La escalera

Otro blog de km77.com

Preguntaba en la entrada anterior si pueden ser contados los secesionistas, con el propósito implícito de llamar la atención sobre el creciente desdibujamiento del prototipo de individuo u hombre(mujer) de una pieza.

Fueron interesantes los comentarios posteriores, si bien el arrastre del pre-texto derivó sobre el derecho de autodeterminación y de independencia, que, por otra parte, ha sido tratado extensamente en el blog Teletransporte.

Lo que me interesa subrayar es que, por más que mantengamos la idea de que somos individuos, tanto nuestro comportamiento como nuestro pensamiento se alejan aceleradamente de esa condición, cada vez más imaginaria (mera idea).

El desarrollo del consumo y su implantación en el centro de la vida social, propiciado por la articulación entre una capacidad evolutiva fundamental, el deseo, y una oferta creciente, aceleradamente diversa y aceleradamente cambiante, ha sometido a la otrora sociedad de individuos (es decir, al conjunto de individuos institucionalizados, clasificados y jerarquizados, que la constituía) a tal fricción que, en una analogía termodinámica, lo que estaba unido y parecía de una pieza se va inexorablemente disgregando.

La temperatura, que representa un estado de la materia con una cierta cantidad de la energía interna llamada energía cinética, la correspondiente al movimiento de las partículas que componen aquella materia, cuando se eleva por encima de determinados umbrales, justamente por la cantidad de movimiento (en el sentido de energía cinética) de sus componentes, produce la separación, incluso la ruptura de los mismos. Igualmente sucede con los individuos, que, como consumidores, ya no pueden ser considerados unidades, pues se descomponen en sus actos, en sus innumerables colisiones con la oferta.

Este fenómeno se muestra con claridad y significativamente cuando se intenta diferenciar grupos de individuos según su comportamiento (técnicamente, segmentar), habiéndose verificado que su ubicación en el abanico de comportamientos posibles depende del momento de la observación y no es ni mucho menos único. Con toda propiedad, cabe suponer que, mientras no congelemos al supuesto individuo en uno de sus actos, estará a la vez en varios puntos de aquel abanico.

Ahora bien, el consumo no es sólo de productos y servicios, pues lo que consumimos más es tiempo y símbolos que circulan a caballo de multitud de fragmentos de información.

Por tanto, lo que sucede de forma bastante visible, si uno prescinde de las anteojeras de la visión convencional de la sociedad de individuos, en el plano del consumo de productos y servicios, debe suceder con mayor motivo en el plano del consumo de símbolos.

La concepción convencional de la sociedad de individuos tiende a negar estos procesos o, cuando acepta algunas de sus evidencias, los descalifica como malignas amenazas contra lo más sagrado de la persona, su identidad. Pero, sucede que el mundo donde los individuos lo eran de verdad es el que se fundaba en una sociedad rígidamente estratificada, con la menor movilidad social posible, de modo que se da la paradoja de que cuanto más clara era la condición individual de la persona más implacable e inevitable era su sometimiento a otros o su ejercicio del poder.

De tal manera que el prototipo de individuo de una pieza era, de hecho, el más rígidamente sometido a un conjunto de reglas inamovibles, el héroe, el que estaba dispuesto a matar a su hijo para servir a su señor…

En un terreno más mundano, volviendo al consumo, fijémonos en la palabra “cliente”, la más pronunciada en el universo de los ejecutivos y, de unos años a esta parte, también en el de los funcionarios públicos: todos tienen clientes internos y externos. Pues bien, cliente tiene un antecedente etimológico en el término latino “cliens”, que significaba “protegido del patrón”. Así, la oferta comercial, que acelera el movimiento de los consumidores descomponiéndolos como individuos, sigue con la fantasía de someterlos mediante esa relación de patrón protector del protegido sirviente. Recuerden, estamos en la escalera, donde se sube bajando y se baja subiendo.

Por tanto, parece que el ejercicio del poder (sin prejuzgar a favor o en contra de quién) necesita individuos, piezas reconocibles y clasificables. A qué pueda dar lugar el proceso de disgregación en curso, no lo sabemos, pero de la identidad inamovible de las clases, las religiones, las ideologías, la política de los partidos políticos, sabemos bastante. A lo mejor disolverse un poco no es tan malo… o a lo mejor ya es hora de disolverse del todo.

La Modernidad, tal como actualizó el concepto Beaudelaire, como la forma de entender lo que es nuevo (por oposición a rechazar todo cambio, propio de los individuos de una pieza) y como el protagonismo de la gente corriente en detrimento de los héroes, preparó el camino o certificó la apertura de otros caminos que posteriormente se llenaron de indeterminación.

En cualquier caso, conviene atender a estas características de la dinámica social para evitar dibujar trayectorias inviables y altamente costosas. Si nuestras posiciones imaginarias (las ideas que tenemos en cada momento sobre las cosas más variadas) son tan móviles como nuestros consumos, o, como cabe sospechar, más aún, deberíamos evitar movimientos semejantes a quemar las naves. Volviendo a los secesionistas, e, inevitablemente, a su correlato necesario, los unionistas, es difícil pensar en este tiempo en separaciones radicales o uniones indisolubles. Mejor sería un marco flexible de cohabitación en el que se puedan ir resolviendo los problemas que se presenten, tanto los que afectan a unos (los unos a los que les parece ser unos en un cierto momento) o a otros (los otros a los que les parece ser otros en ese mismo momento).

Nota: para evitar comprensibles equívocos, conviene tener en cuenta que cuando aquí se habla del tiempo (momento, a la vez…) no se está considerando el tiempo de la física, que es continuo, sino el tiempo social, que, al menos en la mente analítica, no es continuo, está hecho de fragmentos desiguales.


Como siempre, andamos a vueltas con los nacionalistas, o unos nacionalistas contra otros, tal como lo suelen ver los más escépticos.

Parece lo de siempre, pero hay una diferencia importante: hasta hace poco, incluso en las regiones con mayor pujanza nacionalista local, la posibilidad de una mayoría secesionista en un hipotético referendum estaba descartada; ahora no hay tanta unanimidad al respecto.

En consecuencia, empieza a ser importante contar a los secesionistas, que semeja ser muy distinto de contar a los nacionalistas, categoría fácilmente reconocible como sumamente elástica bajo la cual caben muchas posiciones, incluso posiciones divergentes, pero que como veremos no es tan distinto.

Para movernos sin demasiados obstáculos, convengamos en que el rasgo fuerte del nacionalismo es el de considerar que un territorio determinado es una nación y que, por tanto, es sujeto de algún tipo significativo de soberanía que, como mínimo, le permitiría decidir sobre su inclusión o segregación respecto de un territorio más amplio. Siendo así, lo relevante es si podemos o no establecer la existencia de una mayoría secesionista.

Ahora bien, los datos disponibles sobre el estado de la cuestión muestran que las diferencias más importantes a la hora de cuantificar la disposición o actitud secesionista, mediante muestras representativas, por ejemplo de la población catalana, están asociadas a variaciones en la formulación de la pregunta.

Más o menos, según parece, si a un catalán le mentamos la balanza fiscal, tiene una probabilidad relativamente alta de mostrarse secesionista; podemos aventurar la hipótesis de que si le mentamos el mercado se lo piense un pocos más; o si le mentamos la salida de la Unión Europea que al parecer casi inevitablemente supondría la secesión…

¿Y si la pregunta fuese escueta y neutra? Entonces, el resultado dependería de qué tipo de consideraciones se colocasen en primer plano a la hora de votar, cuestión que tiene una evidente dimensión social, puesto que tales consideraciones (o “frames”, como los definió Lakoff) se elaboran y actualizan socialmente, pero que colapsa en el momento del voto casuísticamente, puesto que es cada individuo el que, en secreto, vota.

Pero, aquellas consideraciones a las que nos referíamos son variadas, divergentes y hasta contradictorias, y hay evidencias empíricas suficientes para afirmar que están activas simultáneamente en cada individuo, en mayor o menor grado, salvo acaso en algunos excesivamente congelados en una posición completamente inmutable (en la naturaleza, la inmovilidad absoluta, que correspondería justamente a una extremada congelación, el cero absoluto de temperatura, no es alcanzable, pero quizás en el universo ideológico sí lo sea).

Cabe suponer, por tanto, que en una fracción de tamaño suficiente como para decantar el resultado de un referendum hacia un lado o hacia otro, antes de votar haya en cada votante motivaciones que empujen en una dirección y motivaciones que empujen en la contraria, de tal manera que podríamos decir que cada votante quiere y no quiere la secesión y sólo ante la imposibilidad de responder así en el referendum, donde obligatoriamente, si no renuncia a que su voto se compute, debe elegir entre Si y No, esta superposición de posiciones colapsa y da lugar a un cómputo agregado.

¿Y se acabó? No, puesto que aquello que existía antes, que era diverso y contradictorio, matemáticamente borroso, diversidad y contradicción que fueron canceladas momentáneamente en el acto de votar, sigue siendo diverso y contradictorio, de tal modo que si hiciésemos el experimento de repetir la votación un cierto número de veces, incluso si el resultado agregado no cambiase, podríamos observar muchos cambios individuales.

Así, fuese cual fuese el resultado, podemos asegurar que la mayoría de los votantes estaría condenada a la frustración, tanto si ganase la misma opción que votó como si no.

En sentido estricto, por tanto, no se pueden contar los secesionistas, porque cualquier cómputo exige paralizar su movimiento interno (el movimiento asociado a la oscilación entre posiciones diversas e incluso contradictorias), lo que es un artificio.

Esto sucede en toda elección, desde luego, pero en las elecciones de representantes cabe la rectificación en un cierto plazo, incluso cabe la presión de la oposición y de la opinión pública para obtener una rectificación anticipada, en tanto que un referendum suele estar asociado a decisiones difícilmente reversibles.

La decisión secesionista, efectivamente, es poco reversible. Por consiguiente, un cambio de estado de esta naturaleza (otro tanto se podría decir de una decisión de integración de dos naciones) sólo debería resolverse mediante referendum cuando una mayoría muy holgada estuviese en una posición muy clara, es decir, cuando el referendum mismo fuese innecesario.


Europa ha vuelto a hablar. Ahora, para imponer una expropiación forzosa a los depositantes bancarios en Chipre.

El agujero chipriota, relativamente grande en un país tan pequeño, es, por lo mismo, relativamente pequeño en el conjunto europeo.

Así que ponerse tremendista con una expropiación que supone una vulneración del derecho de propiedad, que no se ha justificado apenas salvo por la fuerza del poder de una burocracia que ha venido cargándose de razón sobre el pedestal alemán, puede ser perfectamente propaganda.

Desde luego, es propaganda para consumo interno de Alemania, con unas elecciones a menos de un año vista, y es propaganda también para atemorizar a todos aquellos países que, como España, han visto ponerse histéricos a sus ministros económicos jurando y perjurando que eso aquí no va a pasar.

La propaganda gana mucha eficacia si es capaz de adherirse una carga moral, lo que en este caso era fácil, dado que debido a la debilidad política europea y a la negligencia reguladora de Chipre este país operaba como un paraíso fiscal y de blanqueo de capitales, al parecer rusos o de la mafia rusa en buena parte.

Empero, hay siempre en las decisiones europeas, en relación con esta crisis, un enfado implícito o explícito. Están enfadados y cuando toman medidas dejan claro que los malos serán castigados. Séneca, a pesar o a fuer de latino, les podría recordar a Sócrates, a pesar o a fuer de griego, que le dijo a su esclavo: “no te castigo porque estoy enfadado”.

“Cherchez la femme” (busquen a la mujer) dicen los franceses, convencidos de que cualquier disparate masculino pasa por una mujer. “Miren a la oferta” les propongo yo. El disparate de gastar demasiado y endeudarse demasiado está incentivado por una oferta que es por definición, y quizás convenga que así sea, insaciable. La demanda también lo es, tanto como el deseo que la hace disponible, pero no controla la circulación de productos y servicios. Los que tendrían que haber sido regulados tienen, por tanto, fuertes incentivos para poner el foco de la responsabilidad en lo menos regulable, la demanda.


Como quiera que el dinero fluye del sistema productivo hacia los consumidores, que, a su vez, lo gastan en sus consumos, las crisis ponen el foco sobre la fuente aparente de los recursos, lo que, en último término, conduce a las empresas.

Eso hemos hecho en este blog más de una vez y desde distintos ángulos: descriptivo (¡son tan pequeñas!), genético (¡ineficientes y malas reproductoras!), institucional (¡aman tanto los privilegios!).

Cuando se habla de las empresas, muy a menudo la conversación se concentra en alguno de los actores, que son, principalmente, tres: los emprendedores, una suerte de empresarios alegres y aventureros que se distinguen por el impulso de crear una o varias empresas; los empresarios, término que parece referirse más bien a la dimensión ejecutiva o gestora de la labor empresarial, en particular la que concierne al empleo; y los empleados o trabajadores.

El caso es que tengo la sensación de que el discurso sobre las empresas no existe sino como discurso sobre los actores y que, en cuanto el foco se centra sobre uno de ellos, queda sublimado (pasa directamente del estado sólido al gaseoso) o excretado (como sucio residuo indeseable).

Este proceso adquiere especial consistencia de una consideración óntica de los actores, según la cual el empresario es empresario en sí, como análogamente el emprendedor es emprendedor y el empleado es empleado.

Es llamativo lo poco, por no decir nada, que se considera la posibilidad del empresario, emprendedor o empleado como un estado, es decir, como una contingencia.

Consecuentemente, todo gira en torno al papel de los actores en lugar de en torno al papel de las empresas, y los actores defienden los intereses de los actores en lugar de los intereses de las empresas que les pagan.

Me declaro harto de emprendedores, de empresarios y de trabajadores, incapaces todos ellos, todos nosotros, de hacer empresas competitivas. Esperemos que la crisis nos confunda lo bastante como para destruir el ser productivo de cada uno y que en el jardín de los senderos que se bifurcan (el universo borgiano de la contingencia) el que no emprendía emprenda, el que era empleador sea empleado y el que empleado empleador y que cambiemos tantas veces como sea preciso para romper la evolución degenerativa en la que nos complacemos desde hace demasiado tiempo.


Posibilidad(es)

“Posibilidad” significa, en una de sus acepciones, “aptitud, potencia u ocasión para ser o existir algo”. Si tomamos el término en plural, “posibilidades”, encontramos otra acepción, que se refiere a los “medios disponibles, hacienda propia”, según el DRAE.

Por tanto, por un lado, la ya tópica idea de que durante años familias, empresas y gobiernos vivieron por encima de sus “posibilidades” parece irrefutable, pues venían gastando más de lo que su hacienda les hubiese permitido de no incurrir en endeudamiento.

Pero, al mismo tiempo, el endeudamiento era una opción real, por lo que al comportarse como lo hicieron aprovechaban la ocasión para ello, dentro de lo posible, que fue amplio y diverso.

Hay aquí un problema de responsabilidad y un problema de contingencia: la responsabilidad es cierta y diversa, pero lo más grave es que no hay contingencia.

Superar sus “posibilidades” concierne a la responsabilidad de cada cual, de ahí que sean fuertes y seguras las voces que reclaman que cada uno pague lo que deba.

Pero, que existiese la “posibilidad” de superar con toda facilidad las “posibilidades” concierne más bien a la dinámica económica, presidida por el impulso de la oferta a vender cuanto más mejor, lo que, obviamente, sería severamente constreñido por un endeudamiento no superior a la hacienda propia.

Ahí entra en juego el crédito, que, aliado con la oferta, operó convirtiendo en ficción el contraste entre endeudamiento y hacienda propia. Pues las entidades financieras sí evaluaron la capacidad de devolución del crédito, pero no sobre la hacienda propia sino sobre laxas hipótesis de crecimiento futuro de la misma. Una profecía que parecía autocumplirse, sobre el apoyo principal de la escalada de precios inmobiliarios, que venía a refrendar en los libros de contabilidad una virtuosa tendencia de la hacienda propia a crecer de acuerdo con aquellas laxas hipótesis. Como se ha revelado que la virtuosa tendencia ocultaba un final abrupto, también se han hecho fuertes las voces que reclaman que una parte la paguen los vendedores (de bienes y de crédito).

Sobre la evidencia de revalorización de la hacienda propia, oferta y crédito pudieron articularse con el deseo de consumir, de gastar, de aparentar… con la fantasía de elegir. Pero, todo esto es paradójico, pues gastar, que supone no ahorrar, impide gastar; como ahorrar, que supone no gastar, permite gastar. Así, si una gran cantidad de personas y organizaciones se pone a comprar inmuebles, como sucedió durante años, a medida que se elevan los precios, el pago de las adquisiciones, incluso con intereses bajos, detrae recursos para el consumo en general, que sólo con más deuda podría mantenerse, a costa de frenar la escalada inmobiliaria.

Si gastar tiene el problema de que impide ahorrar, lo que a la larga impedirá gastar, ahorrar tiene el problema de que exige no gastar, para gastar después, dejando así de ahorrar. Por tanto, las cosas irán necesariamente hacia el desastre y esto sucederá una y otra vez, por lo que no hay contingencia.

La paradoja se manifiesta en las dos grandes tendencias de la política económica: unos quieren que el Estado gaste más, inoculando dinero en el sistema productivo, para que familias y empresas reciban más recursos, lo que conduce a un endeudamiento mayor del Estado al tiempo que a elevar impuestos; otros quieren que el Estado sea el que ahorre, para que los particulares y las empresas puedan gastar lo que el Estado ahorrador no les cobraría en impuestos.

De la posibilidad a la anquilosis: fascinados por la existencia de aquellas maravillosas opciones que satisfacían continuamente el deseo, y deseando por encima de todo volver a tenerlas, el país entero ha caído en la imposibilidad de moverse, lo que aleja cualquier cambio de tendencia y nos acerca a la pobreza. ¿Estamos dimitiendo de la lucha por la supervivencia?

De la posibilidad a la incredibilidad (imposibilidad de ser creído): la anquilosis se funda en la interesada creencia en que hay una solución. Si hubiese una solución, no habría que construirla, no se trataría de trabajar en un proceso acumulativo, sino de una sola acción salvadora. Entretanto, lo que parece cada vez más increíble es que el país pueda con la crisis. Todo indica que 2013 será peor que 2012.


Instituciones

¿Podemos convenir en que la palabra “Institución” remite a comportamiento colectivo, a cooperación para un fin común, a costumbre (raíz de la moral), tanto si nos referimos al espacio de las reglas, al de las leyes o al de la política?

Dos autores, Daron Acemoglu y James A. Robinson proponen, en un libro titulado “Por qué fracasan los países”, para el propósito de analizar el desarrollo de los países, una doble y sencilla clasificación de las instituciones:

-Por un lado, distinguen entre instituciones políticas e instituciones económicas.
-Por otro lado, distinguen entre instituciones inclusivas e instituciones extractivas.

La segunda distinción requiere ser aclarada: entienden por instituciones inclusivas aquellas que permiten la participación de cualquier persona que cumpla ciertas reglas, pudiendo beneficiarse de la cooperación con otras personas; y por instituciones extractivas aquellas que sustentan privilegios de una minoría que veta el acceso al resto de la población, de la que extrae recursos.

La tesis principal que sostienen, acudiendo a múltiples referencias históricas pasadas y contemporáneas, es que las instituciones políticas extractivas y las instituciones económicas extractivas se refuerzan mutuamente para el mantenimiento de privilegios de una minoría ad aeternum. Secundariamente, según estos autores, las instituciones económicas inclusivas no pueden coexistir con instituciones políticas extractivas, a las que a la larga se someten o transforman; las instituciones políticas inclusivas, por definición, no permiten instituciones económicas extractivas.

Adicionalmente, su segunda tesis asegura que es necesario un poder político centralizado para que en un país puedan dominar la escena instituciones políticas y económicas inclusivas.

Supongamos que EEUU, uno de los países avanzados en instituciones inclusivas, en el sentido de la definición de estos autores, está, en una escala de 0 a 10, en las siguientes posiciones:

-En cuanto al desarrollo de instituciones inclusivas (políticas y económicas): 7
-En cuanto a la eficiencia derivada de la forma de organización del poder (unión federal de estados, con un gobierno central presidencialista). 7

¿En qué posición estaría España en cada una de las dos dimensiones?
¿Qué países estarían peor que España en la Zona Euro?
¿Tenemos en la Zona Euro algún país que supere a EEUU en alguna de las dos dimensiones?

Más preguntas:

¿Cómo entender el acceso universal a la educación, que ha producido la famosa generación más preparada de nuestra historia, al tiempo que un sistema productivo incapaz de acoger al capital humano resultante? ¿No es inclusivo el sistema educativo? ¿Coexisten en España instituciones inclusivas y extractivas, lastrando las segundas el potencial derivado de las primeras? ¿Cuáles son?


De deudas

La experiencia indica que, desde el punto de vista del acreedor, la deuda se puede clasificar en dos grandes tipos: el primero se refiere a préstamos cuyo único fin es ser recuperados con un beneficio para el prestamista; el segundo, en cambio, entrelaza la realización del beneficio comúnmente asociado al préstamo con el endeudamiento “ad aeternum”, que tiene la cualidad de que somete al deudor a una dependencia perenne, sobre la base, justamente, de que su deuda es, de un modo u otro, impagable.

Este dispositivo de la deuda impagable se observa con frecuencia en las relaciones humanas, sean personales o profesionales, y lleva implícito lo que El Padrino le hizo explícito a su “amigo” Bonasera, es decir, la obligada disposición permanente e ilimitada a corresponder al acreedor.

Supongamos que un Banco, cuando trata con particulares y empresas, siempre está interesado en el negocio convencional del crédito, es decir, en recuperar el dinero prestado con un beneficio financiero.

¿Se puede decir lo mismo cuando trata con países, es decir, cuando compra deuda soberana? ¿Se puede decir lo mismo cuando inversores institucionales compran deuda soberana? ¿Se puede decir lo mismo cuando por el juego político regional (en la zona Euro, por ejemplo), unos países toman la posición de acreedores de otros para salvar a sus Bancos?

La deuda es un problema para los acreedores… si los deudores la pueden eludir. En caso contrario, puede ser un gran negocio, inmediato (por el alto coste para el deudor) o diferido (por el poder que le da al acreedor sobre el deudor, si bien el paso del tiempo siempre comporta riesgos).

Si el juego que nos traemos entre manos en la UE es un juego de cooperación, debe imponerse cuanto antes un reconocimiento de la imposibilidad de pagar la deuda y acordar quitas equilibradas, para producir la menor pérdida a los acreedores y para hacer viable la economía de los deudores.

Si el juego es de dominación, los países deudores estamos condenados a la sumisión y a la miseria. Y cuando los dominadores se den cuenta de los daños económicos que ellos mismos sufrirán será demasiado tarde para volver a la cooperación.


No es ningún hallazgo, pues circula desde hace tiempo en la prensa y en los blogs, que el significado de “crisis”, si nos remitimos a su etimología griega, κρίσις, que procede de un verbo que a su vez singifica separar, decidir, remite a un proceso en el que se producen cambios, generalmente inesperados o previsibles bajo alta incertidumbre, sobre el que se puede intervenir tomando decisiones.

Desde ese punto de vista, la crisis se acaba, pues no habiendo tomado las decisiones adecuadas, sólo queda la mala situación económica, tan mala que estamos abocados a que las decisiones, acertadas o equivocadas, las tomen otros, pues la intervención parece ya inminente.

El enfoque general de las decisiones tomadas, en buena parte inducidas desde la llamada troika europea, ha pivotado sobre los gastos… incluso cuando parecía que lo hacía sobre los ingresos, dado que la política fiscal, cuando no ha sido completamente inoperante, como ha sucedido con la amnistía, ha restado renta disponible a los endeudados y atribulados consumidores y recursos financieros a las empresas con beneficios.

Así que casi todos gastamos menos, pero los mercados, a los que hay que conceder la cualidad de la lucidez, cada vez creen menos en nuestras posibilidades, justamente porque lo que no ven es que podamos mejorar nuestros ingresos.

Esta disonancia lleva largo tiempo produciendo interminables discusiones entre partidarios de la austeridad y partidarios de la estimulación pública del crecimiento. Lo peor que hay en una discusión es que los contendientes encuentren dos opuestos en los que morder, pues teniendo la oposición la apariencia de excluyente parece que uno de los dos tiene que tener toda la razón, expectativa triunfal a la que pocos se resisten.

Más bien parece que los contrarios lo son sólo aparentemente y no son necesariamente excluyentes: ineludiblemente hay que recortar y los recortes deben dañar lo menos posible la capacidad de generar ingresos, al tiempo que dicha generación de ingresos debe ser estimulada… bajo la condición de que el recorte neto sea bien significativo y visible.

Pero las cosas han ido ya demasiado lejos. Hace al menos 4 años que deberíamos haber sido más comedidos en el gasto y que deberíamos haber concentrado los recursos públicos (en menor cuantía que los gastados en medidas de estímulo ineficaces o contraproducentes, como el Plan E) en impulsar la transformación de nuestra oferta (en lugar de decir todo el tiempo lo buenos que somos, deberíamos haber avanzado algo en ser realmente buenos en lo que ofrecemos al mercado), explotando los recursos humanos infrautilizados (más del 40% de los universitarios subempleados). Si aceptamos que el recorte debe tener un saldo neto apreciable, los estímulos no pueden consistir en inyectar dinero en sectores que no venden, sino en transformarlos.

Eso hubiese servido para seguir en el juego, pero ahora es el juego mismo el que se acaba. ¿Qué juego?

La economía es una disciplina que en su origen estaba formada por reglas de administración de la casa, lo que, por extensión, derivó en una disciplina más amplia, la economía política, que incluía la administración del Estado, y que finalmente se volvió a llamar economía a secas, comprendiendo los hechos crecientemente complejos, y también las apariencias, que tienen que ver con la oferta, la demanda, el dinero, etc.

Ahora la mayor parte de los economistas más reputados no se dedican a la administración de nada, ni parece que sepan administrar nada, sino que se dedican a explicarnos lo que pasa y por qué pasa y, consecuentemente, qué habría que hacer. Krugman proponía, hace años, una distinción entre economistas y vendedores de políticas económicas (Vendiendo Prosperidad), distinción que es esclarecedora porque cuando se busca a los economistas lo que se encuentra es solamente vendedores de políticas económicas, de los que el propio Krugman parece conspicuo representante.

¿Cómo entender esta situación en la que todo lo que se hace parece inútil? Se nota en los medios, significativamente en los más próximos al actual gobierno, una tendencia a la interpretación conspiratoria, según la cual o bien el dólar contra el euro o bien el norte de la zona Euro contra los países mediterráneos, serían confrontaciones que explicarían la imposibilidad de enderezar el rumbo.

Este enfoque, minoritario aún, coexiste con el que predica medidas más radicales (abolición de las autonomías, por ejemplo), constatando con desesperación la incapacidad de la que ahora se denomina casta política para imponerlas y de la ciudadanía para aceptarlas.

Lo cierto es que recortes sobre la mesa los hay y que el empleo se contrae, al tiempo que lo hace la demanda interna y en particular el consumo, que hasta hace unos meses, había aguantado.

Aquí hay un punto interesante: el consumo aguantó mucho mejor en un período de incertidumbre económica y política como la del gobierno anterior, al que no se le concedía ningún crédito, tanto por haber negado la crisis como por su incapacidad para afrontarla y por la contradicción entre las medidas de ajuste y sus principios políticos; por contraste, con un gobierno con amplia mayoría absoluta, sin inconsistencia entre las medidas virtuosas de austeridad y sus principios políticos declarados, el consumo va significativamente peor, desde luego peor de lo esperado. Confianza por confianza, parecía disfrutar de menor confianza Zapatero que Rajoy… pero nada.

Por tanto, quizás el análisis económico esté sobrevalorando el efecto de la confianza, olvidando que con confianza o sin ella hay una realidad sólida por debajo que también influye, aunque no sea tan visible como la prédica de los vendedores de políticas económicas. Puede que suceda algo semejante a lo que se observa muchas veces en el mercado: los hay que confían sólo en el marketing y se estrellan con un producto que no interesa a nadie.

Realidad es una palabra que invita a volver la vista sobre las cosas más sencillas, a saber: para consumir hay que disponer de recursos (renta familiar disponible) y lo que una unidad puede consumir en un período de tiempo (por ejemplo, cada mes) está limitado por sus ingresos netos, descontadas sus obligaciones, en ese mismo período.

Si esa unidad entra en consideraciones acerca del riesgo de perder ingresos en el futuro o de la necesidad de destinarlos a gastos no inmediatos, ahorrará, restando recursos para el consumo. Si todas la unidades se comportan así y su estimación del riesgo y de necesidades futuras es correcta, aunque muchos de ellos se equivoquen, salvo que sean realmente muchos y lo hagan en una sola dirección, todo irá bien.

Pero ¿cómo es la realidad? La realidad muestra que el consumo, en los últimos 60 años, aproximadamente, se ha extendido aceleradamente; se ha dicho con razón que el consumo ha desplazado del centro de gravedad social a la producción (Jesús Ibáñez). Este proceso se ha caracterizado por un enorme desarrollo de la oferta, que ha ido transformándose subordinando todo al éxito en la búsqueda de acoplamientos exitosos con los consumidores (en la industria convencional, se imponía el criterio de las economías de escala; Zara retira cuantos productos no obtienen el éxito esperado de inmediato, lo que es inconcebible en el modelo anterior).

Pero la oferta no tiene el control de lo que sucede, tan solo un tablero de juego con unas fichas que mover, unas fichas que globalmente sabe mover muy bien, aunque la mayoría de sus intentos fracasen (la mayoría de las empresas que se crean y la mayoría de los productos que se diseñan fracasan en relativamente poco tiempo); sabe mover muy bien sus fichas y todo va bien hasta que, de tarde en tarde, todos nos enfrentamos a una crisis sistémica, como la actual, por ejemplo.

No es que el capitalismo se vaya a acabar, para eso haría falta alcanzar límites de recursos y de tecnología, lo que posiblemente sucederá, pero no mañana, sino que el tablero sobre el que se estaba jugando y algunas reglas de juego importantes se muestran inservibles.

Volviendo al hilo de la oferta, si su éxito global muestra una gran fortaleza en períodos largos de tiempo y el crecimiento del consumo es acelerado, aunque localmente haya crisis importantes, es, obviamente, porque se rompen los límites de la disponibilidad de recursos de los consumidores.

Aquí se combina un gran esfuerzo por parte de la oferta a la hora de excitar el deseo de los consumidores y una tentación oportunamente colocada al lado del producto: el crédito.

Hay que darse cuenta de que el crédito tiene una naturaleza distinta cuando se vincula a la inversión que cuando se vincula al consumo. En el primer caso, puede seleccionar inversiones con expectativas de rendimiento tan altas como sea necesario; en el segundo, lo único que puede hacer es asegurarse la devolución. Es una diferencia muy importante, por cuanto revela que el crédito al consumo no es sino un anticipo de la capacidad de consumo futura, que, como el crédito debe ser devuelto, y con un coste añadido, se verá disminuida inevitablemente, salvo que siga obteniendo financiación hasta que los prestamistas incurran en un riesgo que no pueden cubrir.

Adicionalmente, los prestamistas, que constituyen otra parte de la oferta al fin y al cabo, aunque lo que ellos ofrezcan sean productos financieros, se las ingenian para gestionar el riesgo de manera que, mediante complejos artilugios financieros, basados en buena parte en el aseguramiento del riesgo, convenientemente troceado, mezclado y reempaquetado, puedan seguir ganando dinero cuando ya gran parte del sistema se ha desplazado hacia el frágil voladizo de la insolvencia.

Así que en el tablero de juego tenemos a la oferta, que no para de extenderse, diversificarse y renovarse y de lanzar señuelos para vender; tenemos a los consumidores, que inevitablemente (“¡Consumid, consumid, malditos!”¿Alguien piensa que pueden elegir?) se ven sometidos al bombardeo masivo de la oferta; y tenemos a los financieros, que lubrican el acoplamiento oferta-demanda.

El juego va viento en popa durante un tiempo, pero inevitablemente el conjunto de la demanda gasta más de lo que tiene, pues en eso se basa el éxito de la oferta y de los lubricadores, hasta que ya no puede seguir gastando y devolviendo la deuda, lo que se traduce finalmente en que no puede seguir gastando, lo que la sume en grandes tribulaciones, pues el sentido de la vida dependía en considerable medida de gastar, pero, además, y esto es lo más significativo económicamente, la oferta y las finanzas se hunden, disminuye el empleo, lo que disminuye más el consumo, aumenta la morosidad y todo se va desmoronando.

Pero ¿dónde está el dinero que ha circulado por el tablero? Unos piensan que la mayor parte ha ido a unos señores de los que no hemos hablado, que son, por así decir, los que cuidan a los jugadores mientras juegan, los que dirigen el Estado, que, además, son elegidos, o sea que también tienen que vender algo.

Nadie se había fijado mucho en el Estado cuando todo iba bien, pues se daba por supuesto que tenía que cuidarnos a todos, que, además, así, podíamos seguir jugando sin preocuparnos de enojosos asuntos, como si iba a venir alguien a robarnos o a matarnos o si íbamos a tener que destinar todo el dinero a curar una enfermedad grave o si íbamos a tener que ponernos a limpiar la playa el primer día de vacaciones.

Cuando el dinero se volatiliza, en cambio, todo el mundo mira al Estado, reprochándole que se haya quedado con más de la cuenta y que haya despilfarrado parte de ello. Bien, supongamos que sea así y que el Estado nos devuelva algo o no nos pida tanto, aunque nos sirva un poco peor, para jugar otro rato, pero no por ello el juego va a terminar de distinta manera, como prueba el hecho de que la deuda privada sea más del doble de grande que la deuda pública, a pesar de que, como ejemplifica el rescate bancario en curso, se esté transfiriendo deuda privada al sector público.

No puede ser que el dinero se haya volatilizado. Lo que ha sucedido es que si hablamos de dinero, en este juego unos han gastado cada vez más sin ganar cada vez más (los consumidores, singularmente) y otros han ganado cada vez más (sin gastar más, aunque incurriendo en riesgos crecientes), y estos han sido la oferta y los agentes financieros. Si no está el dinero en manos de quienes se sientan a la mesa es porque alguien lo ha cambiado de sitio. Sólo lo ha podido hacer el que lo ha ganado. Así, la oferta ha dejado de meter el dinero en la máquina de producir, porque se ha quedado sin demanda a la que vender, que, además, le debe dinero, al tiempo que los agentes financieros le han retirado el dinero a la máquina de prestar (aquejada, además, de la insolvencia de los deudores) y ahora juegan a que todo se va a hundir (apostaron primero contra los bonos hipotecarios y ahora contra los países; es recomendable al respecto el libro Boomerang, de Michael Lewis).

¿Quieren que se hunda? En una película de James Bond habría seguramente un malo muy malo que estaría maquinando el hundimiento universal de la economía, pero parece dudoso que los llamados mercados estén animados de una voluntad deliberadamente maligna como esa. Empero, por el camino que vamos, efectivamente, el hundimiento general de la economía no es descartable, más bien se antoja como un desenlace casi inevitable.

Si aceptamos que el juego está bien representado en este relato, debemos fijarnos en que, a diferencia de los juegos ordinarios, como el póker entre aficionados, en los que lo que sucede queda limitado a un cambio de manos del dinero que hay sobre la mesa, sin que eso, en general, afecte a la generación de ese dinero (el jugador que pierde puede seguir ganando su salario o su renta, si tiene de qué y volver al tablero con más o menos recursos), aquí lo que sucede es que todo lo que venía generando riqueza y, por tanto, permitía a los jugadores seguir poniendo dinero en el tablero, se paraliza… justamente por falta de dinero.

Por tanto, la crisis es sistémica porque hace impracticable el juego en el mismo tablero y con las mismas reglas.

En este punto, es hora de darse cuenta de que, en consecuencia, todos los actores están involucrados en la crisis. La búsqueda de un culpable (el chivo expiatorio) oscurece la visión notablemente, pues señala a los que incumplen obligaciones, sin reparar en que la asunción de obligaciones imposibles de cumplir ha sido todo el tiempo la base del movimiento que constituye el juego. La diversión estaba en la velocidad que imprimía ese hecho y que no podía imprimir ningún otro.

¿Queremos seguir jugando? Si no queremos seguir jugando y nos concentramos en las reglas aparentes del juego y en que los que tienen obligaciones las cumplan, vayamos pensando ya en organizar una guerra bien grande, que es el modo en que tradicionalmente se han venido resolviendo estos grandes nudos gordianos.

Si queremos seguir jugando, es necesario que el dinero vuelva a fluir para que se pueda volver a producir y a consumir, al tiempo que se paga lo que se debe. ¿Todo lo que se debe? Imposible, para que suceda lo necesario para volver a jugar, parte de lo ganado debe volver al tablero, o lo que es lo mismo, parte de la deuda debe quedar anulada.

¿A quién afecta esto? Si pensamos en países, a los que más venden (Alemania, en posición muy destacada) y a los que más se benefician del precio del dinero, hasta el punto de que para algunos el precio es negativo (Alemania, también en posición muy destacada).

Si pensamos en empresas, los agentes financieros, acreedores de deuda pública y privada, los promotores inmobiliarios, y, en general, los accionistas ricos de la oferta, que han retirado su dinero de la producción.

Huelga decir que en todo esto hay involucrados asuntos éticos y también institucionales de considerable calado, pero también que la moralina con la que nos empalagan desde la hora del desayuno acerca de los que trabajan y cumplen y los que vaguean e incumplen, al igual que otra moralina de sentido más o menos contrario, es como mínimo improcedente. El juego es siempre el mismo: unos venden cosas y otros las compran. No se queje usted si ha vendido demasiado, si ha prestado demasiado; no se queje usted si siempre es el que compra y está endeudado, aprenda a producir y vender.

Mientras tanto, busquen entretenimientos baratos y un huerto, porque no parece que la política económica, ni la española, ni la europea, vayan por buen camino, apresadas como están en visones locales de los problemas. Son políticas que deambulan, errantes, a la búsqueda de un tesoro inexistente, la solución local sin impacto global, como muestran los hechos.


El 22 de febrero de 2011, leíamos en la prensa española la siguiente noticia: “Los patrones de 17 de las mayores compañías españolas han constituido una nueva entidad para impulsar la marca y la competitividad de la economía española”, que en esta expresión concreta corresponde al diario El País.

Algo más de un año más tarde, hemos conocido un informe cuya principal conclusión parece ser que “la botella está medio llena”, es decir, que, si lo entendemos en términos de la declaración programática de la élite de las empresas españolas, no tenemos tanto problema de competitividad.

¿No hay problema? ¿Los mercados nos castigan mucho más de lo que merecemos? Veamos el sector de mayor actualidad, la banca, que, en realidad, lleva en el primer plano de actualidad, por activa o por pasiva, desde 2008:

 

  1. Los Bancos se hallan en buena parte del mundo en una posición de deterioro de su imagen o, como se ha dado en llamar en los últimos años, de su reputación. El caso español, con el derrumbe de la pregonada solidez del sistema bancario, es bien conocido en sus rasgos más dramáticos.
  2. Ahora bien, una mala posición puede ser interpretada desde distintos planos, principalmente dos: por un lado, se puede hablar en un plano objetivo, en el de las cuentas de activo, de pasivo, de riesgo, de morosidad, de resultados… en el que cada uno trata de encontrar datos que le permitan presentarse con la mayor solvencia posible; por otro lado y al mismo tiempo, es necesario hablar en un plano subjetivo, el de la consideración que merecen los bancos a los ciudadanos en general y a los distintos “grupos de interés”. Como quiera que los datos supuestamente objetivos se desmoronan nada más publicarlos, el efecto subjetivo que ello produce es lo que finalmente cobra mayor relevancia.
  3. Hay una comprensible tendencia a contrastar lo objetivo y lo subjetivo y a subrayar aquello que lo primero tiene de positivo y que es ignorado sistemáticamente en el juicio subjetivo. De tal contraste deriva la teoría de que el mayor problema es la confianza (la falta), teoría que lleva implícita la creencia de que la interpretación de los públicos es errada porque no tiene en cuenta toda la información. Esta atribución de error se extendería, según la élite empresarial española, a los mercados.
  4. Ante la evidencia de que la consideración subjetiva de la gente no cambia por mucho que se hagan declaraciones de confianza en el sistema y en cada banco en particular, incluso si esas declaraciones incluyen la presunta capacidad del conjunto de la sociedad para hacer frente a la crisis, tienden a entrar en juego los magos del marketing, principalmente de la comunicación, confiados en que una vez más podrán “poner en valor” ciertos atributos positivos de las distintas marcas. Así actúa la élite empresarial (y también la élite política), preocupándose por encima de todo de “mejorar la imagen”: lo que no se tiene se representa.
  5. De manera que lo más común es que nos sigamos enfrentando a los problemas  como siempre. Empero, los problemas no son los de siempre, por cuanto aquellos han evolucionado y se han hecho resistentes a los remedios convencionales. El rasgo evolutivo más característico se puede observar en cuanto se conoce de las percepciones de los ciudadanos en distintos espacios: el político, donde a gobernantes que acaban de ganar unas elecciones o que llevan un año escaso al frente de sus administraciones se les atribuye mala o muy mala gestión, sin que por ello se valoren mejor las alternativas; el económico, donde la percepción se alimenta de los peores datos de la prima de riesgo, del paro, de las noticias sobre los bancos… y donde los empresarios, las empresas y los bancos en particular son percibidos como organizaciones incapaces de competir en el mercado global mientras siguen dirigidos por una casta, que al igual que la política, parece dedicada a la principal tarea de defender sus privilegios, con el inconveniente específico del caso español de que siempre aparecen las mismas caras mientras más de un 50% de los universitarios en los que el país ha invertido están subempleados, salvo que hayan salido a explotar su talento y formación en otros países.
  6. Así las cosas, hay que subrayar dos consideraciones: una, acerca de la parcialidad de una interpretación que no considera toda la información, respecto de lo cual conviene saber que numerosos y sólidos experimentos cognitivos han mostrado que con frecuencia una interpretación que omite información es más certera, y desde luego mucho más resistente, que una que computa todos los datos disponibles; es muy posible que la gente esté advirtiendo algo que sólo omitiendo los datos positivos emerge como relevante, la incapacidad de los líderes políticos y empresariales para enfrentarse a la crisis. La otra consideración, en parte muy relacionada con la anterior, es que el desencuentro entre instituciones, sea cual sea su clase, y ciudadanos o consumidores no es del orden de las fluctuaciones en un espacio de variación conocido, sino del orden de la ruptura del propio espacio en el que la relación se desenvuelve.
  7. En consecuencia, se está produciendo rápidamente una desertización del campo de juego, una volatilización de la atmósfera en la que estamos acostumbrados a respirar y en un proceso como éste no es posible hacer reparaciones eficientes: suponiendo que supiésemos hacer reparaciones, el consumo de energía necesario las haría imposibles.
  8. Cualquiera que pretenda actuar en esta situación y en este espacio, pues no podemos hablar ya solamente de coyuntura, debe poner en juego elementos de propagación y reproducción y debe hacerlo vinculándose eficazmente con la sociedad. Hay teorías, por ejemplo, acerca de cómo lograr hacer habitable un planeta carente de atmósfera o con una atmósfera envenenada o con una temperatura demasiado baja, que invariablemente se fundan en la posibilidad de introducir organismos capaces de producir elementos necesarios para la vida, como el oxígeno, y de aprovecharlos para propagarse e incrementar la producción en un proceso de realimentación positiva.
  9. De forma semejante, el liderazgo que necesitamos, tanto si hablamos de política como de banca, debe entender que la atmósfera es irrespirable y que hay que introducir organismos capaces de reproducirse, de producir realimentación positiva y de recomponer a la postre una atmósfera favorable a la vida, metafóricamente hablando.

Se admiten ideas.


Según la señora Merkel, los planes para acercarse al equilibrio presupuestario no son negociables, tal como aparentemente ha podido comprobar nuestro Gobierno, cuya pretensión de rebajar el objetivo de déficit fue recientemente rechazada sin contemplaciones. Esta política, que en su planteamiento general pocos discuten, nos sitúa cuesta arriba en la escalera (de Penrose, aquella por la que se sube bajando y se baja subiendo).

Pero, al mismo tiempo, toda la prensa anuncia desde hace días que la señora Merkel, más o menos dentro de un mes, propondrá y hará que se liberen fondos para un plan de reactivación económica. Así que, mientras subimos, puede que también estemos bajando un poco y se nos haga más llevadero.

Las políticas de la mayor parte de los países cuando la crisis se hizo presente fueron de reactivación antes que de recorte, si bien no todas tuvieron el éxito mínimo debido (recordemos el ineficiente Plan E), para después, ante la presión de los mercados y con el crecimiento de deuda y déficit, por mor de diversas causas, entre las que cabe computar la propia presión de los mercados sobre el coste de la deuda, pasar a la fase de recortes generalizados.

Ahora, con unos recortes que amenazan hundir aún más a la mayor parte de los países, con los consiguientes efectos sobre el consumo y las importaciones, ni siquiera Alemania puede obviar las consecuencias, en parte debido a que es, con China, un país con un gran peso de las exportaciones en su economía. Ya sabemos que el mundo es mucho más que Europa y que Alemania puede vender en otros mercados, pero no puede prescindir de Europa y a Europa le debe en parte la reunificación alemana y una ampliación que le facilitó nuevos mercados al tiempo que a otros países les producía más bien inconvenientes. Significativamente, de vez en cuando hemos visto en la prensa cómo parte del empresariado alemán pedía a su “dama de hierro” que fuese algo más “europeista”.

Empero, lo que inquieta más es qué vamos a hacer si recibimos nuevamente una o más remesas de fondos o préstamos europeos para la reactivación. Las alternativas son las siguientes:

  1. Mucha inversión en infraestructuras, que será buena para las empresas que las puedan explotar. Esto, con nuestra estructura productiva actual, es como dejar el piso bien pintado, con suelos nuevos, para ver si conseguimos mejor alquiler.
  2. Podemos combinar la necesaria inversión en infraestructuras con acciones para incentivar el desarrollo empresarial, apoyando planes sectoriales y empresariales capaces de colocar la oferta española en mejores posiciones que la actual. Ideas (necesariamente combinables):
  • Modernización de la construcción.
  • Desarrollo de la industria de materiales avanzados.
  • Desarrollo de la industria de soluciones de ahorro energético.

El paro no lo vamos a reducir significativamente en varios años, pero es hora de sentar las bases para una economía capaz de competir en el mercado internacional con su oferta de productos y servicios (nada que objetar a las importaciones de aquello que otros fabrican mejor o más barato que nosotros, pero también tenemos que ser capaces de exportar con valor añadido), capaz de moverse cerca de la cúspide de la tecnología y menos dependiente energéticamente.


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