Tengo carné de moto desde 2006. Desde entonces, y en múltiples ocasiones, he pensado en comprar uno de estos artefactos que mucha gente califica de «peligrosísimos». Siempre he valorado sus ventajas e inconvenientes, y siempre han pesado más los motivos en contra.

Casi cuando menos lo espero, y por una serie de casualidades que no vienen al caso, me compro una. Una moto-moto, con sus marchas y todo, no un scooter (estuve tentado). Nunca pensé que mi primera moto sería de 500 centímetros cúbicos y 50 caballos de potencia: una Kawasaki ER5, con siete años de antigüedad. Algunos insinúan que es excesiva para una persona con mi experiencia y en el extremo opuesto hay quien la define como «ideal para empezar». Mi punto de vista es distinto.

No me parece excesiva para una persona adulta no solo de edad sino también de comportamiento. La moto no corre por sí sola. Además, tampoco es que sea una deportiva salvaje, poco maniobrable o que oblige a llevar una posición forzada.  Tampoco estoy de acuerdo con aquellos que aseguran “ideal para empezar”, como si una vez aprendido la tuvieras que tirar a la basura por inútil. A mi me parece una moto suficiente para alguien que, con o sin experiencia, necesite recorrer muchos kilómetros relativamente económicos por la ciudad y alrededores, e incluso quiera hacer viajes medianamente largos.  Ya veremos si mi percepción cambia con el paso del tiempo.

Kawasaki ER-5
El mayor inconveniente que encuentro para viajar es la escasa protección aerodinámica que da (esta afirmación podría valer -en mayor o menor medida- para todas las motos que, al igual que la Kawa ER-5, no tienen carenado ni cúpula), pero su potencia es más que suficiente para, diría yo, casi todo. Tiene una relación entre peso y potencia de unos 5 kg/CV (incluyendo un conductor de peso medio) lo que es prácticamente la misma que tiene un Porsche Cayman. No sé si más adelante necesitaré más potencia, pero con la poca experiencia que tengo ahora y haciendo una utilización normal, me sobra.

No lo he dicho hasta el momento, pero realmente no necesito una moto. Habitualmente me desplazo en coche, en bici o en transporte público (en el cual me manejo bien y no es ninguna deshonra para un probador de coches ;-)). He comprado una moto para salir de dudas. Sí, para saber —de una vez por todas— si me gusta, si soy capaz de llevarla decentemente y si es un buen medio de transporte para la ciudad y fuera de ella, tanto en verano como en invierno.

Kawasaki ER-5

Kawasaki ER-5

Hasta el momento, mi experiencia en este medio de transporte es bastante reducida. He llevado únicamente dos o tres scooters de «125» y dos motos de marchas (Honda Varadero) de la misma cilindrada. En ocasiones han sido de alquiler. En total, calculo que hasta la fecha de compra de mi moto, mi experiencia en este medio de transporte era de unos ridículos 600 kilómetros. Y encima eran motos pequeñas.

Nunca se me olvidará la primera vez que me subí a mi «flamante» Kawa después de que el antiguo dueño me diera las llaves y una buena explicación de todo lo que debía tener en cuenta. Llego bien al suelo, no problem, pero me parecía grande y pesada. Tenía la impresión de ir en el puente de mandos un petrolero. No sabía cómo me iba a apañar, pero me las tenía que apañar porque nadie iba a venir a sacarme del apuro y nadie iba a llevarme la moto hasta mi casita.

Por delante me esperaba el trayecto Torrejón de Ardoz – Aluche. Sin pensarlo más, engrano la primera marcha y rápidamente la segunda. Intento hacerlo con normalidad para que el antiguo dueño —que confirmo por el espejo retrovisor que me está «vigilando»— , no pensara soy un “paquete”, aunque algo se olía. Antes de salir a carretera abierta, dediqué aproximadamente media hora a circular por una urbanización para empezar a automatizar los gestos de los distintos mandos y para hacerme con el manejo a baja velocidad de una moto que, con líquidos, no está muy por debajo de 200 kg.

Las primeras sensaciones fueron mucho mejores de lo que yo pronosticaba. Me estaba ayudando mucho la poca experiencia acumulada sobre motitos en años pasados. Después de consumir un rato dando vueltas por la urbanización casi desierta, ya era hora de ir para casa. Esa tarde de verano decidí tomar la carretera de circunvalación M-45 para evitar mucho tráfico y paradas intermitentes. Creo que no pasé de 90 km/h y fui cómodo salvo en algún punto donde confluyen varias vías y la densidad de tráfico aumenta considerablemente. Llego a casa mucho más relajado de lo que salí. Aparco en el garaje. Soy capaz hasta de subirla al caballete. Me siento fuerte. Respiro tranquilo.

Desde ese momento hasta la fecha (unas cuatro semanas) he recorrido aproximadamente 1600 km (se puede decir que he pasado las vacaciones en moto, siempre a base de trayectos cortos). La mejora ha sido, como siempre que se aprende algo casi desde cero, exponencial. He automatizado casi por completo el proceso para cambiar de marcha y para frenar de manera ordenada (empezando suavemente con el freno trasero para conseguir “asentar” la moto y siguiendo con el delantero para frenar efectivamente). También me cuesta menos cambiar de dirección, manejarme entre el tráfico, arrancar en pendiente, estar cómodo por encima de 100 km/h, etc. Un amigo me dijo que dentro de un tiempo tendré la sensación de fundirme con la moto. Todavía lo veo lejano, pero poco a poco, con los progresos que he hecho, empiezo a entender lo que significa. El primer día no lo hubiera entendido de ninguna forma.

Kawasaki ER-5

Kawasaki ER-5

A fecha de hoy, el principal problema que encuentro es la falta de confianza para abordar curvas lentas o medias con agilidad (aunque voy progresando, todo hay que decirlo). Me da miedo pedir demasiada adherencia lateral por riesgo al derrape y a caerme. Estoy seguro de que ese temor hace que me quede lejísimos del límite real. En consecuencia, no tumbo casi nada y voy despacio. Las estriberas pueden respirar tranquilas. Seguro que podría inclinar mucho más con buen margen seguridad, pero no me resulta fácil llevarlo a la práctica. Ese miedo también hace que no siempre tome las curvas bien trazadas, sino en varias “fases”. Aunque ya digo, cada día que me monto noto mejoría.

Cuando conduzco un coche “siento” bien lo que ocurre. Percibo con nitidez cómo está la carrocería inclinada en cada momento, siento el contacto de las ruedas con el piso y siento —de forma aproximada eso sí— la adherencia que queda. En moto noto muchas menos cosas. Me da la impresión de que abordar una curva a velocidad elevada, se basa en una combinación de fe y de experiencia en hechos anteriores, todo ello basado en un rápido examen visual del estado de la carretera. Algunos moteros rápidos y experimentados me confirman que, efectivamente, una moto se “siente” peor que un coche, pero que también da pistas «a su manera» de cuándo está llegando al límite de adherencia.

Estoy casi convencido de que nunca conduciré una moto con la facilidad con la que considero que manejo un coche. No es que sea muy bueno conduciendo, pero llevo muchos años haciéndolo e interesándome de forma activa sobre cómo hacerlo de forma más o menos óptima. Nunca voy a tener acceso a la formación que he tenido en coche, ni pasaré tantas horas a sus mandos, ni manejaré tantos modelos distintos cada día. Así que mi objetivo es aprender a llevar una moto dignamente y a sentirme cómodo en todas las circunstancias posibles, a la vez que sobredimensiono las medidas de seguridad para dejar lo menos posible al azar.

En esta entrada he intentado contar a grandes rasgos algunas de mis opiniones y sensaciones como motero novato (algo que Javier Moltó lleva un tiempo haciendo en su blog, aunque él tiene mucha más experiencia). Seguramente a alguien le sirva de ayuda. En sucesivas entradas quizá cuente mis impresiones sobre la convivencia con la moto en ciudad, los primeros viajes o cualquier tema que considere que interesa.

Enrique Calle

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