(Voy a utilizar sangrías, porque queda todo como mucho más elegante. Sí. Estoy decidido). Creo que todos recordamos la insistencia con la que un comentarista habitual del blog del vecino Arturo de Andrés le pedía a éste que probara una de esas cosas que salen en las películas y teleseries yankis y que tan bien dan en la pantalla: un Chevrolet Camaro.

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Durante mi infancia, apenas abandonada, he sido un firme enamorado de las parrillas neoclásicas, cromados por doquier y capós inacabables; envidiaba esos cambios en la caña de la dirección y es que las familias americanas que salían en las películas y teleseries norteamericanas eran siempre como muy felices todas, muy guapas ellas, valientes ellos y los niños muy monos, muy rubios y todos viviendo en esos vecindarios idílicos donde los domingos siegan el césped y dos generaciones distintas se pasan una pelota apepinada con sus gorritas puestas antes de hacer una barbacoa a la que siempre acude el tío Joe, que es un cachondo mental y los niños quieren ser como él.

 

El sueño americano, quién no ha querido comprar ese sueño americano. Springsteen con la guitarra, el Nueva York nevado en Navidad de las películas de Macalan Plamplin.

 

Ocho pistones, siete litros y carburador, unas ballestas, transmisión automática de convertidor de par de tres marchas, un rendimiento al litro hilarante, unos plásticos de pobre apariencia y poco ajustados y hala, vámonos. Pero nos daban envidia a todos, porque por el precio de un VW Golf de los de antes de que al arrancarlos muriesen varios cisnes, te llevabas todo eso. Un día le pregunté a un lugareño que se subía en un pickup gigante que qué motor llevaba eso. Con orgullo de leñador  y camisa a juego con el orgullo me dijo que llevaba 7.200 centímetros cúbicos, diesel. Imaginé que debía tener la caballería de una película del Oeste, y palidecí cuando se le iluminó la cara para presumir de sus 175 CV.

 

Pero es injusto; se ha sido siempre muy crítico con los coches americanos sin entender que responden a otro estilo de vida y que están hechos para la realidad de un mercado que poco tiene o tenía que ver con el nuestro.

 

El Chevrolet Camaro que da causa a esta entrada está disponible en sus versiones de entrada con dos motorizaciones: un 3.6 V6 de 323 CV y un V8 de 6.2 litros que rinde 426 CV. Ahora los motores yanquis rinden más, aunque no sé muy bien para qué, pero consideremos que nos estamos llevando más de trescientos caballos por 23.000 dólares estadounidenses, al cambio, 21.188 EUR. A cambio de nuestros bien ganados 21.000 EUR en España nos dan un Mazda 3 de 121 CV, un Citroën Cactus de 110 CV, un Mini ONE de 102 CV o un SEAT León 1.4 de 125 CV. Apréciese la diferencia.

 

Hace poco, leí en alguno de estos blogs, que a la gente joven de hoy en día le importa poco o nada leer de sobrevirajes, de tactos de dirección, de fading, de estabilizadoras, de autoblocantes o de presión de soplado; que lo que querían era escuchar de las herramientas de entretenimiento a bordo, de consumo, de habitabilidad y poco más. Que los criterios de compra de los coches hoy en día eran meramente estéticos dado que ya no hay diferencias tan significativas en fiabilidad como había hace dos décadas, y el comportamiento del coche, vista la represión a la velocidad era algo para un sector de aficionados en cuyo nicho caben apenas un puñado de freaks.

 

Y en cierto modo es verdad; antes era bastante más necesario que ahora contar con una buena información para la compra de un coche, algo que sigue siendo la segunda inversión en precio de nuestras vidas luego de lo inmobiliario. Y era más necesario porque antes, apenas dos décadas atrás, había coches buenos, menos buenos y coches malos, sobre los que había que tener buena información par poder correr en dirección opuesta. Sólo dos décadas han transformado el panorama automovilístico. Hoy en día no hay coches malos, sólo mejores y menos buenos, pero buenos todos. La fiabilidad se presupone. El comportamiento va de lo razonable y sobrecompetente a lo absurdamente sobrecompetente; antes había coches de comportamiento calamitoso, hoy no hay uno que yo recuerde. Los ajustes son buenos, los materiales también. Los consumos, aquilatados. Ya no se acuñan frases como “el club del lunes” a propósito de determinadas marcas inglesas, cuyos propietarios hacían cola en los concesionarios el lunes por la mañana para arreglar todo lo que había dejado de funcionar durante el fin de semana. Y en ese panorama en que todo es más capaz de lo necesario, que no existe posibilidad de error, sino de elección inadecuada, la necesidad de información, e incluso la afición y la pasión decrecen. Tanto da lo que compres, porque ya, el acto de compra de un coche tiene más criterios de necesidad de uso que de ilusión y pasión. ¿O es que no son igual de idóneos un Skoda Superb de 25.000 EUR y un Mercedes Clase E de 52.000 EUR?. ¿Creen que alguno de los dos va a dar un mal resultado para un uso similar?.

 

Y en estas estamos en que por una vez creo que el usuario de aquí va a acabar demandando del transporte personal lo mismo que demandan al otro lado del Atlántico: comodidad, conectividad, aspecto, fiabilidad y precio.

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Estando en Beverly Hills, tuve ocasión de probar las nuevas versiones del Model S de Tesla, con el denominado “Autopilot” y tiene todo el sentido. En una realidad como la americana donde las limitaciones de velocidad son tan severas, los recorridos residencia-trabajo tan largos, lo que quiere uno es subirse a un coche cómodo con un buen equipo de música, y si encima el coche es capaz de gestionar la conducción en autovía por sí sólo, es un coche ganador. La maquinaria represora de los Estados invierte en mecanismos de control de la velocidad amparándose en motivos energéticos (alargar las reservas de combustibles fósiles), climáticos (menor velocidad, menor cantidad de emisiones) o recaudatorios (a velocidad más anormalmente reducida, más posibilidades de exprimirle más dinero al ciudadano). Así pues, subirse en un invento que cumple por sí sólo las limitaciones de velocidad y que no requiere de tu atención, te libera para que puedas dedicarle tu tiempo al teléfono, al WhatsApp o a tu agenda. Y será tendencia, y cuando lo sea, como me decía Javier Moltó el otro día mientras se comía un pollo tosco y algo seco, el coche habrá muerto.

 

Pero nos estamos desviando. El Camaro base es un coche de estética imponente, por el precio de un SEAT León y con 323 CV. Es cierto que no está tan bien acabado, es cierto que su rendimiento (más aún en la versión V8 6.2 que llevé) está por demostrar porque para 426 CV que decían que tenía, a mí me daba la sensación de que aquello se movía más bien con una capacidad de impulsión normalita por no decir anémica, pero lo que el comprador norteamericano se está llevando es mucho coche para el dinero invertido. No es todo lo bueno que cabría esperar de sus características, pero es cómodo, aparente, anda más de lo que resulta posible andar y tiene un buen estéreo. Y es lo que ofrece, porque es lo que demandan que ofrezca. Y tal y como el va el patio, y lo poco interesada que anda la gente joven por el aspecto prestacional y de comportamiento de los coches, creo que vamos a converger hacia productos para un público que a uno y otro lado del Atlántico van a demandar, por primera vez, lo mismo a los coches que compren, insisto, comodidad, conectividad, aspecto, fiabilidad y precio.

 

Del Camaro en su conjunto se puede decir que está por debajo de todo lo que se espera de él, pero aclaro: de lo que podríamos esperar de su apariencia, de su potencia, de su configuración. Que algo parezca deportivo, que tenga potencia de deportivo no significa que lo sea, o al menos no como una realización europea donde las cosas se comportan, por regla general, así como luzcan. Lo que parece deportivo lo es o lo intenta, lo que parece económico, lo es, pero en la realidad norteamericana el Camaro parece, pero no es muy deportivo, o al menos no lo es en su versión SS por muchos 426 CV que tenga, porque su comportamiento psé, el rendimiento de su motor ni se asoma, la dirección es ramplona, los frenos tienen un tacto bastante poco inspirador y al final, tenemos un coche de estética deportiva por un precio económico, y me parece una ganga, y es así como habría de juzgarse a este coche: una ganga de aspecto evocador.

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Es un coche que responde a una realidad distinta donde las apariencias engañan. La primera vez que visité Los Ángeles, y más en concreto esos espejismos de Hollywood Y Beverly Hills, descubrí que aquello que habíamos visto en las series y películas tenía poco que ver con la realidad. Veíamos mansiones por doquier, y es que asumíamos que las mansiones lo eran porque parecían tales. Un cuarto de hora allí te hace ver que, construyendo con madera y no con ladrillo, podías tener el aspecto de aquello que quisieses tener sin necesidad de desembolsar la realidad, bastaba con pagar la apariencia.

 

Pues quédense con ese resúmen, un coche de estética imponente, de apariencia deportiva, a un precio comparativamente sensacional donde lo que recibes es mucho más barato que la realidad en la que se inspira. Y creo que será el panorama del puerto al que nos vamos a ver abocados.

Felices fiestas.

 

PS.

No me han funcionado las sangrías.

Estoy desolado.

 

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