La escalera

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Ayer, cuatro de febrero, el CIS publicó los resultados de su barómetro de enero, con una estimación del voto en unas próximas elecciones generales, que ya no están muy lejos, dado que en noviembre se agotan los cuatro años de la actual legislatura.

El PP se mantiene en primer lugar, si bien severamente disminuido, sin rendimiento aparente de la mejor percepción de la economía, Podemos asciende a la segunda plaza y el PSOE cae a la tercera; a considerable distancia, los demás aspirantes, con la ya conocida caída de IU y la cada vez más clara incapacidad de UPyD y de Ciudadanos para crecer… ni en la calma ni en la tempestad.

El caso es que este estado de cosas resulta de procesar unos datos que antes de haber sido sometidos a corrección alguna (se corrigen imputando voto a los indecisos y ajustando el recuerdo de voto, por lo general, existiendo diversas opciones) colocan a Podemos en primer lugar, bastante por encima del PP y del PSOE, prácticamente empatados.

Como consecuencia, la estimación del CIS se está discutiendo en algunos medios y, aunque no vamos a entrar en esa discusión directamente, pues si bien es cierto que todo procedimiento de estimación es discutible, alguno tiene que haber y desconocemos cuál es el que ha usado el CIS, vamos a tomar un argumento que aparecía ayer en El País (Ignacio Urquizu), según el cual quien no saca ventaja en el centro político no puede ganar las elecciones, constatando la mala posición que tiene el PP en ese espacio.

¿Dónde está el centro político? Al decir del analista, en la escala en que se mide la posición entre Izquierda y Derecha, que va de 1 a 10, en el 5.

Por lo pronto, esa escala no tiene un punto central, dado que el número de puntos es par, sino dos: 5 y 6. En principio, uno diría que el centro debería estar en esos dos puntos, con posibles extensiones a derecha e izquierda. La consideración del 5 y la exclusión del 6 podría justificarse desde un punto de vista cognitivo, por la costumbre de considerar el 5 como punto medio en la escala más universal, la de las notas escolares, que va de 0 a 10.

Esto ya manifiesta algo que en la medición en las ciencias sociales es llamativo y a menudo incomprensible: en este caso, si ustedes tienen en cuenta que el 5 está asociado al punto medio por su posición en la escala de 0 a 10, ¿por qué usar una escala de 1 a 10, introduciendo un sesgo de magnitud desconocida hacia la izquierda? ¿A nadie se le ha ocurrido una forma de evitar esto?

Entonces, tenemos una escala cuyo punto medio aritmético no es una categoría de la misma (5,5), pero con tendencia a que el valor inmediatamente inferior sea tomado como punto medio (el valor 5), sin que siempre sea así. En medio de esta confusión, para ver si podemos aclarar algo, no nos queda más remedio que observar cómo se distribuye la muestra en la escala.

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Como vemos, si nos fijamos en primer lugar en la línea azul, la distribución se concentra entre los valores 3 a 5, con una fuerte caída entre el 5 y el 6 (la diferencia absoluta más grande entre dos valores contiguos). ¿No les parece a ustedes que algo sucede entre dos valores con frecuencias tan dispares? Si ambos perteneciesen al subconjunto ideológico que llamamos centro político ¿no cabría esperar un reparto más equilibrado? Algo tiene que distinguir a los que optan por el 6 para ser tan pocos en comparación con los que se sitúan en el 5. Estadísticamente, son mucho más raros en ese supuesto subconjunto… a lo mejor porque no pertenecen al mismo.

La idea de que los pocos son raros respecto de los muchos permite calcular una distancia matemática en una escala ordinal como la que nos ocupa. Dicha distancia, que mostramos en puntos rojos, con flechas que apuntan al paso al que corresponde cada una, entre dos valores de la escala, señala al 8 y al 9 como las categorías contiguas más distantes, marcando claramente el espacio de la extrema-derecha (9 a 10, 2%); también señala dos categorías en el otro extremo, la 2 y la 3, con una distancia superior a 2 puntos, lo que marca el espacio de la extrema-izquierda (1 a 2, 9%). Estas dos distancias marcan, por tanto, los extremos del espectro ideológico, mucho mayor el izquierdo que el derecho. Entre estos espacios, es decir, en el intervalo 3 a 8, hay dos espacios más, claramente diferenciados: el de 6 a 8, que señalaría al centro-derecha (menos centrado de lo que se podría creer), con un peso del 18%; y el de 3 a 5, que señalaría al centro – izquierda (tampoco muy centrado), con un peso del 52% (los porcentajes no suman 100 porque hay una fracción que no responde).

Esto muestra que el electorado español está fuertemente sesgado a la izquierda, en parte por efecto de la forma en que se mide, con predominio de su fracción central.

Si no existiese el efecto de medición que produce la propia escala, podríamos añadir que el centro político no es sino un ente imaginario, que no hay tal, que la frontera entre izquierda y derecha es una muralla difícil de traspasar.

Aún con el efecto de la escala, la similaridad entre la posición 5 y la 4 es suficiente para dudar de la existencia del centro político y para afirmar que, de existir, estará lejos de tener la extensión que se le presupone.

Ahora bien, sobre esta configuración ideológica resulta que el PP obtuvo en 2011 una mayoría absoluta muy holgada, lo que prueba que las posiciones ideológicas no determinan por completo las posiciones políticas y el voto.

Podemos, por su parte, pese a su negación del eje izquierda – derecha como relevante para la definición de la oferta política, está situado en la percepción de los electores muy a la izquierda, más que ninguna otra fuerza, de hecho.

Entonces, ¿qué puede suceder a la luz de los datos conocidos? Lo más fácil es que quien sabe, pues la fiabilidad de las predicciones en las ciencias sociales (y económicas, por si alguien quiere distinguirlas) es dudosa, en un sentido que habitualmente no se considera: la mayoría de las predicciones electorales mediante medición por muestreo aciertan quien va a ganar y si va a sacar mayoría absoluta o no y muchas más cosas, así que cualquiera diría que los dispositivos de predicción son buenos; empero, cuando las encuestas aciertan, una pequeña muestra de personas normales acierta en similar proporción, mientras que cuando esa muestra de personas normales no sabe qué va a pasar las encuestas fallan mucho más de lo habitual.

Por tanto, predictivamente, el valor diferencial de los expertos y sus herramientas es modesto en el mejor de los casos. ¿Para qué miden la intención de voto entonces? ¿No sería mejor que la midiesen para no acertar en lugar de para acertar, es decir, de tal manera que pudieran dar a las partes interesadas información con la que pudieran actuar para refutar las predicciones? Hay aquí una clara resonancia del Principio de Incertidumbre de Heisenberg, pues o la medición persigue ser precisa en la predicción del voto, en cuyo caso sus resultados deberían ocultarse celosamente, o bien la medición persigue cambiar el resultado previsible, en cuyo caso los resultados deberían usarse todo lo posible, refutando la predicción.

En este momento, la predicción es difícil porque las determinaciones asociadas al largo período de estabilidad bipartidista no pueden sobrevivir intactas a cambios importantes en el status quo y el bipartidismo hasta ahora conocido ya quedó seriamente averiado en las Elecciones Europeas del pasado año.

Por añadidura, hay acontecimientos en ciernes, cuya evolución desconocemos, como la llegada al poder de Syriza en Grecia, el repunte económico, los casos de corrupción que cada partido lleva en la bodega, que van a influir en el voto.

Para entender la dificultad de la predicción hay que darse cuenta de que el voto no existe antes ni después del acto de votar. En particular, no es algo que esté ahí antes y se pueda computar si se consigue que el propietario del voto lo haga transparente, tal como parecen creer los expertos cuando elaboran teorías sobre por qué la gente no contesta cuando se le pregunta a quién va a votar.

Ni existe el voto ni nada que lo determine completamente, lo que quiere decir que la conversión de posiciones políticas con intenciones más o menos definidas (por tanto, borrosas) en voto (por definición unívoco) es incierta.

¿Cómo podemos imaginar su dinámica en este momento? Podemos considerar muchos factores, pero para hacerlo inteligible vamos a centrarnos en el elemento que amenaza la estabilidad del mapa político hasta ahora vigente, Podemos.

Siendo Podemos una opción política que parece capaz de atraer considerable cantidad de votos, con simpatía en amplias zonas del espectro sociodemográfico, del socioeconómico y del ideológico, no podemos olvidar que ha establecido comunicación con el público desde la inexperiencia (la gente no tiene experiencia de gobierno de Podemos) y con una estricta focalización sobre el diagnóstico, con una exitosa selección de referencias (corrupción, privilegios, sacrificio de los débiles,…) eficazmente representadas por la expresión “la casta”. Un diagnóstico que en lo manifiesto puede compartir cualquiera y que estigmatiza de un plumazo a todos sus adversarios.

Pero, a Podemos le falta explicar con claridad qué quieren hacer, qué pueden hacer, en suma, qué podemos esperar que hagan. No importa si ya han explicado poco o mucho de todo eso, lo cierto es que hasta ahora el diagnóstico es la base de su éxito y vela todo lo demás.

Ahora bien, desde ahora hasta las elecciones, podemos imaginar fácilmente que cualquier votante cavile de vez en cuando desde la simpatía con el mensaje de Podemos si realmente conviene que gane las elecciones y en tal cavilación, inevitablemente, contará al lado del mensaje que tantas adhesiones produce la incertidumbre sobre su futura acción de gobierno.

Dinámicamente, si el elector que pueda considerar a Podemos como una opción piensa en cuánto le ha engañado y frustrado “la casta” y cuánto ha perdido en la crisis, se inclinará hacia Podemos; si piensa en el riesgo de entregar el gobierno a una fuerza política sin experiencia y que podría estar equivocada en las soluciones o simplemente malquistarnos con los poderes fácticos europeos, podría refugiarse en lo malo conocido.

Así planteado, estaríamos ante una bifurcación y los dos estados que hemos simplificado serían inestables, el elector podría saltar de uno a otro indistinta y súbitamente, lo que conferiría al fenómeno una estructura de catástrofe matemática. En una situación así, pequeñas variaciones del entorno (economía, experiencia griega, casos de corrupción, selección y estilo de los mensajes…) podrían producir variaciones muy apreciables en el resultado.


Asesinan a la Presidenta de la Diputación provincial de León y suceden dos cosas:
1. Medios y tertulianos se desgañitan proclamando el grave riesgo que corren los políticos. En resumen: se ha abierto la veda del político.
2. Las redes sociales hierven por numerosos comentarios contra la víctima y, por extensión, contra otros muchos miembros de la clase política, o, como es denominada cada vez más, “la casta”.

En ambos casos, se da por supuesto que la víctima, de quien todos los medios subrayan sin venir a cuento su “polémica” trayectoria política, ha caído por ser política.

Chesterton (“Correr tras el propio sombrero y otros ensayos”. Acantilado), en defensa de los pelmazos, advierte muy oportunamente: “Si de pronto alguien nos pega un tiro en mitad de la calle Fleet tendremos razones lógicas para asegurar que, en esencia, y basando nuestro razonamiento en el uso más habitual de las palabras, nos han asesinado. Pero que el hombre que nos disparó pueda, en general, ser descrito como un asesino es una cuestión mucho más sutil, y nos enreda directamente en la maraña de controversia legal que se remonta a la Carta Magna y el Código de Justiniano. (…) Nuestra propia condición, tras el disparo, está muy clara; la condición del hombre que nos disparó es particularmente dudosa, y puede ser cualquiera entre diabólica e infantil. La muerte, por abreviar, es una condición clara y distinta, pero se refiere por completo al muerto.”

Desconociendo o haciendo caso omiso de estas lógicas cautelas que nos propone Chesterton, los medios y tertulianos, por un lado, y muchos (no podemos precisar más, como aquel pájaro que perdía la cuenta cuando pasaba de cinco) comentaristas espontáneos más o menos indignados en las redes sociales, por otro, se apresuraron a atribuir al crimen un móvil político (contra el político, para ser más exactos).

Después fuimos conociendo, sin tardar mucho, que no había tal, sino una venganza personal, que si algo tenía de política es que el cargo de la víctima, desde el que al parecer no apreció el desempeño de una empleada al gusto de la misma, era político. Poco que ver con algún tipo de caza del político, pero ya era tarde y todo ha quedado establecido como empezó, sobre un prejuicio.

Se dirá que, justamente, la actividad en las redes sociales muestra a las claras la animadversión hacia los políticos, que es tal que hace suyo el crimen y propone extenderlo y replicarlo.

Podríamos preguntarnos qué pensarán los árbitros de fútbol, por ejemplo, de este escándalo y de tantas vestiduras rasgadas, cuando domingo tras domingo son vilipendiados y verbalmente (como en las redes sociales los políticos) liquidados en todos los estadios del país, al tiempo que en todos los bares con señal audiovisual de algún partido.

En un caso, como en el otro, convendría considerar la hipótesis de que tanto los que vociferan en un estadio como los que se explayan en las redes sociales sean manifestaciones o estados de individuos que en muchos otros momentos se conduzcan de manera bien diferente.

La idea es que raro será el aficionado al fútbol que no se malquiste nunca con el árbitro y que no sienta la furia del que, cargado de razón, ve dibujado, negro sobre blanco, al chivo expiatorio. No hablar rematadamente mal de los políticos en España es algo que los políticos mismos consideran de tontos inconscientes, a juzgar por cómo se insultan entre sí.

Así que el estado mental de animadversión, podemos convenir, se produce en algún momento, normalmente en más de uno, en cualquier persona: siempre habrá un árbitro en la diana, para los aficionados al fútbol, y desde luego muchos políticos para todos en general. ¿En todos los momentos? Lo dudo, pues fuera de algunas patologías la cólera no es sostenible, pero siendo muchos los enojados en algún momento, en todo momento podemos encontrar muchas manifestaciones coléricas. Si realmente esas manifestaciones, por extremas que sean, fuesen síntoma de una disposición peligrosa a masacrar políticos, ya habría sucedido más de una desgracia. Parece, sin embargo, que es más frecuente que los desesperados se suiciden.

¿Qué es, entonces, lo que quieren penalizar y prohibir? ¿Qué es lo que tan novedosamente nos ha revelado la muerte de la Presidenta de la Diputación de León que no supiéramos? Nuestro Ministro del Interior, que el dios al que tanto apela le guarde, ¿no tiene otra cosa que hacer que ponerle puertas al campo? ¿Cree él y creen los que le empujan que es así, una vez más como juez y parte, como van a prestigiar a los políticos y a la política? ¿Por qué se ponen la venda antes de la herida? Bien mirado, después de las elecciones del domingo 25, sí anticipaban una herida de verdad, pero otra.


Preguntaba en la entrada anterior si pueden ser contados los secesionistas, con el propósito implícito de llamar la atención sobre el creciente desdibujamiento del prototipo de individuo u hombre(mujer) de una pieza.

Fueron interesantes los comentarios posteriores, si bien el arrastre del pre-texto derivó sobre el derecho de autodeterminación y de independencia, que, por otra parte, ha sido tratado extensamente en el blog Teletransporte.

Lo que me interesa subrayar es que, por más que mantengamos la idea de que somos individuos, tanto nuestro comportamiento como nuestro pensamiento se alejan aceleradamente de esa condición, cada vez más imaginaria (mera idea).

El desarrollo del consumo y su implantación en el centro de la vida social, propiciado por la articulación entre una capacidad evolutiva fundamental, el deseo, y una oferta creciente, aceleradamente diversa y aceleradamente cambiante, ha sometido a la otrora sociedad de individuos (es decir, al conjunto de individuos institucionalizados, clasificados y jerarquizados, que la constituía) a tal fricción que, en una analogía termodinámica, lo que estaba unido y parecía de una pieza se va inexorablemente disgregando.

La temperatura, que representa un estado de la materia con una cierta cantidad de la energía interna llamada energía cinética, la correspondiente al movimiento de las partículas que componen aquella materia, cuando se eleva por encima de determinados umbrales, justamente por la cantidad de movimiento (en el sentido de energía cinética) de sus componentes, produce la separación, incluso la ruptura de los mismos. Igualmente sucede con los individuos, que, como consumidores, ya no pueden ser considerados unidades, pues se descomponen en sus actos, en sus innumerables colisiones con la oferta.

Este fenómeno se muestra con claridad y significativamente cuando se intenta diferenciar grupos de individuos según su comportamiento (técnicamente, segmentar), habiéndose verificado que su ubicación en el abanico de comportamientos posibles depende del momento de la observación y no es ni mucho menos único. Con toda propiedad, cabe suponer que, mientras no congelemos al supuesto individuo en uno de sus actos, estará a la vez en varios puntos de aquel abanico.

Ahora bien, el consumo no es sólo de productos y servicios, pues lo que consumimos más es tiempo y símbolos que circulan a caballo de multitud de fragmentos de información.

Por tanto, lo que sucede de forma bastante visible, si uno prescinde de las anteojeras de la visión convencional de la sociedad de individuos, en el plano del consumo de productos y servicios, debe suceder con mayor motivo en el plano del consumo de símbolos.

La concepción convencional de la sociedad de individuos tiende a negar estos procesos o, cuando acepta algunas de sus evidencias, los descalifica como malignas amenazas contra lo más sagrado de la persona, su identidad. Pero, sucede que el mundo donde los individuos lo eran de verdad es el que se fundaba en una sociedad rígidamente estratificada, con la menor movilidad social posible, de modo que se da la paradoja de que cuanto más clara era la condición individual de la persona más implacable e inevitable era su sometimiento a otros o su ejercicio del poder.

De tal manera que el prototipo de individuo de una pieza era, de hecho, el más rígidamente sometido a un conjunto de reglas inamovibles, el héroe, el que estaba dispuesto a matar a su hijo para servir a su señor…

En un terreno más mundano, volviendo al consumo, fijémonos en la palabra “cliente”, la más pronunciada en el universo de los ejecutivos y, de unos años a esta parte, también en el de los funcionarios públicos: todos tienen clientes internos y externos. Pues bien, cliente tiene un antecedente etimológico en el término latino “cliens”, que significaba “protegido del patrón”. Así, la oferta comercial, que acelera el movimiento de los consumidores descomponiéndolos como individuos, sigue con la fantasía de someterlos mediante esa relación de patrón protector del protegido sirviente. Recuerden, estamos en la escalera, donde se sube bajando y se baja subiendo.

Por tanto, parece que el ejercicio del poder (sin prejuzgar a favor o en contra de quién) necesita individuos, piezas reconocibles y clasificables. A qué pueda dar lugar el proceso de disgregación en curso, no lo sabemos, pero de la identidad inamovible de las clases, las religiones, las ideologías, la política de los partidos políticos, sabemos bastante. A lo mejor disolverse un poco no es tan malo… o a lo mejor ya es hora de disolverse del todo.

La Modernidad, tal como actualizó el concepto Beaudelaire, como la forma de entender lo que es nuevo (por oposición a rechazar todo cambio, propio de los individuos de una pieza) y como el protagonismo de la gente corriente en detrimento de los héroes, preparó el camino o certificó la apertura de otros caminos que posteriormente se llenaron de indeterminación.

En cualquier caso, conviene atender a estas características de la dinámica social para evitar dibujar trayectorias inviables y altamente costosas. Si nuestras posiciones imaginarias (las ideas que tenemos en cada momento sobre las cosas más variadas) son tan móviles como nuestros consumos, o, como cabe sospechar, más aún, deberíamos evitar movimientos semejantes a quemar las naves. Volviendo a los secesionistas, e, inevitablemente, a su correlato necesario, los unionistas, es difícil pensar en este tiempo en separaciones radicales o uniones indisolubles. Mejor sería un marco flexible de cohabitación en el que se puedan ir resolviendo los problemas que se presenten, tanto los que afectan a unos (los unos a los que les parece ser unos en un cierto momento) o a otros (los otros a los que les parece ser otros en ese mismo momento).

Nota: para evitar comprensibles equívocos, conviene tener en cuenta que cuando aquí se habla del tiempo (momento, a la vez…) no se está considerando el tiempo de la física, que es continuo, sino el tiempo social, que, al menos en la mente analítica, no es continuo, está hecho de fragmentos desiguales.


Como siempre, andamos a vueltas con los nacionalistas, o unos nacionalistas contra otros, tal como lo suelen ver los más escépticos.

Parece lo de siempre, pero hay una diferencia importante: hasta hace poco, incluso en las regiones con mayor pujanza nacionalista local, la posibilidad de una mayoría secesionista en un hipotético referendum estaba descartada; ahora no hay tanta unanimidad al respecto.

En consecuencia, empieza a ser importante contar a los secesionistas, que semeja ser muy distinto de contar a los nacionalistas, categoría fácilmente reconocible como sumamente elástica bajo la cual caben muchas posiciones, incluso posiciones divergentes, pero que como veremos no es tan distinto.

Para movernos sin demasiados obstáculos, convengamos en que el rasgo fuerte del nacionalismo es el de considerar que un territorio determinado es una nación y que, por tanto, es sujeto de algún tipo significativo de soberanía que, como mínimo, le permitiría decidir sobre su inclusión o segregación respecto de un territorio más amplio. Siendo así, lo relevante es si podemos o no establecer la existencia de una mayoría secesionista.

Ahora bien, los datos disponibles sobre el estado de la cuestión muestran que las diferencias más importantes a la hora de cuantificar la disposición o actitud secesionista, mediante muestras representativas, por ejemplo de la población catalana, están asociadas a variaciones en la formulación de la pregunta.

Más o menos, según parece, si a un catalán le mentamos la balanza fiscal, tiene una probabilidad relativamente alta de mostrarse secesionista; podemos aventurar la hipótesis de que si le mentamos el mercado se lo piense un pocos más; o si le mentamos la salida de la Unión Europea que al parecer casi inevitablemente supondría la secesión…

¿Y si la pregunta fuese escueta y neutra? Entonces, el resultado dependería de qué tipo de consideraciones se colocasen en primer plano a la hora de votar, cuestión que tiene una evidente dimensión social, puesto que tales consideraciones (o “frames”, como los definió Lakoff) se elaboran y actualizan socialmente, pero que colapsa en el momento del voto casuísticamente, puesto que es cada individuo el que, en secreto, vota.

Pero, aquellas consideraciones a las que nos referíamos son variadas, divergentes y hasta contradictorias, y hay evidencias empíricas suficientes para afirmar que están activas simultáneamente en cada individuo, en mayor o menor grado, salvo acaso en algunos excesivamente congelados en una posición completamente inmutable (en la naturaleza, la inmovilidad absoluta, que correspondería justamente a una extremada congelación, el cero absoluto de temperatura, no es alcanzable, pero quizás en el universo ideológico sí lo sea).

Cabe suponer, por tanto, que en una fracción de tamaño suficiente como para decantar el resultado de un referendum hacia un lado o hacia otro, antes de votar haya en cada votante motivaciones que empujen en una dirección y motivaciones que empujen en la contraria, de tal manera que podríamos decir que cada votante quiere y no quiere la secesión y sólo ante la imposibilidad de responder así en el referendum, donde obligatoriamente, si no renuncia a que su voto se compute, debe elegir entre Si y No, esta superposición de posiciones colapsa y da lugar a un cómputo agregado.

¿Y se acabó? No, puesto que aquello que existía antes, que era diverso y contradictorio, matemáticamente borroso, diversidad y contradicción que fueron canceladas momentáneamente en el acto de votar, sigue siendo diverso y contradictorio, de tal modo que si hiciésemos el experimento de repetir la votación un cierto número de veces, incluso si el resultado agregado no cambiase, podríamos observar muchos cambios individuales.

Así, fuese cual fuese el resultado, podemos asegurar que la mayoría de los votantes estaría condenada a la frustración, tanto si ganase la misma opción que votó como si no.

En sentido estricto, por tanto, no se pueden contar los secesionistas, porque cualquier cómputo exige paralizar su movimiento interno (el movimiento asociado a la oscilación entre posiciones diversas e incluso contradictorias), lo que es un artificio.

Esto sucede en toda elección, desde luego, pero en las elecciones de representantes cabe la rectificación en un cierto plazo, incluso cabe la presión de la oposición y de la opinión pública para obtener una rectificación anticipada, en tanto que un referendum suele estar asociado a decisiones difícilmente reversibles.

La decisión secesionista, efectivamente, es poco reversible. Por consiguiente, un cambio de estado de esta naturaleza (otro tanto se podría decir de una decisión de integración de dos naciones) sólo debería resolverse mediante referendum cuando una mayoría muy holgada estuviese en una posición muy clara, es decir, cuando el referendum mismo fuese innecesario.


Europa ha vuelto a hablar. Ahora, para imponer una expropiación forzosa a los depositantes bancarios en Chipre.

El agujero chipriota, relativamente grande en un país tan pequeño, es, por lo mismo, relativamente pequeño en el conjunto europeo.

Así que ponerse tremendista con una expropiación que supone una vulneración del derecho de propiedad, que no se ha justificado apenas salvo por la fuerza del poder de una burocracia que ha venido cargándose de razón sobre el pedestal alemán, puede ser perfectamente propaganda.

Desde luego, es propaganda para consumo interno de Alemania, con unas elecciones a menos de un año vista, y es propaganda también para atemorizar a todos aquellos países que, como España, han visto ponerse histéricos a sus ministros económicos jurando y perjurando que eso aquí no va a pasar.

La propaganda gana mucha eficacia si es capaz de adherirse una carga moral, lo que en este caso era fácil, dado que debido a la debilidad política europea y a la negligencia reguladora de Chipre este país operaba como un paraíso fiscal y de blanqueo de capitales, al parecer rusos o de la mafia rusa en buena parte.

Empero, hay siempre en las decisiones europeas, en relación con esta crisis, un enfado implícito o explícito. Están enfadados y cuando toman medidas dejan claro que los malos serán castigados. Séneca, a pesar o a fuer de latino, les podría recordar a Sócrates, a pesar o a fuer de griego, que le dijo a su esclavo: “no te castigo porque estoy enfadado”.

“Cherchez la femme” (busquen a la mujer) dicen los franceses, convencidos de que cualquier disparate masculino pasa por una mujer. “Miren a la oferta” les propongo yo. El disparate de gastar demasiado y endeudarse demasiado está incentivado por una oferta que es por definición, y quizás convenga que así sea, insaciable. La demanda también lo es, tanto como el deseo que la hace disponible, pero no controla la circulación de productos y servicios. Los que tendrían que haber sido regulados tienen, por tanto, fuertes incentivos para poner el foco de la responsabilidad en lo menos regulable, la demanda.


Como quiera que el dinero fluye del sistema productivo hacia los consumidores, que, a su vez, lo gastan en sus consumos, las crisis ponen el foco sobre la fuente aparente de los recursos, lo que, en último término, conduce a las empresas.

Eso hemos hecho en este blog más de una vez y desde distintos ángulos: descriptivo (¡son tan pequeñas!), genético (¡ineficientes y malas reproductoras!), institucional (¡aman tanto los privilegios!).

Cuando se habla de las empresas, muy a menudo la conversación se concentra en alguno de los actores, que son, principalmente, tres: los emprendedores, una suerte de empresarios alegres y aventureros que se distinguen por el impulso de crear una o varias empresas; los empresarios, término que parece referirse más bien a la dimensión ejecutiva o gestora de la labor empresarial, en particular la que concierne al empleo; y los empleados o trabajadores.

El caso es que tengo la sensación de que el discurso sobre las empresas no existe sino como discurso sobre los actores y que, en cuanto el foco se centra sobre uno de ellos, queda sublimado (pasa directamente del estado sólido al gaseoso) o excretado (como sucio residuo indeseable).

Este proceso adquiere especial consistencia de una consideración óntica de los actores, según la cual el empresario es empresario en sí, como análogamente el emprendedor es emprendedor y el empleado es empleado.

Es llamativo lo poco, por no decir nada, que se considera la posibilidad del empresario, emprendedor o empleado como un estado, es decir, como una contingencia.

Consecuentemente, todo gira en torno al papel de los actores en lugar de en torno al papel de las empresas, y los actores defienden los intereses de los actores en lugar de los intereses de las empresas que les pagan.

Me declaro harto de emprendedores, de empresarios y de trabajadores, incapaces todos ellos, todos nosotros, de hacer empresas competitivas. Esperemos que la crisis nos confunda lo bastante como para destruir el ser productivo de cada uno y que en el jardín de los senderos que se bifurcan (el universo borgiano de la contingencia) el que no emprendía emprenda, el que era empleador sea empleado y el que empleado empleador y que cambiemos tantas veces como sea preciso para romper la evolución degenerativa en la que nos complacemos desde hace demasiado tiempo.


Posibilidad(es)

“Posibilidad” significa, en una de sus acepciones, “aptitud, potencia u ocasión para ser o existir algo”. Si tomamos el término en plural, “posibilidades”, encontramos otra acepción, que se refiere a los “medios disponibles, hacienda propia”, según el DRAE.

Por tanto, por un lado, la ya tópica idea de que durante años familias, empresas y gobiernos vivieron por encima de sus “posibilidades” parece irrefutable, pues venían gastando más de lo que su hacienda les hubiese permitido de no incurrir en endeudamiento.

Pero, al mismo tiempo, el endeudamiento era una opción real, por lo que al comportarse como lo hicieron aprovechaban la ocasión para ello, dentro de lo posible, que fue amplio y diverso.

Hay aquí un problema de responsabilidad y un problema de contingencia: la responsabilidad es cierta y diversa, pero lo más grave es que no hay contingencia.

Superar sus “posibilidades” concierne a la responsabilidad de cada cual, de ahí que sean fuertes y seguras las voces que reclaman que cada uno pague lo que deba.

Pero, que existiese la “posibilidad” de superar con toda facilidad las “posibilidades” concierne más bien a la dinámica económica, presidida por el impulso de la oferta a vender cuanto más mejor, lo que, obviamente, sería severamente constreñido por un endeudamiento no superior a la hacienda propia.

Ahí entra en juego el crédito, que, aliado con la oferta, operó convirtiendo en ficción el contraste entre endeudamiento y hacienda propia. Pues las entidades financieras sí evaluaron la capacidad de devolución del crédito, pero no sobre la hacienda propia sino sobre laxas hipótesis de crecimiento futuro de la misma. Una profecía que parecía autocumplirse, sobre el apoyo principal de la escalada de precios inmobiliarios, que venía a refrendar en los libros de contabilidad una virtuosa tendencia de la hacienda propia a crecer de acuerdo con aquellas laxas hipótesis. Como se ha revelado que la virtuosa tendencia ocultaba un final abrupto, también se han hecho fuertes las voces que reclaman que una parte la paguen los vendedores (de bienes y de crédito).

Sobre la evidencia de revalorización de la hacienda propia, oferta y crédito pudieron articularse con el deseo de consumir, de gastar, de aparentar… con la fantasía de elegir. Pero, todo esto es paradójico, pues gastar, que supone no ahorrar, impide gastar; como ahorrar, que supone no gastar, permite gastar. Así, si una gran cantidad de personas y organizaciones se pone a comprar inmuebles, como sucedió durante años, a medida que se elevan los precios, el pago de las adquisiciones, incluso con intereses bajos, detrae recursos para el consumo en general, que sólo con más deuda podría mantenerse, a costa de frenar la escalada inmobiliaria.

Si gastar tiene el problema de que impide ahorrar, lo que a la larga impedirá gastar, ahorrar tiene el problema de que exige no gastar, para gastar después, dejando así de ahorrar. Por tanto, las cosas irán necesariamente hacia el desastre y esto sucederá una y otra vez, por lo que no hay contingencia.

La paradoja se manifiesta en las dos grandes tendencias de la política económica: unos quieren que el Estado gaste más, inoculando dinero en el sistema productivo, para que familias y empresas reciban más recursos, lo que conduce a un endeudamiento mayor del Estado al tiempo que a elevar impuestos; otros quieren que el Estado sea el que ahorre, para que los particulares y las empresas puedan gastar lo que el Estado ahorrador no les cobraría en impuestos.

De la posibilidad a la anquilosis: fascinados por la existencia de aquellas maravillosas opciones que satisfacían continuamente el deseo, y deseando por encima de todo volver a tenerlas, el país entero ha caído en la imposibilidad de moverse, lo que aleja cualquier cambio de tendencia y nos acerca a la pobreza. ¿Estamos dimitiendo de la lucha por la supervivencia?

De la posibilidad a la incredibilidad (imposibilidad de ser creído): la anquilosis se funda en la interesada creencia en que hay una solución. Si hubiese una solución, no habría que construirla, no se trataría de trabajar en un proceso acumulativo, sino de una sola acción salvadora. Entretanto, lo que parece cada vez más increíble es que el país pueda con la crisis. Todo indica que 2013 será peor que 2012.


Instituciones

¿Podemos convenir en que la palabra “Institución” remite a comportamiento colectivo, a cooperación para un fin común, a costumbre (raíz de la moral), tanto si nos referimos al espacio de las reglas, al de las leyes o al de la política?

Dos autores, Daron Acemoglu y James A. Robinson proponen, en un libro titulado “Por qué fracasan los países”, para el propósito de analizar el desarrollo de los países, una doble y sencilla clasificación de las instituciones:

-Por un lado, distinguen entre instituciones políticas e instituciones económicas.
-Por otro lado, distinguen entre instituciones inclusivas e instituciones extractivas.

La segunda distinción requiere ser aclarada: entienden por instituciones inclusivas aquellas que permiten la participación de cualquier persona que cumpla ciertas reglas, pudiendo beneficiarse de la cooperación con otras personas; y por instituciones extractivas aquellas que sustentan privilegios de una minoría que veta el acceso al resto de la población, de la que extrae recursos.

La tesis principal que sostienen, acudiendo a múltiples referencias históricas pasadas y contemporáneas, es que las instituciones políticas extractivas y las instituciones económicas extractivas se refuerzan mutuamente para el mantenimiento de privilegios de una minoría ad aeternum. Secundariamente, según estos autores, las instituciones económicas inclusivas no pueden coexistir con instituciones políticas extractivas, a las que a la larga se someten o transforman; las instituciones políticas inclusivas, por definición, no permiten instituciones económicas extractivas.

Adicionalmente, su segunda tesis asegura que es necesario un poder político centralizado para que en un país puedan dominar la escena instituciones políticas y económicas inclusivas.

Supongamos que EEUU, uno de los países avanzados en instituciones inclusivas, en el sentido de la definición de estos autores, está, en una escala de 0 a 10, en las siguientes posiciones:

-En cuanto al desarrollo de instituciones inclusivas (políticas y económicas): 7
-En cuanto a la eficiencia derivada de la forma de organización del poder (unión federal de estados, con un gobierno central presidencialista). 7

¿En qué posición estaría España en cada una de las dos dimensiones?
¿Qué países estarían peor que España en la Zona Euro?
¿Tenemos en la Zona Euro algún país que supere a EEUU en alguna de las dos dimensiones?

Más preguntas:

¿Cómo entender el acceso universal a la educación, que ha producido la famosa generación más preparada de nuestra historia, al tiempo que un sistema productivo incapaz de acoger al capital humano resultante? ¿No es inclusivo el sistema educativo? ¿Coexisten en España instituciones inclusivas y extractivas, lastrando las segundas el potencial derivado de las primeras? ¿Cuáles son?


De deudas

La experiencia indica que, desde el punto de vista del acreedor, la deuda se puede clasificar en dos grandes tipos: el primero se refiere a préstamos cuyo único fin es ser recuperados con un beneficio para el prestamista; el segundo, en cambio, entrelaza la realización del beneficio comúnmente asociado al préstamo con el endeudamiento “ad aeternum”, que tiene la cualidad de que somete al deudor a una dependencia perenne, sobre la base, justamente, de que su deuda es, de un modo u otro, impagable.

Este dispositivo de la deuda impagable se observa con frecuencia en las relaciones humanas, sean personales o profesionales, y lleva implícito lo que El Padrino le hizo explícito a su “amigo” Bonasera, es decir, la obligada disposición permanente e ilimitada a corresponder al acreedor.

Supongamos que un Banco, cuando trata con particulares y empresas, siempre está interesado en el negocio convencional del crédito, es decir, en recuperar el dinero prestado con un beneficio financiero.

¿Se puede decir lo mismo cuando trata con países, es decir, cuando compra deuda soberana? ¿Se puede decir lo mismo cuando inversores institucionales compran deuda soberana? ¿Se puede decir lo mismo cuando por el juego político regional (en la zona Euro, por ejemplo), unos países toman la posición de acreedores de otros para salvar a sus Bancos?

La deuda es un problema para los acreedores… si los deudores la pueden eludir. En caso contrario, puede ser un gran negocio, inmediato (por el alto coste para el deudor) o diferido (por el poder que le da al acreedor sobre el deudor, si bien el paso del tiempo siempre comporta riesgos).

Si el juego que nos traemos entre manos en la UE es un juego de cooperación, debe imponerse cuanto antes un reconocimiento de la imposibilidad de pagar la deuda y acordar quitas equilibradas, para producir la menor pérdida a los acreedores y para hacer viable la economía de los deudores.

Si el juego es de dominación, los países deudores estamos condenados a la sumisión y a la miseria. Y cuando los dominadores se den cuenta de los daños económicos que ellos mismos sufrirán será demasiado tarde para volver a la cooperación.


No es ningún hallazgo, pues circula desde hace tiempo en la prensa y en los blogs, que el significado de “crisis”, si nos remitimos a su etimología griega, κρίσις, que procede de un verbo que a su vez singifica separar, decidir, remite a un proceso en el que se producen cambios, generalmente inesperados o previsibles bajo alta incertidumbre, sobre el que se puede intervenir tomando decisiones.

Desde ese punto de vista, la crisis se acaba, pues no habiendo tomado las decisiones adecuadas, sólo queda la mala situación económica, tan mala que estamos abocados a que las decisiones, acertadas o equivocadas, las tomen otros, pues la intervención parece ya inminente.

El enfoque general de las decisiones tomadas, en buena parte inducidas desde la llamada troika europea, ha pivotado sobre los gastos… incluso cuando parecía que lo hacía sobre los ingresos, dado que la política fiscal, cuando no ha sido completamente inoperante, como ha sucedido con la amnistía, ha restado renta disponible a los endeudados y atribulados consumidores y recursos financieros a las empresas con beneficios.

Así que casi todos gastamos menos, pero los mercados, a los que hay que conceder la cualidad de la lucidez, cada vez creen menos en nuestras posibilidades, justamente porque lo que no ven es que podamos mejorar nuestros ingresos.

Esta disonancia lleva largo tiempo produciendo interminables discusiones entre partidarios de la austeridad y partidarios de la estimulación pública del crecimiento. Lo peor que hay en una discusión es que los contendientes encuentren dos opuestos en los que morder, pues teniendo la oposición la apariencia de excluyente parece que uno de los dos tiene que tener toda la razón, expectativa triunfal a la que pocos se resisten.

Más bien parece que los contrarios lo son sólo aparentemente y no son necesariamente excluyentes: ineludiblemente hay que recortar y los recortes deben dañar lo menos posible la capacidad de generar ingresos, al tiempo que dicha generación de ingresos debe ser estimulada… bajo la condición de que el recorte neto sea bien significativo y visible.

Pero las cosas han ido ya demasiado lejos. Hace al menos 4 años que deberíamos haber sido más comedidos en el gasto y que deberíamos haber concentrado los recursos públicos (en menor cuantía que los gastados en medidas de estímulo ineficaces o contraproducentes, como el Plan E) en impulsar la transformación de nuestra oferta (en lugar de decir todo el tiempo lo buenos que somos, deberíamos haber avanzado algo en ser realmente buenos en lo que ofrecemos al mercado), explotando los recursos humanos infrautilizados (más del 40% de los universitarios subempleados). Si aceptamos que el recorte debe tener un saldo neto apreciable, los estímulos no pueden consistir en inyectar dinero en sectores que no venden, sino en transformarlos.

Eso hubiese servido para seguir en el juego, pero ahora es el juego mismo el que se acaba. ¿Qué juego?

La economía es una disciplina que en su origen estaba formada por reglas de administración de la casa, lo que, por extensión, derivó en una disciplina más amplia, la economía política, que incluía la administración del Estado, y que finalmente se volvió a llamar economía a secas, comprendiendo los hechos crecientemente complejos, y también las apariencias, que tienen que ver con la oferta, la demanda, el dinero, etc.

Ahora la mayor parte de los economistas más reputados no se dedican a la administración de nada, ni parece que sepan administrar nada, sino que se dedican a explicarnos lo que pasa y por qué pasa y, consecuentemente, qué habría que hacer. Krugman proponía, hace años, una distinción entre economistas y vendedores de políticas económicas (Vendiendo Prosperidad), distinción que es esclarecedora porque cuando se busca a los economistas lo que se encuentra es solamente vendedores de políticas económicas, de los que el propio Krugman parece conspicuo representante.

¿Cómo entender esta situación en la que todo lo que se hace parece inútil? Se nota en los medios, significativamente en los más próximos al actual gobierno, una tendencia a la interpretación conspiratoria, según la cual o bien el dólar contra el euro o bien el norte de la zona Euro contra los países mediterráneos, serían confrontaciones que explicarían la imposibilidad de enderezar el rumbo.

Este enfoque, minoritario aún, coexiste con el que predica medidas más radicales (abolición de las autonomías, por ejemplo), constatando con desesperación la incapacidad de la que ahora se denomina casta política para imponerlas y de la ciudadanía para aceptarlas.

Lo cierto es que recortes sobre la mesa los hay y que el empleo se contrae, al tiempo que lo hace la demanda interna y en particular el consumo, que hasta hace unos meses, había aguantado.

Aquí hay un punto interesante: el consumo aguantó mucho mejor en un período de incertidumbre económica y política como la del gobierno anterior, al que no se le concedía ningún crédito, tanto por haber negado la crisis como por su incapacidad para afrontarla y por la contradicción entre las medidas de ajuste y sus principios políticos; por contraste, con un gobierno con amplia mayoría absoluta, sin inconsistencia entre las medidas virtuosas de austeridad y sus principios políticos declarados, el consumo va significativamente peor, desde luego peor de lo esperado. Confianza por confianza, parecía disfrutar de menor confianza Zapatero que Rajoy… pero nada.

Por tanto, quizás el análisis económico esté sobrevalorando el efecto de la confianza, olvidando que con confianza o sin ella hay una realidad sólida por debajo que también influye, aunque no sea tan visible como la prédica de los vendedores de políticas económicas. Puede que suceda algo semejante a lo que se observa muchas veces en el mercado: los hay que confían sólo en el marketing y se estrellan con un producto que no interesa a nadie.

Realidad es una palabra que invita a volver la vista sobre las cosas más sencillas, a saber: para consumir hay que disponer de recursos (renta familiar disponible) y lo que una unidad puede consumir en un período de tiempo (por ejemplo, cada mes) está limitado por sus ingresos netos, descontadas sus obligaciones, en ese mismo período.

Si esa unidad entra en consideraciones acerca del riesgo de perder ingresos en el futuro o de la necesidad de destinarlos a gastos no inmediatos, ahorrará, restando recursos para el consumo. Si todas la unidades se comportan así y su estimación del riesgo y de necesidades futuras es correcta, aunque muchos de ellos se equivoquen, salvo que sean realmente muchos y lo hagan en una sola dirección, todo irá bien.

Pero ¿cómo es la realidad? La realidad muestra que el consumo, en los últimos 60 años, aproximadamente, se ha extendido aceleradamente; se ha dicho con razón que el consumo ha desplazado del centro de gravedad social a la producción (Jesús Ibáñez). Este proceso se ha caracterizado por un enorme desarrollo de la oferta, que ha ido transformándose subordinando todo al éxito en la búsqueda de acoplamientos exitosos con los consumidores (en la industria convencional, se imponía el criterio de las economías de escala; Zara retira cuantos productos no obtienen el éxito esperado de inmediato, lo que es inconcebible en el modelo anterior).

Pero la oferta no tiene el control de lo que sucede, tan solo un tablero de juego con unas fichas que mover, unas fichas que globalmente sabe mover muy bien, aunque la mayoría de sus intentos fracasen (la mayoría de las empresas que se crean y la mayoría de los productos que se diseñan fracasan en relativamente poco tiempo); sabe mover muy bien sus fichas y todo va bien hasta que, de tarde en tarde, todos nos enfrentamos a una crisis sistémica, como la actual, por ejemplo.

No es que el capitalismo se vaya a acabar, para eso haría falta alcanzar límites de recursos y de tecnología, lo que posiblemente sucederá, pero no mañana, sino que el tablero sobre el que se estaba jugando y algunas reglas de juego importantes se muestran inservibles.

Volviendo al hilo de la oferta, si su éxito global muestra una gran fortaleza en períodos largos de tiempo y el crecimiento del consumo es acelerado, aunque localmente haya crisis importantes, es, obviamente, porque se rompen los límites de la disponibilidad de recursos de los consumidores.

Aquí se combina un gran esfuerzo por parte de la oferta a la hora de excitar el deseo de los consumidores y una tentación oportunamente colocada al lado del producto: el crédito.

Hay que darse cuenta de que el crédito tiene una naturaleza distinta cuando se vincula a la inversión que cuando se vincula al consumo. En el primer caso, puede seleccionar inversiones con expectativas de rendimiento tan altas como sea necesario; en el segundo, lo único que puede hacer es asegurarse la devolución. Es una diferencia muy importante, por cuanto revela que el crédito al consumo no es sino un anticipo de la capacidad de consumo futura, que, como el crédito debe ser devuelto, y con un coste añadido, se verá disminuida inevitablemente, salvo que siga obteniendo financiación hasta que los prestamistas incurran en un riesgo que no pueden cubrir.

Adicionalmente, los prestamistas, que constituyen otra parte de la oferta al fin y al cabo, aunque lo que ellos ofrezcan sean productos financieros, se las ingenian para gestionar el riesgo de manera que, mediante complejos artilugios financieros, basados en buena parte en el aseguramiento del riesgo, convenientemente troceado, mezclado y reempaquetado, puedan seguir ganando dinero cuando ya gran parte del sistema se ha desplazado hacia el frágil voladizo de la insolvencia.

Así que en el tablero de juego tenemos a la oferta, que no para de extenderse, diversificarse y renovarse y de lanzar señuelos para vender; tenemos a los consumidores, que inevitablemente (“¡Consumid, consumid, malditos!”¿Alguien piensa que pueden elegir?) se ven sometidos al bombardeo masivo de la oferta; y tenemos a los financieros, que lubrican el acoplamiento oferta-demanda.

El juego va viento en popa durante un tiempo, pero inevitablemente el conjunto de la demanda gasta más de lo que tiene, pues en eso se basa el éxito de la oferta y de los lubricadores, hasta que ya no puede seguir gastando y devolviendo la deuda, lo que se traduce finalmente en que no puede seguir gastando, lo que la sume en grandes tribulaciones, pues el sentido de la vida dependía en considerable medida de gastar, pero, además, y esto es lo más significativo económicamente, la oferta y las finanzas se hunden, disminuye el empleo, lo que disminuye más el consumo, aumenta la morosidad y todo se va desmoronando.

Pero ¿dónde está el dinero que ha circulado por el tablero? Unos piensan que la mayor parte ha ido a unos señores de los que no hemos hablado, que son, por así decir, los que cuidan a los jugadores mientras juegan, los que dirigen el Estado, que, además, son elegidos, o sea que también tienen que vender algo.

Nadie se había fijado mucho en el Estado cuando todo iba bien, pues se daba por supuesto que tenía que cuidarnos a todos, que, además, así, podíamos seguir jugando sin preocuparnos de enojosos asuntos, como si iba a venir alguien a robarnos o a matarnos o si íbamos a tener que destinar todo el dinero a curar una enfermedad grave o si íbamos a tener que ponernos a limpiar la playa el primer día de vacaciones.

Cuando el dinero se volatiliza, en cambio, todo el mundo mira al Estado, reprochándole que se haya quedado con más de la cuenta y que haya despilfarrado parte de ello. Bien, supongamos que sea así y que el Estado nos devuelva algo o no nos pida tanto, aunque nos sirva un poco peor, para jugar otro rato, pero no por ello el juego va a terminar de distinta manera, como prueba el hecho de que la deuda privada sea más del doble de grande que la deuda pública, a pesar de que, como ejemplifica el rescate bancario en curso, se esté transfiriendo deuda privada al sector público.

No puede ser que el dinero se haya volatilizado. Lo que ha sucedido es que si hablamos de dinero, en este juego unos han gastado cada vez más sin ganar cada vez más (los consumidores, singularmente) y otros han ganado cada vez más (sin gastar más, aunque incurriendo en riesgos crecientes), y estos han sido la oferta y los agentes financieros. Si no está el dinero en manos de quienes se sientan a la mesa es porque alguien lo ha cambiado de sitio. Sólo lo ha podido hacer el que lo ha ganado. Así, la oferta ha dejado de meter el dinero en la máquina de producir, porque se ha quedado sin demanda a la que vender, que, además, le debe dinero, al tiempo que los agentes financieros le han retirado el dinero a la máquina de prestar (aquejada, además, de la insolvencia de los deudores) y ahora juegan a que todo se va a hundir (apostaron primero contra los bonos hipotecarios y ahora contra los países; es recomendable al respecto el libro Boomerang, de Michael Lewis).

¿Quieren que se hunda? En una película de James Bond habría seguramente un malo muy malo que estaría maquinando el hundimiento universal de la economía, pero parece dudoso que los llamados mercados estén animados de una voluntad deliberadamente maligna como esa. Empero, por el camino que vamos, efectivamente, el hundimiento general de la economía no es descartable, más bien se antoja como un desenlace casi inevitable.

Si aceptamos que el juego está bien representado en este relato, debemos fijarnos en que, a diferencia de los juegos ordinarios, como el póker entre aficionados, en los que lo que sucede queda limitado a un cambio de manos del dinero que hay sobre la mesa, sin que eso, en general, afecte a la generación de ese dinero (el jugador que pierde puede seguir ganando su salario o su renta, si tiene de qué y volver al tablero con más o menos recursos), aquí lo que sucede es que todo lo que venía generando riqueza y, por tanto, permitía a los jugadores seguir poniendo dinero en el tablero, se paraliza… justamente por falta de dinero.

Por tanto, la crisis es sistémica porque hace impracticable el juego en el mismo tablero y con las mismas reglas.

En este punto, es hora de darse cuenta de que, en consecuencia, todos los actores están involucrados en la crisis. La búsqueda de un culpable (el chivo expiatorio) oscurece la visión notablemente, pues señala a los que incumplen obligaciones, sin reparar en que la asunción de obligaciones imposibles de cumplir ha sido todo el tiempo la base del movimiento que constituye el juego. La diversión estaba en la velocidad que imprimía ese hecho y que no podía imprimir ningún otro.

¿Queremos seguir jugando? Si no queremos seguir jugando y nos concentramos en las reglas aparentes del juego y en que los que tienen obligaciones las cumplan, vayamos pensando ya en organizar una guerra bien grande, que es el modo en que tradicionalmente se han venido resolviendo estos grandes nudos gordianos.

Si queremos seguir jugando, es necesario que el dinero vuelva a fluir para que se pueda volver a producir y a consumir, al tiempo que se paga lo que se debe. ¿Todo lo que se debe? Imposible, para que suceda lo necesario para volver a jugar, parte de lo ganado debe volver al tablero, o lo que es lo mismo, parte de la deuda debe quedar anulada.

¿A quién afecta esto? Si pensamos en países, a los que más venden (Alemania, en posición muy destacada) y a los que más se benefician del precio del dinero, hasta el punto de que para algunos el precio es negativo (Alemania, también en posición muy destacada).

Si pensamos en empresas, los agentes financieros, acreedores de deuda pública y privada, los promotores inmobiliarios, y, en general, los accionistas ricos de la oferta, que han retirado su dinero de la producción.

Huelga decir que en todo esto hay involucrados asuntos éticos y también institucionales de considerable calado, pero también que la moralina con la que nos empalagan desde la hora del desayuno acerca de los que trabajan y cumplen y los que vaguean e incumplen, al igual que otra moralina de sentido más o menos contrario, es como mínimo improcedente. El juego es siempre el mismo: unos venden cosas y otros las compran. No se queje usted si ha vendido demasiado, si ha prestado demasiado; no se queje usted si siempre es el que compra y está endeudado, aprenda a producir y vender.

Mientras tanto, busquen entretenimientos baratos y un huerto, porque no parece que la política económica, ni la española, ni la europea, vayan por buen camino, apresadas como están en visones locales de los problemas. Son políticas que deambulan, errantes, a la búsqueda de un tesoro inexistente, la solución local sin impacto global, como muestran los hechos.


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