Hará un par de años, en uno de los múltiples golpes que uno se da con ocasión del desempeño del automovilismo, se me empezó a averiar el hombro izquierdo hasta el momento en que he tenido que ocuparme en recuperarlo con rehabilitación so pena de llegar a un punto sin retorno semejante al que parece abocada Europa con la leche de los fanáticos islamistas. Se viene una gorda. Al tiempo.

Tropecientas sesiones recetadas y, por qué no, tiramos del cuadro médico del colegio de abogados, será la primera vez. Consultado el listado oportuno, me presento en uno de tantos centros de rehabilitación. En el mostrador, dos señoritas. La más guapa sin serlo tanto tampoco, me sonríe, buenas tardes, cómo podemos ayudarte, pues verá que tengo que hacer rehabilitación y tal. ¿Vienes como particular o por alguna sociedad?.

– Sociedad.

Y ya me sigue atendiendo la fea. Que esta sí que lo era. Full equipe de fea.  Y que resultaba serlo tanto como fría y distante. Estas son las normas del centro, léelas, las firmas si estás conforme y si no lo estás, ya recuerdas por dónde entraste. Qué maja. Sí señora. Deja tus pertenencias en este casillero, no te lleves la llave o te cobramos el cerrajero, tú verás. Candidata al premio limón y finalista del pomelo.

Hubo un día en que no pude llegar a tiempo a la cita, y me ofrecí a pagar el tratamiento como privado. Así da gusto, me llevaron a otro cuartito en el que no había estado; éste tenía ventanas y no olía a pis y me contaron tres o cuatro chascarrillos nada graciosos, pero agradecí el intento. Hasta había ambientación musical, la radio, vamos; una de esas emisoras que te pone la misma música de hace treinta años y parece que no pasa el tiempo porque en la rehabilitación de mañana sonará en la emisora la misma música. Y pasado. Y el mes que viene. El día de la marmota. Todos los días en los ochenta y los noventa. Los meses, los años. En rehabilitación, en el taxi, en el bar del café en vaso arañado. ¿Cómo puede uno pasarse la vida escuchando la misma música del pasado, sin avanzar, atrapados en el tiempo?. Sólo se explica por lo blandita, ñoña y caduca que es la música de hoy en día: sin carácter, sin fuerza, facilona, música que se consume como hamburguesa de comida rápida por un público cada vez más ineducado musicalmente hablando.

El caso es que he logrado recuperarme lo suficiente como para agarrar las llaves del VW GTi de la prueba. Tenía algo de expectación por el Golf, aún recuerdo aquel Golf II  (1983-1992) de 112 CV, por cómo subía y caía de vueltas, el volante de inercia de ese coche debía de ser ligerísimo. Qué duro iba sin resultar una tabla, y ese motor 1.8 de dos válvulas por cilindro tenía un mal genio arriba maravilloso y desde luego me parecía mejor compra que el de culata multiválvula y 136 CV que no ofrecía mucha ventaja en nada que no fuese el precio.

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Comentario típico sobre señas de identidad, las míticas siglas, GTi y tal, y tal

 

Desde entonces, cada iteración del Golf GTi ha traído cola. La tercera generación (1991-1997), con un motor dos litros de 115 CV era decepcionantemente burguesa, en la cuarta (1997-2003), introdujeron el turbo para desarrollar 150 o 180 CV y luego se hicieron un lío con unas mecánicas 2.3 VR5, 2.3 V5, 2.8 V6 rarísimas de rendimientos algo pobres.

La quinta generación (2003-2008) ya nos ofreció 200 CV y a mí me gustó lo que no me gustaron las anteriores.  No recuerdo haber llevado el GTi de la sexta generación (2008-2012) y aquí nos ocupa el Golf GTi de la actual.

Doscientos treinta caballos, 1.402 kg, dos litros, turbo, autoblocante, 248 km/h de punta, 6,4 en el 0-100 km/h y un consumo medio según datos, de 6,4l /100 km con un depósito de combustible de 50 litros.

Lo primero que me llamó la atención fue la holgura del asiento. Una vez sentado en el mismo, si uno movía el cuerpo en el asiento, click- click, éste se movía solidariamente. Un problema de ajuste, claro, nada importante.

También es verdad que lo que se había subido antes que yo a ese coche era Alfonso Herrero, ese hombre de talla insultante, que te hace sentir como si llevases aún pantalón corto, chupases una piruleta y quisieses pedirle un duro para chuches con miedo, no te acabes llevando una colleja. Pero no es excusa para que el asiento se desajuste, porque por grande que sea Alfonso (particularmente si lo ponemos al lado de Javier Moltó), Alfonso no deja de ser enorme para estándares españoles, pero convencional y ordinario para los estándares alemanes. Vamos, que Alfonso podía pasar por un Helmut cualquiera pero en maño.

Ya en el puesto de conducción, reparo en el volante. Los volantes multifunción comenzaron por tener poco más que el manejo de la radio y vas que chutas, pero de un tiempo a esta parte, yo creo que se está exagerando metiendo tanto botón en el volante; acaba resultando odioso y tedioso tener que buscar la minúscula tecla que hace funcionar cualquiera de las cosas innecesarias con las que se equipa ahora a los coches.

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No cabe un botoncito más en ese abigarrado volante

 

De entre ellas, me ha llamado la atención el asistente de permanencia en carril que Alfonso me promocionó y que seguro tiene un nombre rimbombante con muchas letras que harán las delicias de ese cuyo Nick empieza por Sl y que va, diestra y siniestra, repartiendo broncas.

Su objetivo – el del asistente – es mantenerte dentro del carril actuando sobre la dirección (eléctrica) para que uno no se salga.  Uno de esos estados intermedios de la técnica. Pero no entiendo la implementación temprana de tecnología inacabada: o me permite abandonar al volante, o tengo que estar conduciendo, pero las dos cosas al tiempo, no caben. Uno enciende el sistema, y si la cosa es facilita, el coche se mantiene dentro de los carriles. Si quitas las manos del volante, ves la magia del coche que se conduce solo, cómo mola… durante unos segunditos; los que tarda el sistema en reclamar tu atención y, de no hacerlo, en desconectarse. Pues para qué narices sirve. Pero tiene su teclita en el volante, su testigo luminoso de funcionamiento, y será la cosa que comentaremos a fulanito de nuestro nuevo coche como epítome de lo imprescindible –porque el coche de fulanito aún no lo tiene- y que sabemos que desgastada la novedad, no volveremos a encender aunque digamos al personal que lo usamos sin parar.

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El de la foto no soy yo

 

 

Doscientos treinta caballos no son una barbaridad, pero si los comparamos con los ciento doce del Golf II, nos hemos ido alegremente a más del doble, y lo que toca analizar es si las sensaciones que transmite el nieto son tan gratas como las que daba el bisabuelo.

Y podría soltarles un rollo fabuloso para luego concluir en un sentido u otro, pero les ahorro el tostón: pues no.

Acelera sin cabeceos, frena sin hundimientos, es firme pero no incómodo, la tracción, con autoblocante en esta versión, es buena y lograda aunque no perfecta. Tarar de otra manera el autoblocante sería matar moscas a cañonazos y escaparse de la pretensión y orientación del coche.

Y que cuál es.

Pues hacer un coche rápido, no un tiro, que sea fácil, predecible y manejable por cualquier nivel de conducción. Recalco: cualquiera.

Porque yo no he visto comportamiento más soso en un deportivo en mucho tiempo. Insisto: de comportamiento, que no de prestación pura. El coche es rápido pero el comportamiento es tan, pero tan asequible a cualquier mano, que no lo sacas de sus casillas ni queriendo. El tren trasero está “trincadísimo”. Se suele decir “trincado” a un ajuste tal que impida la menor alegría del tren trasero.

Y ahí está el dichoso problema del entendimiento de la deportividad.

Para mí, un coche deportivo no es un coche rápido, aunque pueda serlo y de hecho acostumbre a serlo, pero la rapidez no es definitoria de deportividad. Puede ser potente, puede ser bonito y puede producir el sonido del apocalípsis, pero eso no es deportivo sino tan solo factores que acostumbran a concurrir en un modelo de este corte. En realidad la deportividad está en lo gratificante que pueda resultar el empeño en su conducción. Un deportivo es un coche cuya conducción es más atenta, más dedicada, en la que se busca un comportamiento que recompense una conducción esmerada.

Las marcas últimamente nos están entregando coches rápidos, muy duros de suspensión, con un sinfín de aditamentos y alerones, luces psicodélicas y sonidos agresivos, escandalosos, algunos. Pero pocos deportivos.

Este Golf es rápido, pero no deportivo. No me gratifica nada conducirlo porque no me requiere más atención de la que me requeriría una berlina familiar de potencia equivalente. De esa berlina se espera un desplazamiento agradable con más o menos refinamiento y con más o menos capacidad de aceleración, pero no que sea gratificante. La gratificación viene por la respuesta del coche  a su gobierno y eso es la quintaesencia de la deportividad.

A mí me encantaron el Abarth y el Mini Cooper S de la anterior hornada. El Mini, en particular, era un coche que tendía la histeria más que la deportividad, a la sobreactuación, a la sobreconducción. Pero resultaba gratificante porque te enganchaba a la conducción. Notabas que conducías el coche, que lo hacías bien cuando lo hacías bien.

Y este Golf que podría ser tanto o más rápido como pudiera serlo aquel Mini se diferencia en que no necesita un cuidado especial, ni su conducción requiere adaptación ni aprendizaje, ni ese tentarse la ropa que te da un coche de reacciones deportivas porque este Golf es difícil, casi imposible, conducirlo mal.

Al motor le falta nervio, mala leche. Es potente, pero no tiene carácter. El comportamiento es como su motor, no muerde, va muy atado de atrás y la única manera que tiene el coche de asustar es ponerle una emisora de noticias.

Rápido, pero no deportivo.

En la imagen, mi colaborador habitual Jesús Martínez del Vas ha trasladado la sensación que le trasladé a la perfección.

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Padre de familia, piloto o troglodita, todos pueden ir igual de rápidos con el VW Golf GTi

 

Le dije que el Golf GTi sería un coche que podríamos ver circulando rápido por un circuito y que, a la vista de ello, podríamos pensar en un conductor de privilegio a su volante. Pero no sería el caso, porque de ese Golf GTi podría bajarse cualquier votante, sabio o necio. El Golf GTi es el triunfo del igualitarismo en que se basa la democracia: el ladrón y su víctima, el oncólogo y el corrupto.

El principal mérito del Golf GTi es, insisto, hacer que cualquiera ruede a un ritmo alto sin que importe su nivel de conducción.

Les gustará si buscan un coche rápido y facilón o si les gustan las emisoras de radio con música congelada.

Les dejo, que me voy a rehabilitación.

 

JM

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