudad. Pero pocos más animales veo. Y es por ello por lo que las instalaciones que realiza Tasha Lewis con unas reproducciones de mariposas me parecen tan estimulantes.

02-mariposa-street-artImagen: Tasha Lewis

03-arte-urbano-mariposaImagen: Tasha Lewis

Tasha Lewis es una artista de Indiana que, desde el año 2012, lleva confeccionando unas pequeñas esculturas con forma de mariposa. Las imágenes de estos animales las crea mediante la técnica de la impresión de cianotipo, un antiguo procedimiento fotográfico con el que se consiguen unas copias monocromas (azules) a partir de un negativo y a estas superficies les acopla un imán para poder adherirlas a superficies metálicas. Durante estos casi dos años Lewis ha llevado sus mariposas a diferentes lugares, cerca de Indianapolis y Chicago, y recientemente ha viajado con ellas hasta Turquía, donde ha continuado realizando sus aladas instalaciones.

arte-urbano-turquia-mariposasImagen: Tasha Lewis

04-mariposa-arte-urbanoImagen: Tasha Lewis

Pero el objetivo de Lewis no es abarcar dos o tres ciudades, ya que lo que pretende es que su enjambre de mariposas recorra todos los rincones del mundo y para realizar este ambicioso proyecto ha pensado en pedir la colaboración de ciudadanos de todos los continentes. La forma en que llevará a cabo este cometido es la siguiente: después de haber confeccionado 4.000 mariposas magnéticas las enviará, en paquetes de 400, a diez personas, repartidas por todo el mundo. Una vez que haya recibido el material, esta persona tendrá cuatro semanas para realizar las instalaciones, que deberá documentar mediante fotografías. Pasadas las cuatro semanas, se encargará de empaquetar de nuevo los lepidópteros y mandarlos a la siguiente ubicación, hasta que cada paquete haya recorrido diez emplazamientos diferentes. El proceso de selección de los candidatos está todavía abierto, así que esta es la oportunidad de adoptar un enjambre de mariposas para realizar con ellas instalaciones urbanas.

05-mariposa-street-artImagen: Tasha Lewis

Cuando se termine este recorrido por el mundo (el proyecto durará desde octubre de 2014 hasta septiembre de 2015) la artista tiene previsto realizar una exposición en la que exhibirá las fotografías de las distintas instalaciones, que a mí me parecen preciosas. Lo único que no me convence del proyecto es que una vez fotografiada la puesta en escena, se tengan que volver a embalar las mariposas, en lugar de dejarlas en ese lugar, para que sean los transeúntes los que se encuentren con esta nube de seres alados. De cualquier manera, como digo, las instalaciones son tan sencillas y bonitas como me imagino que sería el encontrarse con un enjambre verdadero de mariposas azules, algo que no sucede todos los días en las ciudades.

swarm-the-world Imagen: Tasha Lewis

Esta es la web de Tasha Lewis, donde os podéis informar del proyecto Swarm The World y en esta otra página podéis ver el resto de las fotografías.

Lo vi en Sin pasarte de la raya


Fotos de la ciudad imaginada

01-fotografias-maquetasFotografía: Michael Paul Smith

No es fácil fotografiar la esencia de una ciudad. En el universo que componen sus personajes, edificaciones y situaciones, escoger un tema en particular y desarrollar una estética personal es un trabajo complejo, en el que es difícil resultar ser original. Las fotografías de Michael Paul Smith representan el lado más apacible de las ciudades, aquel en el que las fachadas de las casas y los automóviles parecen posar para la cámara, dejando al lado a los propios ciudadanos que los utilizan. Sus imágenes nos llevan a una época pasada de los Estados Unidos, unos años en los que hermosos y grandes cochazos representaron más que nunca el sueño americano, y donde —mirando las fotografías— sólo parecen tener cabida personas felices y situaciones amables. Sin embargo, estas escenas tienen truco, porque nadie ha conducido nunca ni uno de esos coches, y nadie ha vivido o vivirá en cualquiera de los edificios, ya que lo fotografiado no son ni más ni menos que unas maquetas.

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Me resulta difícil imaginar la ubicación de un nuevo edificio industrial en el centro de una gran ciudad, ahora que estas actividades se han desplazado a los polígonos radiales, pero hace siglos, en los barrios que hoy conforman el centro de Madrid, muchas fábricas tuvieron su emplazamiento, donde llevaron a cabo su actividad industrial. Uno de estos edificios es la antigua Fabrica de Tabacos, un edificio del s.XVIII, donde llegaron a trabajar miles de cigarreras, y cuya actividad se mantuvo hasta el año 2000.

El edificio es actualmente de propiedad estatal y mediante un ligero acondicionamiento, que no oculta el pasado de las instalaciones, este espacio se ha reconvertido en un Centro Social Autogestionado, en el que se realizan multitud de actividades (conferencias, talleres, mercadillos, conciertos, teatro…) todas ellas de carácter gratuito.

La Tabacalera no llega a ocupar toda la extensión del edificio, que es enorme, pero aun así, uno llega a perderse por sus pasillos y dependencias, que a mí me recuerdan más a las instalaciones de un antiguo colegio que lo que esperaría encontrar al pensar en una fábrica. Pasear por sus estancias evoca un pasado que podemos imaginar leyendo libros de historia; caminar por sus sótanos tiene además, ese punto de misterio que provocan los lugares poco iluminados, en los que uno se siente como un explorador en busca de descubrimientos.

El sábado pasado me acerqué a visitar La Tabacalera, y vaya que hice descubrimientos. A cada paso, por los pasillos de su planta baja, me iba encontrando con una obra de arte urbano diferente, de los distintos autores que por allí han pasado y de los que siguen utilizando estas paredes como soporte para sus obras.

Arte urbano en Madrid. La Tabacalera

El sótano de La Tabacalera

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Una marcha y muchas mentiras

Este sábado pasado participé en lo que se conoce como la Marcha de la Dignidad, la concentración más variopinta a la que he asistido, ya que en ella parecía que nos manifestásemos por todo. Literalmente. Nada más llegar a Atocha (serían como las cinco de la tarde) que fue donde quedé con unos amigos, nos vimos rodeados por un grupo de gente que portaba banderas republicanas, que se podían adquirir en unos puestos que estaban colocados en la propia plaza. Junto a estas, ondeaban otras banderas de diversas comunidades autónomas y de algunos países, y también se distinguían los emblemas de varios partidos políticos, grupos anarquistas y sindicatos. Muchas asociaciones o particulares habían confeccionado, de manera elaborada o de forma improvisada, pancartas en las que se protestaba por los recortes en la educación pública y en la sanidad, por los desahucios de los que no pudieron pagar su hipoteca, y por el elevado número de parados, entre otras que ya no recuerdo.

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Apaga el puto móvil

La amiga de un amigo mío, americana ella, vino a visitarle y de paso, a conocer Madrid, en un viaje que tenía como destino final Londres. Era la primera vez que ella estaba, no sólo en esta ciudad, sino en Europa y en unos cinco días recorrió el centro de la capital, sus museos y alguna ciudad de los alrededores. Durante su estancia, le llamó la atención que los españoles no tuviésemos smartphones, y preguntó por ello a mi amigo. Él le respondió que la gran mayoría de nosotros sí poseía uno de esos dispositivos y ambos se dieron cuenta de que la confusión de ella se basaba en que en los bares, o cafeterías o restaurantes, veía cómo las personas charlaban entre ellas en lugar de prestar atención a sus teléfonos móviles.

Cuando mi amigo me lo contó pensé que exageraba y que la situación que ella describía de su país no podía ser así, pero hace un par de semanas contemplé una escena que ilustraba perfectamente lo que esta chica le había contado: me encontraba acompañada en una cafetería, en la que varias parejas o grupos de amigos —al igual que nosotros— pasaban el rato en esa tarde de domingo tomando un café y charlando. En frente nuestro, en la misma gran mesa que compartíamos con otras diez personas, se sentaron dos chicas de rasgos asiáticos, creo que japonesas. Pidieron unos cafés y una tarta, y una vez acomodadas en sus sillas, cada una de ellas se enfrascó en el universo virtual de su propio smartphone. A veces una de las chicas se dirigía a la otra y le señalaba la pantalla de su móvil para compartir lo que estuviese mirando y en un par de ocasiones posaron para hacerse unas auto-fotos, con una soltura y de una manera tan artificiosa que daba un poco de risa. Durante toda la tarde no conversaron entre ellas, a no ser que hubiesen estado chateando con sus teléfonos móviles, algo que, en esa escena un tanto surrealista, no me hubiese extrañado lo más mínimo.

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Los hombres también tejen

Este sábado, con motivo del día de la mujer trabajadora, Tejiendo Malasaña animó a los hombres a tejer. Para ello, convocó a todos los que quisiesen apuntarse a un taller gratuito que se llevaría a cabo al aire libre, en la Plaza del Dos de Mayo, aprovechando que por estas fechas se preveía ya buen tiempo.

Afortunadamente las previsiones meteorológicas acertaron y el día amaneció con un solazo extraordinario. Aun así, no pensé que al taller acudiesen más de cinco o seis hombres, y ya con ellos me hubiese parecido todo un éxito. Nunca imaginé que casi una veintena de hombres estuviesen dispuestos a aprender esta artesanía que, nos guste o no, continúa asociada con las mujeres.

A las 12 del mediodía, que fue la hora acordada del taller, comenzamos a reunirnos bajo la sombra que dan unos árboles de la plaza, que sirvieron además de soporte para un tenderete en el que se colgaron varios grannies, que daban una nota de color muy bonita al lugar. A lo lejos se escuchaba el sonido metálico de un mitin que estaba dando la Asamblea del Barrio de Malasaña, interrumpido por las risas y voces de los niños que jugaban esa mañana y por algún ladrido de los perros que tomaban su paseo diario. Detrás nuestro, varios policías, junto a sus coches aparcados, estaban atentos a lo que ocurría a su alrededor.

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Regresando hace unos días a casa, cuando bajaba ya de noche por la calle de Lavapiés encontré unos carteles, un poco deteriorados, del colectivo SEPA. “No me hables de amor, háblame de motos” decía uno de los mensajes. “Hoy estoy tan triste que quiero oír a Laura Pausini” se intuía que ponía en otro cartel, prácticamente destrozado. “Cuidado con eso de la crisis, que puede erosionar al amor”, pude leer en otro de los mensajes, el de significado más profundo.

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Para ir a la oficina, cruzo todos los días la calle de Bravo Murillo, una gran avenida en la que hay tres carriles de coches para cada sentido, además de las aceras, de unos cuatro metros, en los dos lados. En dichas aceras hay una hilera de árboles, unos bancos bajo su sombra y, en las paradas de los autobuses, unas grandes marquesinas donde sentarse a esperar a que pasen. En los lugares donde se encuentran las paradas del Metro la acera se ensancha un poco, aunque no se pierde nunca ninguno de los carriles para los automóviles. Si os digo la verdad, hasta hoy no me había fijado demasiado en lo que mide esta calle ni me había planteado que podría no tener tanto carril para los coches y en cambio, reservar espacio para las bicicletas, o para un bulevar en su zona central. Pero es que ayer descubrí una web (muy bien realizada) en la que poder simular la disposición de una calle y realizar, sobre el croquis de un corte transversal de esta, los cambios que uno considere oportuno.

La web se denomina StreetMix y con ella he creado una reconstrucción de la citada calle Bravo Murillo, cuya anchura total, sumados los carriles para el tráfico y las aceras, debe de ser de unos 25 metros. Y sobre esa calle he modificado después lo que me ha parecido oportuno: le he quitado bastante espacio al tráfico y en su lugar he puesto, en el centro de la calle, un bulevar por el que puedan pasear los peatones.

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Cada año, por estas fechas (14 de febrero, día de San Valentín), los diferentes medios de comunicación y las redes sociales intentan que celebremos el día de los enamorados, fiesta que tiene unas raíces más hondas en los países anglosajones pero que en estos lares me resulta tan ajena, y tonta, como otras celebraciones similares (vease Halloween). Sospecho que para los comercios es una buena fuente de ingresos y que se frotarán las manos pensando en los dulces regalos que hoy se intercambiarán algunas parejas o en las cenas románticas que disfrutarán.

Yo por mi parte, no he hecho nada especial (salvo regalar a mi chico un bombón virtual) pero sí quería compartir con vosotros un cortometraje que vi hace tiempo y que trata de una historia de amor. Pero no esperéis un relato dulce. Birdboy es una historia de amor triste, amarga, que transcurre en un lugar desolado, en el que se respira la opresión y en el que la crueldad de sus habitantes despierta nuestro apego hacia el personaje principal, cuya historia solo podemos intuirla a través de los comentarios de los que le rodean.

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Imagen: Birdboy

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El año pasado, por medio de las redes sociales, supe de una iniciativa que se estaba llevando a cabo en el barrio de Malasaña, un yarn bombing con el que se pretendía cubrir de lana los árboles de la plaza del Dos de Mayo. Los vecinos, y quien quisiese colaborar, podían aportar cuadrados tejidos de lana con los que se confeccionarían las bufandas que luego servirían de funda para los árboles.

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El yarnboming de Tejiendo Malasaña en la Plaza Dos de Mayo. Mayo 2013

De forma casual, unos meses antes de conocer el proyecto, un amigo me había enseñado a hacer el punto básico con el ganchillo, así que, además de conocer la iniciativa, quise participar en ella y colaboré haciendo alguno de esos cuadrados, uniéndolos entre sí y tomando fotografías el día del montaje.

Tejiendo Malasaña fue una experiencia preciosa, donde lo que más me llamó la atención fue la ilusión que veía en las personas que participaron por llevar a cabo un proyecto conjunto, aunque dicha empresa no conllevase ninguna retribución económica o sirviese realmente para algo. Puede que ese haya sido su éxito.

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