La escalera

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Según la señora Merkel, los planes para acercarse al equilibrio presupuestario no son negociables, tal como aparentemente ha podido comprobar nuestro Gobierno, cuya pretensión de rebajar el objetivo de déficit fue recientemente rechazada sin contemplaciones. Esta política, que en su planteamiento general pocos discuten, nos sitúa cuesta arriba en la escalera (de Penrose, aquella por la que se sube bajando y se baja subiendo).

Pero, al mismo tiempo, toda la prensa anuncia desde hace días que la señora Merkel, más o menos dentro de un mes, propondrá y hará que se liberen fondos para un plan de reactivación económica. Así que, mientras subimos, puede que también estemos bajando un poco y se nos haga más llevadero.

Las políticas de la mayor parte de los países cuando la crisis se hizo presente fueron de reactivación antes que de recorte, si bien no todas tuvieron el éxito mínimo debido (recordemos el ineficiente Plan E), para después, ante la presión de los mercados y con el crecimiento de deuda y déficit, por mor de diversas causas, entre las que cabe computar la propia presión de los mercados sobre el coste de la deuda, pasar a la fase de recortes generalizados.

Ahora, con unos recortes que amenazan hundir aún más a la mayor parte de los países, con los consiguientes efectos sobre el consumo y las importaciones, ni siquiera Alemania puede obviar las consecuencias, en parte debido a que es, con China, un país con un gran peso de las exportaciones en su economía. Ya sabemos que el mundo es mucho más que Europa y que Alemania puede vender en otros mercados, pero no puede prescindir de Europa y a Europa le debe en parte la reunificación alemana y una ampliación que le facilitó nuevos mercados al tiempo que a otros países les producía más bien inconvenientes. Significativamente, de vez en cuando hemos visto en la prensa cómo parte del empresariado alemán pedía a su “dama de hierro” que fuese algo más “europeista”.

Empero, lo que inquieta más es qué vamos a hacer si recibimos nuevamente una o más remesas de fondos o préstamos europeos para la reactivación. Las alternativas son las siguientes:

  1. Mucha inversión en infraestructuras, que será buena para las empresas que las puedan explotar. Esto, con nuestra estructura productiva actual, es como dejar el piso bien pintado, con suelos nuevos, para ver si conseguimos mejor alquiler.
  2. Podemos combinar la necesaria inversión en infraestructuras con acciones para incentivar el desarrollo empresarial, apoyando planes sectoriales y empresariales capaces de colocar la oferta española en mejores posiciones que la actual. Ideas (necesariamente combinables):
  • Modernización de la construcción.
  • Desarrollo de la industria de materiales avanzados.
  • Desarrollo de la industria de soluciones de ahorro energético.

El paro no lo vamos a reducir significativamente en varios años, pero es hora de sentar las bases para una economía capaz de competir en el mercado internacional con su oferta de productos y servicios (nada que objetar a las importaciones de aquello que otros fabrican mejor o más barato que nosotros, pero también tenemos que ser capaces de exportar con valor añadido), capaz de moverse cerca de la cúspide de la tecnología y menos dependiente energéticamente.


Recordemos a Baudelaire: “modernidad es la forma de entender lo que es nuevo”. ¿Qué indican los presupuestos presentados ayer viernes por el nuevo gobierno?

El chiste fácil salta sólo: el gobierno todavía es nuevo, pero es lo único nuevo que hay, pues casi nada de lo que hace tiene que ver con alguna forma nueva de entender la actualidad.

Poco que decir de los recortes, que siempre serán malos para los directamente afectados, los funcionarios (congelación salarial), los que esperan ciertas infraestructuras, uno de los capítulos más afectados, las familias con personas dependientes, etc. Si hay que reducir el déficit, hay que recortar de todo un poco.

Pero, los recortes tienen unos límites, si es que no queremos un deterioro radical y general de nuestra forma de vida. Cualquier gobierno intentará que esto no suceda y, además, los partidos tienen que seguir intentando ganar elecciones si quieren desarrollar sus programas.

Por tanto, el mayor recorrido, si no a corto plazo, sí a medio plazo, está en los ingresos. Y es ahí donde los presupuestos presentados se antojan preocupantes por romos, carentes de imaginación y de proyección, nada modernos:

  1. ¿Cómo afectan a las empresas? Incrementando la imposición. Por tanto, a las empresas, pese a la simbólica reducción del tipo nominal del Impuesto de Sociedades, en realidad se les penaliza en el mismo impuesto. Se penaliza la inversión, dado que se elimina la libertad de amortización y se reduce la deducción por reinversión de beneficios extraordinarios. Además, inexplicablemente, en una situación de enorme endeudamiento de las empresas, se limita la reducción de la base imponible por pago de intereses, como si el coste del dinero no fuese un coste necesario para la actividad. Se aduce que con libertad de amortización y deduciendo todos los gastos financieros el impuesto pierde gran parte de su capacidad recaudatoria. Cierto, pero eso sólo muestra que es un impuesto absurdo: ¡cobre usted a quien se lleva los beneficios, no al aparato que los produce!
  2. ¿Cómo tratan el fraude fiscal? Promulgando una amnistía. En diciembre subieron el IRPF, habría que precisar que lo que subieron fue el IRPF de los asalariados con rentas medias, pues la progresividad aparente del impuesto, de facto, se aplica hasta rentas no muy superiores a 100.000 euros, dado que las superiores a esa cifra eluden el impuesto por distintos caminos. Les pueden poner un tipo altísimo que dará igual, es como disparar al aire. Y ahora lo que proponen es que los que no han pagado impuestos afloren con un tipo bajísimo, bajo la increíble amenaza de que esta oferta no va a repetirse (esta es la tercera amnistía fiscal). El regalo y la historia invitan a pensar lo contrario. Por tanto, el que quiera aflorar dinero lo hará, sin que eso le impida al día siguiente volver a acumular fraude, y el que no quiera se quedará tan tranquilo, dado que la amnistía expresa claramente la nula voluntad o la nula capacidad para localizar y castigar a los defraudadores.

Por tanto, el resumen de la política fiscal, en lo que a ingresos se refiere, no puede ser más desalentador: se toma el dinero fácil de las empresas y las clases medias, simplemente porque se puede, con perjuicios para el desarrollo productivo y para el consumo, al tiempo que se transmite a los evasores impunidad y a los paganos falta de autoridad para liderar la unión (cooperación) de todos contra la crisis. Si no es lo contrario de lo que hay que hacer en esta situación, no andará muy lejos.

¿Cómo lo ven ustedes?

Incluyo unos datos de ingresos, que explicaré en un comentario más abajo:

ingresostributos


El cliente C1 firma un contrato para disponer de un acceso ADSL a Internet con tarifa plana de llamadas a teléfonos fijos, con una velocidad teórica de recepción de datos de 6 Mb, al precio de 40 € mensuales (los datos no tienen por qué ser reales en este momento, pero es un ejemplo verosímil).

A C1 le parece bien esta oferta y paga religiosamente su precio mes a mes. Pero, 20 meses más tarde, la compañía T1 hace una nueva oferta, que, para simplificar, afecta sólo al precio: 30 € por el mismo servicio. Estupendo, un 25% menos de coste mensual, pero hay un problema: C1 no puede acogerse a esta oferta, que es sólo para clientes nuevos.

Al mismo tiempo, otra compañía telefónica, T2, ofrece, también para clientes nuevos, el mismo servicio por 32 €. C1 coge los bártulos y se cambia a T2.

¿Qué se han hecho T1 y C1 mutuamente? Primero, T1 priva de una oferta más ventajosa a C1, que ha cumplido religiosamente con sus pagos, excluyéndole de una reducción de precio, quizás porque le considera seguro… o tonto.

Consecuentemente, C1 deserta, abandona a T1 rompiendo el contrato y firmando otro con la competencia. De tal manera que, para recuperar a C1, T1 tendrá que volver a hacer una oferta, ahora con un precio aún más bajo. Como no aprende la lección, porque se equivoca lastimosamente con los números, esa oferta agraviará a todos sus clientes, parte de los cuales se dispondrá a aceptar una mejora de la competencia.

¿Cuál es el efecto general de este comportamiento en el mercado? Por un lado, hay que reseñar que en el proceso descrito, alarmadas por la tendencia a la fuga de clientes, las compañías obstruyen todo lo que pueden la transferencia de clientes, lo que incomoda severamente a los consumidores y tiene alborotados a los departamentos de consumo y tribunales de arbitraje de toda España.

A pesar de la ralentización que las artimañas de las compañías consiguen en el proceso de transferencia de clientes, lo que las compañías telefónicas han logrado es acelerar la caída de los precios, mientras que lo que necesitaban era más bien ralentizarla para acumular capital e invertir en otras líneas de negocio, ya que las convencionales están destinadas a producir márgenes muy pequeños.

El resultado es que las compañías telefónicas han debido concentrarse en costosas campañas promocionales al tiempo  que en reducciones máximas de costes operativos… para terminar, muy posiblemente, en un “no negocio”. Entretanto, lo que circula por sus redes de cable o de fibra óptica o entre sus antenas de telefonía móvil es una cantidad ingente y aceleradamente creciente de contenidos y aplicaciones que gestionan Google, Apple, Microsoft… compañías entre las más valiosas del mundo.

¿No era mejor cooperar con el cliente y dedicarse a construir una oferta mejor y más rentable?

¿Ven la relación con la entrada anterior?

¿Lo ven ustedes así o me equivoco en algo importante?


Si se reeditase el libro “Axelrod, Robert (1984). La evolución de la cooperación: el Dilema del Prisionero y la teoría de juegos. Madrid. Alianza Editorial” podrían, quienes no lo conozcan, leer un interesantísimo trabajo sobre el dilema de trabajar para el beneficio individual o para el beneficio colectivo (en inglés sí se puede encontrar fácilmente en Internet).

El dilema del prisionero es un problema sencillo: dos personas son detenidas por la policía y acusadas de un delito. Incomunicadas, cada una de ellas recibe la misma oferta: si denuncia al otro y el otro no le denuncia, saldrá libre; si denuncia al otro y el otro le denuncia, pagará 10 años de carcel; si no denuncia al otro y el otro no le denuncia, los dos pagarán 1 año de carcel; si no denuncia al otro y el otro sí le denuncia, pagará 20 años de cárcel.

Es obvio que los dos se van a denunciar, con lo que están condenados a pagar 10 años. Cada uno, razonará como sigue: “si el otro me denuncia, mi mejor opción es denunciarle, pues en otro caso estaré 20 años en la cárcel en lugar de 10″; “si el otro no me denuncia, mi mejor opción es denunciarle, pues en otro caso estaré 1 año en la cárcel en lugar de salir libre”.

Naturalmente, si pudiesen comunicarse y garantizarse la cooperación recíproca, los dos optarían por callar y pasar 1 año encerrados, frente a la seguridad de pasar como mínimo 10 años. Por eso es tan importante que no puedan comunicarse. Cooperarían, entonces, en beneficio de ambos, aunque cada uno tuviese que renunciar a la libertad inmediata, obligados por la seguridad de un daño individual mayor. Sin garantías de cooperación, sin embargo, están abocados a traicionarse mutuamente, asumiendo un considerable daño colectivo, para evitar el máximo daño individual.

Lo interesante del trabajo de Axelrod es que consideró este juego en un proceso evolutivo donde lo que importa es el resultado final. Para hacerlo más realista, supongamos que se trata de un juego de apuestas en el que cada jugador, en cada jugada, puede tomar dos posiciones: cooperar o desertar. Los resultados posibles son los que figuran en la siguiente tabla:


Jugadas posibles (Los jugadores son J1 y J2) Puntos obtenidos por cada jugador
J1 J2 J1 J2
cooperar cooperar 30 30
cooperar desertar -10 50
desertar cooperar 50 -10
desertar desertar -1 -1

Ahora, el resultado del juego no sería el de una sola jugada, en cuyo caso estaríamos en la misma situación ya descrita, sino que los jugadores repetirían la apuesta muchas veces. Hay que darse cuenta de que, así, cada uno de ellos, sabiendo lo que ha hecho en cada jugada y el resultado obtenido, sabe inmediatamente si el otro ha optado por cooperar o por desertar. Por tanto, cada uno, a la hora de hacer la siguiente jugada, conoce todos los movimientos anteriores del otro jugador y por repetición puede ir evaluando qué le conviene más.

Pueden ustedes hacer experimentos con el juego. La conclusión de Axelrod es que la mejor estrategia no es ni desertar siempre ni cooperar siempre, sino cooperar o desertar en función de la jugada anterior del otro jugador, lo que le lleva a establecer las siguientes reglas de comportamiento para una estrategia óptima:

1. No ser nunca el primero en desertar, lo que implica comenzar el juego cooperando.

2. Si el otro coopera en una jugada, se impone cooperar en la siguiente.

3. Si el otro deserta en una jugada, se impone desertar en la siguiente.

Para no hacerlo más largo, les invito a descubrir qué prácticas de las empresas son adecuadas, por ejemplo, en relación con sus clientes, en relación con sus empleados, en relación con sus accionistas, en relación con la sociedad en general… y, sobre todo, cuáles son inadecuadas, tomando como referencia un juego de este tipo en un proceso evolutivo, es decir, teniendo en cuenta casos en los que las relaciones son duraderas y en las que los actores tienen tiempo para ir conociendo la estrategia de los otros.

Jugadas posibles (Los jugadores son J1 y J2) Puntos obtenidos por cada jugador
J1 J2 J1 J2
cooperar cooperar 30 30
cooperar desertar -10 50
desertar cooperar 50 -10
desertar

Volvamos a las empresas. Sobre la hipótesis de que su mayor o menor capacidad para producir y poner en el mercado ofertas atractivas y rentables y que su mejor o peor funcionamiento son los factores con mayor incidencia en la potencia de un sistema productivo para sobrevivir, reproducirse adecuadamente y procurar recursos a las personas y a la sociedad en la que se inscribe, llama la atención un aspecto que ya ha salido en este blog varias veces, el de la productividad.

Todo indica que nuestro sistema productivo está lastrado, en general, por una productividad relativamente baja. Aún si, como se ha defendido en alguna entrada anterior, se trata de un indicador discutible, que hay que examinar en un marco de información más complejo, ceteris paribus, que dicen los economistas (en igualdad de otras condiciones), es mejor tener más productividad que menos.

Pues bien, sucede que la baja productividad española no parece que tenga que ver con que la gente abandone su puesto de trabajo corriendo, sino que, más bien, coexiste con lo contrario, con jornadas laborales, al menos en trabajos administrativos y técnicos, muy dilatadas.

¿Hay algún mal “gen” involucrado? Podría ser. Tomemos dos elementos que se alimentan mutuamente para producir eficacia o ineficacia y que inciden en la productividad: las reuniones de trabajo y la argumentación.

Hay muchos indicios de que hacemos reuniones demasiado largas o, dicho de otro modo, que gastamos demasiado tiempo en reuniones para los resultados obtenidos en las mismas.

¿Habría que hacerlas más cortas o, incluso, eliminarlas? Quizás sí, si ello no perjudicase la toma de decisiones, la organización de proyectos y trabajos en general… Pero, cabría plantearse también si hay alguna causa para que las reuniones sean más largas que productivas. Y ahí es donde surge la cuestión de cómo argumentamos. ¿Son siempre o casi siempre tan complejos los problemas que tratamos en las reuniones de trabajo como para que las deliberaciones se hagan eternas, cual sucede con las tertulias de café?

Dos sugerencias:

  1. En primer lugar, nuestras reuniones incorporan el “gen” (malo) de la redundancia. Todo el mundo quiere decir lo mismo que ya ha dicho otra persona, y, con objeto de no limitarse a expresar adhesión a una idea, debe decirlo de otro modo, lo que, a la redundancia propia de la repetición añade ruido y gasta una considerable cantidad de tiempo.
  2. En segundo lugar, nuestras reuniones incorporan el “gen” (malo) de la “falacia lógica”. Las falacias lógicas, para dar una definición sencilla, son razonamientos con apariencia de verdad, que o son falsos o se refieren a algo que está fuera de la discusión. Podría ser muy útil tener bien identificados al menos los tres siguientes:
  • Argumentación ad hominem: se responde a un argumento sin referirse a su contenido, a sus razones o a a sus fallos, refiriéndose, en cambio, al que lo emite; descalificando al que dice algo se pretende rebatir, en flagrante falacia lógica, lo que ha dicho.
  • Argumentación ad verecundiam: se defiende una posición acudiendo a la autoridad de alguien como único soporte. Aunque la autoridad invocada sea solvente, es un tipo de argumentación que pretende bloquear la argumentación y que tiende a bloquear la comprensión de las cosas y la eficacia del contraste de pareceres.
  • Argumentación ad populum: se defiende una posición atribuyéndola a la mayoría y convirtiendo a ésta en autoridad.

Las dos últimas falacias lógicas se usan a menudo, justamente, para abreviar (no es casual que ambas sean profusamente utilizadas en los mensajes publicitarios, mediante el uso de famosos que prescriben el producto o de datos estadísticos que muestran cuánto les gusta a los consumidores), pero, al obturar el desarrollo lógico de las distintas posiciones, lo que consiguen es que los problemas no se resuelvan y que haya que hacer nuevas reuniones sobre lo mismo.


Muchos son los políticos y también los expertos en recetas económicas que para defender la austeridad y el ahorro en la gestión proponen como referencia el comportamiento doméstico más obvio: “si usted en su casa incurre en algún gasto excesivo, debe apretarse el cinturón, en lugar de endeudarse más”.

Se puede asumir sin grandes enmiendas tan sencilla receta, pero hay un problema: para consolidar opiniones, o marcos de referencia, se acude a proposiciones simples, mucho más simples que la realidad a la que se refieren y al final se toma la parte por el todo.

Lo que sucede en la economía doméstica es que es muy difícil a corto plazo incrementar el volumen de ingresos, y mucho más en una situación de crisis, en la que la amenaza de perder casi todo el ingreso es verosímil. Por tanto, si se quiere preservar la diferencia entre ingresos y gastos lo más accesible, casi lo único, es reducir los gastos, apretarse el cinturón en el día a día.

En una empresa, en cambio, una contracción de la demanda puede exigir de manera inmediata cambios en la oferta, en un mercado mucho más abierto que el laboral, y los cambios en la oferta pueden exigir inversiones en desarrollo y gastos de lanzamiento y promoción. De manera que, sí, muy bien, apretarse el cinturón en unas cosas, pero gastando más en otras.

¿Se parece el caso de un país más al de una empresa que al de una familia o más al de una familia que al de una empresa?


¿Hay grandes empresas en España? Muy pocas. Para ver el peso del último estrato hay que mirar el tercer decimal del porcentaje, y las empresas de 500 o más empleados son un 0,05% del total.

Con estas cifras, necesariamente, la mayor parte del empleo está en las empresas pequeñas, como oímos repetir a todo el mundo, generalmente sugiriendo que eso las hace intrínsecamente buenas; una mirada alternativa podría entender que el aparato productivo español padece de falta de tamaño de sus unidades productivas y que eso podría estar relacionado con su falta de competitividad y con el bajo nivel de las exportaciones.


Total Nacional 2011
n %
Total 3250576 100,000%
Sin asalariados 1795321 55,231%
De 1 a 2 asalariados 847952 26,086%
De 3 a 5 asalariados 313408 9,642%
De 6 a 9 asalariados 138040 4,247%
De 10 a 19 asalariados 84834 2,610%
De 20 a 49 asalariados 46160 1,420%
De 50 a 99 asalariados 13279 0,409%
De 100 a 199 asalariados 6585 0,203%
De 200 a 499 asalariados 3288 0,101%
De 500 a 999 asalariados 923 0,028%
De 1000 a 4999 asalariados 679 0,021%
De 5000 o más asalariados 107 0,003%

Fuente: DIRCE (INE)

¿Desaparecen las empresas con la crisis?

En 2008 creció el número de empresas en todos los estratos de número de asalariados… no se habían enterado de la crisis, lo que podría ser porque les iba bien o porque manejaban mala información. Las cifras de la tabla representan el % de variación sobre el dato del año anterior en el mismo estrato.

Las empresas sin asalariados son las únicas que no decrecen interanualmente en ningún momento, en tanto que en 2009 y 2010 sufren un retroceso relativamente grande las empresas entre 10 y 99 asalariados y las de 200 a 999 asalariados. Más generalmente, la caída se extiende en mayor medida desde 6 asalariados en adelante. Las de 1.000 o más asalariados recuperan en 2011 una parte apreciable de lo perdido en los dos años anteriores.

De seguir el razonamiento más común, los datos evolutivos podrían indicar que las mejores empresas son las más pequeñas porque resisten más; otra mirada podría entender que resisten porque falla un aspecto fundamental en los organismos vivos, el suicidio de las células averiadas. Resistir puede ser peor que liquidar.

Total Nacional 2011 2010 2009 2008

Total

-1% -2% -2% 3%

Sin asalariados 1% 0% 1% 3%
De 1 a 2 asalariados -5% -3% -4% 3%
De 3 a 5 asalariados -1% -4% -4% 2%
De 6 a 9 asalariados -3% -5% -6% 1%
De 10 a 19 asalariados -4% -13% -8% 1%
De 20 a 49 asalariados -5% -12% -10% 2%
De 50 a 99 asalariados -3% -9% -7% 3%
De 100 a 199 asalariados -7% -7% -5% 4%
De 200 a 499 asalariados -3% -6% -21% 7%
De 500 a 999 asalariados -3% -6% -10% 4%
De 1000 a 4999 asalariados 4% -4% -6% 6%
De 5000 o más asalariados 6% -9% -1% 13%
Total Nacional 2011 2010 2009 2008
Total -1% -2% -2% 3%
Sin asalariados 1% 0% 1% 3%
De 1 a 2 asalariados -5% -3% -4% 3%
De 3 a 5 asalariados -1% -4% -4% 2%
De 6 a 9 asalariados -3% -5% -6% 1%
De 10 a 19 asalariados -4% -13% -8% 1%
De 20 a 49 asalariados -5% -12% -10% 2%
De 50 a 99 asalariados -3% -9% -7% 3%
De 100 a 199 asalariados -7% -7% -5% 4%
De 200 a 499 asalariados -3% -6% -21% 7%
De 500 a 999 asalariados -3% -6% -10% 4%
De 1000 a 4999 asalariados 4% -4% -6% 6%
De 5000 o más asalariados 6% -9% -1% 13%

Fuente: DIRCE (INE)

Añado la curva que relaciona el tamaño de las empresas y el número de empresas:

Curva del tamaño de las empresas en España (DIRCE-2011)



Vengo diciendo que el sistema productivo español es malo, las empresas no venden, salvo cuando, como subcontratistas o proveedores secundarios, surten a las empresas que marcan la pauta de la oferta en el mundo, que no son españolas generalmente, poniendo en marcha la pesada rueda que conduce finalmente a la demanda interna, de la que aun se puede abusar en muchas actividades por la falta de competencia.

La hipótesis de un problema “genético” (siempre por analogía) parece producir una cierta perplejidad, por lo que queda como una idea sobre la que volver a medida que se pueda ir aclarando con más ejemplos o desarrollos argumentales.

La focalización que he privilegiado sobre el sistema productivo, en particular sobre la articulación entre los recursos humanos y las empresas, no es un enfoque excepcional; de un modo u otro, está en la cabeza de mucha gente, al menos en la de los que, sin el propósito de defender ningún privilegio corporativo, no confían en que la muy conveniente mejora de las leyes sea la solución.

Como muestra, comparto con ustedes el siguiente enlace, en el que pueden leer una entrevista realizada a un emprendedor. El interés de la misma, a mi juicio, no es tanto que quien habla sea un emprendedor cuanto que la empresa está orientada a un producto innovador y con vocación internacional inmediata. Cuando la leí, escribí un comentario que les transcribo, pues intenta señalar los puntos de interés fundamentales, desde la perspectiva de lo que vengo argumentando en este blog.

http://www.madrimasd.org/cienciaysociedad/entrevistas/revista-madrimasd/detalleEmpresa.asp?id=373

Comentario enviado a madridmasd, sobre la entrevista “Crear un tejido empresarial innovador y cualificado es la única forma de superar la crisis“:

Efectivamente, no hay otra forma de crear empleo y riqueza que organizar los recursos para producir aquello por lo que las personas o las empresas estén dispuestas a pagar más. Por tanto, el punto de articulación entre el capital humano (más del 40% de los universitarios están subempleados) y las empresas es la clave para superar la crisis y para mejorar la economía del país.
¿Por qué perdemos empleo masivamente y cuesta tanto recuperarlo? Porque tenemos pocas empresas cualificadas e innovadoras, son malas y pequeñas y, por malas, permanecen pequeñas y mueren.
Toda la entrevista es interesante, pues indica:
1. La importancia de los materiales. Las TIC han revolucionado el mundo económico y social en los últimos años y parece que todo tiene que ser virtual y digital, pero los materiales están a la vanguardia de la ciencia y la tecnología.
2. Lo original se puede defender.
3. Hay actividades donde se puede crecer, si el producto es bueno.
4. Es preciso que el producto sea bueno, pero también ponerlo en circulación adecuadamente, es decir, una empresa no es sólo una máquina de producir, sino también de vender y distribuir.
5. La cooperación con la Universidad puede ser muy fructífera.
6. Se puede crear empresas, aunque hay que vencer la escasa consideración que ello tiene en España.

Si una población de seres vivos, es decir, capaces, entre otras cosas, de reproducirse, está dominada por individuos defectuosos o significativamente limitados para la supervivencia, sólo una improbable mutación podrá salvarlos de la extinción.

Si sirven para algo a otros seres vivos competidores que los parasitan, éstos los reemplazarán por huéspedes especializados, ya sin autonomía alguna, al modo en que operan algunos tipos de simbiosis. Si unos pocos individuos sanos sobreviviesen, faltos de cooperación, tenderían, probablemente a buscar otro hábitat más favorable.

Naturalmente, si en lugar de un medio natural estuviésemos hablando de un laboratorio, se podría intervenir de distintos modos para evitar la extinción.

Hay una cierta semejanza entre el proceso descrito y las empresas españolas. La empresa española moderna nació o tuvo que refundarse en la autarquía franquista y, sobre todo, a partir de la apertura consiguiente al plan de estabilización de 1959; después, en buena parte, tuvo que soltar lastre en los primeros años de la democracia, especialmente con la reconversión industrial. Sea como quiera, es un proceso de desarrollo hacia adelante, pero, si exceptuamos a una parte muy significativa de la industria vasca, el progreso ha sido insuficiente y actualmente está al borde de colapsar.

Ni el enorme desarrollo de las infraestructuras, con la ingente cantidad de fondos comunitarios de los que el país ha dispuesto, ni la extensión de la educación con valor profesional (secundaria completa, FP y universitaria), han logrado que la empresa española deje de ser de segunda división: sin capacidad para participar en el liderazgo de la oferta de productos y servicios y, por tanto, sin capacidad para vender lo necesario; por añadidura, ni como subcontratistas o proveedores de otras empresas somos competitivos debido a la baja productividad.

Un panorama como éste apunta a un problema “genético”, pues el sistema productivo no logra ya mejorar, salvo muy localmente, es decir, o no se reproduce (dejando atrás empresas agotadas y creando otras nuevas) o se reproduce mal.

Veamos. Por lo pronto, se reproduce poco, pues en la cúspide siempre están los mismos: Telefónica, un par de bancos, una petrolera y alguna eléctrica, El Corte Inglés… Es patente que no hemos sido capaces de generar ninguna empresa que crezca a la velocidad correspondiente a la era de la tecnología de la información.

Además, se reproduce mal: las pymes, tan patéticamente alabadas por todos los políticos, tienen una alta mortalidad, ralentizada por la intolerancia del sistema al fracaso, pero alta a la postre y surgen continuamente empresas nuevas. Pero ¿mejoran a las anteriores? El hecho de que no crezcan indica que o bien el hábitat se lo impide o bien reproducen los mismos defectos que las que fenecieron.

Mira que hay tratados y recetas para triunfar o para gestionar bien las finanzas, el marketing, la producción… y mira que hay ejemplos en el mundo, estudiados como casos de especial interés, de empresas triunfadoras, capaces de saltos colosales en su oferta. ¿Por qué no nos reproducimos incorporando esa información?

No lo hacemos porque la imitación es como un conjunto de fotocopias de aspectos parciales, fotocopias degradadas, al tiempo que la reproducción, es decir, la replicación de los malos “genes” se mantiene intacta, no habiendo buenos “genes” que replicar.

Propongo adoptar el enfoque genético, sólo por analogía, para pensar, por si acaso ese pensamiento nos puede conducir a un análisis constructivo, que debería ser colectivo, necesitamos masa crítica para cambiar la tendencia, que nos está conduciendo al desastre. La reforma estructural más urgente es la del sistema productivo, la de las empresas.

¿Se puede saber a qué se refiere usted, dirán algunos? Sí, me refiero a cuestiones como las siguientes:

¿Es razonable que en un país tan turístico como el nuestro, haya tantas empresas de servicios personales (bares, restaurantes, hoteles…) que no han implantado como norma el trato amable, la sonrisa, junto con el profesional, en la relación con los consumidores, siendo esos elementos necesarios a las relaciones humanas gratificantes?

¿Es razonable que usted pida un café con leche y una tostada y el servicio se demore hasta lo intolerable mientras cualquiera puede observar, por ejemplo, cómo la expendedora de tostadas acumula producto terminado mientras en la cafetera hay salidas desocupadas, generando, por tanto, muchas tostadas sin café y bloqueando el servicio? En suma ¿es razonable que en muchas empresas no se considere necesario examinar la existencia de cuellos de botella?

¿Cómo es que no nos damos cuenta de que sin una gestión adecuada de los cuellos de botella, o limitaciones, por más horas que trabajemos, no lograremos un buen producto, no lograremos un buen servicio, no lograremos bajar costes, no lograremos mejorar la productividad?

Invito a apuntar ejemplos o puntos críticos que pueda observar, hay muchos más que me vienen a la cabeza y otros que seguramente ignoro, pero no puedo dejar de subrayar uno: ¿Se puede, de forma generalizada, renunciar a la creatividad? ¿No debería la reconocida necesidad de innovación exigir el estímulo y explotación de la creatividad en las empresas?

Ahora bien, quizás alguien me diga que esto es simplemente un problema de formación empresarial, de formación de directivos, de escuelas de negocios. Creo que es mucho más que eso, pues ya son muchas las empresas que incorporan a altos directivos y directivos intermedios que acumulan carreras y masters y esto no mejora significativamente.

Creo que es mucho más porque no se trata tanto de saber como de incorporar ciertas reglas básicas a la maquinaria no consciente de las empresas, a los automatismos. Es como ponerse el cinturón de seguridad en el coche o mirar por el retrovisor automáticamente, no sólo cuando te das cuenta consciente de que debes hacerlo.


“El capital humano es un término usado en ciertas teorías económicas del crecimiento para designar a un hipotético factor de producción dependiente no sólo de la cantidad, sino también de la calidad, del grado de formación y de la productividad de las personas involucradas en un proceso productivo.” (Wikipedia)

Esta sencilla definición conduce directamente a la articulación fundamental que podemos encontrar en varios de los comentarios del post anterior. Considera al capital humano como un factor de producción, es decir, como un elemento necesario para la producción, que combinado con otros, contribuye al producto final con una cierta ganancia. Explica, además, que este recurso producirá efectos que no dependerán sólo de la cantidad y que, finalmente, siempre junto con el resto de recursos, será más o menos productivo.

El desplazamiento de la cantidad a la calidad en la valoración del capital humano debe tener implicaciones evolutivas importantes, pero ahora lo que parece más urgente es afrontar el hecho de que un sistema productivo no es la suma de los recursos, que puede acumular recursos sin producir efectos proporcionales en la producción.

¿Por qué? Porque los recursos deben ser combinados, organizados, estimulados… aplicados a objetos (productos o servicios) susceptibles de ser vendidos a buen precio, a objetos para cuya puesta en circulación en el mercado se disponga de conocimientos, herramientas e inteligencia adecuados.

Es decir, para activar el capital humano y que el propio capital humano obtenga una remuneración adecuada, se necesitan empresas, organizaciones para producir, pero no para producir cualquier cosa ni de cualquier manera, sino algo que pueda competir en el mercado con buenos rendimientos.

Ahora bien, en el mercado hay tres fenómenos que hay que considerar, si se quiere eludir la ruina y alcanzar el máximo beneficio (a lo largo del tiempo, habría que añadir, lo que excluye la fantasía, tan apreciada en nuestros lares, del pelotazo): En primer lugar, no todo lo que se ofrece se vende; por el contrario, son muchos los productos que son arrumbados al baúl de los deshechos. En segundo lugar, la oferta subcontrata gran parte de la producción a otra parte de la oferta, es decir, hay una oferta que crea productos y otra que los produce. En tercer lugar, una región (en el sentido amplio del término) dispone siempre de algún recurso natural, puede favorecer o producir el crecimiento de otros recursos (como el capital humano) y carece de muchos otros que tiene que adquirir.

En España, la capacidad del sistema productivo para competir en la cabeza de la generación de ofertas en el mercado es baja, lo que se puede observar en el escaso desarrollo industrial, en el hecho de que la gran industria es, por lo general (véase el automóvil) dependiente, está compuesta de plantas de producción de empresas de otros países, donde se decide qué producir y dónde. Y se ve también en la dependencia de la economía respecto de la construcción, que se nutre de obra pública en una parte y que, en la construcción residencial, se basa en el uso intensivo de mano de obra poco cualificada. En suma, no estamos en la primera línea de la oferta, sino que vamos detrás, haciendo copias, o, simplemente, produciendo lo que otros deciden que produzcamos… hasta que cambian de ubicación.

Carecemos de recursos naturales en cuanto a materias primas y disponemos, en cambio, de recursos turísticos, de los cuales sólo hemos sabido explotar el “sol y playa”, pero incluso estos recursos, de no ser por los conflictos de la ribera sur del mediterráneo y de los aún relativamente recientes en los Balcanes, no habiendo sido capaces de desplegar ventajas competitivas suficientes para eludir la competencia de precios, se enfrentarían a serias incertidumbres y con el tiempo se les echarán encima.

En particular, la falta de recursos naturales comporta alta dependencia y altos costes energéticos, lo que coexiste con una escasa propensión al ahorro energético. La ignorancia sobre las energías renovables, cuyo desarrollo es necesario pero sin que, a día de hoy, haya visos de que sean la solución, contribuye no poco a que se omita el ahorro como algo imprescindible.

En nuestro capital humano encontramos una disonancia general con el sistema productivo llamativa: primero, ausencia de excelencia; a continuación, subempleo de los universitarios (más del 40%); más abajo, gran contingente de varones sin ninguna formación profesional (ni bachiller, ni FP), incapacitados para el empleo desde el hundimiento de la construcción.

¿No les parece que tenemos un problema en el aparato productivo, es decir, en las empresas?

¿No creen que tendemos demasiado a producir lo que diseñan otros, a falta de capacidad propia para generar oferta original y venderla?

¿Se debe proteger a las empresas por ser pequeñas? ¿Es bueno que tantas sean tan pequeñas?

¿No creen que la creatividad y la innovación deberían estar inscritas en el “código genético” de nuestras empresas y que, en su defecto, nos debemos dedicar a conseguir que eso ocurra?

¿Qué hace parada y suspirando por un empleo público seguro o, alternativamente, un empleo asalariado privado mejor remunerado, la inversión en capital humano que hemos realizado en los últimos 30 años?

Puestos a hablar de grandes planes nacionales para salir de la crisis ¿no sería prioritario un plan para mejorar la capacidad de las empresas para competir en la generación de oferta y en la eficiencia productiva?

Una tesis: en un mundo donde el movimiento principal es el del consumo, la oferta lo es todo, pues es el motor y el acelerador del propio consumo… aunque en general, en España, la propia oferta no lo sabe y en lugar de actuar en la crisis (recordemos el significado original de la palabra crisis: decisión, elección) simplemente se retrae.

¿Creen ustedes, como parecen creer los empresarios o al menos sus representantes más conspicuos (un poema la expresión del Vicepresidente de la CEOE, Arturo Fernández, cada vez que tiene ocasión de hablar de sus expectativas sobre la esperada reforma laboral y sobre los no menos esperados recortes de gasto público), que las empresas españolas van a ser apreciablemente más competitivas sin más cambios que los que pueda implantar el gobierno, tales como la reforma laboral, el adelgazamiento de las administraciones públicas y el equilibrio fiscal, si es que tales cosas llegan a suceder?


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