No es ningún hallazgo, pues circula desde hace tiempo en la prensa y en los blogs, que el significado de “crisis”, si nos remitimos a su etimología griega, κρίσις, que procede de un verbo que a su vez singifica separar, decidir, remite a un proceso en el que se producen cambios, generalmente inesperados o previsibles bajo alta incertidumbre, sobre el que se puede intervenir tomando decisiones.
Desde ese punto de vista, la crisis se acaba, pues no habiendo tomado las decisiones adecuadas, sólo queda la mala situación económica, tan mala que estamos abocados a que las decisiones, acertadas o equivocadas, las tomen otros, pues la intervención parece ya inminente.
El enfoque general de las decisiones tomadas, en buena parte inducidas desde la llamada troika europea, ha pivotado sobre los gastos… incluso cuando parecía que lo hacía sobre los ingresos, dado que la política fiscal, cuando no ha sido completamente inoperante, como ha sucedido con la amnistía, ha restado renta disponible a los endeudados y atribulados consumidores y recursos financieros a las empresas con beneficios.
Así que casi todos gastamos menos, pero los mercados, a los que hay que conceder la cualidad de la lucidez, cada vez creen menos en nuestras posibilidades, justamente porque lo que no ven es que podamos mejorar nuestros ingresos.
Esta disonancia lleva largo tiempo produciendo interminables discusiones entre partidarios de la austeridad y partidarios de la estimulación pública del crecimiento. Lo peor que hay en una discusión es que los contendientes encuentren dos opuestos en los que morder, pues teniendo la oposición la apariencia de excluyente parece que uno de los dos tiene que tener toda la razón, expectativa triunfal a la que pocos se resisten.
Más bien parece que los contrarios lo son sólo aparentemente y no son necesariamente excluyentes: ineludiblemente hay que recortar y los recortes deben dañar lo menos posible la capacidad de generar ingresos, al tiempo que dicha generación de ingresos debe ser estimulada… bajo la condición de que el recorte neto sea bien significativo y visible.
Pero las cosas han ido ya demasiado lejos. Hace al menos 4 años que deberíamos haber sido más comedidos en el gasto y que deberíamos haber concentrado los recursos públicos (en menor cuantía que los gastados en medidas de estímulo ineficaces o contraproducentes, como el Plan E) en impulsar la transformación de nuestra oferta (en lugar de decir todo el tiempo lo buenos que somos, deberíamos haber avanzado algo en ser realmente buenos en lo que ofrecemos al mercado), explotando los recursos humanos infrautilizados (más del 40% de los universitarios subempleados). Si aceptamos que el recorte debe tener un saldo neto apreciable, los estímulos no pueden consistir en inyectar dinero en sectores que no venden, sino en transformarlos.
Eso hubiese servido para seguir en el juego, pero ahora es el juego mismo el que se acaba. ¿Qué juego?
La economía es una disciplina que en su origen estaba formada por reglas de administración de la casa, lo que, por extensión, derivó en una disciplina más amplia, la economía política, que incluía la administración del Estado, y que finalmente se volvió a llamar economía a secas, comprendiendo los hechos crecientemente complejos, y también las apariencias, que tienen que ver con la oferta, la demanda, el dinero, etc.
Ahora la mayor parte de los economistas más reputados no se dedican a la administración de nada, ni parece que sepan administrar nada, sino que se dedican a explicarnos lo que pasa y por qué pasa y, consecuentemente, qué habría que hacer. Krugman proponía, hace años, una distinción entre economistas y vendedores de políticas económicas (Vendiendo Prosperidad), distinción que es esclarecedora porque cuando se busca a los economistas lo que se encuentra es solamente vendedores de políticas económicas, de los que el propio Krugman parece conspicuo representante.
¿Cómo entender esta situación en la que todo lo que se hace parece inútil? Se nota en los medios, significativamente en los más próximos al actual gobierno, una tendencia a la interpretación conspiratoria, según la cual o bien el dólar contra el euro o bien el norte de la zona Euro contra los países mediterráneos, serían confrontaciones que explicarían la imposibilidad de enderezar el rumbo.
Este enfoque, minoritario aún, coexiste con el que predica medidas más radicales (abolición de las autonomías, por ejemplo), constatando con desesperación la incapacidad de la que ahora se denomina casta política para imponerlas y de la ciudadanía para aceptarlas.
Lo cierto es que recortes sobre la mesa los hay y que el empleo se contrae, al tiempo que lo hace la demanda interna y en particular el consumo, que hasta hace unos meses, había aguantado.
Aquí hay un punto interesante: el consumo aguantó mucho mejor en un período de incertidumbre económica y política como la del gobierno anterior, al que no se le concedía ningún crédito, tanto por haber negado la crisis como por su incapacidad para afrontarla y por la contradicción entre las medidas de ajuste y sus principios políticos; por contraste, con un gobierno con amplia mayoría absoluta, sin inconsistencia entre las medidas virtuosas de austeridad y sus principios políticos declarados, el consumo va significativamente peor, desde luego peor de lo esperado. Confianza por confianza, parecía disfrutar de menor confianza Zapatero que Rajoy… pero nada.
Por tanto, quizás el análisis económico esté sobrevalorando el efecto de la confianza, olvidando que con confianza o sin ella hay una realidad sólida por debajo que también influye, aunque no sea tan visible como la prédica de los vendedores de políticas económicas. Puede que suceda algo semejante a lo que se observa muchas veces en el mercado: los hay que confían sólo en el marketing y se estrellan con un producto que no interesa a nadie.
Realidad es una palabra que invita a volver la vista sobre las cosas más sencillas, a saber: para consumir hay que disponer de recursos (renta familiar disponible) y lo que una unidad puede consumir en un período de tiempo (por ejemplo, cada mes) está limitado por sus ingresos netos, descontadas sus obligaciones, en ese mismo período.
Si esa unidad entra en consideraciones acerca del riesgo de perder ingresos en el futuro o de la necesidad de destinarlos a gastos no inmediatos, ahorrará, restando recursos para el consumo. Si todas la unidades se comportan así y su estimación del riesgo y de necesidades futuras es correcta, aunque muchos de ellos se equivoquen, salvo que sean realmente muchos y lo hagan en una sola dirección, todo irá bien.
Pero ¿cómo es la realidad? La realidad muestra que el consumo, en los últimos 60 años, aproximadamente, se ha extendido aceleradamente; se ha dicho con razón que el consumo ha desplazado del centro de gravedad social a la producción (Jesús Ibáñez). Este proceso se ha caracterizado por un enorme desarrollo de la oferta, que ha ido transformándose subordinando todo al éxito en la búsqueda de acoplamientos exitosos con los consumidores (en la industria convencional, se imponía el criterio de las economías de escala; Zara retira cuantos productos no obtienen el éxito esperado de inmediato, lo que es inconcebible en el modelo anterior).
Pero la oferta no tiene el control de lo que sucede, tan solo un tablero de juego con unas fichas que mover, unas fichas que globalmente sabe mover muy bien, aunque la mayoría de sus intentos fracasen (la mayoría de las empresas que se crean y la mayoría de los productos que se diseñan fracasan en relativamente poco tiempo); sabe mover muy bien sus fichas y todo va bien hasta que, de tarde en tarde, todos nos enfrentamos a una crisis sistémica, como la actual, por ejemplo.
No es que el capitalismo se vaya a acabar, para eso haría falta alcanzar límites de recursos y de tecnología, lo que posiblemente sucederá, pero no mañana, sino que el tablero sobre el que se estaba jugando y algunas reglas de juego importantes se muestran inservibles.
Volviendo al hilo de la oferta, si su éxito global muestra una gran fortaleza en períodos largos de tiempo y el crecimiento del consumo es acelerado, aunque localmente haya crisis importantes, es, obviamente, porque se rompen los límites de la disponibilidad de recursos de los consumidores.
Aquí se combina un gran esfuerzo por parte de la oferta a la hora de excitar el deseo de los consumidores y una tentación oportunamente colocada al lado del producto: el crédito.
Hay que darse cuenta de que el crédito tiene una naturaleza distinta cuando se vincula a la inversión que cuando se vincula al consumo. En el primer caso, puede seleccionar inversiones con expectativas de rendimiento tan altas como sea necesario; en el segundo, lo único que puede hacer es asegurarse la devolución. Es una diferencia muy importante, por cuanto revela que el crédito al consumo no es sino un anticipo de la capacidad de consumo futura, que, como el crédito debe ser devuelto, y con un coste añadido, se verá disminuida inevitablemente, salvo que siga obteniendo financiación hasta que los prestamistas incurran en un riesgo que no pueden cubrir.
Adicionalmente, los prestamistas, que constituyen otra parte de la oferta al fin y al cabo, aunque lo que ellos ofrezcan sean productos financieros, se las ingenian para gestionar el riesgo de manera que, mediante complejos artilugios financieros, basados en buena parte en el aseguramiento del riesgo, convenientemente troceado, mezclado y reempaquetado, puedan seguir ganando dinero cuando ya gran parte del sistema se ha desplazado hacia el frágil voladizo de la insolvencia.
Así que en el tablero de juego tenemos a la oferta, que no para de extenderse, diversificarse y renovarse y de lanzar señuelos para vender; tenemos a los consumidores, que inevitablemente (“¡Consumid, consumid, malditos!”¿Alguien piensa que pueden elegir?) se ven sometidos al bombardeo masivo de la oferta; y tenemos a los financieros, que lubrican el acoplamiento oferta-demanda.
El juego va viento en popa durante un tiempo, pero inevitablemente el conjunto de la demanda gasta más de lo que tiene, pues en eso se basa el éxito de la oferta y de los lubricadores, hasta que ya no puede seguir gastando y devolviendo la deuda, lo que se traduce finalmente en que no puede seguir gastando, lo que la sume en grandes tribulaciones, pues el sentido de la vida dependía en considerable medida de gastar, pero, además, y esto es lo más significativo económicamente, la oferta y las finanzas se hunden, disminuye el empleo, lo que disminuye más el consumo, aumenta la morosidad y todo se va desmoronando.
Pero ¿dónde está el dinero que ha circulado por el tablero? Unos piensan que la mayor parte ha ido a unos señores de los que no hemos hablado, que son, por así decir, los que cuidan a los jugadores mientras juegan, los que dirigen el Estado, que, además, son elegidos, o sea que también tienen que vender algo.
Nadie se había fijado mucho en el Estado cuando todo iba bien, pues se daba por supuesto que tenía que cuidarnos a todos, que, además, así, podíamos seguir jugando sin preocuparnos de enojosos asuntos, como si iba a venir alguien a robarnos o a matarnos o si íbamos a tener que destinar todo el dinero a curar una enfermedad grave o si íbamos a tener que ponernos a limpiar la playa el primer día de vacaciones.
Cuando el dinero se volatiliza, en cambio, todo el mundo mira al Estado, reprochándole que se haya quedado con más de la cuenta y que haya despilfarrado parte de ello. Bien, supongamos que sea así y que el Estado nos devuelva algo o no nos pida tanto, aunque nos sirva un poco peor, para jugar otro rato, pero no por ello el juego va a terminar de distinta manera, como prueba el hecho de que la deuda privada sea más del doble de grande que la deuda pública, a pesar de que, como ejemplifica el rescate bancario en curso, se esté transfiriendo deuda privada al sector público.
No puede ser que el dinero se haya volatilizado. Lo que ha sucedido es que si hablamos de dinero, en este juego unos han gastado cada vez más sin ganar cada vez más (los consumidores, singularmente) y otros han ganado cada vez más (sin gastar más, aunque incurriendo en riesgos crecientes), y estos han sido la oferta y los agentes financieros. Si no está el dinero en manos de quienes se sientan a la mesa es porque alguien lo ha cambiado de sitio. Sólo lo ha podido hacer el que lo ha ganado. Así, la oferta ha dejado de meter el dinero en la máquina de producir, porque se ha quedado sin demanda a la que vender, que, además, le debe dinero, al tiempo que los agentes financieros le han retirado el dinero a la máquina de prestar (aquejada, además, de la insolvencia de los deudores) y ahora juegan a que todo se va a hundir (apostaron primero contra los bonos hipotecarios y ahora contra los países; es recomendable al respecto el libro Boomerang, de Michael Lewis).
¿Quieren que se hunda? En una película de James Bond habría seguramente un malo muy malo que estaría maquinando el hundimiento universal de la economía, pero parece dudoso que los llamados mercados estén animados de una voluntad deliberadamente maligna como esa. Empero, por el camino que vamos, efectivamente, el hundimiento general de la economía no es descartable, más bien se antoja como un desenlace casi inevitable.
Si aceptamos que el juego está bien representado en este relato, debemos fijarnos en que, a diferencia de los juegos ordinarios, como el póker entre aficionados, en los que lo que sucede queda limitado a un cambio de manos del dinero que hay sobre la mesa, sin que eso, en general, afecte a la generación de ese dinero (el jugador que pierde puede seguir ganando su salario o su renta, si tiene de qué y volver al tablero con más o menos recursos), aquí lo que sucede es que todo lo que venía generando riqueza y, por tanto, permitía a los jugadores seguir poniendo dinero en el tablero, se paraliza… justamente por falta de dinero.
Por tanto, la crisis es sistémica porque hace impracticable el juego en el mismo tablero y con las mismas reglas.
En este punto, es hora de darse cuenta de que, en consecuencia, todos los actores están involucrados en la crisis. La búsqueda de un culpable (el chivo expiatorio) oscurece la visión notablemente, pues señala a los que incumplen obligaciones, sin reparar en que la asunción de obligaciones imposibles de cumplir ha sido todo el tiempo la base del movimiento que constituye el juego. La diversión estaba en la velocidad que imprimía ese hecho y que no podía imprimir ningún otro.
¿Queremos seguir jugando? Si no queremos seguir jugando y nos concentramos en las reglas aparentes del juego y en que los que tienen obligaciones las cumplan, vayamos pensando ya en organizar una guerra bien grande, que es el modo en que tradicionalmente se han venido resolviendo estos grandes nudos gordianos.
Si queremos seguir jugando, es necesario que el dinero vuelva a fluir para que se pueda volver a producir y a consumir, al tiempo que se paga lo que se debe. ¿Todo lo que se debe? Imposible, para que suceda lo necesario para volver a jugar, parte de lo ganado debe volver al tablero, o lo que es lo mismo, parte de la deuda debe quedar anulada.
¿A quién afecta esto? Si pensamos en países, a los que más venden (Alemania, en posición muy destacada) y a los que más se benefician del precio del dinero, hasta el punto de que para algunos el precio es negativo (Alemania, también en posición muy destacada).
Si pensamos en empresas, los agentes financieros, acreedores de deuda pública y privada, los promotores inmobiliarios, y, en general, los accionistas ricos de la oferta, que han retirado su dinero de la producción.
Huelga decir que en todo esto hay involucrados asuntos éticos y también institucionales de considerable calado, pero también que la moralina con la que nos empalagan desde la hora del desayuno acerca de los que trabajan y cumplen y los que vaguean e incumplen, al igual que otra moralina de sentido más o menos contrario, es como mínimo improcedente. El juego es siempre el mismo: unos venden cosas y otros las compran. No se queje usted si ha vendido demasiado, si ha prestado demasiado; no se queje usted si siempre es el que compra y está endeudado, aprenda a producir y vender.
Mientras tanto, busquen entretenimientos baratos y un huerto, porque no parece que la política económica, ni la española, ni la europea, vayan por buen camino, apresadas como están en visones locales de los problemas. Son políticas que deambulan, errantes, a la búsqueda de un tesoro inexistente, la solución local sin impacto global, como muestran los hechos.