Ale, aquí se queda. Capítulo 2. “Porque tengo derecho”
Sábado 16 Agosto 2008 Adso
Como decía, no pasó ni un minuto hasta que llegó otra conductora con un flamante Volvo C30. Intentó por dos ocasiones aparcar detrás del Octavia, pero tuvo que desistir ante las increpaciones de un par de conductores. A la pobre no le alcanzaba para comprender que, si lo dejaba allí, por mucho que le hundiera el paragolpes al Octavia, como la pija, sencillamente bloqueaba el paso.

Desistió, pero lejos de marcharse, optó por aparcar… delante del Octavia. Donde no terminaba de taponar el paso a turismos, pero desde luego no les facilitaba las cosas.

Servidor, que además del hecho coyuntural de que el avión que esperaba venía con retraso tiene la característica, ésta estructural, de ser un tanto bocazas y un poco tocapelotas, se acercó a la ventanilla de la conductora. Tanto le costó colocar el coche que me dio tiempo a hacer el recorrido de la pija de tacones entre las vallas, sacar un par de fotos, comprobar que habían quedado medianamente bien encuadradas (que la calidad no era la adecuada no lo he podido ver hasta descargarlas al ordenador, pido disculpas por ello), y llegar a su ventanilla antes de que apagara el motor.
Juro que intenté usar el mejor tono de voz que pude, pero me sirvió de poco. La pregunta de por qué no dejaba el coche en el parking, como hacíamos los demás le sentó bastante mal, o al menos lo pretendió, porque montó en esa cólera tan socorrida que fingimos a veces como si nos fuera a servir para justificar lo injustificable. Omitiendo groserías y resumiendo, vino a decir que ella tenía derecho a una plaza de aparcamiento gratuita en cualquier sitio, incluido el aeropuerto. Como en todos los demás aeropuertos, decía convencida, menos en aquel, que era una vergüenza que no las tuviera. Pocos aeropuertos ha debido visitar. Y por cómo lo decía, me pareció que aquella mujer era capaz de ampararse en ese derecho innato para dejar el coche cruzado en mitad de la pista de despegue, si hiciera falta.

Derecho. Qué bonita palabra. Cómo nos gusta a los españolitos, y con qué facilidad buscamos oportunidades, cualquier resquicio, para usarla, aun en situaciones en que es indefendible. Tan cínica y cobarde, por otra parte, porque tan a menudo esconde en realidad un “lo hago así porque me sale de los cojones y me trae sin cuidado si a alguien le molesta”, que no nos atrevemos a decir, tan gallitos que somos. Oportunismo, despreocupación por el prójimo y falsa bravuconería. Todo tan español, tan castizo, que uno se siente como en casa allá donde viaje por cualquiera de las “muchas Españas”, incluso en esas tan periféricas y tan diferentes a las demás, como era el caso.
Eso es ser listo, lo vemos bien. Creemos que los demás van a ser cómplices y nos van a reir la gracia, como la pija del traje chaqueta de la anterior entrada. Y el que intenta mirar un poco por los demás es un pringao, un pobrecillo sin recursos, y ya no digamos el que levanta la mano y dice “oiga, eso no está bien”.
Y así me sentí el otro día, un bicho raro, un pringao que no se aprovecha de lo que puede aunque sea a costa de putear a los demás. Alguien que cada día se siente más extraño en un lugar que le gustaría que fuera diferente, pero que cada vez cree menos posible poder cambiar.
“¡Pues me paga usted el parking!”, fue lo penúltimo que me escupió la del Volvo. Finalmente llegábamos al fondo del asunto.
25 céntimos pague yo por dejar mi coche en el parking. Una ruina, oiga.









