Has estado luchando casi una semana. Siete días, sin descanso. Tu familia y tus amigos te hemos estado jaleando sin parar. Pero al final te has ido. Te has ido esta madrugada, justo cuando todos pensabamos que, contra todo pronóstico, empezabas a ganar la competición. Y ahora resulta que no podré volver a reirme contigo, ni a echarte la bronca, ni nada de nada. Y te lo digo por aquí, porque en estos momentos confío más en la tecnología que en eso de la vida eterna. Y también porque ya sabes que me cuesta decir lo que siento pero menos escribirlo.

Estoy hablando de Él. Mi amigo. Nos conocimos en la cafetería de Residencial Paraiso, gracias a Fer. Lo recuerdo como si fuese hace un mes, aunque hayan pasado casi dos décadas. Nos hicimos amigos rápido, aunque he de reconocer que ser tu amigo es honroso pero no meritorio, porque ser tu amigo era fácil, solo hay que ver la cantidad de ellos que han estado estoy días en el hospital. Y junto a ti pase algunos de los mejores momentos de mi vida. Te iba el humor negro, como a mí. Eso sí, has de reconocer que esta vez el humor negro nos ha ganado la partida, que parte de tu trabajo consistiese en excarcelar a accidentados de tráfico y que hayas sido tú el excarcelado…manda huevos. Joder, no te rias, que esta vez no tiene gracia.

Mi amigo era un tío tenaz. De esos que cuando decía que no, era no, porque el deber iba antes que el placer. La última vez que te vi, hace dos sábados, me costó convencerte para que te quedades un rato más tomando café. Tuve que hacer trampas y retroceder, sin que te dieses cuenta, el minutero del reloj que había en la pared del bar. Ahora sospecho que la vida me dejó hacer trampas aquella tarde de sábado para pasar 10 minutos más juntos. No podías quedarte porque te ibas a entrenar. Como siempre. Siempre estabas entrenando. Si cuando nos conocimos hace 18 o 19 años me hubiesen dicho que ibas a acabar siendo bombero y participando en pruebas de Ironman me hubiese descojonado vivo. Sí, con esa risa tuya contagiosa que es lo primero que asocia mi cerebro a tu persona, tu risa es la foto de tu perfil en mi caralibro mental.

A mi Amigo le ha pasado eso que vemos a diario en los periodicos y en los noticiarios de televisión. Lo que pasa que en este caso no ha sido una cifra estadística más. Vi su accidente en la prensa una hora antes de saber que era él el accidentado. Cómo cambian las cosas cuando ponemos cara y nombre a un frío número. Cómo cambió todo cuando supe que eras tú.

Superaste las veinticuatro primeras horas. Y las siguientes veinticuatro. Nos dijeron que eran las más críticas, dado tu gravísimo estado. Y aguantaste. Y llegó Nochebuena y los médicos tenían que operarte sí o sí, pero tu estado no lo permitía. Te dieron un tratamiento muy fuerte para tratar de que tu sangre volviese a coagular. Y aguantaste el tratamiento y el día de Navidad pudieron operarte. Y otra vez, aguantaste.  Hoy, siete días después del accidente, me he levantado con la peor noticia posible.  Yo y todos tus amigos, porque hemos leido en el whatsapp lo que no queríamos leer. Ayer bromeábamos con las risas que te ibas a echar cuando te enseñásemos las cursilerías que habíamos escrito o con que algunos, ya sabes quienes, hayan sido capaces de entrar a una iglesia para pedir por ti. Conociéndote, no me extrañaría que lo que te haya dado esta madrugada haya sido un ataque de risa.

Porque lo que yo recordaré de ti, David, será siempre tu risa.

Tu amigo Alfonso.

 

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